El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 27
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Capítulo 27

U na suave llovizna se precipita desde el cielo.

La noto caer sobre mí en cuanto atravieso el túnel que une el patio del castillo con el terreno colindante de Lowfell.

Está oscuro. Las ventanas del castillo a mis espaldas resplandecen con una tenue luz anaranjada.

A pesar de la lluvia, el aire límpido trae consigo el olor a lodo y leña.

Me arrebujo en mi abrigo y, sin que me importe que mis botas se hundan en la tierra mojada, me aproximo a la silueta que contempla el lago.

Si está avergonzado por lo que sucedió anoche o por cómo hemos amanecido hoy, no lo demuestra.

—Hoy estás diferente. —Mi voz apenas se impone al rumor de las ramas agitadas por el viento y las gotas de lluvia al romper contra el estanque.

A Blake se le pega la camisa al pecho y al abdomen por debajo del abrigo abierto. Tiene un par de mechones adheridos a la frente.

—Siempre me siento mejor cuando ya ha pasado. Más liviano.

—¿Es la transformación lo que te disgusta? ¿O es el hecho de ser un lobo?

—Ambas. No puedo controlarlo. Y a mí me gusta tener el control.

—Lo he notado —respondo. Capto uno de sus hoyuelos—. Callum no cree que sea una loba.

—¿Y tú qué crees?

Es la última persona a la que querría acudir en busca de ayuda. Y aun así…

—¿Soy una loba?

Él, con la mirada perdida en las montañas, se roza el labio inferior con los dientes.

—Sí.

—¿Por qué no has dicho nada? Has dejado que Callum y yo creyéramos lo que no es.

Se encoge de hombros.

—Callum no estaba muy contento conmigo esta mañana. En cuanto a ti, te lo estoy diciendo ahora, ¿no?

Exhalo un suspiro que se condensa ante mi rostro.

—¿Cómo estás tan seguro de que soy una loba?

—No habría podido compartir mi fuerza vital contigo si fueras humana.

—Se vuelve para mirarme. La lluvia baña sus mejillas y humedece sus labios—.

Te vi. Te vi la noche en que compartí mi fuerza vital contigo.

Capté retazos de tus sueños, de tus recuerdos, de tus pensamientos. ¿No fue igual para ti?

Medito acerca de las imágenes febriles y los sonidos que me asediaron entonces…, gritos, bisturíes, oscuridad.

—Sí.

Sus facciones adoptan un cariz reflexivo.

—Te encontré. Vi tu forma lobuna. Es del color de la luna.

Algo se tensa en mi interior. Me siento desnuda, expuesta, como si Blake hubiera visto cosas de mí que no están al alcance de nadie.

No hay derecho. Una parte de mí quiere alejarse de él, correr de vuelta al castillo en busca de Callum, pero mis piernas no se mueven.

Ni siquiera cuando vuelve a meter las manos en los bolsillos y se gira en dirección al lago.

Pienso en todos los experimentos realizados por Blake a otros lobos.

—¿Alguna vez te has topado con un lobo que no se transformara con la luna llena?

—No. Nunca.

—¿Por qué no me transformé?

Su curiosidad palpita en mi interior.

—Es una buena pregunta, ¿verdad, pequeña liebre? —Ambos contemplamos las montañas, cuyos picos están ya envueltos en sombras—. Y tenemos otro problema —añade.

—¿Cuál?

—Mi contacto en Madadh-allaidh nos manda malas noticias.

Se me acelera el corazón.

—¿Fiona está bien?

—Que yo sepa, sí. Se trata de Claire. Al parecer, ha sido capturada por los hombres de Alexander cuando se dirigía a Madadh-allaidh. —Aprieta la mandíbula—. Claire y James… Claire es importante para James. Querrá hacerse contigo lo antes posible para intercambiaros.

Asiento.

—Mañana ya deberíamos estar preparados, ¿no? Después de la emboscada.

—Tendremos un ejército si todo va bien. Aun así, la idea de que James pueda estar de los nervios me incomoda.

Creo que hará lo que sea con tal de recuperar a Claire.

Puede que mueva ficha por su cuenta contra nosotros.

—Se pasa una mano por la mandíbula—. Lo cierto es que es muy raro que no te transformaras.

Quizá, si me dejaras hacer un par de experimentos…

Doy un paso atrás y casi tropiezo con el fango. La idea no me repele tanto como la última vez que la sugirió, pero no puedo olvidar que está conspirando contra nosotros.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—¿Crees que voy a hacerte daño, pequeña liebre?

—No lo sé. ¿Vas a hacerme daño?

Él se encoge de hombros y devuelve su atención a las montañas en un gesto que pone fin a la conversación.

—Avísame si cambias de idea.

A la mañana siguiente, la niebla matinal parece amortajar el lago cuando Callum parte al galope en dirección sur con un pequeño destacamento para emboscar a Alexander y a sus hombres.

Yo quería ir con ellos, pero el secuestro de Claire ha sido tan alarmante para Callum como para Blake.

Ambos alfas piensan que es muy posible que James esté esperando a que abandone Lowfell.

