Capítulo 42
R ecorremos el castillo en silencio. Callum me sigue por la escalera de caracol antes de inclinarse sobre mí para abrir la puerta. Su pecho me presiona la espalda por unos segundos.
«Haz lo que te pide».
Como en el interior no hay ninguna vela encendida, la oscuridad se adueña de cada rincón, desde las pilas de libros hasta las baratijas que hay en la habitación.
La puerta se cierra a nuestras espaldas y de pronto la estancia se me antoja demasiado pequeña como para respirar a gusto.
Callum camina hacia la ventana y contempla las montañas envueltas en sombras.
—Tú…
—¿Por qué…?
Ambos hablamos al mismo tiempo. Cierro la boca y dejo que continúe.
—¿Podemos fiarnos de tu hermano? —pregunta, juntando las manos, y a mí me da la sensación de que no era eso lo que iba a decir.
—No. Es un miserable. Pero todo lo que ha dicho sobre el Dios de la Noche… Kai tiene la marca de Noche en el pecho y, por lo visto, Alexander venera al Dios de la Noche. Creo que algo está pasando. ¿Y si Alexander es el príncipe de la noche?
La mandíbula de Callum se pone rígida.
—Me da igual a quién venere. Si pretende atacar mi reino y llevarte consigo, se enfrentará a mi cólera.
Se pasa una mano por la boca. Cuando detiene sus ojos en mí hay tanto dolor en ellos que casi me hace retroceder. Suspiro.
—Suéltalo, Callum.
Él camina hasta el borde de la cama y se sienta. La pequeña estructura cruje bajo su peso.
—No puedo sacármelo de la cabeza —admite—. Nada de lo que está pasando me distrae o impide que me reconcoma por dentro. No me da tregua. Cierro los ojos y te veo con él.
La crudeza de su confesión hace que se me acelere el pulso. Quiero sentir alivio por el hecho de que por fin se esté sincerando conmigo, pero no sería justo.
—Yo tampoco puedo sacármelo de la cabeza. —Él emite un sonido grave y gutural—. No de la manera que piensas —aclaro—. No puedo sacármelo de la cabeza por tu culpa.
—¿Por qué?
—¿Cómo que por qué? Callum, fuiste tú el que le dijo que lo hiciera.
—Él abre la boca, pero yo no he terminado—.
Tu hermano me hizo prisionera. Me amordazó y me humilló delante de un montón de hombres que estarían encantados de acabar conmigo.
Podrías haber hecho algo para ayudarme, pero te quedaste ahí sentado, mirando, y le dijiste a Blake que lo hiciera.
Él aprieta la mandíbula.
—Le dije que lo hiciera porque era la única forma de que uno de los dos pudiera llegar hasta ti y liberarte. —Hay un cariz desafiante en su tono de voz. Desvía la vista hacia el armario, en la esquina de la habitación, como si no soportara mirarme.
Yo vuelvo a ese momento en la casa solariega. Blake le dio un par de toques a la mesa antes de acercarse a mí, como lanzándole una señal a Callum. Introdujo los dedos entre mis ataduras con la intención de comprobar su firmeza.
Callum, en cambio…, parecía que prefería hacer caso de lo que James decía. La forma que tuvo de mirar a Blake, con recelo, cuando este estaba visiblemente molesto por que James me tocara…
«Haz lo que te pide».
—No te creo —digo—. Creo que, quizá, Blake lo hiciera para intentar liberarme, pero en tu caso parecía haber otro motivo.
Callum suelta una risa amarga.
—¿Crees que esa es la razón por la que te besó?
—¡Basta! ¡Basta ya de tus celos! Te comportas como si sufrieras, pero lo que sufres es tu propio delirio. Podrías haber retado a James en el mismo momento en que me llevaron a esa habitación, pero no lo hiciste. Decidiste no hacerlo. Decidiste dejar que ocurriera. ¿Por qué? ¡Dime la verdad!
—Porque tenía que saberlo.
—¿Saber el qué?
Entierra el rostro entre las manos.
—Empecé a sospecharlo mucho antes de esa noche: que había sido maldecido con el deseo de algo que nunca me pertenecería realmente.
—¿De qué hablas?
Aparta los dedos de su cara.
—¿Albergas sentimientos por él?
—¿Qué? ¡No!
—¿Quién no se está sincerando ahora? Esperas que te diga la verdad mientras tú me la ocultas.
—¡No te estoy mintiendo!
—¡Soy un lobo, Rory! Tus pulsaciones, tu forma de moverte cuando estás con él, tu olor…
¿Puedes mirarme a los ojos y asegurar que no sentiste nada cuando unió sus labios a los tuyos?
—Yo abro la boca, pero él sacude la cabeza—.
Si tú no puedes ser sincera al respecto, no creo que yo pueda dejarlo correr.
—Sabes que James organizó todo eso para sacarte de quicio, ¿no?
—¡Pues claro que lo sé! —Se golpea el pecho con la mano—. Sin embargo, también me pregunto si, a su manera, no estaría tratando de ayudarme.
