El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 45
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Capítulo 45

E l vocerío, sumado a una sinfonía de gaita proveniente del Gran Salón, se filtra por la escalera cuando paso junto a ella. Cuando llego a su habitación, pego la oreja a la puerta. No se oye nada al otro lado.

Entro, dubitativa. Dejo escapar el aliento. Está vacía.

Un fuego arde en el hogar. Ha ordenado la estancia desde la última vez que la vi. La cama con dosel que preside el espacio está hecha y los raídos cortinajes están retirados del todo. Las estanterías que la flanquean crujen por el peso de los libros que custodian.

Su olor a bosque oscuro flota en el ambiente, mezclado con el aroma a leña y pergamino.

Me adentro en la estancia y cierro la puerta tras de mí.

Se me hace raro que Blake haya dejado sus aposentos abiertos, pero me pregunto si tendrá que ver con la arrogancia de los lobos alfas. Se cree que nadie se atreverá a entrar. Pocos lo harían.

Inspiro profundamente. Tengo que ser rápida. No sé cuánto falta para que vuelva.

Al precipitarme sobre la estantería, el suelo cruje bajo mis pies.

Cuelo las manos entre las cubiertas de los libros con la esperanza de dar con un trozo escondido de pergamino.

A continuación, escarbo en el escritorio.

La madera oscura alberga dos pequeños cajones.

Abro el primero. Me encuentro con un montón de cartas arrugadas, como si las hubieran sacado antes de volver a meterlas de cualquier forma. Echo un vistazo.

Sebastian busca el Corazón de la Luna.

Sebastian pretende desposar a la princesa de las Tierras del Sur. Estará distraído durante los festejos.

Todas las firma un tal «M». Estas cartas atestiguan la implicación de Blake en el asalto a las Tierras Fronterizas, organizado junto a su espía. Las aparto.

No doy con nada interesante en el segundo cajón: un par de mapas de las Tierras del Norte, una lista de flores venenosas y lo que parece una de las novelas románticas de Elsie, titulada El destino del alfa .

No me lo imagino leyendo esta clase de literatura por puro entretenimiento, así que no tengo ni idea de qué hace esto aquí.

Vuelvo a meterlo todo en el cajón y evalúo la superficie del escritorio.

Se me acelera el corazón cuando echo a un lado un volumen sobre los Acólitos de Noche y encuentro un trozo de pergamino amarillento por el paso del tiempo. No es ninguna de las páginas que busco, pero tiene una anotación en la parte superior:

No podré escribir durante un tiempo. Esto puede resultarte interesante respecto a lo que buscas. Lo he encontrado en el despacho de Sebastian. M.

A simple vista, parece una telaraña de líneas, pero, al fijarme un poco más, comprendo que se trata de un árbol genealógico que se desvanece y que debe remontarse a cuarenta generaciones o más. El nombre del final del diagrama despierta algo en mí. «Freja Månsken». Mi tatarabuela.

Repaso las líneas del diagrama, deteniéndome en los nombres de los que deben de ser mis ancestros.

Los dos de arriba del todo están difuminados.

¿Por qué iba Blake a ahondar en mi árbol genealógico?

¿Por qué lo haría Sebastian? ¿Tiene esto algo que ver con el Corazón de la Luna y la teoría de Lochlan de que mi madre estuvo en posesión de él?

Doblo el pergamino y me lo guardo en el bolsillo para estudiarlo con más detalle más tarde. No es lo que estaba buscando, pero parece importante, sobre todo teniendo en cuenta que he empezado a sospechar que Blake ambiciona algo que va más allá del Trono Lobuno.

Compruebo el armario que hay en el rincón y meto las manos entre las distintas telas que conforman su ropa, lo que hace que el aire se impregne de su olor. Después inspecciono la alfombra oscura de piel de oveja que hay frente a la chimenea.

De fuera de la habitación me llegan unas voces masculinas. Echo a correr y me oculto tras la cama justo cuando se abre la puerta.

—Porque me preocupo por ti. —La voz profunda de Jack resuena en los aposentos—. No estás pensando con claridad.

—Estoy pensando con mucha claridad —replica Blake con un tono afilado.

—¿Cuándo fue la última vez que te llevaste a alguien a la cama?

—¿Y a ti qué te importa?

—Me preocupa tu buen juicio. Estás tenso. Y vas a hacer algo imprudente. Otra vez.

