Capítulo 59
M is ojos se detienen en los de Blake.
Algo estalla dentro de mí. El pensamiento salvaje y peligroso que he estado intentando desterrar de mi mente se propaga por todas partes y me enciende el alma.
Mi respiración se vuelve rápida, superficial.
«Ha venido. Ha venido. Ha venido». Percibo el roce de su atención incluso cuando le devuelve la mirada a Alexander, que me suelta la barbilla.
Me pesa tanto la cabeza que no soy capaz de mantenerla erguida. Me cuelga sobre el cuello. Tengo la espalda destrozada. Mi camisa, empapada en sangre, se me pega a los cortes en carne viva. Respirar es una tortura.
Una lenta sonrisa se abre paso por el rostro de Alexander.
—Me preguntaba si intentarías arrebatármela. Lástima que estés solo.
Blake esboza una gélida sonrisa.
—¿Qué te hace pensar que estoy solo?
—Hola, Alex. —Una voz grave y aterciopelada emerge de la entrada al pasillo a mi izquierda.
Jack, apoyado en el estrado y con un guardia tirado a sus pies, saluda con la mano.
Su piel oscura, húmeda por la lluvia, reluce al abrazo de las antorchas.
Sujeta una espada teñida de sangre con la otra mano—. ¿Cómo te ha ido?
—Ha pasado ya tiempo —dice otra voz con un marcado acento norteño: Arran bloquea la salida a mi derecha, cruzado de brazos, con el ojo bueno fijo en Alexander. Dos guardias están tendidos frente a él, con las capuchas ladeadas y los cuellos retorcidos en un ángulo antinatural.
Un murmullo recorre las gradas. El público que me rodea, enfundado en sus capas, se pone en pie.
—Una reunión familiar. Qué bonito —comenta Alexander, dándose la vuelta con los brazos extendidos—. Solo faltan Fenrir y Fara para estar todos.
Jack se encoge de hombros.
—Tenían otros compromisos.
—Ni se te ocurra nombrar a Fara, desgraciado —masculla Arran.
Alexander suelta una carcajada.
—Ya veo que sigues babeando por esa zorra. Qué pena que te rechazara.
El rugido con el que reacciona Arran pasa a un segundo plano cuando Blake se agacha y saca algo del bolsillo del guardia a sus pies. Al lanzárselo a James, la luz de las antorchas le arranca un par de destellos. Cae a poca distancia de él: una llave.
—No dejes con vida a nadie en quien no confíes —indica Blake con suavidad—. Hombre o lobo.
Como son enemigos y se desprecian el uno al otro, imagino que James va a darle una mala contestación, pero asiente.
—Sin contarte a ti, supongo —responde en voz baja.
La sonrisa de Blake se vuelve aún más fría.
—Sin contarme a mí.
James alza sus muñecas encadenadas e introduce la llave en la ranura de su collar al tiempo que Alexander mira a Blake.
—¿La quieres, hermano? Ven a por…
Capto el destello del acero, el silbido de los filos, algo que corta la oscuridad.
Una de las dagas de Blake se ha hundido en el torso de Alexander, mientras que la segunda está enterrada en su muslo.
Da un par de pasos hacia atrás. Coge uno de los puñales y se lo saca antes de caer de rodillas.
Su sangre, que mana a borbotones de la herida, se derrama por el suelo hasta mezclarse con la mía.
Se la tapa con la mano y con la otra empuña la segunda daga antes de sacarla, profiriendo un feroz gemido.
Ríe.
—Eres un necio, hermano. No puedes matarme —dice con una voz áspera al levantarse, con las pupilas clavadas en las gradas—. Matadlos a todos. Menos a la princesa. Ella es… mía.
El caos se apodera del anfiteatro. Los humanos encapuchados echan a correr para dejar atrás las gradas.
James ha compartido la llave, por lo que los demás lobos ya se están liberando y dejando los grilletes a un lado.
De pie, ruge mientras estrangula a un hombre rubio con sus cadenas. Corre hacia Claire.
Jack bloquea la hoja de uno de los acólitos, que descendía letal sobre uno de los prisioneros. Después levanta a Ryan y le da otra espada.
El suelo tiembla y no tengo claro si es por la cantidad de pies que corretean a la vez o si tiene que ver con la bestia que acecha justo debajo.
Blake avanza entre la marea de sangre y destrucción hacia mí.
Apenas parpadea cuando desenvaina su espada y decapita a un hombre que se interpone en su camino.
Apuñala en la cara a un tipo que estaba ayudando a Alexander y después golpea la cabeza del señor de las Tierras Fronterizas con la empuñadura.
Alexander se desploma sobre su propia sangre. Blake le pasa por encima.
—¡Blake! —Arran le tira un manojo de llaves.
El guardia que me ha puesto los grilletes está muerto a sus pies. Blake las atrapa en el aire en un movimiento que hace que su olor a pino oscuro y veneno me inunde los sentidos.
—No le quites ojo a Alex. Como muera, estamos jodidos —dice Blake.
—De acuerdo —accede Arran, que corre hacia el lord caído, hiriendo a un humano por el camino.
Blake pega su cuerpo al mío mientras alcanza uno de los grilletes.
Oigo un chasquido y mi mano cae libre. Me fallan las piernas, así que envuelve la parte inferior de mis caderas con el brazo, procurando no tocarme la espalda mientras libera mi otra mano.
