Capítulo 54
M e pesa el corazón al alejarme de Madadh-allaidh acompañada de Philip.
Debemos ir al oeste, al modesto puerto con el que cuenta Glas-Cladach. Primero, siguiendo las indicaciones de Callum, enfilamos una ruta a través de un valle hacia el norte para así evitar el ejército de Alexander, que ha sido avistado cabalgando en esta dirección.
Monto un caballo castaño menudo de nombre Heather que Fiona, que me ha abrazado con fuerza antes de partir y expresado sus deseos de que nuestros caminos vuelvan a cruzarse, ha preparado para mí.
La señora McDonald me ha dado una bolsa con pan, embutidos y frutos secos, además de otra de sus historias de amor, que ha incluido entre los demás artículos con un guiño.
Callum, con los ojos brillantes bajo el sol frío, me ha rozado la frente con los labios y me ha entregado el pequeño abrecartas plateado que me llevé de las Tierras Fronterizas, con el que traté de apuñalarlo en una ocasión.
—Ve a por la garganta —me ha recordado al oído con un susurro constreñido.
—Encontraré el Corazón de la Luna y volveré contigo. —Esa ha sido toda mi respuesta.
Poco después, Philip y yo ya estábamos en marcha.
No me he despedido de Blake, a pesar de lo mucho que el vínculo tira de mí ahora que las montañas se elevan a ambos lados. La oscuridad se propaga por mi pecho. No sé si nace de la tristeza que siento o si es el efecto de sus emociones. Creo que sabe que me he marchado.
Philip trota al frente, a un ritmo moderado y con una postura relajada, ya que tan solo sostiene las bridas con una mano enguantada.
Lleva puesto su largo abrigo azul de cuello alto, al que acompaña el acero que le dio Callum, atado ahora a su espalda.
Sé que también lleva unas dagas al cinto.
Aparte de quejarse de que le han interrumpido el sueño y de que hayamos tenido que irnos antes de que le diera tiempo a desayunar, tiene la sensatez de no decir nada.
No tengo claro de si se trata de compasión por mi situación o si, como me pasa a mí, está incómodo.
Somos hermanos y también desconocidos. En casa, desempeñábamos los papeles de príncipe y princesa que no se caían muy bien.
Nos han pasado tantas cosas desde entonces que cuesta discernir qué papel hemos de desempeñar ahora.
Por la tarde, que las nubes se agrupen y rompa a llover no ayuda a que me ponga de mejor humor. Acerco mi caballo a Philip, irritada.
—¿Estás seguro de que vamos por el camino que toca?
—Sí.
—¿Cómo puedes identificar el norte sin ni siquiera ver el sol? Callum dijo que a estas alturas ya deberíamos haber llegado al bosque; una vez allí, hay que torcer al oeste. —Noto el sabor del aguacero en mi paladar. La capa ya se me está empezando a pegar al cuerpo.
—Si deseas ponerte al mando, por mí no te cortes, hermanita. —Su pelo rojizo está lacio. La lluvia resbala sobre sus labios. Pese a mis temblores, él se muestra tranquilo—. Yo no pedí tener que estar pendiente de una malcriada.
—¿Por qué siempre tienes que ser tan desagradable?
—¿Y tú?
Contengo un gruñido y dirijo mi atención tanto a las inmensas montañas como a las distintas pinceladas de gris y verde del paisaje que nos rodea. No es la primera vez desde nuestra partida que me pregunto si estaré haciendo lo correcto al viajar con él. Apenas tolero su compañía.
Para cuando cae la noche, yo ya estoy convencida de que nos hemos perdido; sin embargo, Philip adopta una actitud triunfal al ver que un bosque se perfila en el horizonte.
—Allí, ¿ves? El bosque que andábamos buscando. Acamparemos hasta el amanecer —resuelve, dirigiéndose a los esbeltos árboles.
Yo lo sigo, porque es mejor que deambular entre las oscuras montañas en busca del bosque a partir del cual deberíamos ir hacia el oeste.
Estoy segura de que ese no es. Bajo una lluvia cada vez menos intensa, guio a Heather hasta el follaje perenne, que nos ofrece un refugio inmediato contra el viento gélido.
Philip nos conduce hasta un claro en el que ambos desmontamos. Me pide que encienda una hoguera mientras él lleva a los caballos a un arroyo cercano en el que saciar su sed y cuyo rumor se oye a través del aire con aroma a pino.
Cuando vuelve, yo ya estoy sentada en un tronco, calentándome las manos frente al crepitar de las llamas.
Él se acomoda en una roca que hay delante y da una palmada entre sus largas piernas.
Le paso algo de comida, de la que damos cuenta en silencio.
Al terminar, él se pone a afilar su espada y yo me escurro el pelo para volver a trenzarlo de nuevo.
La parte más cabezota de mí quiere mantener el silencio, ahogar todas las preguntas que burbujean en mi interior para que no crea que me importa algo lo que le pase. Pero mi curiosidad pesa más. Su pasado es mi pasado. Tengo que saberlo.
—¿Vas a contarme qué es lo que te ha ocurrido?
—Depende.
—¿De qué?
—De si me lo pides con amabilidad.
Lo fulmino con la mirada por encima de las llamas crepitantes.
— Por favor , Philip, cuéntame qué te ha sucedido, me importa muchísimo.
