Capítulo 33
D uncan se queda en el umbral de la puerta.
El viento agita su kilt azul contra los muslos.
La noche repta por las baldosas que hay frente a él.
Tiene la camisa ensangrentada y algunos mechones de su cabello rubio han escapado del recogido.
En torno a su ojo se está formando un moratón que hace que me pregunte si es obra de Blake o de los hombres de Alexander.
«Callum es el rey».
El alivio inunda mi pecho, pero no tarda en disiparse. Duncan era mi custodio cuando me encerraron en la celda. Ha sostenido una hoja contra mi garganta. Podría estar mintiendo. Cuesta creer que Callum haya enviado a Duncan para que venga a por mí en vez de venir él mismo.
«Haz lo que te pide». Destierro la voz de Callum de mi mente junto con los sentimientos que me provoca.
A mi lado, Blake rodea la empuñadura de la daga con la mano. Su brazo está pegado al mío. Como no lleva camisa alguna, la palidez y la humedad de su piel quedan al descubierto. Ambos estamos llenos de sangre. Duncan nos mira con recelo.
—No os miento —insiste—. Me envía Callum.
—¿Qué hay de los hombres de las Tierras Fronterizas? —indaga Blake.
—Se han marchado después de Alexander.
Blake afloja la daga.
—Espéranos afuera.
Duncan asiente y sale de la ermita, con la puerta cerrándose a sus espaldas. Cuando inspiro profundamente y el aire me llena los pulmones, percibo un regusto a sangre que me recuerda que Blake aún no ha sanado del todo.
—Puede que mienta —digo.
—No miente —replica Blake—. O al menos a mí no me lo ha parecido.
—¿Por qué no ha venido Callum en persona?
Él exhala un pesado suspiro.
—Porque estás conmigo. —Yo arrugo el entrecejo. La situación parece exasperarlo. Se pasa la mano buena por la nuca—. O quizá sea una trampa, pequeña liebre. ¿Quieres que lo averigüemos?
Blake coge su camisa ensangrentada. No le resulta fácil ponérsela, por lo que acudo rauda para ayudarlo con los botones. Recorremos el pasillo y salimos al exterior.
Duncan ya está a lomos de su caballo, junto a las puertas de la ermita.
Las montañas se elevan a sus espaldas. Blake va hasta la yegua con la que hemos venido y le da unos toquecitos en el costado.
Yo freno en seco y me pongo tensa. Hemos huido tan movidos por el pánico que no me he parado a pensar en lo pegados que estaban nuestros cuerpos al montar.
Blake vuelve el rostro y compone una mueca.
—¿Acaso prefieres montar con Duncan?
Este se endereza sobre la silla y yo capto un atisbo de pánico en sus ojos antes de que aparte la mirada con aire resolutivo. Me pregunto si le preocupará lo que pueda pensar Callum.
Con un bufido, me uno a Blake junto al animal.
—Las riendas las cojo yo.
Con su brazo izquierdo colgando a un lado, Blake pone los ojos en blanco.
—Cómo no.
Una vez sentada en la silla de montar, Blake se acomoda detrás de mí.
La presión de su pecho contra mi espalda hace que se me tensen todos los músculos del cuerpo.
En vez de agarrarse a mi cintura con los brazos, se aferra a los márgenes de la silla de montar.
Es satisfactorio comprobar que, una vez lejos de las garras de la muerte, tampoco él está a gusto con la situación.
Duncan cruza la verja. Todavía un poco inquieta por no tener ninguna certeza sobre adónde nos va a llevar, tomo las riendas y voy tras él.
Los árboles susurran a nuestro alrededor mientras avanzamos al trote por un paso de montaña.
La penumbra camufla la cima. Las piernas de Blake se frotan con las mías por culpa de un terreno cada vez más irregular, por lo que se recoloca constantemente con la intención de poner toda la distancia posible entre nosotros.
Antes me ha besado.
El rastro de su beso palpita aún en mis labios. Estoy segura de que latirá con más fuerza en cuanto volvamos al castillo. Estoy segura de que ambos tendremos que afrontar las consecuencias. Todos los alfas lo vieron. Callum lo vio.
«Haz lo que te pide».
—Conoces a Alexander —señalo en voz baja al cabo de un rato.
—Sí —responde Blake. Su aliento me acaricia la oreja.
—Y no se te ocurrió mencionármelo.
—No sabía que tenía que mantenerte al tanto de mis relaciones sociales. —Cuando la yegua sortea una roca, su pecho cae contra mi espalda—. Puedo hacerte una lista si tanto te interesa.
—No te hagas el tonto. Sabías que Alexander iba detrás de mí y conocías nuestra historia. Me parece que era una información digna de mención.
—¿Por qué? Si según tú somos enemigos.
—Pero tú me dijiste que éramos amigos. ¿De qué lo conoces?
La respiración de Blake me roza la mejilla con su calidez.
—Estuve prisionero hace un tiempo. Lo conocí durante mi cautiverio.
—¿Por qué te apresaron?
—Por ser un lobo.
La réplica que tenía lista sobre lo bien empleado que le estaba por ser como es perece en mi paladar.
