El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

L a luz de la luna inunda la habitación.

Un gruñido grave. Primario. Animal.

Dientes al descubierto. Ojos relucientes.

El susurro de un pelaje. Dos bestias. Una negra, la otra parda. Ambas inmensas. Un choque. Los libros caen al suelo. Un escritorio se parte en dos. Me parece que se están peleando.

Los aullidos recorren el castillo de un muro a otro.

En mitad de todo eso, conjuro un solo pensamiento:

«No me he transformado».

Me están haciendo pedazos.

Tengo la mejilla pegada al suelo entarimado. Con un gemido, consigo ponerme de rodillas. Un gruñido me hace alzar la cabeza.

Callum y Blake se han transformado. Ambos son inmensos, del tamaño de un oso, aunque Callum es ligeramente más grande.

La luz de la luna se derrama sobre sus sedosos pelajes.

Los restos del escritorio se dispersan a su alrededor.

Esquirlas de cristal que antes fueron una de las botellas de Blake destellan en el suelo frente al fuego del hogar.

Callum, con la nuca de Blake entre sus fauces, muerde con más fuerza, infligiendo así un dolor que despunta en mi propio cuello.

—¡Para! —bramo.

Callum mueve la cabeza hacia mí de golpe. Su gruñido se extingue en cuanto detiene sus ojos verdes en mí. Lo siento, lo percibo… Su aroma me inunda los pulmones y, con él, llega también la calma. Sigue ahí dentro. Sigue siendo Callum.

Se me desorbitan los ojos. Blake arremete contra Callum. El lobo pardo cruza la habitación de un salto hasta estrellarse contra la pared que flanquea la puerta. Deja escapar un gimoteo en cuanto cae al suelo. El montón de libros apilados contra la pared se derrumban sobre él.

—¡Callum!

Me giro hacia él, pero entonces oigo un golpe que me avisa de que Blake se cierne sobre mí.

Tiene unas garras inmensas que ha clavado en la tarima.

Intento alejarme a gatas, pero él clava los dientes en la parte trasera de mi vestido y me arrastra por el suelo.

Caigo de espaldas a los pies de la cama.

—¡Blake, para!

Mis intentos por levantarme se ven frustrados por un gran peso que me aplasta el estómago con tanto ímpetu que me deja sin respiración. El cuerpo de Blake, que tiene las orejas hacia atrás, está rígido. Callum ya se ha puesto en marcha y ambos cruzan una mirada antes de proferir un gruñido.

Noto que Callum sigue siendo él mismo, pero el caso de Blake es distinto.

Parece más fiero. Más peligroso. Sus sombras, las mismas que habitan dentro de mí, se mueven y expanden en todas direcciones, de manera que soy incapaz de dotarlas de sentido.

Entierro los dedos en la suavidad de su pelaje para empujarlo.

— Blake , quítate.

Se me nubla la vista mientras Callum va de un lado a otro. Cada vez que logra acercarse, el gruñido de Blake vibra a través de mí y Callum retrocede.

Me asalta otro arrebato de dolor. Es como si mi alma estuviera carbonizada, como si la estuvieran deshilachando. Con el cuerpo rígido, suelto un quejido. El peso nada desdeñable de Blake me presiona el estómago y me deja sin aire.

La oscuridad me acoge en su dulce abrazo.

Tengo la cara apoyada en algo caliente y duro. Un aroma masculino a bosque inunda mis pulmones. Noto una vibración en la piel, pero ya no tengo la impresión de que me desgranan el alma. Un leve suspiro se abre paso por mis labios. Alzo los párpados. Se me para el corazón.

Mi rostro está pegado al pecho desnudo de Blake. Nuestros cuerpos están enrasados y yo tengo una mano en su cintura, como si lo hubiera aferrado en sueños. Los dedos de Blake me acarician la nuca.

La adrenalina se desata en mi cuerpo. Reprimo el gruñido que se forma en mi interior y que trae consigo un cosquilleo en los dientes. Un susurro: «Muerde. Muerde. Muerde». Algo en mí no va bien. El pánico se arremolina en mi pecho, mi respiración se acelera. Voy a… No puedo evitar… Abro la boca.

Blake se retuerce. Inclina el mentón con un atisbo de pánico en sus ojos.

Lo arrebatan de mi lado de repente. Se oye un ruido seco de pies descalzos, el sonido arrastrado de Blake al intentar mantener el equilibrio seguido de un portazo y un traqueteo.

Me obligo a ponerme de rodillas. Callum sostiene a Blake contra la pared que hay junto a la chimenea ya fría.

Abro mucho los ojos. Los dos están desnudos.

