El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 38
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Capítulo 38

E stoy sentada con las piernas cruzadas en la pequeña cama, junto al libro de Blake, que descansa sobre la colcha blanca. Me encuentro en mi antigua habitación, en la torre del castillo.

Tiene el mismo aspecto que la última vez que estuve aquí.

Está amueblada con sencillez. Los libros recubren casi todas las superficies: en estanterías, en el escritorio que hay junto a la pequeña ventana, en la mesilla de noche, sobre la cual titila una vela…

La lluvia repiquetea contra la ventana, al otro lado de la cual se extiende un cielo gris que refleja bien mi propio estado de ánimo.

Desafiando la cultura popular lobuna es el título que está escrito en letras doradas en la cubierta del ejemplar.

Unas estrellas del mismo color adornan su lomo.

Es un libro que me resulta familiar y no tardo en comprender por qué.

Blake lo sacó de una de las estanterías de esta habitación, delante de mí.

Fue muy reservado al respecto y lo hizo la mañana en que Callum acudió en ayuda de James.

Como dijo este, es uno de los libros de experimentos de Blake.

La caligrafía resulta más pulcra que la de los cuadernos que he leído, y, cuando me topo con algunos experimentos sobre los que ya he visto algo antes (cosas como derretir un ojo para ver si vuelve a crecer, aplicar diferentes metales sobre la piel de un lobo o el orden en que se rompe cada hueso las noches de luna llena), caigo en la cuenta de que se trata de una recopilación de los experimentos más interesantes.

Me da la impresión de que es un volumen pensado para ser difundido.

Lo hojeo con la esperanza de dar con algo útil. Estoy pendiente de captar las palabras «conexión», «fuerza vital» o «vínculo» entre las polvorientas páginas, pero estoy cansada y la tinta empieza a emborronarse a mis ojos.

Cuando me despierto, lo hago de golpe. El cielo al otro lado de la ventana se ha vuelto oscuro. He tenido sueños inquietos. Estaba en pasillos oscuros, corriendo junto a celdas con barrotes, huyendo de alguien que silbaba en las sombras.

He soñado con la prisión de Noche e intento convencerme a mí misma de que se debe a mi encuentro con Alexander, a la ermita en la que me ocupé del hombro de Blake y a todas las habladurías que surgen últimamente acerca del dios oscuro.

Sin embargo, las historias de mi madre han echado unas raíces en mi mente que les permiten extender sus ramas por doquier.

Me contó que Noche tentaba a mortales desesperados y les ofrecía aquello que más anhelaban a cambio de sus almas.

Soy la hija de un rey y la pareja de otro. ¿Codiciará Noche mi alma?

Alguien llama a la puerta. Deslizo el libro bajo la almohada y cruzo la estancia. Cuando abro y echo un vistazo por el hueco, pierdo parte de la tensión que me embargaba.

—Fiona, ¿qué haces aquí? —pregunto.

—Abajo celebramos un banquete en honor a Callum. Es la costumbre cuando hay un nuevo alfa o un nuevo rey, ¡así que ponte un vestido bonito y espabila!

Frunzo el ceño.

—Callum no me ha dicho nada.

—Ha estado con los alfas todo el día. Me ha pedido que te lleve abajo.

Su entusiasmo conjura una sonrisa en mis labios, por mucho que desearía que hubiera sido Callum quien viniera a por mí.

—Dame un momento. —Corro hasta el armario, lo abro de par en par y escojo un vestido.

Me preparo para el banquete.

Las faldas de mi vestido carmesí de manga larga rozan los peldaños de piedra mientras sigo a Fiona por la escalera de caracol.

Ojalá hubiera tenido más tiempo para acicalarme.

Fiona ha irrumpido en mi cuarto cuando estaba empezando a peinarme, por lo que solo me ha dado tiempo a hacer una trenza y fijarla sobre mi cabeza a modo de corona.

Ni siquiera me he dado un baño desde que llegué.

Fiona me cuenta que se ha pasado la tarde intentando ayudar a Callum a mantener la paz entre los clanes.

—Pretende prepararlos para la batalla, dada la amenaza de Alexander, pero la cosa se pone difícil por culpa de algunos alfas y su manía de hacerle de menos. Rob es el peor.

—¿Es ese hombre grandote y calvo que viste de verde?

—Sí. Su clan siempre ha sido problemático. —Frunce el ceño al reparar en mi mano vendada al tiempo que alcanzamos el pasillo que hay bajo la torre—. ¿Estás herida?

—No es nada.

Fiona y yo nos separamos al llegar al recibidor. Me comenta que no ha tenido tiempo de ir a echarles un vistazo a los caballos, por lo que realizo en solitario lo que queda de camino hasta el Gran Salón. Brodie, el muchacho pecoso de Madadh-allaidh, está tocando la gaita frente al doble portón.

—Has mejorado mucho, Brodie —lo elogio.

Toca una nota un tanto estridente cuando paso por delante y sus mejillas se vuelven tan rojas como su cabello. Recuerdo cómo se hinchó de orgullo cuando Callum lo felicitó nada más llegué aquí. Al igual que entonces, mi buen humor mengua en cuanto cruzo las puertas.

El Gran Salón acoge más ruido, calor y gente que nunca.

Los fuegos arden en los hogares y los hombres de Lochlan mantienen la guardia en las sombras.

Las cuatro largas mesas están a rebosar de lobos que gritan para comunicarse con quienes no están tan cerca como para hablar sin dar voces.

Un hombre con tartán azul le pellizca el trasero a Kayleigh, que acaba de cruzar por el pasillo con una bandeja de carne, lo que provoca que la señora McDonald lo agarre de la oreja y le pegue un par de gritos hasta que se le pone la cara morada.