—Ah. Lo siento. —El agua corre a nuestro lado, aunque está demasiado oscuro como para discernir si se trata de un río o un arroyo. Su melodía es relajante—. ¿Cómo sabías que Alexander no entraría en la ermita?
—¿Te has fijado en la marca de su muñeca?
Vislumbré un tatuaje en la misma zona en la que lo tiene Elsie, lo que me permitió deducir el símbolo que representaba.
—Venera a Noche, ¿no es así? Estábamos en uno de sus templos. ¿Por qué iba a temerlo?
—Se dice que los lugares de culto nos acercan más a los dioses y diosas en cuestión. Alexander no es un partidario genuino. Intentó jugársela al Dios de la Noche para que le diera poder, o eso he oído. Ahora teme una posible represalia. No se atrevería a poner un pie en un lugar como ese.
—¿Qué crees que quiere de mí?
Él sacude la cabeza.
—Esperemos no averiguarlo.
Acompañados por las primeras luces del alba, llegamos a la colina que preside Madadh-allaidh.
El trino de los pájaros se propaga por un cielo cada vez más claro sobre el castillo: una construcción angulosa hecha de piedra oscura.
Rodeando el muro exterior, hay un ejército de unos trescientos soldados cuyos kilts y bandas trazan una estela de amarillo sobre el paisaje en penumbra.
La niebla matinal abraza el lago de detrás.
El ejército de Lochlan.
Soy incapaz de ubicar al propio alfa, pero me sorprende (gratamente) ver que hay mujeres guerreras entre los hombres, a lomos de sus caballos.
—¿Callum y Lochlan han liberado al prisionero de Alexander? —pregunto.
—Sí —responde Blake—. Aunque, a juzgar por lo que nos dijo Alexander, empiezo a preguntarme si será una trampa. Pareció demasiado sencillo.
—Dijo que enviaría a alguien a por nosotros.
—Exacto. —Se da la vuelta sobre la silla—.
No muerden, Duncan. En marcha. —El susodicho le lanza una mirada desagradable antes de hundir los talones en los costados de su caballo—.
Nosotros también deberíamos ir, pequeña liebre.
Estoy seguro de que Callum ya está montando un numerito porque todavía no estás allí.
«Haz lo que te pide». Me saco la voz de Callum de la cabeza.
Conduzco a la yegua por la pendiente revestida de hierba.
Nos dirigimos a Madadh-allaidh.
Nos recibe el alboroto del patio del castillo en cuanto cruzamos por las puertas.
La niebla de la mañana impregna de rocío los adoquines.
Debe de haber unos treinta lobos congregados en grupos más pequeños, los cuales mantienen conversaciones acaloradas.
Algunos llevan presas muertas o cubos repletos de pienso para pollos.
Los hay que se han detenido con fardos de heno entre los brazos.
Junto a la bomba de agua, veo a la señora McDonald, la formidable cocinera, que cuchichea con Kayleigh, la doncella de cocina; ambas tienen las mejillas sonrosadas y los ojos muy abiertos.
Varias personas se asoman a las ventanas para echar un vistazo al patio.
Tres mujeres con vestidos de tartán azul se precipitan sobre el caballo de Duncan para preguntarle qué noticias hay.
Isla, la mujer de Highfell que me profesaba cierta antipatía y que claramente siente algo por Callum, se echa la melena castaña por detrás del hombro.
Le susurra algo a su amiga, protegiéndose los labios con la mano.
Distingo retazos de las conversaciones. Entre tanta charla, una frase se repite más que las demás: «Callum es el rey».
Algunos lobos suenan intrigados. Otros, hostiles. Sin embargo, a mí me embarga el alivio al comprobar que no se trata de una trampa. Callum está aquí. Ha vencido.
A medida que nos adentramos en el patio, los lobos a nuestro alrededor enmudecen.
Me recuerda a la mañana en la que llegué a las Tierras del Norte, con Callum.
La gente se mostró precavida ante la humana de cabello rojo, vestida con nada más que un camisón de noche, a lomos de un caballo con el alfa de Highfell.
En aquel entonces sentí miedo. Ahora, a pesar de que la situación es más tensa, no estoy asustada.
La gente cesa sus quehaceres y se yergue.
Una mujer coloca tras de sí a un niño con pecas.
Un par de hombres se llevan las manos a la empuñadura de sus espadas.
Los lobos siempre han sentido miedo de Blake, pero parece que ese temor se hace extensivo a mí también.
No tengo claro qué es lo que los hace mostrarse tan precavidos: si mi apariencia descuidada tras haber sido prisionera de James; la de Blake, con su ropa manchada de sangre, o nuestra relación con su nuevo rey.
Quizá se deba a que ambos somos sureños. O tal vez hayan oído lo que ha pasado en la casa solariega. James hizo que Blake me besara.
«Haz lo que te pide».
Él no presta atención a los curiosos. Una vez que detengo la montura, se aprieta contra mí para deslizar la pierna por encima del lomo y bajar.
Su aspecto es bastante mejor que el que tenía hace unas horas, cuando nos fuimos. Sus mejillas han recobrado un poco de su color y su cabello negro, aunque alborotado, ya no se le pega a la piel. Podría fingir que está como siempre.
—¿Vienes? —pregunta con sus ojos relucientes bajo la luz grisácea.