Sus prendas de vestir están hechas jirones en el suelo, entre madera astillada, libros sueltos y pergaminos.

La débil aurora se cuela por la ventana e ilumina los músculos trémulos de la espalda de Callum.

—¿Qué coño…? —masculla.

El pelo de Blake es un desastre y, aunque consigue componer su característica expresión de hastío, tiene las mejillas encendidas. Posa sus ojos en mí.

—No la mires. —Callum lo coge por la barbilla—. Mírame a mí.

—Tu polla me está tocando la pierna.

Callum emite un sonido de frustración. Suelta a Blake sin retroceder.

—¿Qué cojones estabas haciendo anoche? La velabas. ¿Por qué?

—¿Tú qué crees?

—No quieras saber lo que creo.

Blake exhala.

—Tiene parte de mi fuerza vital en su interior. Es evidente que voy a velarla.

—Claro, esa es la razón, ¿no?

Aparto su discusión de mi mente y me siento con la espalda apoyada en el lado de la cama, del que cuelga una piel que envuelve mi espalda en su suavidad.

Echo la cabeza hacia atrás para sentir la calidez del sol de las Tierras del Norte en mi piel.

Afuera, el viento agita los árboles y remueve la superficie del lago. La niebla abraza las cumbres.

Parte de la ansiedad que ha estado fraguándose en mí durante semanas se desata. Todavía tengo muchas preguntas acerca de lo que pasó anoche, acerca de lo que me sucede.

Pero una lenta sonrisa se adueña de mi rostro.

No me he transformado.

—Por favor, no tengo ningún interés en tu mascota —replica Blake—. No deberías haberla traído aquí en una noche de luna llena. ¿Qué esperabas?

—Esperaba que tuvieras un poco de autocontrol…

—A la próxima procuraré encarnar ese ejemplo de compostura y saber estar que fuiste tú anoche, Callum…

Mientras prosiguen con su discusión, yo contemplo los aposentos de Blake.

Anoche no pude prestarles la debida atención.

La alcoba es más pequeña que la nuestra y está amueblada con sencillez a pesar de pertenecer al alfa de este castillo, quien tiene el privilegio de escoger cualquier estancia que le plazca.

La cama en la que me apoyo, colocada contra la pared, apenas es lo suficientemente grande como para acomodar a dos personas.

Este desastre es el resultado de la pelea de anoche entre Blake y Callum.

El desorden, sin embargo…, debe de ser anterior a la refriega.

Hay libros tirados por el suelo, entre los restos del escritorio partido, pero también están apilados contra las paredes de piedra, amontonados en cada rincón.

Aprovechando que está distraído con Callum, cojo uno, intrigada por saber qué clase de lecturas elige Blake.

Está lleno de bosquejos de monstruos: bestias aladas, figuras humanoides medio muertas, una criatura acuática con miembros que salen de su cuerpo como si fueran tentáculos.

Detengo la mirada en los diseños de un ser similar a una serpiente que, a juzgar por los borrones de su cuerpo escamoso, parece vestir las sombras como si fueran una segunda piel.

Tiene una marca en la cola. Es el mismo símbolo que luce Elsie en su muñeca.

Al girar la hoja, me encuentro con que dicha marca ha sido dibujada con mucho más detalle al final de un hierro candente.

Son los prisioneros de Noche, anclados ahora a su prisión en el cielo.

Me pregunto si Blake se estará tomando en serio los rumores acerca de los Acólitos de Noche y el príncipe de la noche. Dejo el libro.

No son pocas las botellas de licor que coronan la repisa de la chimenea. Una de ellas rueda por el suelo, cerca de los pies de Callum, que no ha dejado de reprender a Blake.

Un aroma a lavanda golpea mis sentidos, acompañado de otra fragancia floral que no identifico.

Hay flores secas de color lila y blanco esparcidas por el suelo, junto a trozos de pergamino.

La lavanda me inspira un dolor profundo, así que cojo uno de los tallos y lo retuerzo entre mis dedos.

Mi madre solía coserla en pequeñas bolsas y dejarla bajo mi almohada antes de dormir.

Decía que me ayudaba a conciliar el sueño, a alejar las pesadillas.

Me pregunto si Blake la usa con un propósito similar.

La suelto y cae sobre el boceto de un laberinto con un centro hexagonal.

—¿Podéis poneros algo de ropa, por favor? —pregunto.

Blake y Callum enmudecen de inmediato. Este levanta la mirada de golpe y su expresión se suaviza. Suelta a Blake, cruza la estancia y se agacha a mi lado.

Aún sin ropa.

