Capítulo 39
S ilencio.
Después, susurros. Se deslizan entre la multitud como si fueran serpientes. «Es el príncipe de las Tierras del Sur».
El ambiente estalla. Los lobos se ponen en pie.
Uno de los bancos se vuelca. Los gritos llenan el aire.
Están desatados. El grito de venganza que profiere una mujer es tan fiero que me sorprende que no le salga sangre por la boca.
Los hombres de Lochlan repelen a todos los que tratan de lanzarse contra nosotros.
Yo estoy consumida por la ira, una ira que sé que también va dirigida a mí misma. Aprieto los puños. Mi respiración se entrecorta, como si estuviera tratando de contener una tormenta en mis pulmones. El fuego se prende en mis venas.
—¿Qué haces aquí, Philip? —pregunto con un tono glacial.
Su sonrisa, ahora más amplia todavía, deja al descubierto su perfecta dentadura blanca. Ni siquiera parece un poco inquieto por la turba que pide su cabeza.
Me amargó la vida. Se burlaba de mí. Me menospreciaba.
Se pasó toda mi infancia bailando por el palacio que debía heredar como si ya le perteneciera y yo no fuera más que uno de los múltiples objetos que lo conformaban.
Hacía lo que le venía en gana, bebía cuanto le venía en gana, yacía con las mujeres que le daba la gana y siempre se vanagloriaba de su propia existencia.
Nunca recibió más que algún que otro tirón de orejas por su comportamiento.
Todo mientras a mí me castigaban por solo mostrar una pequeña grieta en mi supuesta fachada perfecta.
Ahora está aquí . Debió de volver de la guerra que estaba librando en nombre de mi padre y lo han enviado directo a buscarme a las Tierras del Norte para llevarme a casa.
—Yo podría hacerte la misma pregunta, hermana. —Chasquea la lengua, lo cual se oye por encima de la algarabía—. Alguien ha sido una niña muy mala. A papá no le hará gracia.
Un gruñido grave vibra en el pecho de Callum.
Es un sonido ante el que cualquier hombre sensato se acobardaría, pero mi hermano siempre ha sido un descerebrado.
¿No entiende que está en territorio enemigo, rodeado de lobos?
¿No percibe la hostilidad en el aire? ¿La sed que hay de su sangre… y de la mía ?
Lochlan, ceñudo, se inclina un poco hacia delante. La sonrisa de Philip flaquea, casi como si reconociera al alfa de Glas-Cladach.
Callum le hace una señal con la cabeza a Blake, que está sentado en el otro extremo de la mesa.
Blake se pone de pie y se acerca a Philip. En un rápido movimiento, le clava una jeringuilla en el cuello y mi hermano se desploma sin más.
—Pasaré un tiempo con él en la enfermería —dice Blake.
A mi lado, Callum se pone en pie. Su brazo roza el mío.
—Nadie más le pondrá una mano encima hasta que decidamos qué hacer con él. —Le hace un gesto a un par de tipos, y estos cogen a mi hermano y se lo llevan a rastras hacia a la salida.
—No habrá viajado solo —digo—. Apenas es capaz de vestirse sin ayuda, mucho menos de atravesar el reino entero.
—Lochlan.
—Mandaré una partida de búsqueda —responde este. —Su taciturnidad previa parece haber sido reemplazada por intriga.
Callum le susurra algo a Fiona y después ambos vamos tras los pasos de Blake por el Gran Salón.
Al llegar a la enfermería nos encontramos con que Philip está atado a una silla cerca del catre en el que duerme Kai.
La cabeza le cuelga sobre el pecho y su cabello muestra la tonalidad del cobre bruñido a la luz tenue del fuego.
Tiene las muñecas atadas a los reposabrazos de la silla y las largas piernas ligeramente separadas, con los tobillos atados a las patas.
Me detengo cerca de él, junto al fuego. Callum está detrás de mí. Blake despacha a los dos hombres que han traído a Philip.
Se suponía que estaba luchando en una de las guerras que mi padre libra contra el reino de Rema, pero, si eso lo ha curtido de alguna forma, no hay rastro de ello.
Su abrigo de cuello alto está bien confeccionado y él está tan aseado como de costumbre.
Su tez, al menos lo poco que se aprecia, y aunque está ruborizada por las llamas, no presenta el moreno esperable del clima cálido del extranjero.
Me lo imagino sentado en una de sus grandes y ornamentadas tiendas, bebiendo y comiendo mientras ordena que los demás hagan el trabajo sucio que le correspondería a él y también a mi padre.
Blake destapa un vial y lo coloca bajo la nariz de Philip.
Mi hermano se retuerce y emite un quejido.
Blake se acerca al banco de trabajo que tiene detrás y saca una funda de cuero de uno de los cajones.
Lo despliega, revelando así todo un surtido de bisturíes y escalpelos.
