El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

L a risa de Blake me perturba tanto como la petición de James.

«Blake, dejaré marchar a la princesa con la condición de que la beses».

—¿Es eso lo que te pone cachondo ahora, James? —pregunta Blake.

Los demás alfas se ríen por lo bajo.

Me ruge la sangre en los oídos. No logro entender por qué le pide a Blake que haga algo así.

Desde el punto de vista lógico, es una petición muy modesta a cambio de mi liberación.

Eso en caso de que nos fiemos de que James vaya a mantener su palabra.

Sin embargo, mi alma grita en rebeldía. Ni siquiera comprendo del todo por qué me opongo con tanto ímpetu.

Blake ya me besó en una ocasión, cuando a Callum le administraron acónito e intentó provocarlo para que dejara salir a su lobo.

Me molestó, pero no hizo que tuviera la sensación de que mi alma estaba en llamas.

Tal vez porque, ahora, soy consciente de lo provocativo que será para Callum.

Sé que Blake siente una especie de atracción por mí, aunque finja que no es así.

James debe de estar buscando una fisura entre los dos alfas, algo que explotar a través de mí para mellar su alianza, ya que resulta poderosa.

O quizá mis sentimientos no tengan nada que ver con Blake, sino con James y su forma de arrebatarme mi autodeterminación. Ya me ha obligado a ser una loba, y ahora me tiene aquí atada a una columna, a la espera de que me deje besar en contra de mi voluntad.

—No pienso besar a nadie. —Intento deshacerme de la cuerda que me aprisiona las muñecas y me irrita la piel. Duncan aprieta la punta de su daga contra mi barbilla. Me paralizo.

—Quieta —dice.

Todos se quedan mirándome. Ocho hombres, seis de los cuales probablemente se recreen en mi humillación.

Callum tiene el aspecto de una estatua cincelada con piedra extraída de la montaña.

Ha desterrado sus emociones del mismo modo que cuando se siente amenazado.

No soy capaz de discernir lo que piensa.

—¿Y bien? —exhorta James.

—No. —Blake sonríe, pero su mirada es implacable—. No pienso besar a la mascota de Callum.

James se inclina hacia delante.

—¿Por qué no?

—No eres ningún estratega, James. Si pretendes crear un cisma entre Callum y yo, esto no surtirá efecto.

—¿No besas a la muchacha, pero no tienes ningún problema en marcarla y reclamarla como tuya en la noche de Oidhche Fhada?

—Eso parece.

James mira a Callum.

—Su recelo es interesante, ¿no crees, hermano? Solo es un beso. No es que esté pidiendo que se la folle. Sabe tan bien como yo que lo superarás, dadas las circunstancias. Sobre todo porque es lo que le salvará la vida. Me pregunto qué será lo que no quiere que veamos.

James se levanta y camina en mi dirección. Las marcas que he trazado en su piel ya se están curando, por lo que las tres líneas en cada una de sus mejillas no son más que rasguños cada vez más tenues. Duncan aparta la daga y se hace a un lado.

—¿No te parece bella? —James me coge del mentón y yo me veo asediada por su olor a helecho y a hierro. Me gira el rostro hacia Blake.

Él tensa la mandíbula.

Intento zafarme, pero el agarre de James se vuelve doloroso. Blake se yergue casi imperceptiblemente en su asiento.

—No le gusta nada esto, ¿a que no, hermano? —Me suelta y yo me aparto, con lo que me golpeo las caderas contra la piedra de la columna.

Con una risita, James regresa a su asiento y se deja caer en él.

Me vuelvo hacia Callum, convencida de que va a retar a James y a ponerle fin a esto. Tiene el ceño fruncido. Sus ojos están fijos en Blake.

—Haz lo que te pide —dice Callum con un gruñido grave que, a pesar de ser casi inaudible, a mí me resulta ensordecedor.

Mis entrañas aúllan, la oscuridad se apodera de mí. Creía que me protegería. Creía que me salvaría de esta humillación.

