Capítulo 56
L as esposas plateadas me irritan las muñecas.
Tengo el brazo aplastado contra la puerta del carruaje y una de las rodillas de Philip presiona contra la mía.
Él también está encadenado. El olor de su sangre flota en el ambiente.
Suelta un gemido cuando, a toda velocidad, pasamos por un bache en el camino de las montañas.
—Nuestro padre hará que te cuelguen por esto —dice Philip con la voz áspera.
Alexander está sentado delante de nosotros, con las piernas separadas.
—Vuestro padre es un imbécil y, cuando consiga lo que me propongo, será hombre muerto. Igual que tú.
Una ola de temor se apodera de mí por enésima vez. Trato de tranquilizarme, pero tengo la respiración acelerada y la piel helada. Esto se parece demasiado a lo que viví con Sebastian. En esa ocasión conseguí librarme, pero no creo que esta vez vaya a tener la misma suerte.
«¿Qué tal si me enseñas qué más has aprendido mientras eras la puta de esa bestia de Highfell?».
—¿Qué quieres de mí? —pregunto.
—Chisss. —Alexander se inclina hacia delante y me toma la barbilla entre el índice y el pulgar. Se me retuerce el alma—. Reserva tus fuerzas para luego, amor mío.
—Quítame las manos de encima. —Le escupo en la cara y me echo hacia atrás.
Philip se pone rígido. Alexander se limita a dejar caer la mano y a reír: una risa grave que desata un escalofrío en mi columna vertebral.
Se reclina en su asiento, se quita la saliva con los dedos y se los chupa.
El miedo se me adhiere al pecho. Philip se mueve un poco, como si creyera que puede interponerse entre ambos. Los ojos de Alexander cambian.
— Si vuelve a intentar algo contra mí, ocúpate de ella .
Philip aprieta la mandíbula. Una vena sobresale en su cuello.
Percibo al lobo bajo su piel, como si tratara de resistirse a la orden de Alexander.
Si voy a hacer algo tengo que hacerlo ya.
Cojo del bolsillo el abrecartas que me dio Callum y me lanzo sobre Alexander.
El rugido angustiado de Philip retumba en el carruaje al agarrarme por la cintura y golpear mi cabeza contra la portezuela.
El dolor penetra en mi cráneo.
Los ojos de Philip están anegados en lágrimas.
—Lo siento.
Lo último que veo es la amplia sonrisa de Alexander.
Negro.
Gruño. Un olor a algas y sudor se mezcla con el aire frío.
Abro los párpados y me incorporo sobre mis antebrazos.
Mis ojos requieren de un momento para acostumbrarse a la penumbra.
Estoy en una jaula. No. En una celda. Una de las paredes es curva y tiene barrotes.
Me toco la cabeza y me encuentro con que tengo el pelo mojado, pegajoso. Sangre.
El pánico me oprime el pecho. Philip no está aquí. Estoy sola. Y voy a morir.
Oigo murmullos no muy lejos.
—Deja de lloriquear. —Es una voz familiar, gruesa, con el acento de las Tierras del Norte. Me da un vuelco el corazón. Me giro hacia la celda más próxima. El lobo que hay en ella esboza una sonrisa—. Hola, princesa.
Tiene los mismos hombros poderosos y ojos almendrados que Callum.
Por un momento dejo que mi corazón se crea que es él quien está sentado contra la pared húmeda, que el tartán que lleva este hombre es el de Highfell en vez del que combina los colores de todos los clanes.
Hasta que no me queda más remedio que enfrentarme a la enredada melena castaña que le acaricia los hombros y a la tinta que reviste sus brazos.
— ¿James?
—¿No deberías estar arriba con ese sureño malnacido? —pregunta, señalando con la cabeza el techo.
—¿Y mi hermano?
—¿Tu hermano?
—Alexander también lo capturó.
James echa la cabeza atrás y suelta una carcajada ronca que retumba por todo el calabozo.
—Ya había oído que Alexander era un perro rabioso, pero capturar a los dos herederos del trono de las Tierras del Sur… Me cago en la puta, sí que tenemos problemas.