Con delicadeza, se arrodilla junto a mí.
Mi sangre y la de Alexander nos mancha los pantalones.
Busca mi rostro. Coloca sus manos en mis mejillas y me quita los restos de lágrimas y sangre con el pulgar.
Se me pone un nudo en la garganta.
—Has venido.
—¿De verdad creías que no lo haría?
El suelo tiembla y Blake tensa la mandíbula al oír el tenue siseo que proviene de abajo.
—Hay… —Me arde la garganta. Cada vez que respiro se me abren las heridas de la espalda—. El prisionero de Noche…
—Sí. Si se libera, estamos muertos. Voy a sacarte de aquí, pero te va a doler.
Yo parpadeo para frenar las lágrimas.
—Lo sé.
—Buena chica. —Me coloca el brazo alrededor de la cintura y se pone de cuclillas—. Vale, ponme las manos en los hombros. Eso es. —Yo jadeo, aplastada por el dolor lacerante y profundo que los movimientos provocan en mi espalda—. Chisss, ya lo sé.
Una pátina acuosa me recubre la mirada.
—¿Lo sientes?
—Estás suprimiendo tus emociones, encapsulando tu dolor. Solo percibo un poco.
Me pone en pie y después, cuando me coloca el brazo por encima de sus hombros, se me escapa un quejido gutural y fiero.
—Ya lo sé —me tranquiliza él—. No durará mucho. Tengo un tónico de sueño en mi bolsillo. Te lo daré en cuanto estemos fuera de la Fortaleza Gris. Vamos.
Empezamos a movernos. Yo me aferro con fuerza al cuello de su camisa y, cada vez que mi costado choca con el suyo, jadeo de dolor.
Cada paso es insoportable. Mis rodillas están debilitadas.
De no ser por la firmeza de su mano en mi cadera, me caería.
Hombres y lobos se difuminan a nuestro alrededor, con sus capas negras y sus kilts y sus cadenas.
Arran está junto a mi hermano, poniéndolo en pie.
Jack y Ryan pelean codo con codo. Claire le parte el cuello a un hombre sentado a horcajadas encima de James, con lo que cae sin vida a sus pies.
Hay sangre… por todas partes. Siento náuseas.
—¿Por qué? —Mi voz suena seca y ronca, apenas audible por encima de las voces y el choque de los aceros. Ni siquiera estoy segura de qué estoy preguntando. ¿Por qué iba Alexander a torturarme? ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué ha venido Blake?
—Sabes por qué. —Su boca está cerca de mi oído. No tengo claro a qué se refiere—. Chisss, ya está. Ya casi estamos.
El pasillo por el que me han conducido antes se diluye frente a nosotros. Me permito la osadía de tener esperanza, de regar ese pequeño brote que asoma la cabeza en mitad de la oscuridad. Vamos a escapar. Vamos a ser libres.
Aprieto los dientes. Me aferro a Blake con fuerza y enderezo la espalda. Él acelera el paso.
Los músculos de sus hombros se tensan bajo mis dedos.
Las antorchas que cercan la arena se extinguen y el anfiteatro queda sumido en la oscuridad.
Giramos las cabezas hacia la trampilla. Alexander, con la camisa negra llena de sangre, ha ido a rastras hasta ella.
Saca una llave de la cerradura y detiene la mirada en Blake mientras Arran, al que le sangra la nariz, corre hacia él.
—Qué estúpido, Alex —musita Blake.
Alexander esboza una sonrisa y abre la trampilla. Unos puntos negros danzan en mi visión, así que cierro los párpados con fuerza. No puedo quedarme inconsciente ahora, aquí, en este momento.
Hundo los dedos en los hombros de Blake y me obligo a mirar.
Una calma antinatural se ha adueñado del anfiteatro.
Se oye el choque de unas cadenas que empiezan a ser arrastradas por el suelo, un sonido que me pone los pelos de punta.
Un siseo grave vibra por las paredes e incluso los hombres encapuchados se estremecen.
Un olor rancio, como a carne podrida, me golpea el olfato al tiempo que un sonido deslizante llena la penumbra.
—Luz de luna y oscuridad. Libertad y cadenas. Poder y destrucción. —Un murmullo antinatural parece proceder de todas las direcciones a la vez. Me recuerda a la voz que surgió de Kai la primera vez que se despertó—. ¿Crees que él lo sabrá?
Blake me coloca tras él y yo contengo un grito al ver que una oleada de sombras se desborda de la trampilla antes de elevarse, frenada únicamente por el techo.
Se enrosca en torno a la arena, bloqueando así las salidas.
Como si fuera niebla, la oscuridad se ondula en torno a una cara y un cuerpo ofídicos. Nos mira con sus ojos de ónice.
—Habéis sido muy traviesos.
Algo despierta en mi interior, algo que me llena las venas de escarcha. El sudor me perla la piel; mi vista empieza a fallar.
—Ay, qué hambre tengo. Mucha hambre.
La oscuridad cae sobre el anfiteatro como una embravecida ola de obsidiana.
Los gritos resuenan por doquier al tiempo que humanos y lobos se dispersan, dos de los cuales flotan por los aires como si no pesaran nada.
Se oye un terrible crujido seguido de un chapoteo justo cuando desaparecen, entre gritos, en las fauces de la bestia. La sangre negra salpica el suelo.