Ya debería estar acostumbrada, a estas alturas, pero no puedo evitar sonrojarme.

—¿Te encuentras bien? —pregunta al tiempo que me acuna el rostro con esa mano tan grande que tiene.

Procuro mantener mi mirada anclada a la suya mientras Blake acude a su armario.

Cuando lo abre para sacar unos pantalones y una camisa, mi determinación flaquea y miro.

Unos surcos blancos zigzaguean sobre los músculos de su espalda.

En su momento oí que le contaba a Callum que había recibido latigazos por ser medio lobo.

—No me he transformado —digo.

Una lenta sonrisa se conjura en los labios de Callum.

—No, no te has transformado. No eres una loba, después de todo.

Percibo el sentimiento de Blake. El hilo entre nosotros se estremece, como si estuviera guardándose algo.

—Suenas casi tan aliviado como yo —le digo—. ¿No querías que fuera una loba?

Él me frota la mejilla con el pulgar.

—Sé que no es lo que querías, eso es todo. —Frunzo el ceño, porque no estoy segura de que eso sea del todo verdad—. Ven aquí. —Me toma entre sus brazos y en un acto reflejo entrelazo mis manos en torno a su cuello. Sin dirigirle una sola mirada más a Blake, me saca de la habitación.

—Espero que vayas a ponerte algo de ropa —le digo mientras carga conmigo por el pasillo.

—No necesito ropa. —Abre de una patada la puerta de nuestra alcoba—. No para lo que tengo planeado.

Me deja caer en la cama, con lo que se me escapa un pequeño grito.

—¡Callum!

—¿Qué? —pregunta mientras se coloca sobre mí para acto seguido acariciarme el cuello con los dientes—.

¿Sabes? Estaría bien por una vez amanecer tras una luna llena sin que apestaras a mi peor enemigo.

—Cambia la postura para plantar una hilera de besos en mi clavícula, después en el torso y finalmente entre mis piernas a través de la tela de mi vestido.

Se me corta la respiración—. La última vez no hubo mucho que pudiera hacer al respecto, pero en esta ocasión pretendo corregir del todo la situación.

—Ah, ¿sí?

Se arrodilla en el colchón. Sus ojos resplandecen al fijarse en los míos. Rezuman travesura.

—Te prometo que te resultará muy placentero.

¿Quién soy yo para oponerme?

Callum cumple su promesa.

Nos pasamos la mañana entera en la cama, una mañana que dedica a provocarme gemidos hasta que no soy más que líquido entre sus brazos.

Y después vuelve a empezar. Aunque sigue siendo cuidadoso.

Considerado. Su promesa de dejarse llevar del todo conmigo después de la luna llena no tiene validez. No me he transformado.

A mediodía, después de conseguir algo de comida de las cocinas, acude a reunirse con Lochlan y Jack para planificar la emboscada de mañana. Yo dedico el resto de la tarde a leer en el sillón junto al fuego, con las piernas dobladas bajo mi cuerpo.

A medida que el cielo se oscurece, lo hacen también mis emociones.

Me daba miedo transformarme, sí, pero ser una loba constituía una explicación para la muerte de mi madre, una conexión con ella.

También me conectaba con Callum. Estoy segura de que el buen humor del que ha hecho gala esta mañana responde a mi incapacidad para transformarme.

Creo que se alegra de que siga siendo humana.

«De que sigas siendo débil», susurra mi yo más rebelde.

Dejo el libro que estoy leyendo en la silla. Me acerco a la ventana. El cielo encapotado se presenta gris oscuro; las sombras acarician la cima de las montañas, el agua se estremece al verse rozada por el viento.

No tiene sentido. Hay algo dentro de mí, algo que empuja contra mi piel.

Lo he sentido desde que James me mordió.

Sigo siendo presa de fuertes fiebres. Lochlan cree que mi madre era una loba, y mi padre debió de pensar que yo era como ella, porque mandó que me azotaran para contener esa naturaleza.

Anoche quise morder a Blake. He querido morderlo esta mañana. Casi lo hago.

No puedo aceptar que algo así proceda de mi faceta humana.

Un movimiento atrapa mi mirada. Una figura oscura recorre la orilla del agua con las manos en los bolsillos de su largo abrigo. Deja que su mirada se pierda en el lago, con el viento alborotando su cabello oscuro.

Esta mañana he sentido algo en Blake. Sabe algo sobre mí que me está ocultando.

—Quédate donde estás —susurro, aunque sé que no puede oírme.

Me apresuro al armario para coger un buen abrigo y unas botas.

Voy a averiguar qué es lo que sabe Blake.