Capítulo 50
I rrumpo en sus aposentos.
Apenas reparo en la cama con dosel ni en la colcha de tartán, tampoco en el fuego de la chimenea ni en la luna creciente que brilla al otro lado de la ventana.
Callum está en la tina de cobre. La furia no impide que me quede sin aliento al verlo.
Poderoso, musculado y completamente relajado; la luz del fuego danza sobre su piel húmeda, tintándola de bronce.
Tiene las rodillas alzadas y la cabeza apoyada en el margen de la bañera, lo que deja su garganta bien a la vista.
Su pelo mojado, del color de la arena bañada por el mar, está peinado hacia atrás de esa manera que hace que parezca más joven.
Abre los ojos cuando la puerta se cierra tras de mí.
Agarra ambos lados de la tina y se incorpora para sentarse. El agua recorre en cascada el relieve de sus pectorales. Ahora mismo, la posibilidad de ver más de él me resulta inasumible.
—Quieto ahí —le digo.
Él obedece, como si percibiera la tormenta que no hace más que aumentar en mi interior. Soy consciente de que no me teme ni podría temerme nunca, pero, aun así, tensa la mandíbula con precaución.
—Tranquila, princesa.
—Me has mentido.
Su expresión se oscurece.
—No es verdad.
Mi pecho está agitado, porque eso es falso y lo sabe. Un grito estalla en mis entrañas, desgarrándome desde dentro. Me duelen los dientes. Quiero morder algo. Me duele la piel de tanto contenerme. Se me estremecen los músculos; se sacuden mis huesos. Como no lo libere, me consumirá.
—Rory… —advierte Callum.
Yo camino imparable hacia él, cojo la resbaladiza pastilla de jabón que está en el borde de la bañera de cobre, junto a su mano, y se la tiro.
Después le lanzo la toalla de mano. El agua rebasa los límites de su continente cuando él alza los brazos.
Ambos proyectiles rebotan contra él y caen al suelo.
—¿Has acabado? —masculla.
—No. ¡No he acabado! —Cojo el candelabro que hay en la repisa de la chimenea junto a mí.
—No te atrevas… —Lo sacudo sobre su cabeza. Él atrapa el extremo y tira hacia sí. Como no lo suelto, tropiezo y me veo obligada a agarrarme al borde de la bañera para mantener el equilibrio—. ¿Crees que voy a dejarte hacer eso?
La vehemencia con la que la rebeldía salvaje de mi pecho intenta liberarse hace que me pese la respiración.
—No.
—No —coincide—. Suéltalo.
—No.
—Por las buenas o por las malas —advierte. El lobo centellea en sus ojos.
—No vas a hacerme daño. —Estoy tan convencida de ello como la primera vez que detuve la mirada en él.
—Aun así, no puedes irrumpir en mis aposentos en mitad de la noche y amenazarme. No lo puedo permitir. —Una sombra se cierne sobre sus pupilas—. Suéltalo.
Intento zafarme para volver a apuntar a su cabeza.
Él me suelta y yo trastabillo, pero me sostiene por la cintura con un brazo mientras me sujeta la muñeca con el otro.
Un chapoteo destierra aún más el silencio, producto de mi caída sobre él en un movimiento que termina con mis rodillas raspadas contra el lateral de la bañera.
Hay agua por doquier: sobre los tablones de madera del suelo y empapando la alfombra de piel de oveja.
Suelto el candelabro, que cae y rueda hasta debajo de la cama.
Ahogo una exclamación al ver lo empapada que estoy.
Tengo el cuerpo pegado a la dureza de su torso.
Me coge por la cintura y me obliga a quedarme quieta.
Mis piernas están atrapadas entre su muslo y el lateral de la tina.
—No es así como se aclaran las cosas —dice.
Inspiro profundamente. La habitación se diluye a mi alrededor. Saboreo las montañas y el jabón y la familiar fragancia de la leña. Es como ceniza en mi boca.
—No me digas cómo tengo que aclarar nada, Callum McKennan. —Me aferro a sus hombros para incorporarme. Mi pelo se le pega al pecho—. Eres un mentiroso.
—No te he mentido.
—Conoces la naturaleza del vínculo. ¡No finjas que no!
—Así es, la conozco.
Un gruñido se forma en mi interior.
—Te has reído de mí.
—¿Crees que es de ti de quien se han reído?
Ahora mismo, no se parece al Callum que conozco. No hay ni una pizca de amabilidad ni consideración en su semblante. Pese a lo íntimo de la tesitura en la que nos encontramos, me mira como si fuera un contrincante en el campo de batalla.