Se me tensan las entrañas. Aborrezco a mi hermano.
Y, aun así, habiendo leído algunos de los experimentos de Blake, no creo que tenga estómago para aguantar lo que sea que planee hacer.
Espero a que Callum le ponga freno. Blake saca una pequeña hoja y aquel se mantiene impávido. Siempre ha sido tan considerado conmigo que se me olvida la primera impresión que me causó. Me pareció un monstruo sediento de sangre, tan salvaje e indómito como las montañas de las que provenía.
No es un monstruo, pero sí es un fiero guerrero, un alfa y, ahora, un rey. La presencia de Philip constituye una amenaza tanto para mí como para su reino.
Mi hermano intenta mover los brazos. Se oye un chirrido cuando aferra los antebrazos de la silla con sus manos enguantadas en cuero. Estoy convencida de que ahora entrará en pánico. No ha tenido que hacer frente a una sola adversidad en toda su vida.
No voy a dejar que Blake le haga daño, pero eso no significa que no pueda disfrutar de su miedo.
Philip alza la mirada hacia Blake.
— ¿Bondage? No eres mi tipo, aunque sí lo bastante apuesto, supongo.
Blake se inclina sobre el banco de trabajo en un movimiento que hace relucir la cuchilla que tiene en la mano. La sonrisa que le dedica a Philip despertaría temor en la mayoría de la gente, pero mi hermano le devuelve el gesto.
—No será tu hermano un majadero, ¿no? —El deje de Callum aúna tanto frustración como auténtica curiosidad.
—No es especialmente inteligente —replico yo.
Philip mira a Callum y lo hace como si estuviera sentado en un trono en vez de atado a una silla.
—Quizá tú y yo debamos hablar en privado. De futuro rey a futuro rey.
La ira se desata en mi interior. Qué típico de Philip. Viene aquí por una misión que me concierne a mí y, sin embargo, es al varón de más alto rango en la sala con quien prefiere tratar. No vaya a ser que yo tenga algo que decir sobre mi propio futuro.
Aprieto los dientes.
—No es el futuro rey. Es el rey.
—No por mucho tiempo, a juzgar por lo que se dice en las tabernas.
—¿Qué estás haciendo aquí, Philip? —pregunto.
—Pretendía decírtelo, hermanita, pero me habéis tratado tan mal que ahora prefiero callármelo. —Sacude la cabeza—. Tenía entendido que los lobos de las Tierras del Norte no son muy hospitalarios, pero no esperaba un recibimiento tan frío.
Me acerco más a él. Huele a hidromiel.
—Esto no es un juego. Padre no está aquí para salvarte, tu título no te protegerá y no puedes hacer nada para librarte de esta. Estás en el Reino de los lobos y tú eres el príncipe de su reino enemigo. Harías bien en mostrar un poco de comprensión ante lo delicado de tu situación.
Sus ojos centellean.
—Has cambiado, hermana.
—Y tú no has cambiado en absoluto, hermano .
—Te sorprendería.
Blake arrastra una silla del banco de trabajo y la coloca de manera que queda de cara a Philip. Se sienta con el brazo apoyado en el respaldo. La fluidez de sus movimientos sugiere que la herida de bala ya se le ha curado del todo.
—Tienes mejor aspecto que la última vez que te vi, Blake —dice Philip.
Una fría sonrisa florece en los labios de aquel.
—Lo mismo digo. —No debería sorprenderme que se conozcan. Blake formó parte de la Guardia del Rey, así que tiene sentido que coincidieran—. ¿Dónde has estado?
—No veo por qué debería decírtelo.
Blake apoya el tobillo sobre el muslo. Con un aire distraído, hace girar la pequeña daga en su mano.
—¿Crees que Aurora te salvará?
—Creo que respondes ante ella, ¿no es así?
La sonrisa de Blake se torna salvaje.
—Si eso fuera cierto, estaría muy preocupado por las circunstancias en las que estás ahora.
Philip me mira a los ojos.
—Es muy propio de ella, ¿sabes? Con un pestañeo tiene a todo un puñado de hombres poderosos revoloteando a su alrededor. Finge que es una princesa inocente para obtener de ellos lo que quiere de verdad.
La cólera me consume.
—Ah, ¿sí? —pregunta Blake.
¿ Cuándo he conseguido yo algo que quisiera? Ojalá pudiera escupirle a la cara todos y cada uno de los pensamientos negativos que he tenido alguna vez sobre él. Quiero abofetearlo. La idea de quitarle el cuchillo a Blake y clavárselo en el muslo cobra fuerza. Mi alma amenaza con entrar en erupción.
Lo reprimo todo. Encapsulo mis sentimientos, como si el hecho de tenerlo aquí (como un recordatorio de palacio) bastara para devolverme a mi antiguo ser. Odio que vuelva a hacerme sentir como una niña indefensa y sin voz.