—¡Estamos hablando de un lobo que me atacó, me mordió y a punto estuvo de matarme!
—Contesta a la pregunta.
—Estás siendo ridículo.
—Es posible. —Se inclina hacia delante para apoyar los brazos en los muslos.
El colchón gime bajo su cuerpo. Sus hombros están hundidos, y los músculos de su cuello, tensos.
Tiene una pinta tan lamentable que, si no fuera por lo frustrada que estoy con él, lo consolaría—.
Mi lobo está tan próximo a la superficie cuando estás cerca que no consigo aclarar mis emociones.
Nunca me he sentido tan fuera de control.
No sé si estoy exagerando o quedándome corto.
No sé qué es real. Mi sangre aúlla y mis dientes duelen y tengo la sensación de que mi piel podría desgarrarse y empezar la transformación en cualquier momento.
—Sus ojos brillan en la oscuridad—. Y esa siempre fue la excusa de mi padre.
Se escudaba en su temperamento, se ponía celoso y hería a la gente de su alrededor.
Y siempre decía que era culpa del lobo. No quiero convertirme en él, así que lo reprimo y me digo a mí mismo que no debo sentirme como me siento, pero tengo que saberlo, Rory.
Necesito que me lo digas. Cuando te besó, ¿qué sentiste?
Con un suspiro trémulo, me vuelvo hacia la ventana y apoyo las manos en el escritorio repleto de libros. Contemplo el fulgor plateado de la luna tras las nubes. El viento conjura ondulaciones en el lago y agita las ramas de los árboles perennes que lo cercan.
—No sé. Me sentí enfadada contigo.
—¿Y?
Pienso en el instante en que rozó mis labios con los suyos. Fue como si una cascada de oscuridad cayera sobre mí. Noté un ansia intensa que no se parece a nada que haya sentido antes. Noté calor en mi sangre.
—Sentí sus emociones —digo.
—¿Y?
Sacudo la cabeza y me giro hacia él.
—Eso es todo.
Él emite un quejido estrangulado y se pone en pie.
—No sé si me mientes a mí o a ti misma.
Al dirigirse a la puerta para rodear el picaporte, sus pisadas suenan tan estruendosas como los latidos de mi propio corazón.
—¡Sentí algo! —Las palabras emergen de mis labios, traicioneras y dolorosas.
Él frena. Los músculos de su espalda se contraen bajo la camisa—.
¿Es eso lo que quieres que diga? Sentí un destello de algo, quizá.
Un momento fugaz. Todo porque estaba enfadada contigo .
Mis sentimientos se mezclaban con los de él, y era intenso y estaba asustada.
Él se gira. El lobo refulge en sus ojos. Traga saliva. Con fuerza. Después asiente.
—Gracias. Gracias por ser sincera. —Inspira profundamente para tranquilizarse—. Necesito… necesito despejarme.
Yo voy hasta él y lo tomo de la mano. Estoy enfadada y frustrada, pero siento que necesito decirlo.
—He conocido a hombres como tu padre, Callum.
Tú no eres como él. —Coloco su mano en mi pecho, sobre mi corazón—.
¿Dices que no sabes qué es real? Esto es real.
Nosotros somos reales. Tomé tu mano y te escogí aquella noche en las Tierras Fronterizas.
Te escojo ahora. Pero no puedo ni voy a ser la princesa a la que mantienes cautiva en tu torre mientras tú te devanas los sesos en cosas que ninguno de los dos puede controlar.
No quería besarlo. Lo sabes. Así que ve a dar un paseo, a nadar al lago, tómate el tiempo que necesites para sobreponerte, pero sobreponte, porque, si no puedes… —Soy incapaz de decirlo.
Él asiente y apoya su frente en la mía. Tiene la piel caliente. Casi parece que tenga fiebre.
—No sabes lo mucho que deseo que seas mía, Rory.
—Pues deja de comportarte como una bestia territorial.
Deja de alejarme. —Él suelta una media carcajada en la que no hay ni rastro de diversión.
Vuelve a girarse hacia la puerta—. Callum, espera.
—Él mira hacia atrás. «Te necesito», quiero decirle.
«Quédate». Pero creo que a mí también me vendría bien un poco de espacio después de todo lo que ha dicho.
Creo que ambos tenemos que aclarar nuestras emociones—.
Has dicho que no protegerías a Philip si se queda.
—¿Quieres que lo haga?
Se me retuercen las entrañas.
—No… no lo sé. Lo odio, pero compartimos sangre.
Me pregunto si, dada su relación con James, entiende mejor que otros lo complicadas que pueden ser las relaciones entre hermanos.
—Le diré a mi gente que Philip es un rehén —responde— y que pretendemos usarlo para llegar hasta tu padre. A lo mejor, una vez derrotado Alexander, incluso sea verdad.
—Gracias.
—Me ocuparé de que alguien vigile tu puerta para asegurarnos de que no te pase nada.
No puedo evitar pensar en que, no hace tanto, él mismo se habría quedado al otro lado de mi puerta toda la noche de haber sido necesario.
Sale de la habitación y se pierde escaleras abajo, dejándome sola.