Blake se vuelve hacia Callum.

—¿En serio?

—En serio.

—Ten cuidado, Callum. Algunas cosas no pueden deshacerse.

Ambos parecen contener el aliento. Callum echa la cabeza hacia atrás.

Blake suspira. Arrastra su silla sobre las baldosas para separarla de la mesa y ponerse en pie. Se pasa los dientes por el labio inferior y tamborilea en la superficie de la mesa con los dedos. Creo que intenta comunicarle algo a Callum, pero este tiene la vista clavada en sus manos entrelazadas.

Sacudiendo la cabeza, Blake camina frente a los lobos allí reunidos y se aproxima a mí.

Esto no puede estar pasando. Callum no va a dejar que suceda. Robert se ríe, mientras que otros lobos silban.

Callum no hace nada.

Nada.

Quiero salir de mi propia piel, desaparecer en la oscuridad, donde nadie pueda verme.

El ruido mengua a mi alrededor mientras yo intento deshacer mis ataduras.

Por un segundo, vuelvo a estar en la iglesia de la Luz y del Sol, presa del agarre de las Hermanas del Sol mientras el sumo sacerdote se cierne sobre mí.

La impotencia se adueña de mi ser. Al igual que entonces, nadie interviene.

Callum no interviene.

El calor y el aroma corporales de Blake inundan mis sentidos. Su postura me impide ver a los hombres que, a sus espaldas, ríen y vitorean. Su expresión es solemne. Que esté manteniendo sus emociones lejos de mí no me impide notar su reticencia.

Sacudo la cabeza.

— Ni se te ocurra.

Me toca el bíceps. Recorre mi brazo con la mano y se detiene en la muñeca antes de deslizar el pulgar entre mi piel y la cuerda.

Contengo el aliento, porque parece que está comprobando cómo de amordazada estoy.

Como me pasa siempre con él, no tengo claro si va a ayudarme o a empeorar las cosas. Sé que no quiere besarme.

Toma mi rostro entre las manos en un gesto amable pero firme. Su boca está a escasos centímetros de la mía.

—Lo siento mucho, Aurora, cielo.

Roza mis labios con los suyos.

Su boca ejerce un poder inmisericorde sobre la mía, imparable, pero solo dura un segundo antes de suavizarse. Me contagio de su oscuridad. Su fragancia a pino me envuelve como una serpiente que no quisiera renunciar a su presa. Los latidos de su corazón perforan mis tímpanos con fuerza, inestables.

Unos sentimientos que no me pertenecen, que no puedo descifrar, se mezclan con mi miedo, con mi ira, y me dejan sin respiración.

Una palabra se conjura en mi mente: intangible.

La naturaleza salvaje que late en mí alza la cabeza.

Mi sangre aúlla. Me duelen los colmillos.

Todo me duele. No soy nada más que esta oscuridad, este vacío angustioso e interminable que necesito llenar.

Soy un grito infinito, creciente, sepultado en piedra. Es insoportable.

Separo los labios y su lengua se encuentra con la mía. La forma que tiene de sostenerme la cara se vuelve más vehemente. Me echo para atrás y Blake se queda quieto. El lobo acecha en su mirada. Tiene las pupilas dilatadas y sus iris están salpicados del mismo oro que corre por mis venas.

Las risas llenan el ambiente. Blake inspira hondo.

Capto movimiento más allá de su figura. Callum respira deprisa.

Tiene las aletas de la nariz muy abiertas.

No oculta sus emociones. La angustia que se dilucida en su mirada es desproporcionada, teniendo en cuenta que podría haber impedido que esto pasara.

Blake vuelve el rostro. Algo parece fraguarse entre los dos hombres, y Callum hace a un lado su dolor. Inclina la cabeza.

