El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

L a oscuridad resulta tan asfixiante que necesito un momento para ajustar la vista. Estoy en un largo pasillo con celdas a los lados. Me da un vuelco el corazón en cuanto reparo en el símbolo grabado en una de las puertas. Es la marca de Noche. Estoy en su prisión.

Una figura se aleja de mí. Sus pantalones y su camisa tienen manchas grisáceas bajo el prisma de la oscuridad. Da pasos apresurados. Me pregunto si este sueño es mío o suyo. ¿Estar aquí lo perturbará tanto como a mí?

No consigo recordar bien lo sucedido antes de llegar a parar a este lugar, pero me urge dirigirme a él.

—¿Blake? —susurro. Un siseo al otro lado de la puerta a mis espaldas hace que se me pare el corazón. Me alejo deprisa—. ¡Blake!

No se gira. No creo que pueda oírme. Corro tras él. Que mis pasos resuenen en la oscuridad no basta para que se percate de mi presencia. Percibo su calidez, lo contraídos que están los músculos de su espalda. Me acerco a él.

—¡Blake, necesito tu ayuda!

El suelo se disuelve antes de que pueda tocarlo.

Caigo en una oscuridad infinita.

Me encuentro en la iglesia de la Luz y del Sol, solo que ahora es presa de la naturaleza.

Una capa de musgo reviste el altar de piedra, espeso como el terciopelo verde.

Las enredaderas que brotan de la tierra me aferran los tobillos, como lo hacen en las muñecas otras que surgen de repente de las paredes para obligarme a estirar los brazos.

—Pero yo no he pecado. —Una versión de mi voz se cuela por entre el follaje que cubre el techo abovedado.

—Todas las mujeres pecan, criatura —responden las sombras, que suenan como el sumo sacerdote—. Tu madre era una pecadora. Igual que tú. ¿Quieres enfurecer a la Diosa del Sol?

Las enredaderas que se precipitan contra mi espalda me empujan hacia delante.

Unas lágrimas ardientes anegan mis ojos.

No quiero suplicar. No quiero rogar. Trato de recordarme a mí misma que esto es un sueño, pero la sangre de mi espalda desgarrada se está derramando sobre las baldosas. Un olor cobrizo impregna el aire.

Estoy atrapada en un grito cuando alguien emerge de la cripta. Se acerca a mí acompañado del eco de sus pasos.

Sus ojos ambarinos resplandecen, fieros.

— Lucha —dice.

Inspiro con fuerza. Estoy tirada en el suelo y me duele la cabeza. El aire me sabe a agua estancada. Tengo el vestido mojado. Frente a mí hay una pared con barrotes. Ya he estado aquí antes.

Me pongo de rodillas. Hay un catre dispuesto contra la pared y un cubo en una esquina.

Los grilletes que cuelgan del techo lo hacen por medio de unas cadenas oxidadas que despiertan temor en mí, un miedo que desciende por mi espina dorsal.

Esta es la celda de la casa solariega que sirve como lugar de paso y a la que me trajo Blake antes de que me entregaran a Sebastian.

Fue aquí donde me provocó para después intentar convencerme de que desposara a James.

Está cerca de las Tierras Fronterizas. James debe de haber organizado un intercambio con Alexander, que ya estará de camino.

Tiemblo. Me meto la mano en el bolsillo y rozo el pequeño vial de acónito.

No es gran cosa (el ejército de James podría estar esperándome al otro lado de estas mazmorras), pero no puedo regresar al sur.

No puedo volver a ser propiedad de otro señor de las Tierras Fronterizas, y mucho menos de Alexander.

Creo que me utilizará para obtener el perdón de mi padre.

Y estoy segura de que me hará daño. El fantasma de sus gritos en el salón del trono después de que le dijera a mi padre que planeaba cometer traición parece retumbar en la celda.

Con la cabeza aún embotada, empiezo a trazar un plan.

Le rezo a cualquier diosa presta a escuchar para que me dé fuerzas para sobrevivir.

Rezo por que Callum esté bien y Blake se haya dado cuenta de mi ausencia.

Estoy segura de que ambos intentarán encontrarme. Tan solo espero que lo consigan antes de que sea demasiado tarde.

«¿Dónde está?».

Las antorchas titilan. Las horas se mezclan entre sí. Tendida en el catre, con las rodillas pegadas al pecho, me asaltan los temblores. Todo en esta celda está húmedo: las paredes, las sábanas, mi vestido. El frío me atenaza.

Me he sentido como una prisionera la mayor parte de mi vida, pero las jaulas doradas que me retenían eran muy distintas a esta prisión.

Ansío sentir el sol y la caricia de la brisa con olor a pino en mi rostro.

