Capítulo 32
A llí está uno de nuestros viejos amigos, alguien a quien me gustaría que conociera. Eso antes de que cumpla con su propósito, claro».
Me estremezco. Los árboles que hay en el camposanto se agitan al abrazo del viento.
Las lápidas a nuestro alrededor sobresalen de la tierra como si fueran dientes mellados.
Da la impresión de que estamos a muchos kilómetros de distancia de cualquier otra cosa.
A mis espaldas, Blake emite un quejido. Mi mente se ve asediada por múltiples preguntas acerca de Alexander y su conexión con él. Pero primero tengo que ayudarlo.
«Haz lo que te pide». Destierro de mi mente el recuerdo de las palabras de Callum.
—¿Estás consciente? —susurro.
—Mm… —farfulla.
Su brazo es como un bloque de hielo contra mi abdomen. Si no logro sanarlo, ambos moriremos. Procuro dominar mi alocado corazón.
—Supongo que tienes el antídoto en tu morral, ¿no?
De sus labios brota un sonido que interpreto como una afirmación.
—Vale. —Conduzco a la yegua hasta la ermita y me detengo frente a las puertas arqueadas, en cuyo marco hay talladas aún más lunas crecientes y estrellas. Es uno de los templos de Noche.
Muevo el pesado brazo de Blake a un lado. Él se reclina sin fuerzas al tiempo que yo bajo al pequeño camino. Casi me fallan las rodillas, por lo que me veo obligada a poner una mano en el costado del animal para mantener el equilibrio. Rozo la pierna de Blake con el hombro. Inspiro profundamente.
—Vamos —lo aliento.
Le ofrezco mi mano, pero él se las apaña para bajar sin ayuda. Las hojas resecas crujen bajo sus botas cuando cae.
—Joder. Estoy hecho una mierda. —Se apoya en mi hombro con un tropiezo y coloca la palma de la mano en la pared de la ermita antes de doblarse hacia delante. Unos mechones oscuros le acarician la frente, tan pálida como la luz de la luna.
Me apresuro hasta la silla de montar y rebusco en su morral.
Saco un estuche negro al que lo he visto recurrir cuando ha tenido que curar a alguien.
Me vuelvo hacia él. Está apoyado en el muro de la ermita, sujetándose el hombro con una mano.
Tiene la cabeza hacia atrás, contra la piedra, de manera que su garganta queda expuesta.
La sangre que corre entre sus dedos tiñe las baldosas bajo sus pies. Nunca lo he visto tan vulnerable.
Me acerco a él y me pasa el brazo por los hombros. Con la mano en torno a su cintura, abro la puerta y entramos antes de que se cierre.
Dentro, unos bancos se extienden en distintas filas hasta el altar de piedra, sobre el cual hay una vidriera con la representación de una llave en cuyo arco se aprecian unas medias lunas.
El resplandor argénteo que se derrama sobre ella proyecta un charco de luz en las baldosas. El ambiente está cargado de moho.
—Lávate las manos —indica Blake, señalando con la cabeza la fuente de piedra que hay junto a la entrada.
Yo me lavo las manos en el agua helada mientras él avanza como puede por el pasillo central. Me sacudo el agua y corro hasta él para pasarle un brazo por la cintura y evitar así que se caiga, ya que había empezado a tambalearse.
—Ven. —Pongo mis manos en sus caderas y le hago darse la vuelta para quedar cara a cara.
Lo acompaño hasta el altar. Cuando empiezo a desabrocharle los botones, mis nudillos le rozan el pecho y después el abdomen.
Cuando baja la barbilla, percibo el peso de su mirada en mi rostro—.
¿Cómo sabías dónde estaba? —le pregunto.
—Tengo mis fuentes en Madadh-allaidh.
—¿Magnus? —inquiero, sin poder evitar torcer los labios en un gesto de desaprobación.
La comisura de los suyos se eleva ligeramente.
—Has estado hablando con Elsie.
Desabrocho el último botón y le abro la camisa. Unas líneas blanquecinas le surcan el pecho. Tiene una larga cicatriz curva cerca del relieve en forma de uve que nace de su cadera derecha. Una estela de vello oscuro se pierde en sus pantalones.
—Cuando hayas terminado de admirarme… —murmura Blake.
Yo reprimo el rubor y lo ayudo a sacar el brazo bueno de la manga. Retiro la tela empapada de sangre de su hombro herido y la dejo caer en el altar. Él observa los dos orificios de su brazo, de los cuales mana sangre caliente.
—Herida de salida. Al menos las balas no se han quedado dentro. En mi morral hay material para hacer un torniquete y una jeringuilla con el antídoto —indica, a lo que yo asiento.
Me deslizo por su lado y abro su estuche. Al desplegarse muestra toda una gama de bisturíes, pequeños viales y una jeringuilla dispuesta a un lado. También hay una correa de cuero, un rollo de gasa, aguja e hilo. Cojo la correa, la gasa y la jeringuilla, en la que hay un líquido transparente.
—Bien —dice él—. Busca una vena.
Me ofrece su brazo bueno. Yo ajusto la correa en torno a su bíceps y trato de no pensar en su dureza mientras paso mis dedos por su musculatura.
En cuanto ajusto el torniquete, unas venas azules aparecen a lo largo de su antebrazo.
