El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

A lexander camina hacia nosotros.

—Blake, tenemos que irnos —susurro—. Ya.

Le fallan las piernas y casi nos caemos. Entierra su rostro en mi cuello con un gruñido. Capto un aroma familiar que me recuerda a los aposentos de mi madre cuando yo era niña, a hierbas y a enfermedad. Se me hiela la sangre en las venas.

Las balas estaban bañadas en acónito.

Hombres y lobos pelean a nuestro alrededor.

El rugido de Callum reverbera por todo el salón de baile cuando James cae sobre él a horcajadas y le da un puñetazo en la mandíbula.

La sangre salpica el mosaico desteñido del suelo.

Se me encoge el corazón. El sonido de los aceros al chocar y los gritos masculinos se propagan por el aire.

Un lobo de kilt azul se interpone en el camino de Alexander, espada en mano. Este bloquea su estocada y, con la hoja que tiene en la otra mano, lo ensarta por el estómago. Sangre y vísceras, negras a la luz de la luna, brotan de su cuerpo. «Diosa».

—Blake, ¿puedes andar? —Tiene la piel pálida y sudorosa. Un par de bucles negros se le pegan a la frente—. Diosa, da igual.

Le echo un brazo por los hombros y le rodeo las caderas con el otro, procurando no tocar su piel desnuda con mis manos mojadas de acónito. Lo arrastro hacia las puertas. Nuestro avance es lento. Él está apoyado en mí casi en su totalidad, como un peso muerto. Huele a sangre y a veneno.

—El caballo…, afuera —farfulla.

—Vale. Vamos.

Pesa bastante, un nuevo recordatorio de los músculos que hay bajo toda esa ropa.

Está frío, demasiado para tratarse de un lobo.

Tiene la camisa empapada, no sé si de sudor o de sangre, y prefiero no pensar en ello.

A nuestras espaldas, Alexander empuja a un lado a uno de sus hombres.

Bloquea la estocada de Kenneth y aparta al alfa pelirrojo.

—¿Adónde vas, tesoro? —La voz ronca de Alexander me persigue—. ¿No quieres jugar?

Al cruzar las puertas, arrastro a Blake por el oscuro pasillo. La sangre que resbala por sus dedos y cae sobre las baldosas deja un rastro a nuestro paso.

—Izquierda —murmura cuando llegamos al final.

Sonoros pasos retumban a mis espaldas; Alexander se aproxima.

Callum ruge; un rugido de triunfo o de dolor, no lo sé.

Tengo que seguir. Pasamos por lo que parece un salón y después por las cocinas.

Empujo la puerta que hay al final del pasillo y la noche se adentra en la residencia acompañada por el viento.

La fragancia de la hierba silvestre y las montañas inunda mis fosas nasales.

Una ligera llovizna me rocía la piel. Nos topamos con un sendero asediado por la maleza.

—Te prometí que volvería a por ti, tesoro, ¿no es así? —vocifera Alexander.

Frente a nosotros hay tres caballos atados a unos árboles. Aprieto los dientes. Me duele cada hueso del cuerpo; todos mis músculos están en tensión. Con un gemido y sin dejar de avanzar, Blake me libra de parte de su peso. Más allá, las montañas se alzan oscuras.

Cuando llegamos a la pequeña arboleda, Blake me suelta y se tambalea hasta una yegua negra.

—Tú primero —murmura.

Yo monto y él se las arregla para subirse justo detrás de mí, aunque tengo que ayudarlo. Sisea al notar el tacto de mis manos desnudas sobre sus muñecas, pero, en vez de quejarse, se endereza y fija los muslos en torno a mí antes de pasar el brazo bueno por mi cintura. Tomo las riendas.

Oigo las piedras y las ramitas que se parten bajo las pisadas firmes de Alexander. Está silbando sin afinar demasiado. Es una melodía familiar que me infunde temor, un temor aún más intenso que el que me inspira la idea de que me atrape.

