Capítulo 52
M e despierto en algún momento de la mañana.
El fuego se ha extinguido y en su lugar solo quedan cenizas. La oscuridad repta por el suelo; la lluvia repiquetea contra la ventana. Aun así, no tengo frío.
Callum está tumbado boca abajo. Su envolvente calor trae consigo su ineludible aroma.
Creo que por fin estoy aceptando esa faceta lobuna que late en mí, porque lo huelo en cada centímetro de mi piel: aire de montaña al amanecer con un puntito de humo de leña.
Su mano está a escasos centímetros de la mía sobre el colchón, como si hubiera intentado tocarme en sueños, pero se hubiera quedado corto.
Qué cerca parece estar de mí, y, sin embargo, lo siento más lejano que nunca.
Ahora entiendo lo que lo carcome. Entiendo por qué el vínculo que me une a Blake, un vínculo irrompible, lo atormenta de esta manera, igual que me atormenta a mí.
Entiendo que para él cambie las cosas. Supongo que también han cambiado para mí, aunque me gusta pensar que, en el caso contrario, yo al menos lucharía por él.
Tal vez se deba a que no soy un lobo, o, en cualquier caso, no un lobo total. No he crecido a la luz de la Diosa de la Luna. A mí no me parece sacrílego romper el vínculo que ha construido.
A pesar de todo, me embarga una extraña sensación de paz.
Algo está creciendo en mi interior; algo que no termino de entender.
Despertó en mis adentros mucho antes de que James me mordiera.
Se fraguó la noche que tomé la mano de Callum y vine a las Tierras del Norte, y ha estado inquieto desde entonces.
Me he esforzado por encontrar mi lugar en este sitio.
Siempre fueron las relaciones que mantenía con los demás lo que me definía.
Incluso ahora, ese sigue siendo el caso.
Los lobos me ven o como la hija de su enemigo, o como la consorte de su rey, y, en caso de que la naturaleza del vínculo se supiera, me definirían con base en mi conexión con Blake.
Resulta asfixiante. Opresivo. Ojalá pudiera liberarme de todo ello, aunque solo fuera un rato.
Ojalá pudiera averiguar quién soy más allá de esas etiquetas.
Blake estaba estudiando a mis ancestros, Philip ha establecido una insólita alianza con la reina de las Tierras Nevadas y mi madre…
Lochlan cree que estuvo en posesión del Corazón de la Luna en algún momento.
Por una vez, me gustaría hacer algo por mí misma. Quiero aprender sobre mis orígenes y sobre lo que le pasó a mi madre. Quiero romper este maldito vínculo.
No quiero que el día dé comienzo. Me gustaría quedarme así, dolorida y saciada mientras él duerme.
Quiero aprenderme su cara de memoria, así, como está ahora, relajada de una manera que la mayoría de la gente no verá nunca.
Quiero recorrer los músculos de su espalda, visibles dado que la sábana está arremolinada a la altura de su cintura.
Quiero besar la cicatriz de bala que marca su hombro y enredar los dedos en su cabello, del color de la arena húmeda.
Abre los ojos, como si notara que lo estoy mirando.
—Buenos días, princesa.
—Buenos días.
Si siente vergüenza por lo que sucedió anoche, nada lo indica. Es la primera sonrisa genuina que me ofrece desde que llegamos aquí. Ilumina todo su rostro. Le da un aspecto juvenil. Travieso. No puedo evitar que se me curven los labios a mí también.
—Anoche nos lo pasamos muy bien —dice con la voz ronca por el sueño.
En mi mente destella la imagen de cómo me aprisionó contra la alfombra mientras me embestía.
—Sí, así es. —Nos quedamos mirando al otro. La luz de sus ojos mengua, lo que me dice que se está acordando de la conversación de después. La calidez que siento se atenúa. Suspiro—. Tenemos que hablar de…
—Sí —dice él con una exhalación—. Sí, tenemos que hablar, pero antes he de hacer una cosa.
