El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

A lzo la mano. Mana sangre caliente de mi muñeca. Tengo esquirlas de cristal sobresaliendo de mi palma. Blake me ha dado el libro con tanta facilidad que empiezo a pensar que mis estratagemas para hacerme con él no eran necesarias.

A mi lado, saca un paquete de cuero de uno de sus armarios y lo despliega sobre el escritorio.

En el exterior, el cielo gris se extiende sobre las montañas.

La fría luz del sol arranca destellos a su hilera de bisturíes.

Como he leído los experimentos que tiene recopilados en sus libros, no puedo evitar observarlos con reticencia, pero son unas pinzas lo que escoge.

Se arrodilla en el suelo, entre mis piernas, separándolas un poco al hacerlo, lo que desata una oleada de calor en mi cuerpo.

Extiende la mano y yo le ofrezco la mía, ensangrentada. Cuando curva los dedos en torno a mi muñeca, una extraña sensación crepita bajo mi piel.

Clava sus ojos en los míos.

—Esto puede doler un poco.

Coge la esquirla más grande con las pinzas y tira.

Yo contengo un quejido al notar cómo la extrae.

Me muerdo el labio inferior. La suelta en el escritorio al tiempo que más sangre se derrama de la herida, lo suficiente como para teñir de rojo sus dedos.

Se afana en capturar los trozos más pequeños.

Duele, pero él hace gala de una sorprendente delicadeza.

—¿Quién te sacó de Lowfell para llevarte hasta James?

—¿Por qué quieres saberlo?

—Sabes por qué —responde. Yo aprieto los labios y sacudo la cabeza—. Imagino que sería alguien del clan de Lochlan. Nadie de Lowfell lo habría hecho. ¿Ian, tal vez? —Soy incapaz de detener la velocidad de mis pulsaciones. Blake deja otro trozo de cristal en la mesa—. Pues Ian.

—No quiero que lo mates.

—¿Por qué no?

Niego con la cabeza.

—Alexander tiene a su hermano. Pensó que entregarme serviría para que James recuperara a los prisioneros. No excusa lo que hizo, pero me sentaría fatal que muriera por ello.

—¿Tú habrías puesto a otra persona en peligro por el bien de tu hermano?

—Es diferente. Mi hermano es lo peor. —Trago saliva—. Tú habrías hecho lo mismo por Elsie, ¿o no?

Su agarre se acentúa sobre mi muñeca. He tocado una fibra. Se encoge de hombros y extrae otra esquirla.

—¿Te has parado a pensar en que si debo matar a Ian es por Elsie? ¿Por mi clan? ¿Por el pequeño Alfie? ¿Por ti? No puedo dejar que los otros lobos crean que pueden meter las narices en Lowfell y llevarse lo que es mío sin que pase nada.

—Yo no soy tuya.

—No, pero formas parte de mi clan. Eso significa algo para los lobos.

Me muerdo el labio inferior.

—No quiero más muertes sobre mi conciencia.

Él frunce el ceño.

—¿Más? ¿Quién más hay? —Yo tenso los labios y desvío la mirada hacia el fuego que arde en el hogar—. Ah, ya. Sebastian. ¿Te sientes mal por haberle quitado la vida?

—No. —Mis sentimientos son algo más complejos que eso. Hago a un lado el recuerdo de estar atrapada en un carruaje con el hombre que se suponía que debía desposarme. Redirijo la conversación hacia él—. Había una tormenta la noche que me secuestraron.

—Así es.

—¿Por qué te dan miedo?

El viento ruge entre las montañas en el exterior. El fuego crepita. No creo que vaya a responderme.

—¿Recuerdas que te conté lo que mi padre biológico le hizo a mi madre? —pregunta.

Los dedos de Blake me aferraron por la muñeca cuando intenté quitarme el collar que me había dado. La oscuridad se arremolina en mi pecho. No tengo claro si proviene de él o de mí.

—Sí —contesto.

—Mi madre no me quería. Le recordaba a él, creo, y al crimen que perpetró contra ella.

Temía que hubiera un lobo en mi interior, como él.

Pasé diez años sin mostrar signo alguno de ello, así que toleraba mi existencia.

—Saca la última esquirla de cristal y se levanta.

Tras verter agua de una jarra que hay junto a un cuenco de madera, se arrodilla de nuevo.

Saca un paño de él y lo escurre—. Poco después de mi décimo aniversario, hubo una tormenta espantosa.

—Presiona mis nudillos contra su palma y, con cuidado, me limpia la mano con la tela—.

Por la noche, justo antes de que estallara, sentí al lobo.

A veces, los mestizos perciben las tormentas también.

Mis ojos cambiaron y, por primera vez, mi madre fue testigo de lo que habitaba en mi interior.

