Capítulo 33 #2
Me bajo del caballo y caigo cerca de él, lo suficiente como para que me llegue su calor corporal. Delante, Duncan atraviesa las puertas de roble del castillo.
Blake chasquea los dedos.
—Kayleigh, ¿puedes llevarte a Nell a los establos, por favor?
Al otro lado del patio, el rostro de la susodicha palidece.
Cuando trabajé con ella en las cocinas me dio la sensación de que Blake la aterrorizaba.
Tiene pinta de estar a punto de salir corriendo, pero la señora McDonald le da un empujón.
Ambas se acercan y, con una mano un tanto temblorosa, Kayleigh se hace con las bridas de la yegua y se la lleva consigo.
—Pero bueno, si es su alteza real, que nos honra con su presencia una vez más.
¿Debería hacer una reverencia? —pregunta la señora McDonald con su pelo veteado de gris encrespado en torno a su rostro arrebolado.
Tiene sucio el delantal. Probablemente estuviera preparando el desayuno cuando llegó el ejército de Lochlan—.
No me extraña que se te dé tan mal la cocina.
Yo le ofrezco una sonrisa conciliadora. Pese a su hostilidad, siempre me gustó esa forma que tiene de dirigirse a mí, como si no fuera distinta de cualquier otro.
—Me alegro de verla, señora McDonald. —Cabeceo en dirección a la arcada por la que Kayleigh se ha perdido con el caballo de Blake. Por allí están los establos, y fue otra persona la que vino a recibirnos el día que llegamos Callum y yo—. ¿Fiona está…?
—La muchacha está bien. Hecha una fiera, probablemente, pero ilesa.
Me he asegurado de que le dieran de comer.
Callum la ha liberado nada más llegar. Estaba de un humor terrible.
Puede que consigas calmarlo. —Sacude la cabeza—.
Dos hermanos peleando por lo que su padre tanto se esforzó en construir…
Una pena, pero los asuntos del corazón rara vez son sencillos.
—Mira a Blake de arriba abajo y chasquea la lengua—.
En cuanto a ti, veo que has estado metido en líos, para variar.
—Se lame el pulgar, se inclina hacia delante y frota una mancha de sangre de su mejilla.
Él se tensa un poco, pero no dice nada—.
Te necesitan en la enfermería. Callum está esperando.
Se me para el corazón.
—¿Está herido?
—Ha tenido días mejores, pero está bien. Es su prisionero el que necesita atención médica.
Kai. El prisionero liberado por Lochlan y Callum. El que Blake pensaba que podría ser un enviado de Alexander a modo de trampa.
Blake, pese a la tensión de su mandíbula, asiente.
—Ven a verme cuando hayas acabado con él —dice la mujer—. Te haré esa sopa que tanto te gusta.
Atraviesa un grupo de lobos ataviados con tartán azul y sigue los pasos de Kayleigh. Blake se seca la cara con la manga, pero no comenta nada acerca del gesto que ha tenido la señora McDonald. Nunca he visto a nadie tomarse tantas confianzas con él.
Me sitúo a su lado y nos abrimos camino por un grupo de lobos que se interponen entre nosotros y las puertas del castillo.
—Tiene sentido, supongo —digo por lo bajo, horriblemente consciente de lo sumido en el silencio que está el patio—, que los dos lobos más temibles de Madadh-allaidh sean amigos.
—Tanto la señora McDonald como Kayleigh son de Lowfell —dice Blake mientras nos adentramos en el castillo—. Tienen opiniones distintas acerca de lo que hice con la mayor parte del clan. —Sonríe—. Creo que la señora McDonald está bastante contenta de no tener que lidiar más con su marido.
El disgusto me sube por la garganta ante el recordatorio de que es un asesino.
—Eres horrible.
—Gracias.
—No era un cumplido.
Avanzamos por el recibidor adornado con estandartes y tapices y una cabeza de lobo disecada en la parte superior. Cuando las puertas se cierran a nuestras espaldas se reanudan las agitadas conversaciones.
Llegamos a la enfermería, cuyos bancos de trabajo, sobre los que descansan los instrumentos médicos, están iluminados por el fuego del hogar. Las paredes están repletas de estanterías llenas de viales y tarros. Cuenta con tres catres y en los tres hay pacientes.
Dos hombres aguardan junto a uno de ellos. Lochlan sostiene los hombros del varón en cuestión. Murmura algo por lo bajo. A su lado está Callum, de pie junto a la chimenea. Se me olvida cómo respirar.
Tiene el mismo aspecto formidable e impávido que la noche que nos conocimos. Su camisa, manchada de sangre, está tensa sobre su musculatura. Unos moratones le marcan la mandíbula y tiene la nariz hinchada.
Su expresión resulta insondable. Dirige su atención a Blake y después a mí. Muerde con fuerza. Esa es la expresión con la que observa a sus enemigos.
«Haz lo que te pide».
El corazón se me empieza a desbocar en el pecho. Alzo la barbilla y sostengo su mirada acerada.
Está celoso. Es irrelevante que fuera él quien le ordenó a Blake que me besara. Es irrelevante que tuviera la oportunidad de retar a su hermano antes de llegar a eso. Es irrelevante que fuera a mí a quien secuestraron y obligaron a hacer algo que no deseaba.
Debería correr a sus brazos. Debería preguntarle si está bien. Debe de haber matado a su hermano, y, por mucho que a mí me desagrade James, Callum estará sintiendo de todo menos indiferencia.
Pero mis pies parecen haber echado raíces.
Lochlan se percata de la tensión. El silencio impera en la estancia, interrumpido únicamente por el crepitar del fuego y la respiración costosa de Kai.
Me da la sensación de que un abismo nos separa, como si fuéramos de la realeza de dos reinos enemigos y las semanas que hemos compartido no hubieran existido jamás.
—Callum —digo.