Rueda sobre su espalda y sale de la cama. Desnudo, atraviesa la estancia y se ata el kilt en torno a la cintura antes de ponerse una camisa. Una expresión sombría se apodera de sus rasgos cuando abre el cofre a los pies de su cama, de cuyo interior saca dos espadas. Me yergo de golpe.
—Callum, ¿qué…?
Él cruza sus aposentos y sale al pasillo.
—Ahora vuelvo, princesa.
Salgo a toda prisa de la cama. Uno de mis vestidos más sencillos cuelga de su armario, así que lo cojo y casi me caigo de morros al intentar ponérmelo. Sin querer, se me mete el desordenado pelo en la boca.
No puede matar a Blake sin matarme a mí en el proceso. Lo sabe perfectamente.
—¡Callum, espera!
Para cuando yo salgo de la habitación, él ya está doblando la esquina del pasillo.
Corro tras sus pasos con el corazón desbocado.
Imagino que los calabozos están debajo del castillo, pero él pasa de largo junto a la escalera y se adentra en otro pasillo, en el que abre una puerta. Yo freno a su lado.
—Arriba. Ya —ordena Callum.
Philip gruñe, se da la vuelta y, con los brazos estirados, sale como puede de la pequeña cama que hay junto a la ventana.
Su alborotado cabello cobrizo brilla a la luz del tenue fuego de la chimenea.
Lleva una camisa blanca de algodón cuyas mangas largas ocultan sus tatuajes.
Al volverse hacia nosotros, parpadea un par de veces con confusión.
Eso no impide que atrape con una mano la espada que Callum le ha lanzado por los aires.
Philip lo fulmina con la mirada, como si estuviera furioso.
—Ya te has aprovechado mucho de nuestra hospitalidad —declara Callum—. Afuera. Conmigo. Ahora.
Philip arquea las cejas. El otro ya se está alejando. Mi corazón late acelerado. No tengo claro qué es lo que pretende. Corro tras él.
—Sé que es un ser despreciable, pero no puedes cargarte al heredero de las Tierras del Sur así como así —susurro.
Callum gira la cabeza para mirarme al tiempo que llegamos a las escaleras.
—Supongo que ahora lo veremos, ¿no?
Philip aparece a mi lado no mucho después, con las botas puestas y la camisa sobre su ropa interior.
—¿Te divertiste anoche, hermanita? —Mueve las aletas de la nariz y compone una mueca—. Apestas a polla.
—No seas desagradable. —Diosa, cómo lo aborrezco. Y aun así…
Me aparto de él y corro hacia Callum, que ya está bajando por las escaleras.
—Callum, ¿qué haces?
—Poner a prueba una teoría.
—¿Vas a explicarte un poco más o…?
—No. —Llegamos al recibidor, donde las antorchas arden gracias a la labor de Kayleigh, que, al pasar, nos mira en turnos alternos con los ojos abiertos de par en par. Callum abre el portón doble y se adentra en el patio de Madadh-allaidh—. Ahora lo verás.
El patio está tranquilo. Algunos lobos van de acá para allá: un sirviente que transporta pienso para pollos; Fiona, que nos saluda con un ademán antes de perderse por la arcada que conduce a los establos, y Lochlan, al que acompañan un puñado de sus hombres.
A juzgar por cómo las camisas se les pegan al pecho y cómo hacen cola en torno a la bomba de agua, diría que han estado entrenando.
Se me condensa la respiración frente al rostro.
Callum se gira para quedar cara a cara con Philip en el centro del patio. Desenvaina la espada, dejando que la funda caiga sobre los adoquines.
Con la nariz arrugada, Philip ladea la cabeza.
—¿Va en serio?
Callum enarbola la espada con un rugido.
En un fluido y grácil movimiento, Philip desenvaina su propia hoja para alzarla y bloquear así la estocada de Callum.
El choque del acero contra el acero reverbera por todo el patio.
Los pájaros que anidaban entre los muros alzan el vuelo, agitando las alas con ímpetu en dirección a las montañas.
Los lobos de alrededor de la bomba de agua pausan sus conversaciones y se vuelven para mirar.
La fuerza del golpe de Callum debería haberle partido el brazo a Philip, como mínimo. Pero este logra rechazarlo. Ambos se abalanzan el uno sobre el otro. Yo entreabro la boca.