Cojo la jeringuilla y penetro con la aguja una de ellas.
Al presionar el émbolo, Blake, que suelta un leve gemido, echa la cabeza para atrás y deja que el antídoto fluya por su torrente sanguíneo.
La saco y la dejo en el altar junto a él.
—Ya está —dice—. Yo vendaré…
El gruñido grave y fiero que vibra en mi pecho retumba en la oscuridad y sacude las sombras. Su expresión se transforma hasta adoptar un cariz frío. El lobo refulge en su mirada.
Dejo caer mi brazo izquierdo a un lado, inútil.
La sombra de un dolor sordo se propaga por mi hombro.
Siento la sangre que no está ahí manando de unas heridas invisibles.
Se me escapa un tenue suspiro. A medida que su control sobre el vínculo se debilita, mi percepción de sus sentidos se acentúa.
Sus emociones ya no siguen ninguna lógica: son puro instinto animal.
Una única palabra crepita en el vínculo que nos une como si fuera un gruñido.
«Cazar».
Yo me echo hacia atrás. Es el antídoto, que está funcionando y sacando su lobo a la superficie, pero no esperaba que reaccionara así. Callum no lo hizo cuando se tomó el antídoto. Tengo la impresión de estar frente a un animal herido, no un hombre.
—Blake, no.
Él aprieta el puño con tanta fuerza que se le ponen blancos los nudillos. Cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, el lobo es más poderoso que nunca. Una lenta y fiera sonrisa se abre paso por su rostro.
— Corre.
Siento una punzada de adrenalina.
—No. —Procuro dominar el temblor que se ha adueñado de mis piernas. Me acerco un poco más a él, que se incorpora—. No pienso volver a pasar por eso. Contrólate.
Su respiración se acentúa. Me veo embargada por su esencia, oscura y primaria. Su sombra se apodera de mi alma. Me drena. Me asfixia. Gotas de sudor me perlan la frente. Unos puntos negros danzan en mi visión. Él gruñe. «Cazar».
—Blake, para .
Cada músculo de su cuerpo está en tensión.
Tengo la piel húmeda. La sensación… Es casi como cuando usó el Àithne conmigo, pero más fuerte.
Despierta el salvajismo que hay en mí. «Cazar.
Reclamar. Morder». Destierro la fiebre incipiente.
Me pongo de puntillas y le cojo el rostro con ambas manos.
Él compone una mueca con la que me enseña los dientes, de manera que su aliento se mezcla con el mío. «Cazar».
—¡Que te controles!
Un grito se fragua en mis adentros; una necesidad de libertad. Me da la sensación de que estos son los instantes que preceden a una tormenta.
Lo sacudo a través del vínculo. No puedo explicar cómo, pero tomo esa parte sombría de su ser y la hago retroceder.
Sus ojos destellan. Las sombras en mi interior pierden empuje.
Una arruga aparece en su entrecejo. Noto que sus emociones empiezan a asentarse.
Un sonido grave y áspero escapa de su garganta antes de alejarse de mí. Se muerde el brazo.
—¡Blake! ¿Qué estás…?
El alivio que siente me llega con una vehemencia que casi eclipsa la sensación de sus dientes en mi carne.
Deja escapar un suave gemido que me envuelve.
«A los lobos nos gusta morder», me dijo Callum.
Inspira profundamente un par de veces. Alza la cabeza.
Tiene los labios teñidos de su propia sangre.
Al parpadear, sus ojos vuelven a ser los de siempre.
Ambos respiramos con fuerza. Él contempla el estuche abierto en el altar. Cabecea hacia el rollo de gasa.
—¿Te importa? —pregunta con una voz más ronca que de costumbre.
Conmocionada, me dirijo al estuche y cojo el rollo de gasa. Me pongo de puntillas y le rozo la parte superior de los hombros.
—No… no voy a poder hacerlo si no te agachas un poco. Eres demasiado alto.
Despacio, se pone de rodillas. Cubierto de sangre y con la respiración pesada delante del altar, tiene el aspecto de un dios caído que suplica redención.
Le toco un hombro y noto la rigidez del músculo que hay debajo.
Enrollo la tela alrededor de la zona en la que el brazo se une al hombro.
Un denso y sofocante silencio cae sobre nosotros.
Es pesado. Incómodo. Su respiración sigue algo entrecortada.
La sangre tiñe la gasa, aunque la hemorragia ha disminuido.
Es tan negra como la tinta en la oscuridad.
Finalmente, ato y remato el extremo de la gasa.
—Hecho.
—Gracias —dice con un carraspeo antes de ponerse en pie.
La puerta se abre de golpe. La mano de Blake vuela hasta su daga robada y yo me doy la vuelta.
Duncan está en el umbral, sin aliento. Tiene las mejillas sonrosadas y la camisa manchada de sangre.
—Traigo un mensaje del rey. —Blake desenfunda su arma y camina hasta él. Duncan, con los ojos desorbitados, alza los brazos—. Del nuevo rey.
Yo me aferro al bíceps de Blake, que se detiene en seco.
—¿Callum? —musito.
—Sí, Callum. —Alterna la mirada entre Blake y yo con aire cauteloso—. Callum es el rey. Está de camino a Madadh-allaidh para unirse a Lochlan y su ejército. Dice que acudáis de inmediato.