—El sarcasmo no te pega nada, hermanita. —Se encoge de hombros antes de envainar su acero, que apoya en la piedra—. ¿Qué quieres saber?
—No sé. Todo. ¿Sabías que madre era una loba? ¿Cuándo te mordieron? ¿Fue antes de que dejaras el palacio o después?
—Antes.
Me quedo atónita, aunque intento disimular la reacción para que no se dé cuenta de lo mal que me han sentado sus palabras.
Si ocurrió antes de que se fuera, entonces debía de saber lo de nuestra madre, lo mío , y prefirió no decírmelo nunca.
No esperaba menos de él, pero, al fin y al cabo, es mi familia. Su expresión se suaviza.
—No me porté bien contigo cuando éramos pequeños, lo admito —dice—. Pero, en mi defensa, no me caías muy allá.
Paso de sentirme dolida a molesta. Las uñas se me clavan en las palmas de las manos.
—Ah, bueno, entonces no pasa nada. —Un denso silencio se extiende entre nosotros. No puedo reprimir la pregunta que me ha atormentado durante años—. ¿Por qué?
—Estaba celoso, supongo.
—¿Celoso? ¿De qué?
Él suspira con aire dramático.
—No lo sé. Te pasabas los días yendo de acá para allá en el palacio, con vestidos elegantes, acicalándote, tocando algún instrumento, asistiendo a representaciones teatrales, bordando…
Mientras que yo tenía que adiestrarme para ir a la guerra.
Nunca quise aprender a matar ni a humanos ni a lobos.
Desde luego, no quería estar en pie al amanecer cada día y fracasar en mis intentos por impresionar a nuestro padre, que siempre me recordaba lo mucho que lo decepcionaba.
—Se encoge de hombros—. Antes de que muriera, tú siempre fuiste la favorita de madre y yo de padre.
Cuando padre me mandó a la guerra, lo hizo para que me «curtiera», porque me consideraba un blandengue.
Yo no creía que hubiera nada de malo en ello.
Siempre me pareció que tú te llevaste lo mejor.
Nunca me lo había planteado de ese modo, y, sin embargo, suelto una risa amarga.
—Te equivocabas, Philip. Lo único que yo tenía era impotencia. No tienes ni idea de lo que es ser una mujer en esa situación. No tenía ni voz ni voto, mientras que tú sí. Tú podías escaparte. ¿Sabes cuál era mi salida? Casarme con Sebastian.
Él contempla las ramas de los árboles sobre nuestras cabezas, como si no fuera capaz de aguantarme la mirada.
—Eso oí. —Se pasa una mano por la boca—.
Al conocer a Ingrid en las Tierras Nevadas…
, comprendí que algunas de mis percepciones podían ser erróneas.
Solo digo que así era como me sentía entonces.
Y, junto con mi envidia, había una especie de hambre dentro de mí que no terminaba de entender.
Intenté saciarla con la bebida, con mujeres y hombres, paliarlo con peleas…
, pero nada servía. Siempre me pareció que tú estabas en tu elemento.
Nunca me dio por pensar que quizá estuvieras pasando por lo mismo, pero que ocultarlo se te daba mejor que a mí.
—¿Notabas que eras un lobo?
—Empecé a sospecharlo justo antes de que madre muriera, aunque no se lo pregunté.
Tenía miedo, creo. Del descubrimiento, de las respuestas, de que me delatara ante padre.
Cuando falleció, empecé a interesarme por los lobos.
Leí todo lo que conseguí de la biblioteca.
Si alguien me pillaba, le decía que estaba estudiando al enemigo para saber cómo aniquilarlo.
Un día, uno de los guardias me vio. Me contó que había lobos en las mazmorras, bajo palacio, en caso de que quisiera ver uno de cerca.
—Sus palabras son como una serpiente oprimiendo mis entrañas. Philip ladea la cabeza—. ¿Qué?
—¿Fue así como conociste a Blake? —pregunto. Mi voz apenas se oye por encima del repiqueteo de la lluvia contra las copas de los árboles y el arroyo cercano.
—Ya lo había visto por ahí, pero esa fue la primera vez que hablamos. Una noche, me dejé llevar por la curiosidad. Fui a ver qué había en las profundidades de nuestro hogar. Y ahí estaba.
«Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi», le dijo Philip a Blake cuando estábamos en Madadh-allaidh.
—Lo habían torturado.
—Sí. Así que imagínate lo que aumentó mi temor a ser descubierto al encontrarlos a él y a los otros ahí abajo.
Sacudo la cabeza, disgustada.
—No hiciste nada.
—¿Tú habrías hecho algo, hermanita?
—Yo… —Agito la cabeza. Me gusta pensar que habría intentado ayudar, pero quizá sea pensar demasiado. Quizá sea igual de cobarde que mi hermano—. No lo sé, Philip.
—Intenté poner distancia entre lo que vi y yo.
No pensar en ello. Pero me perseguía allá donde fuera.
Ese sería mi destino si alguna vez padre se enteraba de lo que era en realidad.
Lo cierto es que nunca se me ocurrió que tú pudieras padecer la misma aflicción, el mismo destino.
Estaba demasiado absorto en mí mismo. Lo único que me salvó fue saber que solo era medio lobo y que aún no me habían mordido.
—¿Qué pasó?