Capítulo 44
E l castillo está despertando, y yo me enfrento a un torrente de gente que enciende antorchas, transporta comida y sale al exterior con sus armas.
La pulsión salvaje que late en mi pecho desde que James me mordió vuelve a la carga. Mi sangre ruge; mi corazón aúlla. Puntos negros danzan en mi visión. Mi cuerpo está intentando suprimir mis emociones.
Al pasar por la cocina apenas me apercibo de los gritos que la señora McDonald profiere contra Kayleigh por haber quemado las gachas.
Blake se dirige hacia mí desde la dirección en la que se encuentra la enfermería.
Lo sujeto y lo empujo contra la pared antes de que diga nada.
Emite un sonido gutural. Tomo su camisa y se la saco de los pantalones.
Él me aferra la muñeca.
—Si lo que buscas es mi polla, cielo, me temo que estás cruzando una línea.
Su voz se me antoja lejana. Una larga cicatriz surca su abdomen. Mi respiración es pesada. Precipitada. Lo miro a los ojos, con el pasillo diluyéndose a mi alrededor.
—¿Quién te ha hecho eso?
Él me aparta.
—¿Importa?
—¡¿Que si importa?! —Le estampo el libro en el pecho y él compone una mueca.
Lo abro por la página que he marcado—. «¿Pueden los órganos internos de los lobos volver a crecer una vez retirados?
La incisión se hizo en el lado derecho del abdomen del sujeto de prueba como paso previo a la retirada del riñón».
Vuelvo a darle con el libro y él gruñe. La página muestra el diagrama de un cuerpo en cuyo abdomen hay una línea que representa la incisión. Es un calco de la peor cicatriz de Blake.
Recuerdo la tenebrosa sensación que me asaltó cuando leí uno de sus libros de experimentos en el Gran Salón, tan similar a lo que sentía cuando el sumo sacerdote me pegaba. Pensé que era culpa, que quizá se sentía mal por haber herido a otros lobos.
No se me ocurrió pensar que podía haber otra razón: que se sentía avergonzado por que esas cosas le hubieran sucedido a él.
Con las manos temblorosas, sacudo la cabeza.
—Dejaste que creyera que estos libros los habías escrito tú.
Su expresión se ensombrece.
—Llegaste a esa conclusión tú sola, pequeña liebre.
—Todos esos experimentos…, todas esas cosas horribles…, te los hicieron a ti.
—No. —Su tono de voz es cortante—. Yo no era su única mascota.
—¿Quién? —Vuelvo a presionar el libro contra él—. ¿Quién lo hizo?
—¿Por qué?
—Quiero saberlo.
Él se encoge de hombros, como si no tuviera importancia.
—¿Quién crees? El maestre sanador de palacio.
Tengo la impresión de estar bajo el agua.
—¿Lo… lo sabía mi padre?
—¿Que si lo sabía? —La comisura de sus labios se eleva un poco, pero no hay ni rastro de divertimento en su mirada—. Fue un programa diseñado por él, pequeña liebre.
El corazón me late con fuerza en los oídos, aunque soy capaz de captar otras pulsaciones compitiendo con las mías.
Blake debe de tener tres o cuatro años más que yo, lo que significa que debía de estar en algún lugar de Ciudad del Rey (quizá incluso en el propio palacio) hecho trizas mientras yo asistía a lecciones de baile o me engalanaba frente al espejo.
Esa ingenuidad me sube por la garganta en forma de náuseas.
¿Cómo pude ser tan ignorante de lo que pasaba a mi alrededor?
Sin embargo, en medio de la conmoción y la ira que me asedian, una oscuridad prevalece. La pulsión salvaje de mis adentros se queda inmóvil. Noto un crepitar en la piel; se me eriza el vello de la nuca.
Cualquier rastro de empatía se ve sustituido por algo gélido y precavido. Retrocedo y mi espalda choca con la pared al otro lado del pasillo. Todo este tiempo he pensado que no era más que un peón en su partida contra Callum. Me dijo que odiaba a los lobos y que quería gobernar sobre ellos.