Callum es brutal; cada uno de sus golpes está pensado para someter a su oponente.
Se le tensan los bíceps bajo la tela de la camisa y un gruñido escapa de su garganta con cada estocada que deja caer sobre mi hermano, que esquiva y bloquea cada ataque.
Es como ver al fuego enfrentándose al agua.
El martillo contra el acero. Es todo lo contrario a la fiereza de Callum, aunque no por ello menos eficaz. Philip se mueve como si bailara.
Un murmullo se propaga por el patio a medida que más gente enredada en sus labores matinales se para a mirar.
Yo estoy petrificada, incapaz de comprender bien lo que ven mis ojos.
Callum es un alfa curtido en mil batallas y Philip no es más que un borracho malcriado. Y, aun así, ninguno tiene la ventaja.
—¿Eso es todo, principito? —Callum le patea el pecho a Philip con tanta fuerza que lo obliga a retroceder.
Mi hermano alza la vista, sonriente. Guiña un ojo y, cuando sigo la dirección de su mirada, veo que Isla, ceñuda, está al otro lado de una ventana que hay sobre las puertas de roble.
—No todo —responde.
Philip adopta una dinámica ofensiva y entonces me doy cuenta de que estaba equivocada. Sí que hay alguien que tiene la ventaja. Philip es mejor. Corta el aire con su espada y danza en torno a Callum con pasos etéreos pero letales.
Ahora debe de haber una docena de lobos en el patio. Rodean a los combatientes con un rutilante interés en sus ojos. El reclamo de Callum sobre el trono ya es un tanto endeble, y ahora mi hermano le está venciendo. Prefiero no pensar en la violencia que estallaría entre nosotros si le gana.
No obstante, cuando Callum se ve obligado a retroceder, lo hace entre risas.
—Lochlan —llama.
Se escuda tras el círculo de lobos y el susodicho se lanza hacia delante para interferir en la estocada de Philip, al que ataca sin dudar, aunque él se adapta enseguida.
El estilo de Lochlan es casi tan brutal como el de Callum, aunque sus pasos tienen algo de esa gracilidad de Philip, lo cual, aun así, no basta para superarlo.
Ambos paran los ataques del otro sin que Philip parezca cansarse.
No entiendo nada. Este es el tipejo que vociferaba ebrio por los pasillos de palacio mientras le sangraba la nariz y un fuerte aroma a perfume se desprendía del cuello de su camisa.
Detengo la mirada en Callum, que no deja de contemplar la escena. En sus labios discierno el fantasma de una sonrisa.
—Un barril de hidromiel para quien consiga patearle el culo a este pomposo príncipe sureño.
Los lobos ríen. Dos hombres se suman a la lucha. Philip desarma a uno de ellos y hace que el otro trastabille hacia atrás. Otro alza su espada. Mi hermano se agacha, estira la pierna y lo derriba con fuerza.
Para cuando Philip se está enfrentando ya a cinco lobos a la vez, con esa espada que ahora no es más que una pincelada difusa en el aire, lo único que puedo hacer, carente ya de cualquier clase de temor, es observar anonadada.
—Ya basta —dice Callum con un tono divertido al ver a cuatro de ellos en el suelo, mientras que Lochlan es el único que se mantiene en pie, a pesar de lo mucho que le falta el aliento.
Se encoge de hombros hacia Callum. Philip levanta la vista hacia Isla, que lo mira con los labios separados. Con la respiración ligeramente entrecortada, hace una ostentosa reverencia y ella vuelve a fruncir el ceño antes de desaparecer al otro lado de la ventana.
—Lo harás tú —dice Callum.
Philip se gira con los ojos muy abiertos.
—¿Hacer el qué?
Callum se acerca a él y le da una palmada en la espalda.
—Haz el equipaje. Tengo un trabajito para ti.
Suaviza la expresión al acercarse a mí. Un arrebato de tristeza me fustiga las entrañas al verlo a mi lado cuan alto es.
—Hablemos, princesa, por favor. Creo que ya es hora de que tengamos esa conversación.