El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

E l fuego en la enfermería arde detrás de Callum, por lo que su rostro está envuelto en sombras. Abre la boca, como si estuviera a punto de decir algo. Blake se tensa a mis espaldas.

Alguien me ataca. Una larga cabellera oscura nubla mi visión mientras unos brazos me aprietan con fuerza. Noto un pecho palpitante junto a mí. Una fragancia equina me inunda la respiración. El apretujón es tal que me quedo sin aliento.

—Se te sigue dando fatal esto de dar abrazos.

—Fiona se aparta antes de hacer que me gire para estar cara a cara con ella, sonriente.

Esperaba encontrarla cansada y demacrada, pero tiene un aspecto sorprendentemente lozano.

Su pelo oscuro está suelto y algo rebelde, pero, bajo sus fulgurantes ojos castaños, aprecio buen color en sus mejillas.

Suelto una pequeña risa.

—¡Fiona! ¿Estás bien?

—Estoy bien, aunque no gracias a James. He pasado semanas encerrada en mi alcoba. No tuvo los huevos de meterme en las mazmorras, el muy bastardo. —Al mirarme con atención, se le ensombrece la mirada—. Oí lo que te hizo. —Sacude la cabeza, ceñuda—. ¿Por qué estáis todos tan tensos?

Callum parpadea. Una vez. Dos veces. Suaviza la expresión y se aclara la garganta.

—Rory, ¿estás bien?

Exhalo un trémulo suspiro que imbuyo de algunas de las emociones que me azotan por dentro.

—No estoy herida. ¿Tú?

Esboza una sonrisa un tanto tristona.

—Tampoco.

Fiona frunce aún más el ceño. Da la impresión de que va a decir algo, pero entonces Blake pasa por mi lado y, de un manotazo, aparta la mano de Lochlan del hombro del paciente. Se inclina sobre el lobo herido y yo lo sigo con Fiona pegada a mí.

—¿Este es Kai? —inquiero.

Lochlan asiente. El hombre tumbado en la estrecha camilla apenas respira. Me doy cuenta de que, en otras circunstancias, podría ser apuesto. Tiene el pelo de color negro azabache y unos pómulos prominentes. Tanto sus pantalones como su camisa están rasgados y manchados de sangre.

Doy un respingo al percatarme de que le faltan un par de dedos y del ángulo antinatural de su tobillo.

—¿Puedes ayudarlo? —pregunta Lochlan, que se esfuerza por aparentar serenidad, aunque la rigidez de sus hombros lo delata.

Blake retira el cuello de la camisa ensangrentada de Kai.

Hay una marca en su pecho. Me acerco para ver mejor y me tenso al reconocer lo que es.

Alguien lo ha marcado con el símbolo de Noche.

El contorno de la piel está chamuscado, con tonalidades irregulares, como si se lo hubieran hecho hace poco.

Blake dirige su atención a Callum.

—Hemos estado con Alexander hace unas horas.

Callum abre mucho los ojos y entonces comprendo que, con todo lo que ha sucedido, no debe de ser consciente de que el nuevo señor de las Tierras Fronterizas llegó a sumarse a la refriega con sus hombres en la casa solariega.

—¿Cómo?

—Nos ha dicho que enviaría a alguien a hacernos una visita.

También ha dejado claras las ganas que tiene de ponerle las manos encima a Aurora.

—Camina hasta el banco de trabajo que hay a mi lado, donde toda una serie de cuchillos y bisturíes están dispuestos en orden junto a viales con hierbas y medicina.

—La emboscada era una trampa —informa Callum.

—Eso parece. Si Alex lo ha sometido, no puede quedarse. Los demás tampoco. —Señala a los hombres tumbados en los otros catres—. Ya sabes lo que hay que hacer.

Callum golpea el banco de trabajo que tiene al lado con el puño.

—¡Joder!

Yo me estremezco y Fiona se pone tensa.

Lochlan se lleva la mano a la espada.

—No permitiré que lo matéis. Necesitáis que Glas-Cladach…

La temperatura en la enfermería se desploma; el fuego se extingue. Kai abre los ojos, unos ojos completamente negros.

— Reconozco tu olor —dice con una voz rasgada que me eriza el vello de la nuca—. La luz y la oscuridad. Siempre disfrutaba de una buena broma.

Blake se precipita hacia la camilla, empujándome a un lado antes de coger a Kai por el cuello.

Este ríe.

— Te está buscando.

Blake aprieta.

—¿Quién?

Kai frunce el ceño. El fuego vuelve a la vida y la negrura se disipa en su mirada para dar paso a unos iris de color miel. Blake lo suelta y le lanza una mirada a Callum.

Los temblores del hombre sobre el modesto colchón son evidentes. Su respiración está entrecortada. Mueve la cabeza de un lado a otro, como si no comprendiera dónde está.

Fiona, con los ojos desorbitados, me coge de la manga. Callum está completamente inmóvil, con la mano sobre la empuñadura de su espada.

Lochlan se agacha junto al catre, pálido.

—¿Qué le ha pasado?

Blake sacude la cabeza.

—No lo…

—Ya era bastante malo que nos retuvieran en esas perreras …

, casi sin comida, apaleados y doblegados.

—El tono de Kai es monótono—. Pero fue llegar Alexander y todo empeoró.

Nos trasladó a la Fortaleza Gris. Me torturó.

Me obligó a traicionar a mi diosa. —Se le quiebra la voz en cuanto roza el símbolo que marca su piel—. Después me entregó a eso .

—¿A qué? —pregunta Blake al tiempo que lo aferra por los hombros.

El tormento se apodera de las facciones de Kai.

—Tenía… algo… cautivo en la perrera con nosotros.

A veces oíamos el rechinar de sus cadenas, cuando se movía de un lado para otro en su celda.

Oíamos los siseos. Y llegaron las pesadillas.

Intentábamos mantenernos despiertos por las noches, temerosos de lo que podría pasar si sucumbíamos al sueño.

John, uno de los mayores cabrones que he conocido nunca, se despertaba temblando con el terror pintado en la cara.

—Niega con la cabeza—. Una noche, Alexander me dijo que era hora de que yo lo conociera.

Me arrojó a ello. —Vuelve a agitar la cabeza—.

Lo único que recuerdo es la oscuridad, tan densa que embotaba todos mis sentidos.

Me pregunté si estaba muerto, si eso era el más allá para quienes le habían dado la espalda a la luz de la luna.

Capté un movimiento y vi unos profundos ojos de obsidiana que se cernían sobre mí.

Y después, nada. Es lo último que recuerdo.

Blake se inclina más.

—¿Sabes lo que era?

—Los demás prisioneros lo llamaban la Bestia Oscura. Había rumores que aseguraban que era uno de los prisioneros de Noche, que había escapado de su jaula. Alexander dijo que lo estaba domesticando para cuando recibiera una visita muy especial.

Callum frunce más el ceño.

—¿Una visita muy especial?

—Me envió aquí con un mensaje. El rey de los lobos debe prepararse para una batalla como no se ha visto nunca en el norte. —El arrepentimiento florece en su rostro—. A menos que le envíe un regalo pertinente, con lo que anulará el ataque.

Me dan náuseas, porque creo que ya sé la respuesta a la pregunta que voy a formular.

—¿Qué regalo?

Los ojos melosos de Kai se detienen en los míos.

—Tú.