Patea la silla de Kenneth y Blake agarra a Duncan. Un segundo después, tanto Kenneth como Duncan se encuentran en el suelo, con Blake sosteniendo la daga de Duncan. Corta mis ataduras con ella y Callum lanza la silla por los aires hasta James, que la esquiva con un rugido.

Yo me tambaleo hacia atrás en cuanto las cuerdas se separan de mi piel.

Blake me rodea la cintura con el brazo para atraerme hacia él y se mueve conmigo al otro lado de la columna para protegernos de la estocada de uno de los hombres con tartán verde.

El sonido del acero contra la piedra retumba en mis oídos.

Blake me empuja hacia atrás, se da la vuelta y le da un rodillazo a nuestro atacante en la entrepierna para, acto seguido, hacerle un tajo en la garganta.

Callum empuja de mala manera otra silla y le propina un puñetazo a Kenneth en la cara antes de dirigirse a donde está James.

—Hermano, te desafío por el Trono Lobuno. Enfréntate a mí ahora o…

El cristal de la ventana arqueada que hay a un lado se hace pedazos.

Tanto él como James alzan el brazo sobre sus rostros para protegerse de los fragmentos de cristal.

Blake se zafa de otro lobo con la daga más empapada de sangre todavía.

Su víctima se desploma sobre el suelo. Una roca rueda entonces hasta el centro de la estancia.

Segundos después, varios hombres irrumpen en la estancia, con sus voces inundando el lugar.

El cristal se hace añicos bajo el peso de sus botas.

En sus pecheras lucen la estrella que conforma la heráldica propia de las Tierras Fronterizas.

Salta a la vista que Alexander los ha enviado con la orden de atacar, no de negociar.

Más lobos de James se cuelan por las puertas para unirse a la pelea.

Los ojos de este se cruzan con los míos.

—¡Necesito a la muchacha! ¡Que alguien capture a la muchacha! —Avanza a zancadas hacia mí. Callum carga contra él, rodeándolo por la cintura y derribándolo. Caen sobre las baldosas con un golpe sordo que hace temblar la lámpara de araña.

—¡SÁCALA DE AQUÍ! —le ruge a Blake.

Este me coge por la muñeca.

—Hora de irse, pequeña lie…

Me pega a su pecho y hace que nos demos la vuelta al tiempo que un tremendo chasquido reverbera por todo el salón. Un dolor lacerante estalla en mi hombro y tanto yo como Blake soltamos un quejido. Se oye otro crujido y vuelvo a sentirlo, esta vez un poco más abajo. Se me doblan las piernas.

— Joder —bufa Blake en mi cuello.

Me sujeta con fuerza. El dolor que siento se disipa, pero su respiración está entrecortada.

Al otro lado de la estancia, uno de los hombres de Alexander sostiene un mosquete. Siento el azote de la adrenalina. Han disparado a Blake. Dos veces. El hombre se gira y apunta con su arma a otro de los alfas.

Paso la mano por debajo del brazo de Blake para sujetarlo por la espalda y mantenerlo erguido.

—¡Blake! ¿Estás…? —Las palabras se me atascan en la garganta.

Un hombre alto, de complexión musculosa, avanza por el lugar desde una zona en la que antes había una pared.

Tiene el pelo negro y rapado casi al cero.

A pesar de que es humano y que el viento que sopla es frío, no lleva más que un fino abrigo negro sobre sus ricos pantalones bordados.

Contrastan mucho con la brutalidad de su actitud.

La luna resalta tanto el brillo iracundo de sus ojos como la cicatriz que le atraviesa la ceja.

—Alexander —musito.

Es incluso más temible ahora que en el entorno delicado de palacio. Aquí no hay normas por las que regirse, no hay protocolos, nadie que vaya a impedirle coger lo que se le antoje. Al avanzar hacia nosotros, esboza una sonrisa que deja al descubierto sus perfectos dientes blancos.

—Hola, tesoro. —Su voz se eleva por encima del caos—. Cuánto tiempo. He estado buscándote.