Capítulo 29
H emos venido a negociar los términos de tu liberación, pequeña liebre».
La voz de Blake retumba en la malograda sala de baile. Mi respiración es pesada y las ataduras me irritan las muñecas. No quiero negociar nada. Quiero que Callum rete a James y le haga pagar.
Los alfas, de pie en torno a la mesa, me observan como si fuera una presa. Miradas lobunas que brillan en la oscuridad. Cuando el hombre tumbado de espaldas bajo el pie de Callum lucha por conseguir un poco de aire, este presiona aún más.
Tan solo Blake parece dueño de sí mismo, aunque lo conozco lo suficiente como para inferir que se trata de una pose.
Se reclina en su asiento y se coloca bien el cuello de la camisa.
A su lado, el pecho de Callum asciende y desciende de forma pronunciada.
Aprecio el relieve de las venas de su cuello.
—Suéltala —masculla.
—No —dice James, en cuyas mejillas hay ahora tres ampollas, resultado de mi ataque. Parecen marcas de garras—. No hasta que haya acabado con ella.
—Como le toques un pelo…
—¿Qué? ¿Me retarás? ¿Me traicionarás? ¿Intentarás liderar una revuelta con la que arrebatarme el trono?
—La voz de James aumenta de volumen—. Me parece que ya has hecho todo eso, hermano.
Estamos en guerra . Nuestra gente se muere.
Y a ti te parece buen momento para enfrentar a lobos entre sí, cuando nuestros auténticos enemigos se encuentran al otro lado de la frontera sur.
—Los alfas comparten murmullos de concordancia.
El hombre que sostiene la daga sobre el cuello de Callum aprieta el mango con más fuerza, por lo que se le ponen blancos los nudillos.
Él no parece darse cuenta—. Cuando nuestro auténtico enemigo está aquí .
Te alías con la hija del conquistador que invade nuestras tierras, el trofeo del señor que mantiene a Claire en sus perreras, ¡la muchacha que se prometió con el hombre que desolló a nuestra madre!
La sangre huye del rostro de Callum. Cierra los puños con fuerza, como si así pudiera disimular el desconcierto y el dolor. Me asalta la culpa.
Fui yo la que informó de su muerte a Callum, pero no compartí con él mis sospechas acerca de cómo había sido asesinada, que obtuve cuando James me habló del abrigo de piel que le habían enviado a su padre. Quise ahorrarle ese dolor.
Odio a James por haberlo usado en su contra, tanto como por lo que me ha hecho a mí.
Callum parpadea un par de veces.
—Rory no es nuestra enemiga.
—Siéntate, hermano. —El lobo se desvanece en la mirada de James—. Tú y yo tenemos mucho que discutir. —Cabecea hacia el hombre que mantiene la hoja contra la garganta de Callum—. Quítale eso, Hamish. Podéis sentaros todos.
Hamish se aparta y envaina su daga. Toma asiento, al igual que los demás. Callum quita el pie del cuello del otro alfa, cuya apariencia es más juvenil que la del resto. Se aleja de los pies de Callum y, cuando lo mira, lo hace con los ojos entornados.
—Capullo —masculla.
—No me pongas a prueba, Kenneth —advierte Callum.
Aquel se sienta de brazos cruzados, como si estuviera de vuelta de todo, pero lo roja que tiene la cara, tanto como su cabello, lo delata—.
No hay nada que discutir, James —replica Callum—.
Te has llevado a mi mujer y morirás por ello. Lo primero que haré será recuperarla.
Se acerca a mí. Duncan me apunta al cuello con su espada. Yo ahogo una exclamación y alzo el mentón para evitar el pinchazo. Callum frena en seco.
—Te aconsejo que lo medites, hermano —dice James.
Con la mano crispada a un lado, Callum camina hasta la mesa. Se acomoda en el extremo opuesto al de su hermano. Señala a Duncan.
—Tú y yo nos veremos las caras cuando esto termine. —Duncan palidece al tiempo que Callum devuelve la atención a la cabeza de la mesa—. Habla.
—Vuestro padre se revolvería en su tumba si viera a sus dos muchachos peleándose por una sureña.
—El individuo que hay junto a James se inclina hacia delante.
A juzgar por su melena gris, es de más edad que los otros.
Tiene un rostro angular y el contorno de sus ojos carece de las típicas arrugas sembradas por años de risas repetidas.
—Nuestro padre opinaba que eras un cobarde, Malcom, después de que huyeras a los Altos Picos con el rabo entre las piernas en vez de acudir en ayuda del abuelo cuando te necesitó.
Los ojos de Malcolm centellean.
—Tiene razón —secunda James—. Nuestro padre te detestaba. Esto es entre mi hermano y yo.
—Doy por hecho que Alexander está de camino, ¿no? —interviene Blake.
—Así es —responde James.
Me noto el estómago revuelto. Blake tamborilea con los dedos en la mesa.
—Pues ¿nos ponemos a ello o qué?
—Estás muy subidito para ser hombre muerto, Blake —señala James.
—Y tú para ser un lobo que aspira a gobernar un reino después de negociar, una vez más, con sureños —contraataca Blake.
James curva los labios.
—A diferencia de mi hermano, que los toma por aliados.
Blake suelta una carcajada cuyo deje resulta frío.
—Por favor. Aurora no supone ninguna amenaza. En cuanto a mí, también he formado parte de tu consejo en el pasado, James.
Este aprieta un puño sobre la mesa.