Estalla bronca entre dos bancadas, lo que lleva a que la sangre salpique las baldosas antes de que dos hombres de Lochlan se acerquen y le pongan fin a la pelea.

Callum está sentado en el trono de madera en el centro de la mesa de los alfas.

Un tapiz de la Luna dándole su corazón al Lobo Primigenio adorna la pared a sus espaldas.

Tiene aspecto de rey. Su cabello está peinado hacia atrás, lo que acentúa su fuerte mandíbula y sus brillantes ojos.

Está ataviado con un abrigo marrón que le cubre los hombros, cruzado con una faja de tartán rojo.

Debe de haber pertenecido a James, porque en él se aprecian todos los colores de los clanes excepto el amarillo del clan de Lochlan.

Imagino que no tardarán en añadirlo al patrón.

Lochlan está sentado junto a Callum, pero tiene el cuerpo ligeramente orientado en dirección opuesta. Me pregunto si está molesto por lo de antes, con Kai, o si habrán discutido sobre otra cosa.

Los ojos de Callum se detienen en los míos con tanta intensidad que se me seca la boca.

El ruido del salón disminuye, como si los lobos percibieran a dónde dirige el rey su atención. Hay hostilidad en algunos de los rostros que se vuelven hacia mí. Es evidente que me ven como al enemigo, no solo por mi padre, sino por el papel que he desempeñado para los dos hermanos.

Quizá debería haberme quedado en mi alcoba.

No. No agacharé la cabeza. Inspiro hondo, me aliso la falda y empiezo a andar entre dos de los largos bancos que anteceden a Callum. Por el camino capto retazos de las conversaciones:

«Es la causante de todo esto…».

«Puta sureña…».

«¿Te has enterado de…?».

Siento el peso de la atención en mi piel. Blake está apoyado en la pared, rodeado por un grupo de hombres con tartán verde. Un extraño brillo destella en sus ojos en cuanto evalúa mi vestido y la corona de pelo sobre mi cabeza.

Un lobo alto, rubio y fibroso se acerca a él y, en cuanto paso por delante, oigo su pregunta:

—¿Es verdad que recibiste un disparo por la muchacha?

—Sí. —La comisura de sus labios se eleva un poco—. Tenía la esperanza de que me lo agradeciera.

El hombre ríe.

—¿Y lo ha hecho?

Blake no aparta la mirada de mí.

—Aún no.

Los hombres a su alrededor se ríen. Tenía la sensación de que habíamos establecido una especie de tregua entre nosotros, pero esta se rompe en pedazos.

De forma totalmente deliberada, pretende faltarle al respeto a Callum delante de los lobos del clan que menos lo aceptan.

Giro la cabeza y sigo caminando. Lo destierro todo de mi mente.

La expresión de Callum, sombría, se suaviza a medida que me aproximo. Hace un gesto hacia el asiento que tiene al lado y yo rodeo la mesa frente a los alfas que presenciaron mi humillación en la casa solariega.

«Haz lo que te pide».

—Estás encantadora, princesa —dice Callum en voz baja.

—Gracias.

Frunce el ceño.

—Te has hecho daño en la mano.

—No es nada.

Al sentarme, Lochlan me ofrece una sonrisa que no termina de reflejarse en sus ojos.

El venado asado y las patatas servidas en la mesa deberían hacerme la boca agua, pero siento a Callum como si estuviera lejos de mí. Aún no hemos tenido una conversación decente, y no podemos tenerla delante de los lobos.

Compartimos una charla insulsa sobre la comida y los progresos musicales de Brodie. Pregunto por el estado de Kai y si se ha descubierto algo más acerca de lo que le pasó mientras estuvo prisionero.

—Está vivo —interviene Lochlan—, lo cual es más de lo que puedo decir sobre otros miembros de mi clan que, por lo visto, han desaparecido misteriosamente. —Le lanza una mirada sombría a Callum, que le gruñe.

—Por última vez, no he matado a Ian ni a ninguno de los otros. Pero no te confundas, porque, como vuelva a verlos, no lo cuentan. Son los responsables de que Rory…

Un murmullo, acompañado del estruendoso repiqueteo de los cubiertos cuando los lobos los sueltan, llena el salón.

Fiona sujeta a un hombre por el cuello en una llave que lo inmoviliza mientras lo fuerza a avanzar en nuestra dirección.

Lo tira al suelo delante de nuestra mesa y él cae sobre sus palmas y sus rodillas, riendo.

Luce un abrigo a medida de cuello alto que parece caro, unos pantalones de montar y guantes de cuero negro.

Su cabello cobrizo brilla a la luz de las velas.

Se me desata el corazón en el pecho.

—Si querías tenerme de rodillas, encanto, solo tenías que pedirlo.

El Gran Salón enmudece. Su acento es como el mío: es de las Tierras del Sur. Y, aún más, tiene la cadencia musical propia de la nobleza.

Fiona le da una bofetada con el dorso de la mano. Él gruñe y dice:

—Como sigas tratándome así, voy a acabar enamorándome de ti.

Callum sostiene el cuchillo con fuerza.

—¿Quién es este bufón?

—Me lo he encontrado husmeando en los establos —responde Fiona.

El hombre alza la cabeza. Sus ojos verdiazulados se topan con los míos y yo aprieto tanto la mandíbula que llega a dolerme. Asimilo la belleza de su rostro, salpicado de pecas; su mandíbula cincelada, el hoyuelo de su mentón. Le sangra la nariz.

—Mis disculpas —dice—. Debo de haber olvidado los buenos modales con tanta violencia. Me llamo…

—Philip —murmuro de forma abrupta.

Unos hoyuelos aparecen en sus mejillas.

—Hola, hermanita —contesta.