El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 64 #2
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Capítulo 64 #2

Él esboza una sonrisa, pero no hay ni un ápice de calidez en su gesto.

—Ese era el gran truco del Dios de la Noche.

Se aprovecha de almas desesperadas, y yo estaba muy desesperado.

Hice un trato con él: le pedí que me diera el poder necesario para escapar del maestre y liberar a los demás.

A cambio, le daría mi alma. Hizo honor a su promesa, supongo.

Me dio la libertad a través de la muerte.

Lo que pasa es que, en vez de dejar que mi alma descansara, la tomó para sus propósitos.

Las palabras burbujean y mueren en mi garganta.

Tengo la absoluta certeza de que lo que me está diciendo es verdad.

Lo siento en cada fibra de mi ser. Hay tanto frío en mi piel como en sus ojos.

No sé qué decir ni cómo reaccionar ante este horror.

Esa parte traicionera de mí quiere consolarlo, como hice cuando descubrí lo que le habían hecho en el palacio.

Al igual que entonces, caigo en la cuenta de que lo que ha tenido que pasar lo predispone aún más en mi contra.

—Creí que había conocido lo que era el tormento, pero no.

No lo hice hasta que me convertí en su peón.

Habría hecho lo que fuera por ganar mi libertad.

Estuve meses muerto, pero sentí que había pasado una vida entera atrapado.

Con el tiempo, me di cuenta de que él estaba tan desesperado por salir como yo.

Le hice una nueva promesa: si me dejaba marchar, le llevaría lo que tanto anhelaba.

El sueño del que fuiste testigo, el recuerdo, tuvo lugar la noche en que Elsie le rezó porque nuestro padre iba a matarla.

Le dije que yo podría usar a Bruce en nuestro beneficio y meterme así en el Reino de los lobos. Accedió a dejarme ir.

—¿Cómo? Noche no tiene la llave. —«No me tiene a mí».

—Recurrió a Ghealach. Los muros de su prisión son más finos las noches de luna llena.

No lo suficiente como para que alguno de los prisioneros más antiguos escapara, pero sí como para que pudiera colarme yo.

Me llevó a su celda, donde estaba convencido de que ella encontraría la forma de impedir que me fuera, pero, cuando pasé por su lado, me habló.

—Su mirada me abrasa los ojos—. Me dijo: «Mi corazón es tu salvación…

». —Hundo los dedos en su muñeca—. Pensaba que el Corazón de la Luna no era más que una roca.

Se me ocurrió que podría usarla para negociar mi libertad, incluso aunque eso implicara desatar múltiples horrores en el mundo.

Porque, la próxima vez que muera, sé qué clase de eternidad me espera.

No siento ningún aprecio por el Reino de los lobos, y tampoco por el Reino de los Hombres.

Uno me abandonó y el otro me torturó. ¿Qué me importaba que ambos fueran arrasados?

Pero, cuando le hice esa promesa al Dios de la Noche, no sabía… que serías tú.

—¿Cuándo te diste cuenta?

—Empecé a sospecharlo a medida que fui conociéndote. Estuve bastante seguro cuando, la noche de la luna llena, vi que no te habías transformado. Me convencí cuando Alex te secuestró.

Exhalo un largo suspiro.

—¿Y ahora lo sabes?

—No puedo renunciar a ti —dice, como si fuera tan fácil.

Una parte de mí, enterrada en lo más profundo de mi ser, quiere creerle, pero entregarme al Dios de la Noche es lo único que lo salvará del tormento eterno. Blake ya me ha mentido antes, una vez detrás de otra. Finge, manipula, engaña.

Antes, esta misma tarde, ha intentado persuadirme para que quiebre el vínculo, lo que hace que caiga en la cuenta de que, si todo lo que ha dicho es verdad, dicho vínculo es lo único que le impide entregarme a su amo. Cualquier cosa que me pase a mí le pasará también a él.

Se le deshincha el pecho, consciente de mis dudas.

—Sé que no te he dado muchas razones para que confíes en mí, pero creo que, si el Dios de la Noche o alguien de su ejército te pusieran las manos encima, te torturarían y asesinarían con la intención de hacerte liberar tanto poder como para romper los muros de su prisión.

Así que, si no puedes creer que de verdad no quiera hacerte daño, al menos fíate de que no lo haré por mi propio bien, de que mis intereses me obligan a mantenerte alejada del dios al que sirvo.

Pero necesito que te decantes por una de las dos alternativas cuanto antes, porque el alma de Alexander también pertenece al Dios de la Noche y ahora está muerto.

Ha compartido con él tu paradero. Lo he visto ahora mismo, mientras soñaba.

Se me acelera la respiración. La sangre se me enfría. Una parte de mí sabía que habría más acólitos que vendrían a por mí, pero pensaba que tendría más tiempo para aclarar las cosas. Despacio, se quita de encima y se pone de pie junto a la cama. Yo me incorporo.

—Sé lo que deseas, pequeña liebre. Te he oído hablando con James.

Deseas un ejército, un reino y una corona.

Yo puedo darte esa venganza. Pondré la cabeza de tu padre a tus pies si me lo pides.

Tienes que evitar al Dios de la Noche, y nadie en este reino lo conoce mejor que yo.

Puedo ayudarte y lo haré, pero tenemos que irnos ya.

—Echa un vistazo por la ventana azotada por el viento—.

Los Acólitos del Dios de la Noche, su ejército incipiente y cualquier otro prisionero que haya conseguido escapar por el agujero que hay en el muro de la prisión… vienen hacia aquí.

Yo trago saliva para aplacar el miedo que me sube desde el estómago y me amparo en el resquicio de esperanza que me ofrece la idea de que aún nos queda tiempo. Tiene que quedarnos algo de tiempo.

—Hay que decírselo a Ryan y a los demás… —digo.

—No. Es a por ti a por quien vienen. Si quieres mantenerlos a salvo, lo suyo es que nos vayamos ahora. Haremos que se desvíen. Solo tú y yo. —Tiende la mano frente a mí para que se la tome.

—Callum…

—Que le den a Callum —corta con más acidez de la habitual en él.

Sacudo la cabeza, porque no tengo claro que sus jueguecitos hayan acabado.

—¿Qué quieres a cambio de tu ayuda, Blake?

Él ladea un poco la cabeza.

—Hay algo que quiero más que nada. Sabes lo que es, ¿no?

Su mirada me atraviesa con tanta intensidad que me deja sin aliento. El aire de la habitación se vuelve caliente y denso de repente. Un cosquilleo me recorre la piel a consecuencia de la vibración que padece nuestro vínculo.

Mi mente recompone uno de los sueños que presencié: yo en la cama, él ruborizado, la expresión de su rostro al empujarme contra el colchón. Parpadeo para desterrar esa imagen, ya que es demasiado arriesgado mirarla.

—Quieres… quieres tu libertad.

—Lo que deseas tú a cambio de lo que deseo yo —dice sin negar o confirmar mis palabras—. Un intercambio sencillo.

Le miro la mano que todavía me ofrece. No hay nada sencillo cuando Blake está de por medio. Tengo la impresión de estar cerrando un trato con el Dios de la Noche en sí, pero Blake ya está en posesión de mi alma. ¿Qué más puede quitarme?

Esos hoyuelos suyos tan peligrosos se acentúan en sus mejillas.

—Venga, pequeña liebre. Tenemos que irnos. Ahora. Ya vienen.

Y, que la diosa me ayude, tomo su mano.