Capítulo 58
E l anfiteatro se disuelve a mi alrededor. Los pies se me clavan al suelo. No puedo moverme.
Las figuras envueltas en sus túnicas que abuchean desde las gradas se funden con la oscuridad y los lobos arrodillados, que no dejan de hacer sonar sus cadenas, se difuminan.
Estoy en una de las salas sagradas de la iglesia de la Luz y del Sol; el sumo sacerdote, inclinado hacia el altar, sostiene una fusta en la mano.
—Has pecado, chiquilla.
Retrocedo con tanta urgencia que casi tropiezo, negando con la cabeza como una bestia irracional, pero choco contra un pecho rígido. Una capa de sudor se me pega a la piel.
«No. No. No».
«No puedo. Otra vez no».
Unas manos me rodean la parte superior de los brazos, y quien me arrastra hacia delante no es el hombre que me ha traído hasta aquí, sino las Hermanas de la iglesia, envueltas en sus blancos atavíos.
Me echo atrás en un movimiento que hace que se me doble el tobillo.
Apenas siento el dolor. Me empujan entre los postes.
Estoy gritando, creo. Dos hombres me cogen las manos y las alzan por encima de mi cabeza.
Un chasquido precede el gélido mordisco de los grilletes, cerrados ahora en torno a mis muñecas.
Estoy atrapada, encadenada. Es demasiado tarde.
Cualquier atisbo de dignidad que pudiera sentir y que mantuviera a raya mi miedo termina de desintegrarse.
«No puedo hacer esto. No me obligues a hacerlo».
Tomo bocanadas de aire profundas y trémulas. Me avergüenza que las lágrimas recorran mis mejillas. Los hombres abuchean. Ríen ante mi angustia. Alexander está diciendo algo, pero la sangre me late con tanta fuerza en los oídos que no lo oigo.
Vuelvo a respirar hondo. Una vez, y otra.
Cierro los ojos. Noto la caricia del aire frío. Huelo el liquen y también el humo de las antorchas. Me concentro en el tacto de los grilletes sobre mi piel. Dejo que la piedra bajo mis botas me sostenga.
Abro los ojos de golpe. Alexander está delante de mí. Casi me atraganto con mi propio odio. No puedo evitar que pase lo que está pasando, como tampoco podía de niña. No suplicaré.
Junto al trono, Philip lucha por ponerse en pie, pero sus muñecas están atadas a una especie de anilla metálica en la piedra. Un hilo de sangre brota de su nariz. Alguien debe de haberle pegado. Me sorprende que esté intentado salvarme como nunca lo hizo cuando éramos pequeños.
—¿Por qué? —pregunto.
Alexander me retira una lágrima del pómulo con el pulgar.
—Chisss. Es por tu propio bien, amor mío. Tu padre te sometió a esto porque quería reprimir tu lobo, tu poder. Se quedaron cortos, pero yo te doblegaré hasta liberarte.
—Estás loco —espeto.
—A veces hay que destruir las cosas para construirlas de nuevo, tesoro. Tu padre me destruyó en una celda bajo palacio y, gracias a ello, soy más fuerte. Ahora te toca a ti.
—Alexander, no la toques —dice Philip—. Sea lo que sea lo que ansíes, mi padre te lo dará…
— ¡Silencio, perro! —ordena Alexander con los iris transformados. Me acaricia el rostro y yo intento apartarme, pero las cadenas no me dan margen—. Pronto acabará. —Da un paso atrás.
—¡Espera! —exclamo—. Dime… dime qué es lo que quieres.
Tiene que ver con el Dios de la Noche, ¿no?
He soñado con él. —No me avergüenzo del tono desesperado que se desprende de mi voz.
Salta a la vista que está loco. Es un fanático.
Si logro convencerlo de que puedo serle de ayuda con su dios, quizá me libere.
Un susurro recorre el anfiteatro. Alexander ladea la cabeza.
—Ah, ¿sí?
Un brote de esperanza florece en mitad de la oscuridad que me consume.
