El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 54 #2
84%

Capítulo 54 #2

—La noche de la luna llena, me sentía… inquieto. Me dejé caer por los muelles y bebí tanto que apenas me tenía en pie. Cuando volví al palacio… —Niega con la cabeza—. Me dejé vencer por la curiosidad de nuevo. Quería saber qué aspecto tenían cuando se transformaban.

—Volviste a las mazmorras.

Un velo atormentado se cierne sobre su rostro.

—Había cinco de ellos en las celdas. Yo apenas mantenía la consciencia de lo borracho que estaba. Hostigué a un par a través de los barrotes. Me mordieron. Merecido, supongo.

—Blake dijo que sabía qué lobo te mordió.

—Sí. Ahora está en Madadh-allaidh.

Alzo las cejas.

—¿Quién es?

Chasquea sus dedos enguantados, como si fuera a ayudarlo a recordar el nombre.

—El de las rastas y el acento sureño.

—¿Jack?

—Sí, eso. Jack.

Me quedo perpleja. Nunca pregunté cómo Blake conoció a su mano derecha, pero no esperaba que ambos hubieran sido prisioneros en los calabozos de mi padre. La oscuridad se propaga en mi interior al caer en la cuenta de otra cosa.

—Jack forma parte del clan de Blake. Eso convierte a Blake en tu alfa.

La idea de que el susodicho está jugando a un juego más complejo de lo que pensábamos cobra fuerza.

O puede ser una coincidencia que se las haya arreglado para ser el alfa tanto del príncipe como de la princesa del reino responsable de su cautiverio.

Por mucho que yo me queje y afirme que no es mi alfa, lo cierto es que su mordedura todavía está en mi hombro.

Philip hace un gesto de indiferencia.

—Desde luego, creerlo, lo cree. Intentó usar el Àithne conmigo cuando estábamos en la enfermería.

—¿No funcionó?

Él niega.

—No, aunque le hice creer que sí.

—Yo hice lo mismo.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—Después de aquello me di cuenta de que tenía que salir del reino antes de la siguiente luna llena.

Transformarme delante de padre…, ¿te imaginas?

—A pesar del rechazo que me inspira mi hermano, no puedo evitar curvar los labios.

Él sonríe—. No, decidí ahorrarme esa experiencia.

Le dije a padre que estaba listo para ir a la guerra.

Me llevé conmigo al guardia que me había hablado de los lobos en las mazmorras y, en cuanto llegamos al campamento, salimos hacia las Tierras Nevadas en busca de respuestas.

—¿Las encontraste?

—Encontré un reino dividido. Encontré miedo al Dios de la Noche. —Su mirada adquiere un cariz distante—. Y encontré a Ingrid.

—La amas —afirmo en voz baja.

—Lo que sienta por ella no importa. No es correspondido, te lo aseguro. Hice poco para caerle en gracia cuando nos conocimos. Es… —Se muerde el labio inferior con una expresión sorprendentemente seria. Casi parece el príncipe que debería ser—. Es bastante extraordinaria.

—¿Por eso buscas el Corazón de la Luna?

Él ríe.

—No se te escapa nada, hermana. —Se encoge de hombros—.

Sí, lo estoy buscando. No es la razón principal por la que vine, pero hablé con una tribu de las Tierras Nevadas que dijo que lo enviaron aquí hace años.

Aunque allí tiene otro nombre, que se traduciría como Sangre de la Luna.

Se me ocurrió que quizá Ingrid perdone mis pecados si lo encuentro.

—¿La Sangre de la Luna?

—Sí.

Me muerdo el labio.

—Y decidiste intentar concertar un matrimonio entre esa mujer tan extraordinaria y el hombre al que estoy…

—Las palabras mueren en mi garganta. Cambio de postura sobre el tronco.

Voy a volver con Callum, voy a luchar por él, pero eso no cambia el hecho de que él quería poner fin a lo nuestro—.

Al que estaba cortejando. Qué considerado por tu parte.

Ese hoyuelo suyo vuelve a aparecer.

—¿Qué más da, hermanita? Blake es tu…

—Calla. —Reprimo el arrebato de pánico—. ¿Cómo sabes lo de… lo del vínculo?

Compone una mueca.

—¿Aparte de porque es increíblemente obvio? —Se encoge de hombros—. Cada vez que habéis estado en la misma habitación ha sido incapaz de quitarte los ojos de encima. Pero ten cuidado con él. Ha cambiado desde que nos conocimos. Hay algo en él que no cuadra, solo que ahora lo esconde.

Coincido en que Blake oculta algo, y, sin embargo, siento una punzada de indignación por él.

—A lo mejor se debe a que lo conociste estando bajo tortura, Philip.