— ¡Vamos! —El aliento de Blake me acaricia la oreja.

Sostengo las bridas con fuerza y hundo los talones en el animal, que abandona la arboleda a toda velocidad.

Su olor a tierra golpea mi olfato junto con los aromas del bosque y de la lluvia, añadidos al del oscuro veneno de Blake.

El viento me quita el pelo de la cara y la euforia que me embarga opaca el miedo.

Ha pasado tanto tiempo desde que monté a caballo, desde que mi madre y yo salíamos a galopar al campo…

Y, sin embargo, hacerlo resulta instintivo.

«Libertad —grita mi corazón—. Libertad».

Unos cascos retumban contra el suelo detrás de nosotros y una risa grave y áspera me acaricia los tímpanos.

—No puedes escapar, tesoro.

Siento un arrebato de pánico. Las luces de la mansión se diluyen en la distancia, mermadas por la creciente oscuridad. No sé adónde voy. Noto la respiración agitada de Blake en mi cuello. No aguantará mucho sin que alguien se ocupe de sus heridas.

Me da algunas instrucciones y yo avanzo por el terreno presidido por la luna lo mejor que puedo mientras su pecho asciende y desciende frenéticamente contra mi espalda.

—Allí delante. —Me roza el hombro con la barbilla al señalar con un cabeceo—. Allí no nos seguirá.

Una ermita se dibuja en la falda de una montaña. Está cercada por una verja de hierro y de la húmeda tierra que la rodea sobresalen unas lápidas erosionadas. Al hierro le han dado la forma de lunas crecientes y estrellas. Detengo el caballo entre las tumbas. No hay otro lugar a donde ir.

Una áspera carcajada inunda el aire. Con el corazón desbocado, alzo el mentón y giro mi montura.

—Hola, Alexander —le digo.

Él tira de las riendas de su caballo y frena en seco al otro lado de la entrada.

—Me he imaginado nuestro reencuentro en muchas ocasiones. La realidad es incluso mejor. —Estira la mano y vislumbro un poco de tinta en su muñeca, ahora descubierta, al tener la manga oscura algo retirada—. Ven conmigo, tesoro. Te llevaré a casa.

Sacudo la cabeza.

—Esta es mi casa ahora, y, si piensas que puedes utilizarme para obtener el perdón de mi padre, estás muy equivocado.

Alexander echa la cabeza hacia atrás con una risotada.

—¿Tu padre? ¿Crees que busco el favor de ese viejo idiota? No. Lo que tengo planeado para ti es mucho mejor, tesoro. Ven conmigo y te cubriré de gloria.

—¿Por qué no vienes a por ella, Alex? —La voz de Blake suena aterciopelada, pero noto la fuerza con la que se aferra a mi cintura bajo la capa, como si le diera miedo caerse.

La sonrisa de Alexander se vuelve más amplia.

—Pero bueno, si es el cachorro favorito del rey. Te he echado de menos, Blake. Añoraba la cadencia de tus gritos. A veces sueño con ellos. ¿Tú sueñas conmigo?

Alzo las cejas. ¿Se conocen?

—A veces —responde Blake.

Alexander me señala con un rápido movimiento de cabeza.

—Podemos compartirla, si quieres. —Blake ríe—.

¿No? —Alexander se pasa una mano por su cabeza rapada y se encoge de hombros—.

Vale. En otra ocasión. Llévala a la Fortaleza Gris en caso de que quieras pasar un buen rato.

Allí está uno de nuestros viejos amigos, alguien a quien me gustaría que conociera.

Eso antes de que cumpla con su propósito, claro.

—Gira a su caballo y me dirige una mirada por encima del hombro—.

Nos vemos pronto, tesoro. Hasta entonces, voy a enviar a alguien para que os visite en Madadh-allaidh.

Hemos hecho buenas migas en las últimas semanas.

Dadle un buen recibimiento, ¿de acuerdo?

Y se aleja al galope.

Blake se desploma sobre mí.