El ascenso a Roca del Alba, en el que se me embarraron las manos y el aire era tan puro que podía saborearlo, se me antoja lejano, propio de otra vida.

No tengo claro cuánto tiempo pasa. Tan solo un rítmico goteo parece acercarme a lo inevitable.

Me van a mandar a las Tierras Fronterizas: un destino que puede ser peor que la muerte.

O tal vez lo único que pretenda James sea ejecutarme para atormentar a Callum.

En algún momento, un hombre con tartán azul y cabello claro recogido en un moño en lo alto de la cabeza me da un panecillo duro a través de los barrotes.

Lo reconozco de Madadh-allaidh. Duncan, creo que se llama.

Le pregunto qué es lo que pasa, dónde está James y qué es lo que pretende hacer conmigo.

Por toda respuesta, me dedica una sonrisa sombría antes de darme la espalda y perderse escaleras arriba.

Con la mandíbula tensa, espero a que James aparezca y selle mi destino.

Espero a Callum. Espero a Blake. La inseguridad me recorre las entrañas como las ratas estas mazmorras, con sus andares rápidos y diminutos, que oigo contra la piedra del suelo.

El hambre me perfora el estómago. Me duele la cabeza.

No tengo ni idea de si se debe a la deshidratación o a la irrupción de breves episodios de fiebre que me asaltan una y otra vez.

«¿Por qué Callum no está aquí?».

Veo rostros en las sombras: cabellos de medianoche y ojos salvajes.

Sonrisas burlonas. No consigo quitarme a Blake de la cabeza.

La oscuridad cambia y me pienso que es él.

Los gritos retumban por las mazmorras a pesar de que estoy sola; me llega el rumor metálico de los bisturíes y la risa de Blake.

Me despierto enredada en las sábanas, entre gimoteos.

La oscuridad que se propaga en mis adentros, fría y eterna, sabe a pino y a veneno.

Me juro a mí misma y a las diosas del Sol y de la Luna que sobreviviré a esto. Callum acabará con James y se hará con el trono. Yo romperé el vínculo con Blake y nunca volveré a ocupar el lugar que tenía en el sur. Los dos seremos libres.

Pero Callum no está aquí. Estoy sola.

No sé si es de día o de noche cuando oigo unos pasos que se aproximan. Por un momento, me deleito en imaginar que se trata de Callum, que ha venido a por mí.

«Ahí estás, princesa. No pensarás que iba a dejarte sola, ¿verdad?», imagino que dice con su marcado acento norteño, cálido y reconfortante. Me imagino sus brazos a mi alrededor, la sólida seguridad que me transmite su cuerpo.

Es Duncan quien quiebra mi ensoñación, flanqueado por dos hombres con sendos kilts verdes que entran en la celda y me cogen por los brazos para arrastrarme al pasillo.

Mis piernas apenas aguantan el peso de mi cuerpo mientras me empujan por unas estrechas escaleras ascendentes.

Estoy envuelta en un frío y un sudor fruto de ese arrebato de salvajismo latente en mí que con tanta ansia intenta liberarse.

—¿Adónde me lleváis? —farfullo.

—Silencio.

El ruido impacta en mis tímpanos nada más llegar a la planta baja. Unos gritos se cuelan del exterior. Como pasamos por delante de una ventana, consigo captar un retazo los guardias que custodian el edificio, con sus espadas relucientes a la luz de la luna. Se me acelera el pulso.

Me hacen doblar una esquina y cruzar unas puertas dobles que conducen a lo que en su momento pudo ser una sala de baile.

Casi se me para el corazón. La estancia, enorme e iluminada por la luna, tiene una pared medio derruida.

El viento frío que sopla por ella agita la polvorienta lámpara de araña que cuelga del techo.

Hay seis hombres sentados a una mesa larga.

James está a la cabeza. Se reclina en su asiento con las piernas ligeramente separadas en una postura dominante. Lleva la camisa arremangada hasta los codos, con lo que no resulta difícil apreciar el tatuaje con motivos florales que adorna uno de sus brazos.

Robert está sentado a su lado: el alfa del clan que luce el tartán verde. Es un tipo corpulento, con la cabeza rapada. Adoptó el papel de rey de los lobos durante la ausencia de James. Se inclina hacia él y le susurra algo mientras a mí me acercan más a donde están. James esboza una sonrisa.

Los demás hombres, que no apartan sus ojos de mí (no, hombres no: alfas ), también me resultan familiares, aunque soy incapaz de asociar un nombre a sus caras. El miedo me roe las entrañas. Estos son los alfas de Madadh-allaidh que apoyan que James reclame el trono.

Reprimo mi instinto y el impulso de rebelarme, procurando mantenerme mansa. Flexible. Dócil.

