El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

L a oscuridad trepa por mi piel.

Intento desentrañar lo que me rodea. Creo que estoy en la prisión de Noche. Tengo los pelos de punta. El aire está más frío y parece que se mueve a mi alrededor, a diferencia de los otros sueños, en los que permanecía inmóvil.

Extiendo los brazos con la intención de tocar las paredes, pero no hay nada a ninguno de los lados.

Ahogo una exclamación de la que se desprende un eco, como si estuviera en un espacio cavernoso.

El miedo repta por mi columna vertebral.

Me inclino hacia delante en busca de algún muro con el que guiarme hasta alguna puerta.

El roce que oigo a mis espaldas hace que se me pare el corazón.

—Hola, pequeña liebre. —El susurro es como una sombra, apacible y sedoso.

Me giro. Suelto el aliento mientras se me adapta la vista. Blake camina en paralelo a una pared que no he visto antes. Parece estar inspeccionando algo.

Trago saliva.

—Estamos en la prisión de Noche, ¿verdad? —Que mantenga un tono de voz moderado no impide que retumbe por todas partes.

—Sí.

Me acerco a él.

—¿Qué haces?

—Mira —susurra. Le da un toque a la pared y, a medida que me acerco, vislumbro qué es lo que él está mirando.

Hay un agujero en la piedra negra, lo bastante grande como para que cupiéramos cualquiera de los dos—.

Algo ha escapado. No debería ser posible.

Tan solo el poder de Ghealach puede hacer esto.

—¿Tendrá alguien el Corazón de la Luna? —pregunto con la sangre cada vez más fría.

—Lo dudo. No parece que se haya hecho a propósito. La luna brillaba con fuerza la noche que mataste a Sebastian. Diría que sucedió entonces.

—Uno de los prisioneros de Noche está en la tierra.

—Eso parece.

Se me acelera el pulso al recordar el testimonio de Kai acerca de la Bestia Oscura.

—¿Crees que dicho prisionero está en la Fortaleza Gris con Alexander?

Blake se pasa una mano por la mandíbula.

—Parece probable.

Pienso en los cuentos de mi madre acerca de monstruos tenebrosos, devoradores de almas y bestias aladas.

—¿Quién crees que ha escapado?

Blake se agacha y coge algo del suelo. Es fino, negro y está recubierto de escamas. Parece piel mudada de una serpiente, lo que hace que visualice una de las ilustraciones que vi en uno de los libros que encontré en Lowfell. Cuando lo frota con los dedos, se disuelve hasta no ser más que polvo.

La expresión de Blake se ensombrece.

—Algo que de verdad me gustaría que siguiera aquí.

La celda se desintegra a mi alrededor y la oscuridad me engulle.

Caigo de pie. Estoy en otra parte. El dolor restalla en mi cuerpo.

Tengo la piel de los brazos estirada. Cientos de ganchos la perforan para facilitar una sujeción erguida.

Los noto en las piernas, en los pies, en los hombros.

Los hilos traslúcidos unidos a ellos se pierden en una nube de oscuridad sobre mi cabeza.

Mis labios están cosidos, por lo que no puedo gritar. Las lágrimas me anegan los ojos.

Ya he estado aquí antes. Es mi pesadilla. Soy una marioneta controlada por una mano invisible en el salón del trono del palacio, iluminado ahora por la luna. Junto a mí, los cortesanos bailan. No se percatan de mi agonía. No reparan en mi grito mudo.

El ornamentado trono dorado de mi padre descansa sobre el estrado que hay delante. Está adornado con soles que resplandecen bajo la caricia de la luna. Yo estoy sumida en su sombra.

La música y el jolgorio imperan en el lugar. Mi invisible titiritero mueve la cruceta y yo empiezo a dar vueltas. Intento liberarme, pero estoy atrapada.

Me paran en seco.

La música cesa. Los cortesanos quedan petrificados. Se me encoge el corazón, porque esto es nuevo y no sé qué va a pasar a continuación.

Unas pisadas firmes retumban contra las baldosas. El aire se agita en cuanto Blake pasa por mi lado y sube los escalones del estrado para dejarse caer en el trono, como si estuviera diseñado para él. Se reclina y apoya el codo en el reposabrazos.

—¿No es horrible? —dice. La luz de la luna ilumina la mitad de su cara. La otra está envuelta en sombras.

Intento hablar, pero me asalta el sabor de mi propia sangre.

—Yo en tu lugar no haría eso. —Su mirada recorre los hilos hasta la cruceta, escudada en las sombras—.

¿Quién te controla? Me pregunto a quién encontraría si trepara hasta arriba.

¿A tu padre? ¿A tu hermano? ¿A Callum? ¿A mí mismo?

A lo mejor a tu madre, o quizá algo más abstracto…

, como el deber o el honor. ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que eres tú la que mueve los hilos?

¿Que eres tú la responsable de tu restricción?

¿Que podrías liberarte si lo desearas? —Tamborilea con los dedos sobre el reposabrazos del trono—. Probablemente no.

Intento tirar de los ganchos, pero solo consigo que la sangre caliente se derrame por mis brazos.

—Esta noche tenías el aspecto de una reina —musita—.

Podrías serlo si así lo quisieras. Philip duerme en la enfermería.

Podrías colarte mientras el castillo está sumido en el sueño.

Hay un tazón de agua en la mesilla junto a él.

Un par de gotas de acónito servirían. Yo lo haría por ti si me lo pidieras.

Tu padre es un anciano. Acabará muriendo tarde o temprano, y, cuando lo haga, el trono podría ser tuyo.

—Se levanta y se alisa el abrigo. Baja del estrado para detenerse justo delante de mí—.

Me duele verte así, cielo. —No tengo claro que esté diciendo la verdad—. Piensa en lo que te he dicho.

Se mete las manos en los bolsillos y se aleja. Sus pasos se pierden en la distancia. El suelo se abre.

Una vez más, caigo en la infinita oscuridad.

Me incorporo sobresaltada en mi cama. Como tengo la piel húmeda, las sábanas se me pegan al cuerpo. Soy incapaz de apaciguar mis enloquecidas pulsaciones. La noche aún es oscura, pero no puedo volver a dormirme. Estaba soñando con la prisión de Noche. Y con Blake.

Con dedos temblorosos, enciendo la vela junto a la cama. De debajo de la almohada saco el libro que contiene algunas respuestas respecto a nuestro vínculo. Empiezo a leer.

Para cuando mis ojos quedan anclados a un pasaje en particular, las luces de la aurora ya rozan la ventana. La clarividencia me abofetea. Un sentimiento que no alcanzo a comprender amenaza con destrozarme.

Me visto a toda prisa. Cojo el tomo y doblo la esquina de la página en cuestión.

Salgo tan apresuradamente de mi alcoba que casi me doy de bruces con el tipo que dormita apoyado en la pared.

Tiene una espesa barba rojiza y un kilt azul.

Lo reconozco de cuando Callum me trajo por primera vez desde las Tierras Fronterizas. Fergus, creo que se llama.

Ni siquiera se inmuta cuando paso corriendo hacia las escaleras. Menudo vigilante.

Tengo que hablar con Blake.