Capítulo 57
L as horas se mezclan entre sí.
Me llevo las rodillas hasta la barbilla y me abrazo las piernas en un intento de entrar en calor.
Las antorchas se encienden y se apagan. Nunca antes había tenido tanto frío.
La sangre mana de la herida de la cabeza, de la que Philip es responsable, hasta que se me seca a la altura de la mejilla.
Nadie dice nada. El ambiente está cargado de un desespero ácido e ineludible.
James murmura de vez en cuando. Ryan gimotea. Yo solo quiero dormir.
Estoy atrapada entre el horror de la pesadilla que estoy viviendo y los horrores que me acechan en sueños.
Ambos resultan oscuros e inquietantes, y en ambos hay celdas y negrura.
Me atormentan hasta que dejo de diferenciarlos.
Lo único que siento es este terror frío y espeso que me oprime el pecho como una serpiente y sofoca al lobo que late en mi interior.
Me susurra que moriré. Que a nadie le importará. Que habré vivido para nada.
Todo esto está relacionado con el Dios de la Noche.
Callum me dijo que sus acólitos acostumbraban a sacrificar lobos para obtener su favor. ¿Acaso Alexander pretende sacrificarme? ¿Matará también a mi hermano?
Alexander debe de tener guardias. Quizá pueda persuadir a alguno de ellos de que asesinar a los herederos al trono de las Tierras del Sur no sería lo más sensato.
No quiero recurrir al nombre o al título de mi padre (el hombre que mató a mi madre) para salvarme, pero tampoco quiero morir. Además, he de salvar a Ryan.
Mi mente, frenética, repasa cada posibilidad habida y por haber hasta que unos puntitos danzan en mi visión y me dejo caer contra la pared.
Me asedia la desesperanza.
Oigo el eco de la voz de mi madre en la oscuridad.
«Valor, pequeña».
No sé cuánto tiempo ha pasado cuando oigo unos pasos que se aproximan a la puerta.
Unos guardias encapuchados entran en las perreras y abren todas las puertas excepto la mía.
Arrastran a los lobos hasta el pasillo. Están demasiado débiles como para ofrecer resistencia, lo que se suma al hecho de que tienen puestos los grilletes y una especie de collar en torno a sus cuellos.
James se aferra a los barrotes de mi celda antes de que se lo lleven.
—¿Sabe que estás aquí? —pregunta, apresurado.
—¿Callum?
James me atraviesa con la mirada, sin importar que el guardia se lo esté llevando.
—No. Callum no.
«Cielo, siempre daré contigo».
Una gélida oscuridad me recorre las venas.
—Sí.
Él asiente.
—Intentaré ganar un poco de tiempo.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunta Ryan detrás de él.
—Tú nada, muchacho.
Encadenados y juntos, se los llevan afuera.
Una llave gira en la cerradura, lo que hace que me incorpore de golpe al comprender que, finalmente, han venido a por mí.
Me pongo de pie a toda prisa.
—Escucha, no sé qué te habrá dicho Alexander, pero soy la princesa de las Tierras del Sur. Mi padre te recompensaría con creces si…
El hombre que se adentra en mi celda parece un fantasma, ataviado con prendas oscuras y una capucha que le oculta el rostro.
Me coge por el brazo y hunde los dedos en mi carne con tanto ímpetu que resulta doloroso.
En su muñeca, vislumbro parte de un tatuaje: una llave con unas lunas crecientes en su arco.
El símbolo de Noche. Mis esperanzas se desvanecen.
Los hombres de Alexander son tan fanáticos como él.
—No respondemos ante tu padre —replica.
Me lleva hasta el pasillo curvo.
—¿Vais a sacrificarme a vuestro dios?
El frío que me asalta mientras me lleva escaleras arriba hace que me castañeen los dientes.
—Primero tenemos que comprobar que eres la persona correcta.
—¿La persona correcta para qué?
El guardia, que no dice nada más, me conduce por una puerta y un pasillo iluminado por unas antorchas titilantes.
Las paredes están húmedas, revestidas por una fina capa de liquen.
Un olor a sangre y sal vicia el aire. Se oye ruido más adelante: gritos y abucheos, el repiqueteo del metal y un rugido de dolor.
Frente a nosotros, dos figuras con sendas capas custodian la salida del pasillo.
Pasamos de largo hacia un anfiteatro en penumbra.
El rugido es casi ensordecedor. Se me para el corazón.
Múltiples lobos están de rodillas en un espacio circular, apaleados, ensangrentados y encadenados.
Quizá sean unos veinte. Busco a Ryan, pero las figuras encapuchadas que los observan desde las gradas, y que ahora también me observan a mí , reclaman toda mi atención.
Alexander está sentado en lo que parece un trono de piedra al otro lado del círculo.
Mi hermano está de rodillas a su lado, encadenado.
Ya no lleva su abrigo y tiene la camisa manchada de sangre.
Se tambalea en mi dirección, pero entonces Alexander susurra algo, con el resplandor del lobo centelleando en sus ojos, y Philip permanece donde está.
Yo me quedo helada. Sacudo la cabeza e intento retroceder.
En mitad del anfiteatro, anclados al suelo de piedra, hay dos postes de los cuales cuelgan grilletes. A su lado, un tipo con una túnica aguarda de pie, látigo en mano. La punta es de plata.
«No».
Alexander se levanta.
—Nuestra invitada especial acaba de llegar. —Su sonrisa se vuelve más amplia—. Hora de divertirnos un poco, tesoro. Si sobrevives, podrás conocer a una vieja amistad que tengo. —Cabecea hacia el hombre que me ha traído hasta aquí—. Átala y podremos empezar.