El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 46
72%

Capítulo 46

B lake parpadea. El lobo se esfuma en su mirada.

—Ah, eres tú. Pensé que tendrías la sensatez de irte mientras dormía.

—Aunque afloja la forma que tiene de sujetarme las muñecas, no llega a soltarme—.

¿Puedo ayudarte en algo, pequeña liebre?

—Sus muslos me presionan las caderas. Su olor a pino oscuro y veneno está por todas partes.

Es asfixiante. Las palabras me son esquivas.

Él arquea una ceja—. Lo creas o no, me estoy esforzando por no provocar a tu amo.

No es un buen momento para que vengas a verme a la cama.

Pongo los ojos en blancos.

—Suéltame. Estaba… ¡Lo que estuviera haciendo no es asunto tuyo!

Él ríe.

—Estás en mi habitación. —Intento apretar bien el puño en torno al pergamino sin que él se dé cuenta. Trato de empujarlo a un lado. Ni siquiera se mueve. Su mirada viaja despacio de mi rostro a mi mano—. Ah, ya veo.

Sacudo la cabeza. Estiro el brazo mientras él desliza sus dedos por él.

Tocarlo me enciende la piel. Golpeo la cabecera con los nudillos.

Intento zafarme y darle un rodillazo en la entrepierna, pero no consigo quitármelo de encima.

Inclinado sobre mí, su pecho está a unos centímetros de mi cara.

Me suelta una de las muñecas y me arrebata el pergamino.

Luego suelta la otra y se queda arrodillado sobre mí. Chasquea la lengua.

—Qué traviesa, la pequeña liebre.

Percibo ese cosquilleo tan familiar en los dientes, la necesidad de morderlo. Esas páginas me pertenecen. Esas respuestas me pertenecen. No tiene derecho a quitármelas. Estoy harta de dejar que la gente me arrebate cosas.

Blake se pone tenso, lo que acentúa cada relieve de su torso. Convierte su voz en un susurro.

—Sea lo que sea lo que estés pensando, te recomiendo que no lo hagas.

En la ermita, cuando su lobo empezó a asomar a la superficie, le hice algo. Me apoderé del vínculo y repelí al lobo. Abro la jaula en la que contengo mis emociones y lo invito a entrar.

Le siento en todas partes. El hilo que lo representa me rodea por doquier y yo lo cojo.

—Aurora, no.

Pero, en vez de alejarlo, tiro de él hacia mí. Su respiración se entrecorta y tal vez sea el sonido más delicioso que he oído jamás. Sus ojos se tornan ambarinos y fieros. El sudor se desprende de mí. Siento a su lobo; está agitado. Lucha contra mi dominio.

Él cae y agarra la almohada a ambos lados de mi cabeza. Hunde sus labios en mi oído.

—¿Por qué querría la liebre provocar al lobo?

—Porque sé que no te gusta. —Mi voz suena ahogada. Estoy perdiendo mi control sobre él, ya que su resistencia es efectiva. La habitación se diluye.

Su risa es silenciosa.

—¿Estás segura de eso?

Deja de resistirse. La lujuria envuelve el vínculo, ardiente y ávida.

«Cazar». El aire se vuelve más pesado. Él adopta otra posición sobre mí y me empuja la rodilla hacia un lado con el muslo para abrirme de piernas.

Intenta distraerme. Quiere que pierda mi dominio, que lo deje marchar, porque tiene miedo.

Con una exclamación, tiro de él con más fuerza. Su mano se contrae junto a mi cabeza al tiempo que un gruñido grave escapa de sus labios. Apoya su frente contra la mía.

—Aurora…

He tocado algo dentro de él. Un anhelo sordo e interminable me golpea.

Es como caer a un vacío sin final. Mantengo la sujeción.

Él murmura algo. Suena a que está contando.

Una vez que tengo claro que he consumido cada fibra de su ser, igual que él ha hecho conmigo, lo aparto.

Le arrebato las páginas de la mano; no opone resistencia.

Abandono el vínculo y percibo su rápida retirada. Vuelvo a poder respirar. Los postes de la cama se difuminan a mi alrededor. Es como si la fiebre regresara y trajera consigo algo salvaje que se mezcla con mi sangre. Me medio arrastro hasta los pies de su cama.

Despliego el pergamino. Capto la palabra «Anam-Cridech».

Vuelve a estar encima de mí. Intento colocarme sobre las páginas para proteger mi trofeo, pero él me rodea la cintura con un brazo y me atrae hacia su pecho.

—No —susurra.

Hay una tempestad en mi interior. Tengo las respuestas que he estado buscando en la mano y él va a quitármelas.

—Merezco saber la verdad.

—No, no lo mereces.

Me quita el pergamino de la mano. Me da en la cabeza con el pecho cuando se inclina hacia delante para tirarlo al fuego. Aterriza sobre un tronco y las llamas lo devoran.

