Capítulo 36
M e apresuro por la escalera en dirección a la alcoba de Blake.
Abajo, la gente grita y se insulta entre sí, pero aquí arriba el ambiente es bastante tranquilo.
Paso frente a los aposentos de Callum y recorro el pasillo cuan largo es hasta el dormitorio de Blake.
No tendré una oportunidad mejor que esta para dar con el libro en el que quizá halle las respuestas que necesito.
Abro la puerta.
La habitación está patas arriba. El desgarrado cortinaje negro cuelga hecho jirones en los postes del dosel de la cama y el sillón orejero que hay junto a la ventana está volcado.
Hay libros tirados por todas partes, lejos de su sitio en las estanterías.
Varias esquirlas de cristal resplandecen en la superficie del escritorio.
El hedor a whisky vicia el aire. Se mezcla con la fragancia a helecho de las montañas… El olor de James, creo.
Blake está de cara a la ventana, ordenando los pergaminos desparramados en la mesa. Se ha puesto una camisa blanca limpia y unos pantalones. Debe de haber venido a cambiarse de ropa. Se me acelera el pulso.
—¿Puedo ayudarte, pequeña liebre? —pregunta con un timbre satinado.
Se gira. El débil fuego del hogar se proyecta en su rostro. Comprendo, cuando se apoya en el escritorio sin recurrir a las manos, que ya debe de estar curado casi del todo. Ya no es el animalillo malherido al que atendí en la ermita.
—He venido a comprobar si estabas bien —contesto.
Mi mirada se detiene en un libro que hay en la mesa. Es el único tomo que no está tirado por el suelo, y la postura de Blake… da la impresión de que quiere ocultarlo de mi vista.
Meto mis emociones en una jaula para que no pueda sentir la expectación que crepita en mi piel.
Blake sonríe.
—Ya estoy bien, gracias. —Ladea la cabeza—. ¿Y tú? Te noto… nerviosa.
Me adentro en su habitación y la puerta se cierra con un chasquido a mis espaldas.
—Ha sido una noche larga, nada más.
—Sí que lo ha sido.
—¿Se te están curando las heridas?
—Bastante. —Se acerca más al tomo del escritorio y, al hacerlo, echa a un lado los restos de la botella reventada.
—Déjame ver. —Me acerco más a él.
—Qué preocupada te veo por mi bienestar, pequeña liebre.
—Tu bienestar es mi bienestar.
Un hoyuelo aparece en su mejilla.
—Cierto.
Se desabrocha los botones superiores de la camisa y desliza la tela por su hombro. Me acerco a él. El libro está tan cerca que casi podría estirar la mano y cogerlo. Es azul y tengo la extraña sensación de haberlo visto antes.
—Date la vuelta —le digo.
Sus espesas pestañas caen sobre sus pómulos. Se da la vuelta. Tengo el corazón en la garganta. Los músculos de su espalda se tensan. Yo trato de coger el libro. Blake va a por él al mismo tiempo y me lo arrebata antes de girarse. Lo sostiene ante mis ojos.
—¿Buscas algo, pequeña lie…?
La inercia me hace golpear la botella rota con la mano derecha, lo que me arranca un grito, fruto de las esquirlas de cristal que se me han incrustado en la piel, ahora sangrante. Blake contiene un pequeño quejido al notarlo y se le cae el libro al suelo, lo que me permite hacerme con él.
A punto estoy de caerme en mi carrera hacia la puerta. Blake me agarra la muñeca y me hace retroceder. Me zafo y sujeto el libro contra mi pecho. Mi cuerpo entero se pone rígido al tiempo que un gruñido se conjura en mi pecho.
«Mío».
«Esto es mío».
Blake ríe. Me dan ganas de morderlo. Voy a morderlo. No puedo pensar en otra cosa. Me duelen los dientes. Me duele todo.
—Calma, pequeña liebre. No voy a quitártelo.
Permite que lo sienta. Las sombras que se ciernen sobre mi alma resultan apacibles, sin rastro de amenaza. Saboreo los bosques iluminados por la luna; oigo patos en un río. El ser salvaje que subyace en mí se tranquiliza, con lo que yo respiro despacio. Me arden las mejillas.
—Los lobos son celosos de aquello que tiene un gran valor para ellos. —Inclina la cabeza hacia el libro—. Quédatelo. Ya no lo necesito.
Al no percibir nada amenazante en él y relajarme un poco, me asalta el dolor de la mano. Estoy manchando de sangre la cubierta del libro.
Blake vuelve a subirse la camisa hasta el hombro y saca la silla de madera que descansa bajo el escritorio. Le da unos golpecitos.
—Siéntate. —Al ver que me quedo quieta, con la respiración agitada y sin soltar el libro, alza una ceja—. Estás herida. Siéntate.
—Estoy bien.
—Estás en territorio enemigo, rodeada de lobos que no dudarán en matarte o entregarte a Alexander, y yo soy el mejor sanador de las Tierras del Norte. Así que siéntate. —Yo lo miro recelosa—. No voy a hacerte daño. No pretendo coger el libro. Venga.
Dejo escapar un trémulo suspiro. Deposito el tomo encima de la cama, lo suficientemente lejos como para que no pueda quitármelo. Me siento.
—Buena chica —dice.