—A lo mejor. —Se acomoda en el suelo junto a la roca y se pone el morral detrás para usarlo como almohada antes de tumbarse del todo—. O a lo mejor no. —Cierra los ojos. Una sonrisa se abre paso por su rostro.

—¿Qué? —inquiero.

—Qué mal le sentaría a padre saber en lo que nos hemos convertido.

Yo me tumbo sobre las hojas de pino y me preparo para dormir.

—Dos medio lobos, cada uno ayudando a un reino enemigo distinto. Le daría algo, ¿verdad?

Philip ríe.

—Buenas noches, hermanita.

—Buenas noches, Philip.

Cuando abro los ojos ya no estoy en el bosque. El aroma a pino impregna el aire. Un fuego crepita en una chimenea de hierro negro adornada con libros y una licorera con whisky. Son los aposentos de Blake. El colchón chirría a mis espaldas, seguido de un gemido ahogado.

Me doy la vuelta y me quedo de piedra.

Figuro en el sueño de Blake. Una versión de mí está de rodillas en su cama, entre los postes del dosel y las cortinas oscuras de seda. En esa versión estoy desnuda, con la piel reluciente a la luz de la luna.

Blake está arrodillado detrás de mí. Tiene una mano en el hueco de mis muslos, que están separados. Con la otra me aprieta un pecho, vehemente. Sus dientes me rozan la garganta. Me mete los dedos. La versión onírica de mí misma gime y se echa hacia atrás, hacia él, que gruñe.

Mis piernas se convierten en líquido. Lo siento. Lo siento en todas partes. No me está tocando de verdad y, aun así, noto la presión entre mis piernas, el anhelo en todo mi ser.

Tengo que salir de aquí, pero estoy hipnotizada. No es solo por la fervorosa naturaleza de los movimientos de Blake, siempre tan dueño de sí mismo, sino también por el fulgor de mi piel, casi como el de una diosa, como si fuera así como él me ve.

Me obliga a recostarme contra el colchón y es entonces cuando reacciono. Trastabillo un poco hacia atrás, lo que me lleva a chocarme con algo sólido, cálido. Me giro.

Blake, el auténtico, está delante de mí. Tiene la mirada fija en la cama, con los labios un poco separados. Yo lo cojo por la camisa y lo empujo contra la pared al lado de la chimenea.

—Páralo.

Él detiene su mirada en mí. Hay pánico en ella.

—No puedo.

Un jadeo mío retumba por la sala y yo me quedo sin aliento. El chirrido se hace más fuerte, más rápido, lo que llama la atención de Blake. El vínculo se estremece y entonces percibo la palabra latente en él, como un gruñido. «Cazar».

Giro la cabeza y se me para el corazón. Me tiene boca abajo contra el colchón, con una mano en la nuca para mantenerme en esa postura; con la otra me sostiene la cadera mientras me embiste. La expresión de su rostro… Diosa…, qué expresión.

Noto una opresión en el pecho. Me hierve la sangre. Me vuelvo hacia él.

—Blake, no… no puedes pensar en mí de esa manera…

Percibo el cambio. Él siente lo mismo que sintió en la ermita. Esa ferocidad animal. No es él. Sus ojos cambian y refulgen.

—Nadie lo sabrá.

—¿Qué?

Casi con delicadeza, toma un mechón de mi pelo y me lo coloca detrás de la oreja. La consideración de su gesto contrasta con la fuerza de su mirada y con lo que está pasando detrás de mí. Se me corta la respiración.

—Solo es un sueño —dice él—. No tenemos que hacerlo a mi manera. Puedo ser delicado, si lo prefieres.

Se me seca la boca.

—Blake…

Me sostiene el rostro entre las manos.

—Déjame tenerte. Solo una vez. Por favor.

Un incendio se apodera de mis adentros. Está suplicando.

Blake está suplicando. Soy consciente de que pretende manipularme.

Sé que hará o dirá lo que sea necesario con tal de obtener lo que quiere, porque así es como funciona su mente.

Sin embargo, mi cuerpo está en llamas. No puedo moverme.

No puedo pensar. Se acerca más. Se pega a mí.

Sus labios están a escasos centímetros de los míos, tan cerca que noto la caricia de su aliento en la boca.

Esboza una sonrisa oscura, malévola, y me hace echar la cabeza hacia atrás.

—Solo estamos tú y yo. Él no tiene por qué saberlo.

Él.

Callum.

El hielo se apodera de mi ser, mermando así las llamas traicioneras. Ignoro los gemidos, los azotes y los roncos jadeos. Retrocedo.

—No puedes pensar en mí de esa manera —repito, tratando de imbuir mi tono de cierta autoridad, pero me tiembla la voz—. Esto… esto nunca pasará.

Tiene la osadía de aparentar tristeza. Me doy la vuelta y salgo por la puerta.