Un grito mudo desgarra mis pulmones. Si en algún momento se había trazado una pequeña línea de paz, por muy tenue que fuera, acaba de cargársela.

Mi visión se tiñe de rojo. Me hierve la sangre.

Un arrebato salvaje estalla en mi pecho y esta vez soy incapaz de contenerlo. Le clavo los dientes en el brazo.

Un gemido se forma en su garganta. Su brazo se tensa contra mi abdomen.

—Joder —dice con la voz ahogada—. Tranquila, pequeña liebre.

Yo le gruño. Algo se apodera de mí y yo lo muerdo con más fuerza. No creo que fuera capaz de soltarlo ni aunque me lo propusiera. Quiero que sufra como yo. Quiero hacerlo sangrar.

—Aurora…

Intento parar, pero la rabia ciega de mi interior no me permite claudicar. Su respiración es trabajosa. Los latidos de su corazón retumban inestables en mis tímpanos. Sus nudillos me rozan el torso por la fuerza con la que aprieta el puño. Gime.

—Si me atraviesas la piel, me estarás marcando. No quieres hacer eso.

No sé de qué me habla, pero de pronto me veo asediada por el pánico. Esta no soy yo. No soy dueña de mí misma. No puedo parar. Jadeo contra su brazo.

—Vale. Te tengo. —Proyecta sus emociones a través del vínculo, una oleada de sentimientos indescifrables que me inundan. Están en todas partes. Su hielo enfría mi fuego. Se me nubla la vista y, cuando la negrura se alza, me entrego a ella sin oposición.

Caigo sobre la cama y Blake lo hace sobre mí.

Durante un momento, me precipito en la oscuridad.

Aterrizo en una habitación poco iluminada. Cerca del techo hay una rejilla por la que se cuela la luz de la luna. El aire trae consigo un ineludible olor a moho. Creo que estoy bajo tierra.

Alguien murmura por lo bajo a mis espaldas. Está contando, creo. Me doy la vuelta. Trato de alejarme y me doy en la espalda con un banco de trabajo. Oigo el repiqueteo de los bisturíes y los tarros. Blake está atado a una camilla en medio de la estancia. Carece de camisa y está empapado en sangre.

—Dos… Cuatro… Ocho… Dieciséis… Treinta y dos… Sesenta y cuatro —musita. Algo se revuelve en mi interior. Yo recitaba las historias de mi madre cuando el sacerdote me pegaba. Me ayudaba a paliar el dolor en mi mente e impedía que perdiera la cabeza—. Dos mil cuarenta y ocho, cuatro mil noventa y…

—Blake.

Abre los ojos de golpe. Frunce el ceño.

—No deberías estar aquí, pequeña liebre. —Libera los brazos y se quita la correa del cuello antes de hacer lo mismo con las de los tobillos. Tras levantarse de la camilla, se acerca a mí—. Yo te he enseñado el mío, ahora tú me enseñas el tuyo.

Él me coge por los brazos y me empuja.

Las sombras se alzan a nuestro alrededor para engullirnos.

Caemos en la oscuridad.

Cuando aterrizo, lo hago en otro lugar. Noto los ojos como si me los hubieran sacado de las cuencas. Oigo el traqueteo de unas cadenas. El metal se me clava en las muñecas, mientras que mis piernas se enredan en otra cosa. No. En alguien.

Blake, de pie delante de mí, me sujeta los muslos con las manos. Yo estoy encadenada al techo de la pequeña celda de la casa solariega.

—Como me beses, te arrancaré la lengua. —Las palabras escapan de mi boca antes de que pueda detenerlas, como si fuera la marioneta de mi otra pesadilla. Me invade el pánico. Esto es un recuerdo.

Blake sonríe, solo que no es él. Parece distinto, como si también fuera un títere. Tiene los ojos negros y la piel demasiado suave.

—Depende de dónde te bese, pequeña liebre. —La oscuridad hace que su voz no suene como debería.

Me echo para atrás al ver que él se arrodilla. «No. No. No».

La oscuridad se mueve a sus espaldas y el auténtico Blake, cubierto de sangre, le corta la garganta. La marioneta se funde con las sombras. Blake ladea la cabeza. Me arden las mejillas.

—Este es tu sueño, no el mío —miento.

Él niega con la cabeza. Un hoyuelo se conjura junto a la comisura de sus labios. Se acerca un poco más. Tanto su calor como su aroma anegan mis sentidos mientras él hace que le rodee las caderas con las piernas.

—Me parece que no, pequeña liebre.

Me pongo rígida.

—¿Qué es lo que…?

Él acerca sus labios a mi oído.

—En mis sueños, soy yo el que está encadenado y tú la que está de rodillas.

Abro mucho los ojos. Agarra las cadenas y tira. Se disuelven como si fueran tinta entre los dedos. Caigo y mis manos recalan en su cuello. El suelo ha desaparecido.