Los observo desde la ventana apuntada que hay en la escalera que conduce a la biblioteca, arrebujada en un abrigo ceñido que me protege del frío.

Los cascos de los caballos restallan contra la tierra salvaje.

Apenas vislumbro el tartán amarillo de Lochlan o el atuendo oscuro de Jack antes de que las montañas se los traguen.

Me froto las manos con la intención de infundir calor en ellas y me resguardo en la biblioteca.

Con el transcurso de la mañana, el tiempo cambia.

El cielo se preña de nubarrones grises y el aire se vuelve pesado y húmedo, sofocante.

Una suerte de electricidad estática crepita en mi piel.

En el estómago siento el peso del cúmulo de nervios que se está formando en él y al que acompaña una punzada de ansiedad. Me parece que se avecina una tormenta.

Sentada en el banco de ventana, reviso con minuciosidad distintos textos, hasta que el cansancio me agota la vista y merma mi concentración.

Sé que Callum puede cuidar de sí mismo, pero estoy preocupada. Alexander es un tipo temible, y ahora comprendo lo que mi gente les hace a los lobos. Me acuerdo del abrigo de piel que colgaba en el armario que tenía en las Tierras Fronterizas, hecho a partir de un lobo en una noche de luna llena.

—¿Alguna lectura interesante últimamente, pequeña liebre? —Blake está apoyado en el marco de la puerta.

Yo paso la página y regreso al relato que estaba leyendo sobre un alfa de las Tierras Nevadas llamado el lobo Sombrío. Por lo visto, era un devoto de Noche dispuesto a dar con el Corazón de la Luna para liberarlo de su prisión.

—¿Sabes qué, Blake? Tengo la impresión de que se avecina una tormenta.

Él avanza y sus pasos despiden un sonido seco contra el suelo entarimado. Su sombra se cierne sobre mí en cuanto se deja caer contra la pared de piedra junto al banco de ventana a mis pies. Su aroma a tinta y a bosque bañado por la noche me asedia por completo.

—Me da que tienes razón.

—¿Saben los lobos de tu clan que no eres más que un llorica al que le asustan los truenos?

—Obviamente no.

Paso otra página.

—Esperemos que no se enteren.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—Desde luego.

Cuando Blake se mueve para tomar uno de los libros apilados a mis pies, el suelo cruje.

—Este no es muy bueno. —Lo deja en la estantería que tiene al lado y examina los demás—.

Este tampoco. Este es un aburrimiento. Y  este …

Si lo que te interesa es ahondar en la batalla de Sombra y Nieve, Erikson es una mejor elección.

—Yo aprieto los dientes al ver lo mucho que aumenta el montón de libros descartados—. Ah, este… Este sí es interesante.

Cometo el error de alzar la vista. Está abriendo el libro que me dio Elsie. El secreto del alfa. Un débil quejido avergonzado escapa de mi garganta al precipitarme sobre él para quitárselo.

—¡Dame eso! —Me reacomodo sobre los cojines del banco de ventana.

—Puedo hablar con Callum si quieres, pequeña liebre, darle un par de consejos en caso de que no esté rindiendo como a ti te gustaría.

Trato de reprimir el ardor de mis mejillas.

—¿No tienes nada mejor que hacer que intentar tocarme las narices?

—¿Intentar? Yo nunca intento nada. Siempre consigo lo que me propongo.

—Vale. Bien hecho. Premio al sujeto más insufrible con el que me he topado nunca. Ahora vete a recrearte en tu triunfo a otra parte.

—Este es mi castillo. Te invito a marcharte si mi presencia te resulta tan insoportable.

Pongo los ojos en blanco y regreso a mi ejemplar sobre las Tierras Nevadas.

—Tengo una teoría sobre el vínculo, por cierto.

—Ah, ¿sí? Soy todo oídos, pequeña liebre.

Esbozo una sonrisa al percibir cómo se pone en guardia.

Está enjaulando sus emociones para que no lleguen hasta mí.

Saco los pies de entre los cojines del banco de ventana y me giro para estar cara a cara con él.

Evalúo sus facciones: sus claros ojos castaños, enmarcados por unas pestañas oscuras; su mandíbula cincelada, su mano en reposo sobre la estantería.

Quiero ser capaz de detectar hasta el más mínimo cambio en su compostura.

Él se inclina hacia delante y coloca las manos a ambos lados de mis muslos, con los dedos hundidos en el delgado jergón. Su rostro está cerca del mío y sus ojos resplandecen, como si supiera lo que pretendo hacer y quisiera mostrarme lo poco que le importa. Bastardo arrogante.

Yo me acerco incluso más, de manera que nuestros alientos se mezclan entre sí.

—Creo que el Corazón de la Luna puede romperlo —declaro.

Él separa los labios, al otro lado de los cuales percibo un débil suspiro ahogado. La victoria me invade hasta que me doy cuenta de que se está burlando de mí. Un quejido de frustración me raspa la garganta y alzo la rodilla para golpearlo en la entrepierna.

Él, sin embargo, atrapa mi pantorrilla, rodeándome el músculo con los dedos. Tengo la falda levantada, de forma que el calor de su mano contagia mi piel desnuda. Se pone rígido de pronto. A mí se me acelera la respiración.