Un gruñido grave me llega desde la celda contigua a la de James.
—Nunca debería haber venido aquí. Nunca debería haber venido aquí, joder.
—Cállate, muchacho —dice James.
Yo me yergo.
—Ryan, ¿eres tú?
Ajusto la vista. Más allá de la inmensa silueta de James, distingo a Ryan, con la espalda apoyada en la pared y las manos enterradas en su cabello cobrizo. Levanta la mirada.
—Hola, princesa. —Señala a James con su anguloso mentón—. Lo encontré.
—Sí, muchacho —dice James—. Y, si alguna vez salimos de aquí, lo que parece bastante improbable dadas las circunstancias, quizá la próxima vez que el traidor que tengo por hermano te encargue una misión tan loca recuerdes lo que pasa por seguir sus órdenes en vez de las mías.
Aplaco la ira que me sube por la garganta ante su desprecio por Callum. Un gruñido, femenino y exasperado, rebota en las paredes húmedas antes de decir nada.
—¿Podéis, por favor, cerrar la puta boca durante cinco minutos?
—Ah, sí, deja que te presente a mi encantadora pareja: Claire. —James señala la celda junto a la mía.
La mujer que le gruñe a través de los barrotes de mi otro lado está lejos de ser la alfa elegante y digna que conocí en Lowfell. Su cabello oscuro está salvaje, enredado alrededor de su rostro. Su camisa está rasgada y dada de sí, y tiene las mejillas sucias.
Muestra los dientes.
—Vuelve a llamarme eso y te arrancaré las pelotas de cuajo antes de servírtelas como aperitivo.
—No le hagas caso —dice James—. Se pone insoportable cuando no come y empieza a comportarse como una…
—Llámame zorra, va; hazlo, joder. —Los ojos de Claire relampaguean en la penumbra. James sonríe y alza las manos a modo de rendición. Ella se deja caer contra la pared—. Eso pensaba, mamón.
—Ya nos conocíamos —señalo yo.
—Pues claro. —James apoya la cabeza en la pared—. Mientras planeabais vuestra maldita sublevación. ¿Qué tal te ha ido eso, princesa? Tú estás aquí, pero mi hermano no, así que deduzco que las cosas no han ido muy bien entre vosotros. Una lástima.
Aprieto los dientes. Me hierve la sangre.
—Tenías un gran plan para rescatar a Claire, y, sin embargo, aquí estás, atrapado en una celda con ella. Supongo que las cosas tampoco han salido como esperabas.
Claire ríe.
Para mi sorpresa, James también.
—La verdad es que no.
Entorno los ojos.
—Careces de honor. Me dijiste que me permitirías volver a mi reino si mataba a Sebastian. Hice lo que me pediste y tú rompiste tu promesa.
—No me arrepiento. Volvería a hacerlo.
Un gruñido se me escapa de la garganta, lo que hace que la comisura de los engreídos labios de James se curve.
—Callum debería haberte matado.
—Sí, debería haberlo hecho. Mi hermano siempre ha sido demasiado blando para hacer lo que ha de hacerse.
—Confundes clemencia con debilidad —espeto, consciente de que, de alguna manera, me estoy contradiciendo.
—Entonces, debes de tenerme en buena consideración por haber perdonado la vida de mi hermano.
Me tenso.
—Callum es más fuerte que tú. Salió victorioso en el desafío y tuvo clemencia contigo . También habría salido victorioso hace años si no te hubiera dejado ganar.
Un músculo se contrae en su mandíbula, como si se sintiera expuesto ante mí.
—No. Yo soy el lobo dominante. Siempre lo he sido. Pero quiero a mi hermano. No deseaba acabar con su vida por culpa de una sureña. Y ahora tú has sembrado la discordia en mi reino.
Aprieto los puños.
—Eso lo hiciste tú, no yo. Nunca hice nada para despertarte sentimientos tan adversos.
Nunca fui tu enemiga. La mañana que nos conocimos me ofrecí a ayudaros a ti y a tu reino.
