El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 47
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Capítulo 47

L a verdad».

Se me acelera la respiración; el aroma a humo de leña inunda mis pulmones.

El hogar desprende su calidez a mis espaldas y el fuego derrama su luz tenue en los aposentos de Blake.

Las sombras danzan sobre las sábanas negras de seda, arrugadas por nuestra pelea.

Las cicatrices surcan su pecho. Por un momento, no oigo nada más que el crepitar de las llamas y el rugir del viento contra la ventana.

Blake me está prometiendo la verdad. Es lo que quiero, lo que he estado buscando. Sin embargo, se me tensan los músculos. Hay algo en la postura de sus manos entre las piernas, en la rigidez de su mandíbula, que hace que se me retuerzan las entrañas.

—¿Y bien? Adelante —impelo.

Se pasa una mano por la boca.

—¿Cómo podría haberlo sabido?

—¿Saber el qué?

Fija sus ojos en los míos.

—Lo que sucedió esa noche, cuando James te entregó a Sebastian.

¿Cómo podría haber sabido lo que iba a ocurrir?

—Se toca el bíceps con aire distraído. Veo el rastro que mis dientes han dejado en su piel tras hundirlos en ella—.

¿Cómo iba a saber que James te mordería?

Cuando intenté negociar el matrimonio entre vosotros, hablaba en serio al decir que no te haría daño.

A pesar de todos sus defectos, estaba seguro de que no lo haría.

Arrugo el entrecejo.

—No… no entiendo. ¿Por qué me cuentas esto? ¿Qué tiene que ver con nada?

—Si la totalidad de mi plan hubiera dependido de que aceptaras el vínculo entre nosotros, yo habría tenido que garantizar que te vieras envuelta en una situación de vida o muerte para así salvarte la vida.

—Sacude la cabeza—. ¿Cómo podría haberme anticipado a la concatenación de eventos que llevaron a James a atacarte?

Había demasiadas variables de las que ocuparse, demasiadas cosas que podrían haber sucedido de forma distinta. Ni siquiera yo soy tan bueno.

—Dijiste…

—No, no dije nada. Fueron tus palabras, no las mías.

Rescato de mi memoria la pequeña alcoba de Lowfell. Lo acusé de haberlo planeado todo, de crear el vínculo para que Callum se viera obligado a renunciar al trono. Y él dijo…

Se me para el corazón. No lo negó, pero tampoco lo confirmó.

—¿Qué insinúas?

—No puedo romper el vínculo, Aurora, porque no fui yo quien lo creó. No está en mi poder.

Retrocedo un paso. Noto el fuego caliente detrás de mí. Sin embargo, la sangre se me ha helado en las venas.

—Mientes.

—¿Crees que quiero esto? —Su voz tiene un deje estrangulado muy impropio de él—. Me complica mucho las cosas.

Apenas respiro. Siento un nudo en el estómago. El aire me enfría los pulmones.

—He visto la palabra «Anam-Cridech» escrita en el pergamino que has quemado. ¿Así es como se llama el vínculo?

—Sí, es uno de sus nombres.

—¿Cuál es el otro?

Sus ojos se clavan en los míos. Oscuros. Intensos.

—Ya lo sabes.

Sacudo la cabeza.

—No, no lo sé.

—Sí que lo sabes. Una parte de ti lo sabe. Una parte de ti siempre lo ha sabido. Del mismo modo en que, en el fondo, Callum también lo sabe. Igual que siempre lo he sabido yo.

El corazón me late desbocado en los oídos.

—Dímelo.

Él se retuerce las manos. Despega los labios.

—Vas a tener que descubrirlo tú sola, pequeña liebre. Parece que nuestro encuentro toca a su fin.

Yo me giro justo cuando la puerta se abre. Lochlan irrumpe en la habitación flanqueado por sus hombres. Una débil carcajada escapa de los labios de Blake, que se pone en pie.

—¿Tú, Lochlan? ¿En serio?

—No es nada personal, Blake. —Sus ojos delineados con kohl resplandecen con un destello de violencia, traicionando así sus palabras. Creo que le preocupa lo que Blake pueda hacerle a Kai—. Tengo órdenes del rey. Estás sentenciado a prisión por conspirar contra la corona. ¿Vas a resistirte?

Un hoyuelo aparece en la mejilla de Blake, que da un paso atrás.

—Sé que Callum ha indicado que no me hagáis daño.

—Dijo que dirías eso —anuncia Lochlan—. Quiere que sepas que has enseñado tus cartas y has perdido. Podemos hacerte daño si así lo consideramos.

Blake ríe. Es una risa fría y forzada que me pone los pelos de punta. Un par de hombres intercambian una mirada. Él se encoge de hombros.

—De acuerdo. Deja que coja mi camisa.

Lochlan inclina la cabeza. Blake recupera la prenda del reposabrazos del sillón y se la pone.

Yo me alejo de él, de manera que me doy en la espalda con la pared junto al fuego.

Me tenso, a la espera de que coja su espada y dé comienzo la lucha, o que me coja a mí y me use para inclinar la balanza a su favor.

Se abrocha los botones, se pone las botas.

Lochlan lo señala con un ademán que hace que dos de sus hombres inmovilicen los brazos de Blake y los coloquen con brusquedad a su espalda. Le ponen los grilletes en las muñecas. El chasquido resuena en toda la alcoba. No opone resistencia.

Lo conducen hasta la puerta y él se detiene frente a Lochlan.

—¿Le darás a Callum un mensaje de mi parte? —pregunta. Lochlan asiente y los labios de Blake se curvan en una perversa sonrisa—. Aún no ha visto qué cartas tengo. Ni siquiera sabe a qué juego estamos jugando. Ven a verme cuando lo hayas averiguado, pequeña liebre. Te estaré esperando.

Lo sacan de la habitación.

Lochlan agacha la cabeza.

—Buenas tardes, princesa.

Va tras los pasos de sus hombres y de Blake, y se pierde en el pasillo.

Yo me quedo perpleja, con la mirada anclada a la puerta.