—¡Sí! Por las noches aparezco en su prisión. Podría hablar con él de tu parte, si quieres. Dime qué es lo que solicitas. Se lo pediré por ti.
Se rasca la mandíbula cuadrada, pensativo.
—No habrá necesidad. Tengo que doblegarte si quiero pagar mi deuda.
Sacudo la cabeza.
—Podrás ofrecerle mi dolor y mi vida, pero lo que él quiere es mi alma —señalo yo—.
Él… él me lo dijo. Y solo yo puedo darle eso.
Libérame y acudiré a él. Le diré lo que sea que quieras decirle.
Le ofreceré mi alma como pago de tu deuda, sea la que sea.
—Ojalá piense que la velocidad a la que me late el corazón se debe al miedo y no a la mentira.
—¿Ha hablado contigo?
—¡Sí! Se enfadará si me haces daño.
Rezo tanto a la Diosa del Sol como a la de la Luna para que me crea.
Arruga el entrecejo. Sus límpidos ojos azules brillan a la luz de las antorchas.
El hombre que me ha traído hasta aquí le susurra algo al oído.
Ambos se apartan para tener una conversación privada.
Los minutos parecen perderse en un abismo vacuo.
El miedo me atenaza el corazón y el hormigueo que me provocan en el cuerpo tantas miradas hace que quiera que se me trague la tierra.
—Princesa. —Es una voz áspera. Conocida.
Me da un vuelco el corazón. James está de rodillas, atado al suelo junto a la desembocadura de uno de los cuatro pasillos que atraviesan las gradas.
Tiene las muñecas atadas y un collarín de metal alrededor del cuello—.
Tu lobo —dice, con los ojos brillantes, tras los cuales acecha su bestia interior—.
Tu parte lobuna te protegerá de lo más duro.
—No puedo —susurro.
—Sí puedes. Repeliste mi Àithne cuando estábamos en la casa solariega. Eres más fuerte de lo que parece.
Alexander vuelve a acercarse a mí. Me dedica una sonrisa casi simpática.
—Buen intento, tesoro. Sé que tienes miedo, pero así es como debe ser.
Me voy a desmayar. Se me retuercen las entrañas y noto el tirón de la oscuridad. Philip está gritando algo. Alexander retrocede y el hombre con el látigo se me acerca. Se me están durmiendo las manos, pero aun así me las arreglo para cerrarlas. Aprieto los dientes.
«No puedo hacer esto. No puedo…».
James ruge. El codazo que le da en la cara al lobo que tiene al lado es tan certero que se oye el crujido correspondiente a la rotura de su nariz.
Se me desorbitan los ojos en cuanto atisbo un poco de cabello rubio y una maltrecha falda amarillenta.
Es Ian, el miembro del clan de Lochlan. Los dos se enzarzan en una pelea y los lobos que permanecen encadenados chocan entre sí.
Se oyen gritos y rugidos por doquier. Ryan intenta sumarse a la refriega dándole un golpe a Ian, pero James lo aparta rápidamente.
Un grito femenino resuena por todo el anfiteatro. Los lobos enmudecen. James alza la mirada. Alexander ha hundido su puño en el cabello de Claire, cuyos ojos se muestran salvajes, furiosos. Le apunta al cuello con una daga.
Ella enseña los dientes.
—Quítame las zarpas de encima.
—Lo haré si tu rey decide comportarse. ¿Tengo ya vuestra atención, majestad? —se burla Alexander. Una sonrisa feroz se conjura en su semblante—. O te sometes o mutilo a tu pareja antes de tirarla a la fosa para que mi otro invitado especial se divierta con ella.
La mirada acerada de James pasa de Alexander a una trampilla que hay en el suelo, a pocos metros de donde estoy yo. Un siseo se cuela por entre las grietas y yo tengo que ahogar una exclamación. «La Bestia Oscura». Debemos de estar justo encima de su celda en las mazmorras.
James suelta a Ian y cae de rodillas. Alexander tira a Claire al suelo.
—Buen chico. —Cabecea hacia la trampilla antes de dejarse caer en su trono—. Si sobrevives, Aurora, tesoro, abriré la puerta para que la conozcas. Comencemos.