Apenas me atrevo a respirar. Mantengo el cuerpo pegado al suelo y procuro apaciguar los latidos de mi corazón. Me pregunto si debería anunciar mi presencia. Ya me he colado en los aposentos de Blake con anterioridad y no pareció molestarle en demasía.

—¿No puedes hacer lo que te pido y ya? —Blake suena hastiado—. Tenemos que averiguar qué es la Bestia Oscura. Kai bien podría estar poseído. Aurora y yo estuvimos en la prisión de Noche hace poco. Había un agujero en una de las celdas. Algo escapó.

Cualquier posibilidad de que revelara mi presencia se esfuma. Me pego aún más al suelo entarimado y me deslizo debajo de la cama para atender al resto de la conversación. Contemplo el oscuro marco de la cama sin atreverme a volver la cabeza para ver a los dos hombres que están hablando.

—Mierda —dice Jack—. Crees que Alex lo capturó.

—No sería de extrañar, ¿o sí?

Jack suspira.

—Veré qué encuentro.

—No tardes mucho. No creo que Callum vaya a tolerar tenerme por aquí mucho más tiempo.

—Lo que me sorprende es que no te haya metido ya entre rejas.

—A mí también, la verdad. —Blake suena divertido. El enfado repta por mi piel. No me gusta que se rían de él.

Jack suelta una risita.

—Solo… controla la situación hasta que vuelva. No me gusta que estés aquí solo. Arran o Elsie o quien sea debería venir a echarte un ojo.

—Prefiero que estén en Lowfell. Lejos de todo esto. ¿Y cuándo no he tenido la situación controlada? —inquiere con un deje sardónico.

—Me vienen un par de ejemplos a la mente… —comenta Jack.

Blake ríe. Cierra la puerta, encerrándonos a ambos en la habitación. Da la impresión de que se ha llevado todo el aire consigo.

Por mucho que tenga la impresión de que Blake me encuentra divertida (quizá, hasta atractiva), sé que, si me descubre aquí, lo considerará una violación de su intimidad.

No tengo claro cómo escabullirme sin alertarlo. Armo la jaula en torno a mis emociones. Intento adormecer los desbocados latidos de mi corazón. Ahora mismo, él no me está impidiendo acceder a sus emociones. Percibo turbación. Está inquieto. Distraído.

Oigo el rumor de la tela al quitarse la camisa. La tira a un lado y se acerca a la cama. Me llevo una mano a la boca para aplacar mi respiración. Se quita las botas. Tiene una marca (otra cicatriz) en uno de sus tobillos. Se deja caer en la cama, con lo que el marco se hunde ligeramente sobre mí.

—¿Qué estás haciendo? —Suena exasperado, y no sé si me lo dice a mí o a sí mismo.

Al ver que no añade nada más, me relajo un poco. Pasa un rato hasta que su respiración se calma y se queda dormido. Yo aguardo unos minutos más para asegurarme. Después salgo de debajo de la cama y me pongo en pie.

Hago una mueca al oír el crujido del suelo bajo mis pies, pero los ojos de Blake permanecen cerrados.

Se retuerce, como si tuviera una pesadilla.

Tiene un brazo apoyado en la almohada, por encima de la cabeza.

El otro hombro es el que está vendado. Mi mirada se detiene en la larga cicatriz que le recorre el abdomen hasta desaparecer bajo las sábanas.

Un jadeo grave brota de sus labios y yo me quedó petrificada. Un trozo de pergamino asoma por debajo de la almohada.

Mis pulsaciones me ensordecen. Un leve temblor se apodera de mi mano cuando trato de hacerme con él. Blake gira la cabeza sobre la almohada, con lo que ahora siento la calidez de su aliento en mi piel. Su cabello oscuro está a escasos centímetros de mis nudillos. Empiezo a sacar el pergamino.

Blake abre los ojos de golpe. El lobo refulge en sus pupilas.

Agarro el pergamino. Él me atrapa y me vuelca sobre la cama, de manera que mi espalda queda pegada al colchón y mis brazos están atrapados bajo sus manos por encima de mi cabeza. Está sentado a horcajadas sobre mis caderas. Las sombras parecen arremolinarse a nuestro alrededor.

La parte de él que se cierne sobre mí resulta feroz, igual que en el templo. Un gruñido reverbera en mi garganta.

—¡Blake! —Me rebelo bajo su peso—. ¡Blake, para!