Callum se me acerca. Yo me hago a un lado. No quiero la reconfortante calidez que lleva negándome todo el día. Estoy lejos de ablandarme.
—Te veo bastante abrigado, Philip —observa Blake—. ¿Es por mantener las apariencias o se trata de algo más?
Resulta un comentario un tanto extraño, teniendo en cuenta que el clima de las Tierras del Norte es bastante más frío que en el sur.
La sonrisa de Philip mengua un instante, como si Blake hubiera dado en alguna diana.
Este se inclina hacia él y, con delicadeza, le toma de la mano, lo cual hace que Philip se tense. Yo me pongo rígida.
—Blake… —empiezo.
Este le quita el guante de cuero. Le falta la punta del dedo meñique.
—¿Tortura? —Deja el guante en el banco de trabajo que tiene al lado—. ¿O gangrena?
Alzo las cejas. No imagino que mi hermano haya podido padecer alguna de las dos.
—Así que has estado pendiente de mí —dice Philip.
—Evidentemente.
La puerta se abre de golpe. Isla entra en la estancia y yo siento un arrebato de irritación.
No la he visto en el banquete. Su vestido luce el tartán rojo de Highfell.
La parte superior de su cabello castaño está recogido en una corona igual que la mía, mientras que el resto de su melena le cae suelta y libre por los hombros.
—¿Necesitas algo, Isla? —Callum suena cansado, lo que me da a entender que el día de hoy le está pasando factura.
—Te estaba buscando… —Frena en seco. Philip ladea la cabeza a un lado y ella ensancha las aletas de la nariz—. Ahora son dos. ¿Vamos a dejar que los sureños nos invadan constantemente? Cuando me vine de Highfell, no esperaba estar rodeada de gente así todo el rato.
—¿Y de qué clase de gente esperabas rodearte al viajar al sur? —pregunta Blake.
El semblante de Isla palidece, como si no se hubiera dado cuenta de que Blake está aquí. Alza el mentón.
—Pues de mi gente, de lobos . Seguimos estando en las Tierras del Norte.
—Si lo que buscas es aceite de onagra vespertina, me parece que está por allí —dice Philip, señalando con la cabeza hacia atrás uno de los estantes.
Alzo las cejas ante su osadía, mientras que Callum se muestra confuso. El aceite de onagra vespertina era el remedio que el curandero de palacio me daba para atenuar las molestias de mi sangrado menstrual. Los ojos de Isla adoptan un brillo glacial.
Camina hacia Philip. Coge el respaldo de la silla por ambos lados y acerca su cara a la de él.
—Unas palabras muy valientes, principito, pero olvidas que ahora estás entre lobos.
Tu corazón se acelera y tu olor… Hueles a miedo más allá de esa peste a perfume y tu ropa bonita.
No eres más que un niñato consentido que actúa como si no estuviera asustado, pero que en el fondo desearía estar en su casa entre joyas y algodones.
—Le enseña los dientes—. Pero estás muy lejos de tu hogar en este momento.
Philip se inclina hacia delante todo cuanto le permiten sus ataduras, lo que deja sus rostros incluso más cerca.
—¿Y qué hay de ti, Isla ? —Su voz suena baja, casi como un susurro—.
Tu perfume… Pétalos de rosa, limón y un toque de romero.
En una ocasión conocí a una mujer en el mercado que juraba y perjuraba que esos eran los ingredientes para una pócima de amor.
Y ese vestido, tan ceñido, y el tartán rojo de tu clan…
Los colores de Highfell, un territorio lejos de aquí, ¿no?
Tú también estás lejos de casa en este momento, a pesar de tu aparente desprecio por lo que te rodea.
Luego están las facciones de tu rostro, más femeninas gracias al colorete y a los polvos, como si quisieras tener un aspecto más delicado y recatado de lo que es en realidad…
Tal vez para atraer a una figura de autoridad.
Un alfa. O un rey, quizá. Pero él solo tiene ojos para mi hermana, ¿no?
Así que tranquila, Isla, que a mí tampoco se me escapa nada .
—Los nudillos de la mujer se vuelven blancos por la fuerza con la que agarra la silla—.
¿A quién se le ha disparado el corazón ahora?
¿He captado tu atención, lobita? —Los hoyuelos se acentúan en sus mejillas al tiempo que baja la voz—.
Si alguna vez te apetece jugar con alguien capaz de morder tan fuerte como tú, házmelo saber.
Sus ojos cambian. Se le dilatan las pupilas y unas vetas plateadas aparecen sobre el azul verdoso de sus iris. Inspiro abruptamente. A Isla se le entrecorta la respiración.
Mi hermano ya no tiene los ojos de un hombre.
Tiene los ojos de un lobo.