Philip desorbita los ojos. Una súplica me atraviesa la garganta. El pánico me incendia el alma. Alzo la cabeza hacia Alexander.
—Espera…
Un restallido corta el aire y yo me echo hacia delante, impelida por el tiránico contacto del látigo en mi espalda.
El dolor lacerante llega al cabo de un segundo.
Las lágrimas me anegan los ojos. Curvo los dedos alrededor de las cadenas que me mantienen presa.
Los grilletes se me clavan en las muñecas.
No sin dificultad, cojo tanto aire como puedo.
—No pares hasta que se quiebre —indica Alexander.
Me deshago entera. Estoy ardiendo. Muriendo.
No puedo respirar. No veo. No hay más que sangre y dolor.
Me parece que estoy gritando. Me noto flojas las rodillas, me tiemblan los hombros.
Los dedos, que siguen aferrando las cadenas, están entumecidos.
Las lágrimas me bañan el rostro. Intento recitar una de las historietas de mi madre, pero el dolor lo empaña todo.
No soy capaz de concentrarme en nada que no sea la destrucción de mi cuerpo.
Algo se enciende furioso en mis adentros.
Un grito se fragua en mi pecho, un grito que ansía liberarse.
¿De qué sirve gritar? ¿De qué sirve llorar?
Unas manchas negras danzan ante mis ojos.
Floto sobre mi cuerpo, por lo que puedo contemplar a la chica doblegada cubierta de sangre en mitad del anfiteatro.
Se me nubla la vista y no sé si se debe a que la vida se me escapa o a que esa cosa bajo la arena está haciendo que las antorchas pierdan fuerza.
Ya no veo nada. Ya no soporto nada. Me refugio en mí misma. Oculto las emociones y la rebeldía que llevo reprimiendo desde que era pequeña. Me pongo una coraza. Me vuelvo de piedra. Dejo que mi alma chispee hasta apagarse.
Alexander ruge. El barullo cesa; el ensañamiento cesa. Mi cuerpo está lánguido, tengo el pelo pegado a la cara, llena de lágrimas, y me noto los brazos dislocados. Me quema la espalda. Alexander se lanza hacia mí, me agarra el rostro y me obliga a mirarlo. Su cara roja se difumina ante mis ojos.
—¿Por qué no lo haces, zorra estúpida? —Me abofetea con el dorso de la mano, girándome la cara. Vuelve a cogerme—. Sé que eres tú. Tienes que ser tú. Muéstrame tu poder. Muéstrame tu puto poder o te destrozaré entera…
Se oye un gorgoteo a sus espaldas, lo que hace que se dé la vuelta.
Una hoja afilada sobresale del cuello de uno de los hombres que custodian la salida.
La capucha ya no le cubre la cabeza; la sangre brota de entre sus labios, de manera que le resbala por el mentón y cae hasta sus botas, junto a las que va acumulándose.
Tiene los ojos abiertos de par en par. Perplejo.
Con un fluido movimiento, alguien le extrae la hoja del cuerpo, que se desploma de rodillas antes de caer de cara contra el suelo.
Blake está detrás.
Su rostro… es la viva imagen de la ira. Tiene la camisa húmeda, adherida a la rigidez de su pecho y su torso.
Un par de bucles oscuros se le pegan a la frente.
Su mandíbula resulta tan afilada como la daga que sostiene en una mano.
Tiene un acero atado a la espalda, además de dos cuchillas más en el cinto.
Su esencia me embarga por completo; llena mi pecho vacío.
Oscura, fría e inhumana, destierra el incendio de mi interior.
Creía que hasta ahora había accedido a buenas muestras de sus emociones, pero no eran nada comparado con esto.
No puedo respirar. No puedo moverme. Solo lo siento a él, nada más.
Me acuerdo de ese pozo del que me habló y ahora me pregunto si su oscuridad tiene fondo.
El lobo riela ambarino en sus ojos cuando fulmina a Alexander con su férrea mirada.
—Quítale las manos de encima a mi pareja.