Capítulo 51
D ime lo que quieres».
Las manos de Callum me sostienen las mejillas con firmeza y cuidado al mismo tiempo. Mi camisón de noche está empapado bajo la bata y tengo el cuerpo pegado a la dureza de su torso. Ambos respiramos con dificultad.
Recurro a sus hombros para ponerme erguida.
Las puntas mojadas de mi cabello le rozan los hombros y sus ojos se oscurecen en cuanto se detienen en mi pecho, cubierto ahora por una tela que el agua ha convertido en transparente.
Tiene el rostro contraído, como si estuviera luchando consigo mismo.
Cojo su mano y la pongo en uno de mis pechos.
Él gruñe por lo bajo. Aprieta y acaricia mi pezón erecto con el pulgar. Arqueo la espalda como respuesta.
—A ti. Te quiero a ti.
Un suspiro grave y gutural vibra en su pecho.
En un movimiento repentino, se incorpora, me agarra por los muslos y me levanta mientras se pone en pie.
El agua se desprende de nuestros cuerpos en cascada al salir de la bañera.
Se agacha para colocarme sobre la alfombra de piel de oveja que hay entre el fuego y la tina de cobre.
Acto seguido, se cierne sobre mí, con las rodillas entre mis muslos y cada mano a un lado de mi cintura.
Mi respiración se vuelve temblorosa en cuanto se aproxima a mi rostro, con su boca tan cerca de la mía.
—Quiero… Quiero… —Soy incapaz de expresar con palabras lo que anhelo, lo que necesito.
Por una vez, ansío que se deje llevar—. Quiero que me consumas —digo jadeando—.
Quiero que te desates, que me rompas para que no pueda pensar en nada que no seas tú.
Quiero que me tomes de la forma en que tu cuerpo te pide que lo hagas.
Me regala una sonrisa melancólica al tiempo que me quita un mechón de pelo mojado de la cara.
—Te veneraré. —Me acaricia el cuello con los labios—.
Te adoraré. —Me besa—. Te honraré. —Me mordisquea el lóbulo y yo me retuerzo—.
Te llevaré al límite. —Su boca se detiene sobre la mía—.
Pero romperte… No. No puedes pedirme eso.
Si voy a tomarte como me lo pide el cuerpo, será con consideración, con devoción, despacio.
—Roza mis labios con los suyos—. ¿Lo aceptas?
—Y, solo porque prefiero tener algo de él a no tener nada, asiento—.
Bien. Porque no existe lago en las Tierras del Norte lo suficientemente frío como para aplacar el fuego que siento en las venas ahora mismo.
Me quita la ropa interior. Después vuelve a colocarse y se orienta a sí mismo hacia mi apertura. Arqueo la espalda mientras él empuja, despacio, dentro de mí. Ambos gemimos. Me llena por completo. Nuestras pulsaciones se acompasan en mis oídos. Su olor me embriaga.
Me coge la cara entre las manos.
—Tus ojos —susurra, y comprendo que deben de haber cambiado.
Me besa con delicadeza. Empuja sus caderas para llegar más adentro, en movimientos lánguidos que sugieren que está saboreando cada matiz de cada segundo.
La sensación es increíble; él es increíble.
Yo me sacudo contra su cuerpo y mis dedos se detienen en sus hombros antes de clavarse en ellos.
Junto los tobillos sobre su espalda y él reubica el ángulo de mi cuerpo para que mis caderas se orienten hacia arriba y así pueda entrar hasta el fondo.
Algo se fragua entre nosotros, caliente y hambriento.
Prácticamente siento su lobo, cercano a la superficie, revolviéndose contra su piel.
El mío responde con los dientes al descubierto y las garras afiladas.
Él gruñe y aumenta el ritmo. Mi bajo vientre le golpea el abdomen, lo que desencadena una fricción deliciosa que me arranca más de un gemido.
Sus pulsaciones restallan en mis oídos, frenéticas, alocadas.
Empiezo a notar que está perdiendo el control.
—No pasa nada —murmuro contra su oído—. Déjate llevar.
Él coge aire dos veces, suspiros temblorosos.
Por una vez, acata mi voluntad, aunque no se pregunta quién está al mando.
Me embiste con fuerza. Yo grito. Me coge por las muñecas y las fija sobre mi cabeza sin dejar de moverse dentro de mí.
Su boca pasa a estar en mi cuello. Yo me sacudo contra él, reaccionando así a sus embestidas, ansiosa por más.
Él musita algo contra mi piel, palabras en una lengua que no comprendo.
Me retuerzo contra su cuerpo y le clavo las uñas. Acerca sus labios a mi garganta.
— Joder —musita cerca de mi oído—. Joder.
Tiene una expresión contraída, con las mejillas arreboladas.
Su cuerpo entero se tensa al tiempo que un áspero gemido brota de sus labios, liberado.
Eso me lleva al límite. Por un momento, la pulsión salvaje de mis adentros abandona su escondite y soy libre.
Ligera. El grito que se ha estado formando en mi interior se transforma en una serie de jadeos que escapan de mi garganta mientras él me sostiene y yo me deshago en sus brazos.
Farfulla algo contra mi cuello mientras yo recobro la lucidez.
Por fin, detiene su mirada en la mía. Le falta el aliento tanto como a mí.
Tiene aspecto de estar completamente vencido, con la cara encendida, los ojos brillantes y los labios hinchados.
No sé qué decir. Creo que él tampoco. Me resulta familiar y extraño al mismo tiempo.
Suelta una tenue risa algo avergonzada. Yo se la devuelvo.
Se quita de encima y rueda sobre la alfombra. Nos miramos y yo le acaricio la mejilla caliente. Sonríe, aunque dicha sonrisa trasluce tristeza más que otra cosa.
—¿Qué quieres ahora, princesa? —La pregunta no es trivial. Pesa. Porque no se refiere a esta noche, sino al futuro. A nuestro futuro.
Trago saliva.
—No puedes reconciliarte con ello, ¿verdad?
Él me coloca la mano en la parte baja de la espalda y me atrae hacia su propio cuerpo.
—He intentado reconciliarme con ello. He intentado dejarte ir.
He intentado fingir que no era real, que todo estaba en mi mente.
No lo he conseguido. —Niega con la cabeza—.
El Anam-Cridech es sagrado. Si alguien supiera lo que acabamos de hacer…
Si se supiera lo que acabo de compartir con una loba que ya está…
—Carraspea—. Eso no se hace en nuestro reino.
—Quieres ponerle fin a lo nuestro, ¿no? —Debería dolerme, y, no obstante, me embarga una extraña serenidad.
—Es lo último que quiero en este mundo, pero estás ligada a él, al margen de mis deseos. —Capto los destellos que despiden las lágrimas incipientes en sus ojos. Me acaricia la mejilla—. Si las cosas fueran diferentes…
Yo inclino la cabeza, cada vez más decidida.
—El poder de la luna puede romper el vínculo, Callum. Encontraré el Corazón de la Luna y lo usaré para romperlo. Después volveré contigo. —Una débil sonrisa curva sus labios a pesar del brillo de escepticismo que hay en sus ojos—. ¿No me crees?
—No creo que el vínculo pueda romperse, princesa.
Aprieto la mandíbula.
—Tengo que intentarlo.
Él apoya su frente en la mía.
—Criatura temible.
—Lobo.