Capítulo 59 #2
Se me ha acelerado tanto el pulso que creo que voy a desmayarme. No soy capaz de mantener a raya la fiebre que amenaza con asediarme. La repelo con todo lo que tengo, aunque su negrura supondría un alivio. No puedo rendirme. No puedo esperar que sean otros los que me salven.
Capto un destello de oscuridad a un lado y Blake me aparta de la trayectoria de la cola de esa cosa .
Caemos al suelo con fuerza, sin que Blake haya dejado de rodearme con el brazo.
Yo aprieto la boca para reprimir un alarido de dolor producto de que las heridas de mi espalda hayan quedado expuestas.
Ataca de nuevo y se hace con hombres y lobos encapuchados, vivos o muertos, a los que engulle enteros.
—¡A las armas! —ruge James—. ¡Al próximo ataque, id a por los ojos y la boca! Matad a cualquier sureño que se interponga en vuestro camino.
Intento levantarme y Blake me ayuda a ponerme de rodillas. Él se agacha frente a mí y acuna mi rostro entre sus manos.
—Aurora, escúchame. Tienes que dejar de reprimir tus poderes. Eres la única que puede salvarnos. Si no lo haces, todos moriremos.
Niego con la cabeza.
—Yo no soy una loba.
Por el rabillo del ojo veo que Alexander se tambalea hacia delante, con la mirada clavada en mí y las sombras retorciéndose a su alrededor.
Ryan está en el suelo, sangrando. Philip está de pie al lado de James, ambos ladrando órdenes desesperadas aquí y allá, organizando a los lobos, lo que no sirve para evitar que otros tres individuos se vean arrastrados hasta las fauces de la bestia.
Claire hunde su espada en un hombre encapuchado que se abalanza sobre ella y acto seguido se da la vuelta para encarar las sombras: sus ojos refulgen con fiereza, a pesar de lo mucho que la espada le tiembla en la mano. Ian está en el suelo, muerto.
—Tu lobo no, Aurora. —Sangre y vísceras salpican el suelo junto a nosotros.
Unas gotas cálidas van a parar a mi mejilla y a su mano—.
Tus poderes. Si no te transformaste la noche de luna llena fue por una razón.
La misma por la que Ghealach brilló por ti la noche de la batalla contra Sebastian.
La razón por la que el Àithne no funciona contigo y por la que Callum y, dioses, yo también hemos tenido problemas con nuestros lobos desde que llegaste.
—Me sujeta con más ímpetu, enterrando los dedos en mi pelo—.
Creo que tú también has empezado a sospecharlo.
Lo notas. No es tu lobo lo que suprimes cuando la fiebre te acecha.
Es un poder diferente. Los lobos lo interpretaron como algo literal: un corazón convertido en roca, fosilizado con el paso del tiempo. ¿Y si no es así?
Lo que dice no puede ser verdad. Sacudo la cabeza.
—Aunque estés en lo cierto, está muy dentro de mí, y llevo tanto tiempo conteniéndolo que no soy capaz de soltarlo.
—Cielo, tú y yo no soltamos nada. —Apoya su frente en la mía, con el lobo brillando en sus ojos—. Nos liberamos.
Se separa de mí y desenvaina la espada, que en una fracción de segundo se topa con la de Alexander. Se oye un sonido metálico cuando lanza hacia atrás al señor de las Tierras Fronterizas. Avanza hacia él con el eco de un gruñido en su pecho.
La bestia serpenteante se alza sobre nosotros y yo me tambaleo hacia atrás, apoyándome en las palmas de las manos mientras sus ojos de obsidiana me atraviesan.
No siento dolor ni calor ni sangre. Estoy entumecida.
Es como mirar a un abismo sin final. Su aroma me embiste sin piedad, antiguo, primigenio, y la ropa se me pega a la piel.
Ríe. Es un sonido áspero que reverbera por todo mi cuerpo y me eriza la piel.
—Va a enfadarse mucho conmigo cuando se entere de lo que te he hecho —masculla—. Será nuestro secretito.
La oscuridad se cierne sobre mí y algo en mis adentros se alza para ir a su encuentro.
Un grito se fragua en mi pecho. Mi piel está pegajosa.
Todo se me antoja lejano. La fiebre vuelve a por mí tan letal como la criatura ofídica que se aproxima a mí a toda velocidad, con las fauces abiertas y los colmillos chorreantes de sangre. Todos mis instintos se despiertan.
Blake tiene razón. He empezado a tener mis sospechas.
He leído sus libros repletos de experimentos practicados con lobos y ni uno solo podía impedir la transformación ni mermar los efectos de la plata o del acónito.
Me he preguntado qué pintaba yo en la prisión de Noche y qué es lo que quiere de mí.
Proyecto mis pensamientos hacia el árbol genealógico con el que me topé en los aposentos de Blake y hacia la incógnita de a quiénes pertenecieron los nombres borrados arriba del todo.
Lochlan creía que mi madre había enviado el Corazón de la Luna a las Tierras del Norte.
Callum y Blake pensaban que era Sebastian el que lo tenía.
He meditado acerca de mi madre, acerca de la razón por la que decidió ocultarme la verdad. Me quería más que a nada. Yo era su corazón, me decía; su amor.
Cuando la fiebre se desliza por cada fibra de mi piel, no hago nada por remediarlo. No lo reprimo.
Cierro los ojos.
Exhalo un suspiro.
Por una vez, me desato.