Capítulo 55
S iento un tirón en el pecho, el familiar cosquilleo de la atención en la piel, un susurro de aire en la mejilla. Se me dispara el pulso, como si mi cuerpo se percatara de la amenaza antes que mi mente. Abro los ojos.
La noche es densa. Debo de haber estado tumbada de lado, a juzgar por las acículas que tengo clavadas en la mejilla.
El fuego, cuyas ascuas anaranjadas resplandecen en la oscuridad, arde con timidez.
Los árboles se mecen sobre nuestras cabezas.
Philip ronca bajito, con sus largas piernas estiradas, aunque mantiene una mano sobre la daga que lleva al cinto.
Todo parece normal, y, no obstante, la sangre me recorre las venas a un ritmo vertiginoso.
Parpadeo un par de veces y luego, con cautela, me incorporo. Me quedo sin aliento.
Blake me observa desde los márgenes del claro. Está sentado en uno de los troncos, con las rodillas erguidas y las manos colgando entre ellas.
—Hola, pequeña liebre.
Se me cae el alma a los pies.
—¿Qué estás…? —La pregunta muere en mi garganta en cuanto ajusto la vista.
No está sentado en el bosque a unos metros de distancia.
Se encuentra en un catre, sobre un modesto colchón.
Tras él distingo piedra fría. Hay libros esparcidos por la cama, a su alrededor, y sus muñecas están envueltas por unos grilletes.
Su cabello oscuro se muestra alborotado, como si se hubiera pasado los dedos por él, y los botones superiores de su camisa están desabrochados.
Tanto el bosque como la celda están envueltos en un resplandor etéreo.
Es como si lo viera todo bajo el agua. El sonido del arroyo que hay cerca retumba en mis oídos.
Todo parece lejano. Esto es un sueño, y, sin embargo, no me cabe duda de que el lobo que hay frente a mí es el auténtico Blake.
El pánico me atenaza las entrañas. No solo por las consecuencias de nuestro sueño compartido, sino porque no quiero que sepa dónde estoy.
Me creo lo que dijo Callum. Blake vendrá a por mí en cuanto lo liberen. No puedo lidiar con él.
Ladea la cabeza.
—¿No pensabas despedirte?
—Me pareció mejor no hacerlo.
—Te esperé. Creí que vendrías.
Sacudo la cabeza.
—No somos amigos, Blake.
—Tal vez no. ¿Averiguaste cuál es la naturaleza de nuestro vínculo?
—Sí.
—¿Y?
—No cambia nada. Puede que no lo hayas creado, pero sí me manipulaste.
Él apoya la cabeza en la pared, dejando el cuello al descubierto. Una carcajada brota de sus labios, fría y vacía. Su eco resuena en la celda.
—¿Aún piensas eso?
—¿Es verdad o no? —Me siento aún más erguida.
Unas ramitas se parten bajo mi cuerpo. Las piedras se me clavan en las palmas—.
La señora McDonald me dijo que necesitaba ser aceptado para que surtiera efecto.
Eso es lo que pasó esa noche, cuando James me mordió, ¿no?
—Recuerdo la luz que vi en las profundidades de mi subconsciente y cómo Blake me alentó a tomarla—.
Me engañaste para que lo aceptara y así poder usarlo en contra de Callum y también de mi padre, supongo.
Después me ocultaste su verdadera naturaleza.
—Puede ser. —Se encoge de hombros—. O tal vez recurrí al vínculo para salvarte la vida, porque solo yo podía hacerlo, simple y llanamente.
La ira me maquilla las mejillas.
—Estás jugando una partida, Blake. Lo has dejado bien claro.
—Sí, pero no es la partida que crees.
—¿Y mi participación en ella? ¿Se ha acabado?
Él junta las manos con una palmada que hace tintinear los grilletes. Una sombra de arrepentimiento oscurece sus facciones.
—No. No lo creo.
—No importa. No darás conmigo.
—Cielo, siempre daré contigo. —Su mirada salta de mí a mi entorno—. Así que tu amo ha dejado que te vayas. Vaya necio.
—No es mi amo.
—¿Dónde estás?
Mi risa suena igual de fría que la de Blake.
—No voy a decírtelo, por si lo dudabas.
—Vuelve conmigo. —Un hoyuelo florece en su mejilla—. Podemos aclarar este asunto juntos.
—No.
—Los árboles no son tan altos en las Tierras del Sur.
Sea cual sea tu destino, es de esperar que te haya enviado al norte primero para que así evites al ejército de Alexander.
—El miedo me oprime el pecho, pero me convenzo a mí misma de que Callum no lo liberará hasta pasados unos días, por lo menos—.
No debería haber hecho eso. Alexander irá de un modo u otro.
—Hemos tomado precauciones.
Blake sacude la cabeza.
—Sé cosas acerca de Alexander que tú y Callum desconocéis. Te desea más que a nada, Aurora. Ansía obtener el favor de Noche y cree que tú podrías ayudarlo a conseguirlo.