Me llevó a rastras hasta la iglesia del pueblo y se confesó con un cura acerca de lo que le había pasado y de lo que era yo.

Fue la primera vez que la oí hablar de mi padre.

—Deja el cuenco y coge un pequeño tarro que hay en la mesa y cuya etiqueta reza FLOR DE LUNA .

Lo abre y se recubre el pulgar con el ungüento.

A continuación, lo aplica en mis heridas—.

El cura intentó que mostrara arrepentimiento e intentó someter al lobo.

Cuanto más asustado estaba yo, más indómito era el lobo.

Al final se cansó de darme azotes y me arrastró hasta el pozo del centro de la aldea.

Me tiró dentro y me dijo que podría salir cuando aprendiera a controlar al lobo.

»Todo eso sin que la tormenta cesara, claro.

Mis sentidos de lobo se activaron por primera vez, aunque no con la fuerza propia de un lobo completo, pero sí estaban más afinados que los humanos.

Cada resplandor de los relámpagos resultaba cegador.

Cada restallido de los truenos, ensordecedor.

Las heridas infligidas por el sacerdote en mi espalda estaban en carne viva.

La lluvia era copiosa y no tardó en llegarme al pecho.

No podía controlar el pánico por mucho que lo intentara.

No sabía qué era lo que me estaba pasando.

Estaba a punto de morir. Una parte de mí quería.

En uno de mis sueños febriles, recuerdo estar temblando en un espacio reducido con agua hasta el pecho. ¿Estaba ahí con él?

Blake coge un rollo de gasa del escritorio y prosigue:

—Sé que es irracional, pero, cada vez que percibo una tormenta, vuelvo a estar en ese pozo. Impotente.

Esta historia explica mucho más que su temor a las tormentas. Me dijo en una ocasión que su lobo lo condenó a la oscuridad en el momento en que nació, y sé que no le gusta transformarse en las noches de luna llena.

—Es comprensible —digo en voz baja.

Enrolla la gasa en torno a mi mano con un toque firme pero delicado a la vez en el momento en que la fija en la zona entre el pulgar y el índice.

Me asombra lo competente que es en este ámbito.

Sabía que es sanador, pero hasta ahora nunca lo había visto hacer otra cosa que no fuera atormentar a los demás.

—¿Qué pasó esa noche, cuando estabas en el carruaje con Sebastian? —pregunta con un tono tan considerado que no parece suyo—. Lo que sientes al respecto… es… —Frunce el ceño—. Me retrotrae a mi yo de diez años, atrapado en la tormenta.

Sacudo la cabeza.

—No importa.

Él sigue vendándome la mano.

—A veces me pregunto si alguna vez salí de aquel pozo. Tengo la sensación de que estoy trepando por él constantemente, intentando salir yo solo. Sin embargo, cada vez que me acerco un poco al borde, vuelvo a caer en una oscuridad más profunda que la anterior.

Casi se me para el corazón ante la crudeza de su confesión, dada la vulnerabilidad que trae consigo. Comprendo que ese es el objetivo. Es una transacción. Un trato tácito. Me ofrece una parte de él a cambio de una parte de mí.

Sus ojos se detienen en los míos. Serios.

Expectantes. No le debo nada. Sin embargo, las palabras burbujean en mis adentros.

Trepan por mi garganta, desesperadas por que alguien las oiga, aunque sea él.

Quizá solo deba tratarse de él. De algún modo, sé que no me juzgará ni intentará protegerme de ellas.

—James me dio una daga con la que matar a Sebastian —musito—.

Me la colocó en el muslo. Como cuando estaba en el carruaje con él no tenía muy claro cómo cogerla sin que eso llamara su atención, me…

me senté en su regazo. Lo sentí debajo de mí.

Estaba… —Trago saliva—. Cogí la daga, pero él me agarró por la muñeca y me desarmó.

Me dijo que quería que le enseñara lo que había aprendido mientras era la puta de la bestia de Highfell.

—Se me enfría la piel—. Me ordenó que me pusiera de rodillas.

—Blake tensa la mandíbula. Las sombras de la estancia parecen volverse aún más oscuras a su alrededor—.

Me sentí desamparada. La daga estaba fuera de mi alcance.

Creí que iba a… Y entonces James derribó el carruaje.

Me salvó de… Conseguí hacerme con la daga y lo maté.

—¿Cómo te hace sentir eso?

Me arden los ojos. La confesión, horrible y vergonzosa, echa raíces en mi alma. Crece. Invade mi garganta con sus enredaderas. Amenaza con desgarrarme si no lo digo.

—Fue mi decisión.

Él ladea un poco la cabeza.

—¿El qué?

—Sebastian. —Miro el techo—. Yo lo elegí.