La negrura nos engulle una vez más.

Aterrizamos en un promontorio. La hierba me acaricia la mejilla. Un aroma estival inunda mi nariz: flores, bosques y tierra tostada por el sol. Salgo de debajo de Blake y alzo la cabeza. Inspiro profundamente.

A unos cien metros de distancia, una mujer está sentada frente a un inmenso lago iluminado por la luna.

Tiene un largo cabello ondulado y luce un vaporoso vestido color crema.

Una niña pequeña se acurruca a su lado mientras la mujer le acaricia la cabeza.

La luna llena, en compañía de la infinidad de las estrellas, se refleja en la superficie del agua.

Mi corazón se ensancha. Luego se encoge. Un nudo me oprime la garganta. No recuerdo exactamente cuándo fue, pero sé que mi madre me trajo a este lugar.

«Date la vuelta —suplico en silencio—. Date la vuelta».

Está hablando, pero sus palabras suenan amortiguadas. Me obligo a levantarme y camino hacia ella. Blake me adelanta. Yo lo cojo del brazo y hundo los dedos en su bíceps. Este no es un recuerdo que pueda desbaratar. No quiero que esté aquí.

Él se zafa y sigue andando. Hay determinación en sus ojos. Las voces me llegan con más fuerza, aunque no por ello más nítidas. Me lanzo contra su espalda y, en esta ocasión, lo tiro al suelo conmigo. Caemos con un golpe seco. Mi madre debería habernos oído, pero no se gira.

«Date la vuelta —deseo—. Déjame ver tu cara».

Blake se pone de rodillas y yo vuelvo a derribarlo. Paso por encima de su cuerpo para llegar hasta ella antes que él. Esto es importante. El peso de este momento se hace patente. Blake también lo nota. Me engancha del tobillo y me arrastra por la tierra.

«¡Madre! —grito sin voz. Le doy un codazo a Blake en el costado y un gruñido mudo escapa de sus labios—. ¡Quítate!».

«¿Qué te está diciendo? —Tiene pinta de estar gritando, pero ni una sola palabra brota de sus labios—. ¿Qué te dijo?».

Estamos ya tan cerca que deberíamos ser capaces de oírla. Huelo el agua. Veo los bucles de su cabello pelirrojo y las hebras de su vestido de color crema. El suelo empieza a sacudirse y una grieta aparece entre nosotras.

«¡No!».

Trato de alcanzarla. Mis dedos casi rozan su espalda.

Ella empieza a girarse.

El suelo se desintegra y Blake y yo caemos al vacío.

Estoy ardiendo. Algo duro y pesado me aplasta.

Abro los ojos lentamente. Necesito unos instantes para que se me adapte la vista y que mi mente comprenda lo que está sucediendo. Blake yace sobre mí, con los brazos atrapados bajo mi espalda. Noto la calidez de su suave respiración en la oreja.

Estamos al pie de la cama. El fuego está prendido delante de mí.

El pergamino que Blake me ha arrebatado no es más que un montón de cenizas.

El calor que me ha embargado al ver a mi madre se enfría.

Ya no hay ternura en mi interior. Le doy un codazo a Blake en el vientre y él suelta un sonido estrangulado al tiempo que se quita de encima. Me caigo de la cama.

Aterrizo en la alfombra de piel de oveja.

—¡Serás víbora! ¡Condenada serpiente traicionera!

Planta en el suelo entarimado los pies descalzos, que hasta ahora colgaban de la cama. Deja que su mirada se pierda en el techo. Su pecho desnudo asciende y desciende con profusión. No tengo ni idea de en qué estará pensando, pero percibo su frustración, que se mezcla con la mía.

Me pongo en pie. Estoy temblando. Con fuerza. Un tornado se ha desatado en mis adentros y no puedo contenerlo. Estoy harta de sus jueguecitos. Harta de que me utilicen. Harta de que se me oculten las respuestas que necesito. No tenía ningún derecho a hacer lo que ha hecho.

—Rompe el vínculo —ladro.

Él se endereza.

—No.

—Te haré pagar por esto, Blake. —Me acerco más a él—.

Te perseguiré allá donde vayas. Dedicaré cada minuto despierta a acosarte con mi presencia.

Estaré ahí en cada sueño. Me ocuparé de amargar cada momento de júbilo que puedas obtener en tu patética y triste vida.

Rompe el vínculo, Blake, o juro por todas las diosas habidas y por haber que te consumiré hasta que no quede nada de ti.

Te voy a arruinar la vida. Te voy a aferrar con tanta fuerza que suplicarás que te libere, y ni siquiera entonces te dejaré en paz.

Él se frota la cara con ambas manos.

—Ya me persigues, Aurora.

—¡Pues corta el vínculo!

—¡No puedo!

—¿Por qué?

Él se inclina hacia delante y junta las manos entre sus muslos.

—Supongo que debería decirte la verdad.