—¿Por qué?
—¿Importa eso? Es un extremista. Un fanático. Irá a por ti. Te encontrará.
El susurro de los árboles no se acompasa con mi desbocado corazón.
—Estamos en mitad de la nada. Alexander no conoce estas tierras. Tiene un ejército de humanos que va a estar muy distraído con Callum. No nos pasará nada. —No tengo claro si intento persuadir a Blake o a mí misma.
Conduce su mirada hasta mi hermano.
—Estás con Philip. ¿Te ha contado cómo nos conocimos?
—Sí.
—Pregúntale quién más estaba en las mazmorras conmigo. Pregúntale qué le pasó a Alexander cuando informaste de su traición a tu padre. —Su tono es tan afilado que se me corta la respiración.
Me asalta el recuerdo de algo que Alexander le dijo a Blake cuando nos persiguió hasta la ermita: «Pero bueno, si es el cachorro favorito del rey. Te he echado de menos, Blake. Añoraba la cadencia de tus gritos. A veces sueño con ellos. ¿Tú sueñas conmigo?».
Se me seca la boca.
—Alexander es un lobo.
Blake se inclina hacia delante.
—Escúchame, Aurora. Puede que tanto tu vida como la mía dependan de ello: intenté usar el Àithne con Philip, pero no…
El viento cambia; se me crispa la piel. Capto un aroma. Sudor y acero. Me enderezo y miro atrás con brusquedad.
Blake se tensa.
—¿Qué pasa?
—No… no lo sé. Me ha parecido notar algo.
Blake mira más allá y sus fosas nasales se ensanchan. Se pone de pie con un velo de pavor en el semblante muy impropio de él.
—Aurora, tienes que despertarte. Aléjate de…
Unas voces masculinas resuenan a lo lejos. Me pongo de pie como buenamente puedo.
—¡Blake!
Él avanza hacia mí con las manos extendidas y encadenadas. Trato de alcanzarlo. Mis dedos se encuentran con los suyos, pero no rozo más que aire.
— Corre.
Abro los ojos de golpe.
Philip ya está de pie, con una mano en su espada y la otra extendida hacia mí. La cojo y dejo que me levante. El sonido de ramitas al partirse me llega de todos lados; el susurro de varios hombres se mezcla con el de las hojas al viento. Un olor a sudor y acero impregna el aire del bosque.
—Los caballos están junto al arroyo —susurra Philip con un timbre de urgencia—. Ve al oeste. Yo me encargo.
El aire se parte en dos a sus espaldas. Él me aparta, con los ojos muy abiertos. Un golpe sordo resuena en el claro al tiempo que él da unos tambaleantes pasos al frente. Se gira y lanza una de sus dagas entre los árboles. Se oye un grito seguido de un golpe seco. Ha alcanzado a su objetivo.
A mí se me para el corazón. Una flecha sobresale de la pantorrilla de Philip. Se la saca.
—Vete. Ya te alcanzaré.
—Juntos. Venga.
Lo cojo del brazo. Él cojea en mi dirección justo cuando el aire vuelve a partirse. Philip me tira al suelo con él y otra flecha se le hunde en el costado. Su espada sale disparada por el claro.
— Joder.
Intento ponerlo en pie. Los crujidos ocasionados por las pisadas se oyen mucho más cerca. Alzamos la mirada.
Una figura emerge de entre la espesura, de complexión gruesa y musculosa, ataviada con un sofisticado abrigo bordado y con la estrella que constituye el emblema de las Tierras Fronterizas brocada a la altura del pecho: Alexander.
—Hola, tesoro —dice, sonriente. Mi corazón deja de latir. Philip empieza a ponerse de pie mientras sus dedos se curvan sobre la otra daga—. Abajo, cachorrillo. —Los ojos de Alexander se transforman con el brillo del lobo que se oculta detrás.
Philip cae de rodillas y suelta la daga. Una arruga se forma en su entrecejo. Agita las aletas de la nariz.
—Aurora, corre…
—¡Philip! ¿Qué haces? —pregunto.
— Silencio —ordena Alexander.
Mi hermano enmudece. El pánico se adueña de mí. Sacudo la cabeza.
—Philip…, ¿qué…?
—Lo siento. —Está pálido—. No lo sabía. Lo juro. No lo sabía. Se habían transformado. Pensé que sería Jack.
El nudo que tengo en la garganta se intensifica cuando más hombres emergen de entre los árboles.
—Alexander es tu alfa —musito con horror.
—No sabías ni por dónde te daba el aire, cachorrito —dice Alexander—.
Me sorprende que te acuerdes de la mordedura.
Ambos hincamos los dientes en ti. Parece que yo vencí en ese reclamo.
Qué suerte. —Tira unas esposas al suelo frente a nosotros y sus ojos vuelven a cambiar—.
Pónselas a tu hermana. Nos vamos a la Fortaleza Gris.