¡Si hubieras mantenido tu palabra, si no me hubieras vendido a Sebastian, si no me hubieras atacado , nada de esto habría pasado!
James gruñe.
—Te equivocas, princesa. Sí eres mi enemiga.
Tu sangre es la sangre de mis enemigos. Tu pueblo es enemigo del mío.
Desde los tiempos del Lobo Primigenio, os habéis dedicado a arrasar nuestras tierras y expoliarnos.
Nos habéis traído la guerra y habéis intentado gobernarnos, cuando lo único que nosotros deseábamos era la paz.
Nada más verte por primera vez y captar el olor de mi hermano en todo tu cuerpo, supe que nos traerías problemas.
¿Qué esperabas que hiciera? ¿Dejarte vivir?
Sabía que solo era cuestión de tiempo que abandonaras a Callum y compartieras nuestros secretos con los tuyos. Nos habrías condenado a todos.
—¡Te has condenado tú solo, maldito idiota! No tenía ninguna intención de revelarle vuestros secretos a mi padre. Y tampoco la tenía de dejar a Callum.
—Sin embargo, tú estás aquí, ¿y él dónde está?
—La potencia de su voz retumba por las mazmorras.
Sacude la cabeza—. No es tu padre el que me preocupa.
También capté el aroma de Blake en ti, aquella mañana, y supe exactamente lo que significaba.
Dos sureños: uno es un lobo mestizo de las Tierras Fronterizas que se convirtió en el alfa de uno de los clanes más temidos de las Tierras del Norte y se las ingenió para formar parte del consejo de mi padre, que descaradamente ambicionaba mi trono; y la otra es la hija del rey enemigo.
Me dio por pensar que esa no era una alianza a la que quisiera dar ni un mínimo de tregua.
—No estoy aliada con Blake.
—Claro que no… —Se pasa una mano por la mandíbula—.
Fui misericordioso con mi hermano. No lo maté, a pesar de que podría haberlo hecho, pero me aseguré de que viera lo que yo vi.
Me aseguré de que leyera el libro que encontré en la alcoba de Blake, porque necesitaba que los dos estuvierais fuera de Madadh-allaidh antes de que causarais algún daño irreparable, para que mi hermano pudiera librar la lucha que vuestra gente empezó.
—Pues me alegra que hayas conseguido lo que querías —mascullo.
—¿Crees que esto es lo que quería? —Menea la cabeza—. Lo que quiero es estar borracho y caliente en la cama junto a alguna muchacha. Pero, gracias a ti, estoy aquí. Eras una amenaza para mí entonces, princesa, y eres una amenaza para mí ah…
Las antorchas que revisten la pared titilan y menguan una a una, lo que hace que James enmudezca.
Las sombras se acentúan. Las siento, frías e inquietas, retorciéndose como serpientes en mi cuerpo.
Un siseo débil y áspero recorre el pasillo, con lo que se me eriza el vello de la nuca.
Me viene a la mente la piel mudada que Blake cogió del suelo cuando nos encontramos en la prisión de Noche.
Un agujero me perfora el pecho. La oscuridad se cuela por mis fosas nasales. Esa naturaleza salvaje latente en lo más profundo de mi alma lucha por liberarse.
No puedo permitirme el lujo de quedarme inconsciente. Aquí no. Y menos ahora. Aprieto los puños. Hundo las uñas en las palmas de mis manos hasta hacerme sangre. Apenas me percato del quejido ahogado de James a un lado y de cómo Claire se tensa al otro.
El sonido cesa. Las antorchas vuelven a la vida. Expulso la oscuridad de mi cuerpo a través de un largo suspiro que se condensa ante mí. Me vuelvo hacia Claire.
—¿Qué ha sido eso? —musito, aunque creo que ya lo sé.
—Lo llamamos la Bestia Oscura —responde ella.
—Un prisionero de Noche —susurro horrorizada.
James se pasa una mano por la mandíbula.
—Es la razón por la que estamos aquí: para luchar contra eso.