Cuando me tiran al suelo, a los pies de James, no hago nada por evitar el impacto contra las baldosas desportilladas, con el vestido arremolinado en torno a mi figura.

—Creía que no te arrodillarías ante un falso rey, princesa —irrumpe la voz de James, sonora en la estancia. Los alfas se burlan. Uno de ellos emite un gruñido—. Hay que ver cómo cambian las cosas.

Me embiste una oleada de adrenalina. Este es el lobo que me mordió, el que me atacó, el que intentó obligarme a casarme con él.

Va a entregarme a un hombre que me hará daño.

Mi temor se contagia de desprecio. No creo que pueda escapar de todos estos hombres, pero quiero que sepa lo que es tener miedo.

Tomo aliento un par de veces para armarme de valor.

Me lanzo sobre él como un animal enloquecido. Tenía la esperanza de tirarlo de la silla, pero tiene los pies bien pegados al suelo. Su asiento apenas se sacude justo antes de que me tome por la muñeca. Un jadeo de sorpresa escapa de mis labios.

—No sabía que albergaras esos sentimientos hacia mí, princesa —dice James, y Robert ríe—, pero…

Le cojo la cara. La diversión abandona sus ojos.

Un siseo inunda la sala de baile: el sonido de su piel al arder bajo mis dedos, que he impregnado de acónito.

Me sostiene por las muñecas y me lanza por la habitación con un rugido que reverbera hasta el techo.

Yo aterrizo con tanta violencia sobre las frías baldosas que me quedo sin aire.

La fuerza con la que mi codo choca contra el suelo me obliga a contener un grito de dolor.

Se oye un golpe enérgico, como de una puerta abierta sin consideración alguna, al que sucede un alboroto. Los hombres vociferan. Los alfas echan las sillas hacia atrás para ponerse en pie.

—Amordazadla —ordena James.

Al otro lado de las patas de las sillas, veo que un hombre cae al suelo. El ritmo de unas botas al avanzar. Un gruñido llena el lugar. No sé qué está pasando: el instinto me impele a actuar. Tengo que escapar.

Me pongo de rodillas como buenamente puedo.

Los ojos de James cambian en cuanto se posan en los míos.

— Vuelve a agacharte —dice, imbuyendo de la fuerza del lobo sus palabras; es como verse arrastrado por una avalancha. Está usando el Àithne (el mandato lobuno) conmigo.

Yo aprieto los dientes, resistiéndolo unos instantes para finalmente deshacerme de él. Me pongo en pie y echo a correr.

Duncan me atrapa por las axilas y me arrastra hasta una columna que soporta el peso de la techumbre.

La rodea con una cuerda con la que mantiene mis brazos y mi cuerpo sujetos a ella para, a continuación, atarme las muñecas entre sí.

El rugido de un lobo llena el aire, pero ese salvajismo latente en mí ansía una liberación en la que no puedo centrarme.

Un alarido se fragua en mi interior, vacío e interminable.

Me llega el sonido de una suave risa que atraviesa el estruendo con la fluidez de una cuchilla. Yo ahogo una exclamación.

Blake aparece por el extremo de la mesa. Su almidonada camisa negra está abotonada hasta el cuello, aunque su cabello negro se muestra tan desgreñado como de costumbre. Se deja caer en una de las sillas, en cuyo respaldo coloca un brazo. Me guiña un ojo.

Se me encoge el corazón. Callum está a sus espaldas; entonces comprendo qué es lo que ha provocado tanto alboroto.

Deben de haber llegado hace nada. En sus facciones se adivinan la ira y la fuerza de un trueno.

Tiene el pie en el cuello de uno de los alfas, que deben de haberse levantado para recibirlos, mientras que un hombre rubio con un tartán verde claro le acaricia la garganta con el filo de una daga.

Callum apenas parece ser consciente de ello.

Me asombra lo alterado que se lo ve en comparación con Blake.

Tiene las mejillas encendidas y el cabello rubio oscuro algo despeinado por el viento, como si hubiera cabalgado a toda prisa para llegar.

En su camisa aprecio tanto un desgarro como un reguero de sangre que espero que no sea suya.

El lobo reluce en sus ojos, que tiene puestos en su hermano.

—Tócala otra vez, venga —masculla.

Casi siento cómo el lobo se revuelve contra su cárcel de piel y hueso, ansioso por tomar el control, por proteger, por matar.

—Callum —susurro.

—No pasa nada, Rory. —Su voz suena áspera—. Nadie va a hacerte daño.

—Eso ya lo veremos —replica James.

Un hoyuelo aparece en el rostro de Blake.

—Hemos venido a negociar los términos de tu liberación, pequeña liebre.