Apenas puedo contener la furia. Me sube por la garganta y me impele a gritar.
—Ocultaste la verdad.
—¡Porque no quería que fuera verdad!
—¡No tenías ningún derecho! —Mi cuerpo está tenso contra el suyo y mi pecho se agita como si me estuviera ahogando —. ¿Cuánto hace que conoces la naturaleza del vínculo? —Traga saliva—. ¿Cuánto?
—Lo sospeché la noche que James te mordió.
El fuego en mis entrañas se aviva, ruge.
—¿Tanto?
Aprieta la mandíbula.
—Sí, tanto. Al principio lo negué. Pero James le dijo a Blake que te besara y ya no pude ignorarlo más.
Lo olí, vi cómo reaccionó a ti, e intenté convencerme de que estaba equivocado.
Hasta que leí las páginas del libro de Blake en cuanto volví a Madadh-allaidh y supe que era verdad.
—Su acento se vuelve más marcado cuanto más alterado está—.
¿Qué se supone que debo hacer? ¿Daros mi bendición? Eres su pare…
—¡Ni se te ocurra acabar esa frase! —El camisón y la bata se me pegan al cuerpo.
El agua caliente se estrella contra mi abdomen.
Las curvas de mi cuerpo se hunden en su pecho.
Una de sus manos me rodea la cintura, firme y sólida como el acero—.
¡Se supone que tienes que decírmelo para que podamos arreglarlo!
—No eres del todo loba. No lo entiendes. —La calidez de su aliento se mezcla con el mío—. No hay arreglo posible. No se elige. —Un músculo se contrae en su cuello—. El vínculo es irrompible y yo no comparto. Lo quiero todo de ti: corazón, cuerpo y alma. No me conformaré con menos.
—¿Y qué hay de lo que yo quiero? ¿Te importa algo, acaso?
—No sabes lo que quieres, princesa. No lo sabías la noche que te llevé conmigo ¡y no creo que ahora estés más cerca de averiguarlo!
Los latidos de su corazón retumban en mis oídos en una sinfonía conjunta con mi propia e iracunda alteración.
—¿Y ahora qué, Callum? ¿Vas a dejarme de lado, apartada, metida en una de las alcobas de tu castillo mientras Blake está…?
—No me hables de él . —Sus ojos relucen y sus mejillas se enardecen al tiempo que se inclina sobre mí, con lo que nuestros cuerpos quedan aún más próximos—.
¿Qué quieres que haga? Tú eres la luna para mí, Rory.
Cada vez que te miro, se me inflama el alma.
El lobo dentro de mí empuja contra mi piel, aúlla en mi sangre, ruge en mis oídos…
Y no te gustaría lo que me pide que te haga.
He pensado en ti todas las noches. Me he imagino perdido dentro de ti, con mis dientes en tu piel, reclamándote como mía mientras maldigo a mi diosa por no haberte destinado a mí.
He dejado mi puerta abierta, rezando por que vinieras, pero con la esperanza de que no lo hicieras.
Sus palabras despiertan algo caliente dentro de mí. Es agónico. Ardiente. Me duelen los dientes; mis uñas son garras. Ese salvajismo latente en mi cuerpo arremete contra la jaula que mis costillas constituyen para él. Sin querer, conjuro un gruñido grave en mi pecho.
«Muerde. Muerde. Muerde».
Callum ensancha la nariz. Responde con su propio gruñido. Su pétreo pecho vibra contra mis pezones erectos. El hunde más los dedos en mi carne.
—No me pongas a prueba, princesa —dice. Sé que debería controlarme.
Sé que esto está mal, que necesitamos tener una conversación.
Sé que la naturaleza del vínculo cambia mucho las cosas para él, y eso me da rabia.
No puedo parar. Tiemblo de pura emoción contenida.
Me toma el rostro entre las manos—. Princesa, te aconsejo que salgas de la bañera y te alejes. No quieres esto.
—No eres quién para decirme lo que quiero o dejo de querer. Estoy harta de que la gente crea que es cosa suya. ¡ Yo decido lo que quiero!
Mi pecho se mueve contra el suyo. Lo deseo. En este instante. Quiero que penetre en mi cuerpo mientras yo bebo del placer que me proporcione. Quiero que gima y jadee debajo de mí. Quiero que pague por todo esto. Lo quiero a mi merced.
Su respiración se vuelve más acusada. Veo un atisbo de conflicto en su rostro cuando apoya la frente en la mía.
—Rory, dime lo que quieres.