—¡Maldita víbora traicionera! —digo al tiempo que me aparto y él me suelta.

Esboza una sonrisa, una estúpida y genuina sonrisa, y se endereza. Un crujido se desprende de la estantería en cuanto se apoya en ella.

—Interesante teoría, pero el Corazón de la Luna lleva siglos en paradero desconocido.

—También tengo una teoría sobre eso, para que lo sepas. —Vuelvo a esconder mis piernas entre los cojines del banco.

—Ah, conque esa es la razón por la que estás leyendo sobre las Tierras Nevadas. Has estado hablando con Lochlan acerca del viaje de tu madre desde las Tierras Nevadas y sobre la flor de luna de Glas-Cladach, imagino, ¿no?

Giro la cabeza de golpe hacia él.

—¿Y tú cómo sabes eso?

Su ceño se frunce aún más. Percibo su diversión en cada una de las pulsaciones de mi corazón.

—Fui yo el que les dijo a los lobos que buscaran el Corazón de la Luna en las Tierras Fronterizas, ¿recuerdas?

—Sabías que Sebastian había estado allí…

—Pues claro que sí, pequeña liebre. Tengo ojos en todas partes.

Vuelvo a coger mi libro.

—Que sí, que eres muy listo. ¿Por qué no te vas por ahí a molestar a otro?

—Prefiero molestarte a ti.

Yo señalo con la cabeza las nubes plomizas que cubren las montañas al otro lado de la ventana, opacando los naranjas y verdes del paisaje natural.

—¿No deberías empezar a envenenarte a ti mismo como preparación para la tormenta? Como hiciste la última vez.

Él suspira.

—Es posible. Creo que por fin he dado con las medidas exactas para un tónico de sueño que funcione en lobos.

—Bien por ti. Espero que no se te vaya la mano e ingieras más acónito de la cuenta.

Emite una risa tenue.

—Más te valdría. Si yo muero, tú mueres conmigo, pequeña liebre.

—Se separa de la estantería para dirigirse a la salida—.

Si el tónico falla, quizá me entretenga descubriendo de qué van los secretos del alfa.

—Alza el libro que me dio Elsie y reparo en que ha vuelto a cogerlo.

Sus ojos relucen—. Si el libro que estabas leyendo puede orientarte en algún sentido, imagino que tendrá que ver con el inmenso pollón que se gasta, porque eso no es normal.

Un gruñido inevitable reverbera en mi garganta.

—¡Ay, vete de una vez!

Él se deleita en su propia risa tenue mientras desciende por la escalera de caracol y me deja en paz por fin.

Para cuando cae la noche, Callum sigue sin volver.

Las sombras que se proyectan en la biblioteca son alargadas y siniestras. El castillo está a merced de los truenos. Es como un mal presagio. La preocupación me oprime el pecho. Necesito saber si Callum está bien. Me siento impotente, porque no hay nada que pueda hacer.

Normalmente no me da miedo la oscuridad, pero, en esta ocasión, cuando dejo los libros a un lado y me hago con una vela para recorrer la escalera a toda prisa, me asalta un estremecimiento.

Las antorchas que alumbran los pasillos que sigo en dirección a nuestros aposentos arden trémulas.

Quiero meterme en la cama, al amparo de las mantas.

Acelero el paso. Tarareo la tonadilla que mi madre solía cantarme cuando era niña. Uno de los viales de acónito que cogí de la enfermería descansa en el bolsillo de mi vestido, así que dejo que su peso me reconforte.

Suspiro cuando por fin llego al pasillo que desemboca en nuestros aposentos.

Oigo pasos justo detrás de mí al tiempo que un trueno retumba por todo el castillo.

Me doy la vuelta. Ian, el lobo rubio del clan de Lochlan, está delante de mí.

Yo ahogo una exclamación y trato de coger el acónito.

Me estampa contra la pared. El crujido que se oye como resultado del golpe de mi cabeza contra la piedra resulta espantoso.

Las pecas de Ian se diluyen a mis ojos y el pasillo da vueltas a mi alrededor.

Con todas mis fuerzas, le doy una patada en la entrepierna. Él se dobla sobre sí mismo y yo me zafo.

—¡Blake!

Me atrapa por la cintura con el brazo y me obliga a retroceder. Caigo al suelo con tanta violencia que me quedo sin aire. Intento ponerme en pie, pero él cae sobre mí y se sienta a horcajadas en mi pecho. Dos hombres más emergen de las sombras antes de mirarme sin un ápice de misericordia.

—James tenía razón —dice Ian—. Tú eres el enemigo, no él.

—Eres un idiota —farfullo—. Esto no te va a salir tan bien como crees. Callum y Blake te mat…

Él saca un trozo de tela del bolsillo y me lo pone en la cara. El olor ácido de los químicos inunda mis fosas nasales. Me revuelvo bajo el peso de Ian, pero no puedo librarme de él. El pánico me embarga.

Ian sonríe.

—Hora de reunirse con el rey.

Su rostro se disipa y la oscuridad me hace suya.