Fue mi culpa. Elegí ese destino. Mi padre me dijo que me casara con él y yo podría haberme negado, pero quería complacer a mi padre.

Ni cuando conocí a Sebastian y comprendí que era un monstruo me retracté.

Si Callum no hubiera escapado… Si me hubiera casado con Sebastian, lo que quiso hacerme en el carruaje…

, le habría dejado hacerlo, ¿no? Habría fingido que era mi elección porque él sería mi marido y yo le permitiría hacerlo.

La expresión de Blake resulta ininteligible.

—Coacción no equivale a consentimiento. Y tú no mereces que te traten con crueldad, independientemente de tus elecciones.

Me asalta la vergüenza al notar una fina capa de agua en los ojos. No he dejado que nadie me viera llorar desde el funeral de mi madre, algo por lo que se me reprendió. Parpadeo para disipar la amenaza de llanto.

—No podía hacer nada —digo—. Y me odio por ello.

«Haz lo que te pide». Destierro la voz de Callum.

No sé por qué, pero mi otro secreto deshonroso escapa de mis labios.

—Además, he empezado a odiar a mi madre, porque también ella fue impotente. ¿Cómo es posible que no supiera que la estaban envenenando? ¿Por qué no intentó escapar?

Blake termina de fijar el extremo del vendaje.

—Los lobos celan aquello que es valioso para ellos.

—¿Crees que intentaba protegerme?

—Tal vez.

Retiro la muñeca y estudio mi palma vendada.

—Ya no importa. Es cosa del pasado. Estoy cansada, creo. No sé por qué he dicho todo eso. —Fuerzo una sonrisa—. Ignóralo.

—No.

En mitad de la oscuridad, se prende una chispa.

—¿Cómo que no?

—No puedo ignorarlo. Los que te educaron para que actuaras como si no importases son unos idiotas. No tienes por qué hacer eso conmigo.

Dejo escapar una sonrisa amarga.

—No somos amigos, Blake. Lo dejaste bien claro cuando vinculaste nuestras vidas y decidiste conspirar contra Callum.

—No. Somos enemigos, ¿verdad? —Las motas doradas de sus ojos resplandecen a la luz del fuego—. Y un día nos enfrentaremos entre nosotros como tales. Cuando llegue el momento, lo querré todo de ti. Querré que te lances a por mí con todo lo que tienes. Aspiro a una derrota gloriosa.

—Una derrota gloriosa. —Sacudo la cabeza, consciente de que me está tomando el pelo—. No estás para hablar, Blake.

—¿Qué quieres decir?

—Dices que actúo como si no importara, pero ¿y tú? Una vez me dijiste que siempre estás fingiendo. Escondes algo.

—Llegado el momento, pequeña liebre, te daré todo lo que tengo. Te lo prometo. —Se levanta y deja sus utensilios en la mesa—. La herida debería estar curada mañana por la mañana. Ven a verme si no es así.

—¿Qué vas a hacer con Ian?

—Si me lo encuentro, morirá. No ha vuelto a Lowfell después de tu secuestro. Me figuro que ha huido. Si es listo, no volverá a cruzarse conmigo.

—Gracias.

Me incorporo y atravieso la habitación. Cojo el libro del borde de su cama y acaricio sus sedosas páginas con los dedos. Esperaba que me impidiera recuperarlo, pero él orienta el sillón hacia la ventana y se deja caer en él.

Cuando llego a la puerta, me vuelvo para mirarlo.

—¿Vamos a hablar de lo que pasó anoche?

—¿A qué te refieres?

—Me… —«Me besaste. Recibiste un balazo por mí. Callum se comporta de forma muy extraña a raíz de eso»—. Ya sabes a lo que me refiero.

Él se inclina hacia delante y junta las manos entre las rodillas.

—¿De verdad quieres hablar de ello?

—Eh… —«¿Quiero?».

Blake es una víbora. Una plaga. Un monstruo.

Conspira contra Callum y me utiliza para perpetrar dicha conspiración.

Ha herido a gente, ha matado, ha torturado .

Habla de consentimiento y coacción, y, sin embargo, enlazó nuestras vidas en contra de mi voluntad.

Es un mentiroso. Un manipulador. Un tramposo.

No obstante, me da por pensar que, aunque sea todas esas cosas, también es posible que albergue un ápice de compasión hacia mí.

Puede ser todas esas cosas y aun así… desearme.

James parecía pensarlo, desde luego. ¿Por qué si no nos habría hecho pasar por todo eso? ¿Por qué iba Callum a molestarse al respecto?

Exhalo.

—Tal vez no.

La luz ígnea y las sombras se mezclan en su solemne expresión.

—Avísame si cambias de idea —dice.