—Y mira el resultado, maldito bastardo traicionero. —Sacude la cabeza—. Ambos sois un peligro para este reino y mi hermano debe darse cuenta.
—Rory no es un peligro —gruñe Callum.
—Tiene razón —apoya Blake—. No lo es. James, estás paranoico, como tu padre antes de su final.
Dijo algo interesante sobre ti, ¿sabes? —Un músculo se crispa en la mandíbula de James.
Malcolm enarca una ceja—. Si dejaras que Callum se quedara con su mascota, no nos veríamos envueltos en este embrollo, ¿o sí?
James suelta una risa ácida y en absoluto divertida.
—Sí que es su mascota, ¿verdad?
—¿De quién si no? —dice Blake.
Por una cuestión de supervivencia, intento controlar lo indignada que me siento, pero no lo consigo.
—No soy la mascota de nadie —tercio—. ¡Soy la princesa de las puñeteras Tierras del Sur!
Duncan me presiona la piel con la hoja. Me tenso.
—Probablemente no es buena idea que nos recuerdes ese dato ahora.
Un par de hombres se mofan y Callum les gruñe para que se callen.
—¿Qué es lo que quieres, James? Eres mi hermano.
Crecimos juntos. Hemos cazado en los bosques que rodean Highfell y arrancado flores para llevárselas a nuestra madre.
Cuando me rompí una pierna, cargaste conmigo a tu espalda hasta Glen Ghealach.
Me enseñaste a blandir una espada y yo te he apoyado siempre con total lealtad.
Podría haberte desafiado en un sinfín de ocasiones, pero preferí supeditarme a ti.
—Endurece la expresión—. Me has insultado.
Has dañado a la mujer que más me importa de todas.
Ahora la retienes en contra de su voluntad.
Sabías lo que siento por ella, y aun así pediste su mano en matrimonio.
Te has deshonrado a ti mismo y traído la vergüenza a nuestra familia, a nuestra madre.
Y, es más, mantienes a Fi, una de los míos, cautiva.
Mi honor no me permite dejar impune tu afrenta. Lo sabes.
—Sí —dice James con los brazos sobre la mesa—.
Sé, en este momento, que es así como te sientes.
Solo quiero enseñarte algo antes de que tomes una decisión que no pueda remediarse.
Los hombres de Alexander estarán aquí dentro de una hora.
Si me permites una pequeña demostración, la cual no le hará daño a tu mujer, dejaré que se vaya y tú podrás decidir si quieres la ventaja y llevártela antes de que llegue Alexander, o si prefieres dejarla aquí para que yo saque a Claire, una de los nuestros, de las Tierras Fronterizas.
Callum suelta una risa amarga.
—¿Y qué es eso que deseas enseñarme, hermano?
James se pasa una mano por la barbilla.
—Quiero pedirle algo a Blake. Una tarea sencilla. Si la completa, podrás irte. Quiero que prestes mucha atención a su reacción cuando le haga la pregunta.
Los rayos de luna que se filtran por las ventanas arqueadas arrancan un destello a los ojos de Blake, que parece intrigado.
No obstante, lo que yo percibo en el pecho es tensión.
Siento su cautela. Callum gira la cabeza y Blake se encoge de hombros, con el brazo todavía apoyado en el respaldo de la silla.
—Adelante, pues —alienta Callum.
James dirige su atención al alfa de Lowfell.
—Te creías listísimo, ¿no, Blake? Volviste a Callum, mi propia sangre, en mi contra.
Me persuadiste para que pidiera la mano de Aurora.
Creíste que, si me enteraba de que Callum la deseaba, yo la desearía más.
¿De verdad pensaste que arrebatarle algo a mi hermano me satisfaría?
—Sacude la cabeza—. No. Decidí que la deseaba al margen de eso.
¿Quieres saber qué fue lo que de verdad hizo que quisiera casarme con ella?
—Estoy seguro de que me lo vas a decir —repone Blake.
—Fuiste tú, Blake. —Suelta un bufido risueño—.
Desde que te conozco, nunca he visto que te interesaras por nadie.
Después me entero de que le diste a una muchacha sureña tu collar mientras Callum me ayudaba en la batalla.
Probablemente sea uno de sus juegos, me dije.
Hasta que te vi bailar con ella la noche del festín.
No podías apartar la mirada de ella, ¿verdad que no?
Me pregunté qué tenía la joven en cuestión como para que hubiera llamado la atención del siempre impasible Blake.
Porque te llamó la atención, ¿me equivoco?
Intento separar las muñecas, pero el roce de la cuerda es inclemente. Ya estoy harta de esto. Tiene que parar.
Un hoyuelo aparece en la mejilla de Blake.
—Es la hija del rey de las Tierras del Sur.
—Vete a la mierda, Blake. Sabes que no es por eso.
Hice que rebuscaran en tu alcoba cuando te marchaste.
Allí, escondido, encontré un libro muy interesante.
—Me pongo tensa. ¿Sabrá James que nuestras vidas están vinculadas?
—. Todo era tortura, sacar órganos, experimentos con lobos…
Bastante turbio, la verdad, pero no esperaba menos de ti.
Sin embargo, hubo algo más entre esas páginas que me llamó la atención. Sabes de lo que te hablo, ¿verdad?
A pesar de que Blake no renuncia a su sonrisa, veo que se le tensan los hombros.
—¿Qué quieres que haga, James?
Este se inclina en su asiento.
—¿Estás observando, hermano?
—Sí —responde Callum, ceñudo.
—Blake, dejaré marchar a la princesa con la condición de que la beses.