Solo ahora me sobreviene la idea de que tiene tantos motivos para odiar a los humanos como a los lobos. Puede que mi padre constituya para él un enemigo mucho peor que Callum. Quizá pretenda algo aún más serio respecto a mí. Anoche, en mi sueño, intentó persuadirme de que matara a Philip.
Tal vez aspire a ver arder el mundo entero.
—¿Vas a hacerme daño? —pregunto.
Un silencio tenso se extiende entre nosotros. A mí me vibra la piel.
Él se pasa los dientes por el labio inferior.
—No.
Intento percibirlo a través del vínculo, pero no hallo más que negrura.
—¿Vas a hacerle daño a mi hermano?
—Solo si me lo pides.
—¿Y qué hay de Callum? ¿Lo matarás? ¿Importa algo lo que yo diga en ese caso?
Él se frota el afilado contorno de su mandíbula.
—Si se rinde cuando lo desafíe, dejaré que se marche.
—¿Y yo? ¿Dejarás que yo me vaya?
—No lo he decidido todavía.
Siento un cosquilleo en la piel. Está mintiendo. Su elección parece flotar en el ambiente, oscura y certera. Una única palabra se entreteje en el hilo que nos une: «No».
Apaciguo mi respiración.
—¿Qué le pasó al maestre? ¿Lo mataste?
—Esa no es la pregunta correcta, pequeña liebre.
—¿Y cuál es?
—Si la haces, te lo diré. —Se mete la camisa en el pantalón—. Pero no, el maestre sigue vivo. —Se aleja en dirección al Gran Salón, rompiendo así la tensión.
—Blake.
Él frena.
—¿Sí?
—Anoche, el sueño… fue real, ¿no? —Él ladea la cabeza. El frío me inunda el cuerpo—. Es cierto que Alexander cuenta con uno de los prisioneros de Noche.
—Eso parece.
—¿Qué quiere de mí?
Blake sacude la cabeza.
—Esperemos no averiguarlo.
Callum se pasa el día reunido con Blake y otros alfas, trazando estrategias para hacer frente a la inminente batalla con Alexander. A excepción de algún que otro comentario cortés anoche en la cena, no me dirige la palabra.
A la mañana siguiente, me canso de esperarlo y llamo a la puerta de sus aposentos. Como ya se ha ido, dedico la mañana a seguir a Philip, al que ya no retienen en la enfermería.
Poco después de que le hayan mostrado su dormitorio en la planta baja, sale al exterior. Para a Kayleigh, que volvía adentro desde los jardines de la cocina, y, tras coquetear con ella, le pregunta si es verdad que el Corazón de la Luna se encuentra aquí.
Hace lo mismo con un par de mujeres más antes de sentarse en la orilla del lago y contemplar las montañas al otro lado del agua. Yo lo vigilo sin alejarme de los muros del castillo.
Queda claro que está buscando el Corazón de la Luna. ¿Es esa la auténtica razón por la que ha venido a las Tierras del Norte?
Philip se levanta y regresa a su cuarto. Como no sale de allí, voy a hacerle una visita a Fiona a los establos, donde comparto un poco de pan con queso con ella en su descanso. Luego vuelvo al castillo.
Una vez en mi alcoba, me entretengo con Desafiando la cultura popular lobuna .
Los experimentos se me antojan ahora mucho más terribles sabiendo que se los aplicaron a Blake. El cielo se oscurece. La tinta se vuelve borrosa. La frustración se adueña de mí. He repasado este libro de cabo a rabo y no encuentro nada relativo al vínculo. ¿Estaré perdiendo el tiempo?
Se me para el corazón y estampo la mano en el libro.
«Aquí está». Los números de las páginas pasan del setenta y siete al ochenta y tres. Paso el dedo por el lomo. Hay un desgarro. Han arrancado algunas hojas. Debí haber confiado más en mi instinto. Sabía que me lo había dado con demasiada facilidad.
Si esas páginas no tuvieran valor, no las habría quitado.
Con un poco de suerte, los alfas seguirán en su reunión. Y Blake .
Salgo de la cama. Abandono mi habitación y corro escaleras abajo.
Camino hasta los aposentos de Blake.