El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 25
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Capítulo 25

L os árboles se mecen al viento. Las ramas se parten bajo las botas. Las sombras danzan en la mandíbula de Callum. Un fuego crepita junto al lago y la risa inunda el ambiente. Una risa que se diluye hasta extinguirse.

Para cuando llegamos a los muros del castillo, yo ya estoy empapada en sudor. Quiero cambiarme la ropa. Quiero cambiarme la piel. Me retuerzo en brazos de Callum.

—Quieta —ordena mientras cruza el patio.

Yo gruño y él me devuelve el gruñido, como si estuviera teniendo que esforzarse tanto como yo.

Después nos encontramos en el interior del castillo de Lowfell.

Los angostos pasillos se ciernen sobre nosotros.

Las puertas que conducen a salas de estar y los rincones rebosantes de libros se convierten en prisiones y cámaras de tortura.

Abre una puerta de una patada para irrumpir en la habitación en cuestión y me deja sobre algo sedoso y suave.

Se me antoja fresco contra el ardor de mi piel.

Me envuelve un aroma a pino nocturno. Se me nubla la vista.

—Necesito tu ayuda —dice Callum, frenético.

—No te tortures tanto, no puedes ser tan malo en la cama —responde Blake arrastrando ligeramente la voz.

—No hace gracia —espeta Callum—. Ayúdala.

Blake deja su copa sobre la historiada chimenea de color negro y se pone en marcha. Avanza casi a zancadas hasta nosotros. Cerca está de tropezar.

—¿Estás borracho? —indaga Callum.

El aire abandona mis pulmones cuando Blake se acerca.

Blake. El lobo al que aborrezco más incluso que a James.

El lobo que ha ligado mi vida a la suya y me utiliza como si fuera un peón en sus partidas.

Callum le está diciendo algo, reprendiéndolo, creo, pero lo único que oigo es el latido de mi corazón.

A Blake se le dilatan las pupilas. Las sombras se pliegan a su alrededor.

«Monstruo».

Un gruñido grave y tenue lucha por escapar de entre mis labios.

Me duelen los caninos y es ahí donde él detiene la mirada, en mi boca.

Nuestra conexión ha dejado de ser una sombra latente en mi pecho.

El vínculo es una amenaza que vibra entre nosotros como si fuera una criatura viviente.

Las venas de su cuello palpitan. Sus facciones cambian, se endurecen.

—Saca a tu mascota de aquí. No la quiero en mi cama —dice con una voz fría como el hielo.

—¿Qué…?

— Ahora, Callum.

—¡Esto no es normal!

—Sí para un lobo mestizo. Sácala de…

Yo me separo de golpe de la cama y cargo contra él.

Retrocedemos a toda velocidad hasta estamparnos contra la silla de madera que hay junto a su escritorio, sobre la que caemos con tanta fuerza que se parte y se astilla.

Él tiene el cuerpo caliente, rígido, y mi cara se hunde sin querer en el hueco de su cuello.

Un sabor a sal y pino negro me inunda el paladar.

Voy a rajarle la puta garganta.

Él me coge por el pelo, obligándome así a apartar la cara y a echarla hacia atrás. Me arde el cuero cabelludo. Gruño y él echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados, exponiendo así su cuello.

—Callum, quítamela de encima. —Hay un deje de pánico en su voz. Lo siento. Lo saboreo . Es delicioso.

Me precipito hacia él, pero un brazo me rodea la cintura para apartarme. Mis pies se despegan del suelo un instante cuando Callum me atrae hacia sí y me rodea con los brazos para inmovilizarme y aprisionarme. Yo me revuelvo contra él.

— Para —masculla en mi oído. No es un tono que haya utilizado antes conmigo; exigente y dominante.

Su voz de alfa—. ¿Qué le pasa? —La cosa que está desatada en mi pecho se atenúa sin apaciguarse del todo.

Un gruñido reverbera en mi garganta. La respiración de Callum es rápida, profunda.

Cada músculo de su cuerpo está en tensión—. ¿ Qué te pasa?

Blake no se ha levantado: se ha arrastrado hasta la pared bajo la ventana. Tiene una de las rodillas levantadas y las palmas de las manos contra el suelo, una postura que resalta los músculos de sus antebrazos. Su cabello oscuro está alborotado y su ancho pecho asciende y desciende frenéticamente.

El lobo centellea en sus ojos.

Menuda estampa, ahí en el suelo, acobardado a mis pies, con una capa de sudor en la piel a la que el fuego del hogar arranca destellos de bronce. Un par de mechones oscuros le cubren la frente.

Blake ladea la cabeza y entonces me devuelve la sonrisa. Es un gesto peligroso y perverso que hace que mi corazón palpite aún más deprisa que los otros latidos que me taladran los oídos.

—Blake. —El timbre de Callum es severo, una advertencia…, aunque su voz suena algo estrangulada. Noto la tensión de sus brazos en torno a mi estómago. Su respiración también es rápida.

—¿Crees que te tengo miedo a ti , pequeña liebre?

—inquiere Blake en un frío susurro—. ¿Es eso lo que piensas?

La luna llena se aproxima. Soy yo mismo a quien temo.

Lo que pueda hacer. Ambos olemos lo que deseas en el ambiente.

Así que dilo, ¿es a mí a quien quieres follarte o a Callum? ¿O a los dos a la vez?

—Blake, basta —corta Callum.

Me lanzo contra él, pero Callum me retiene. Blake alza la cabeza hacia el alfa de Highfell.

—Pues sácala de aquí de una vez, joder.

—No puedo.

—¿Cómo que no puedes?

—¡Hay luna llena, Blake! —señala con un gruñido frustrado—. Si me muevo, te voy a arrancar la puta cabeza de cuajo.

El poder que flota entre ambos me presiona y me atrae en dos direcciones distintas.

El pino y las sombras chocan contra las montañas al amanecer.

Paz y guerra. Amor y odio. Un jadeo brota de mis labios por lo intenso del sentimiento que me embarga.

Mis sentidos se disparan. Percibo el sabor a agua salada en mi lengua y a ron en la parte trasera de la garganta; las espinas de una rosa me perforan la piel, el acero de la batalla retumba en mis oídos y los helechos silvestres crujen bajo mis pies.

No puedo respirar. Una mezcla de voces y susurros se agolpa en mi oído.

Unos dedos me arañan el cuerpo. Tiran de mí.

Me provocan. Intentan arrebatarme cosas mías, como han hecho todos.

Un sonido débil vibra en la garganta de Blake, que echa la cabeza hacia atrás. Cada músculo de su cuerpo se queda inmóvil.

—Joder, la siento.

Los brazos de Callum me sujetan con más firmeza al ver que Blake se pone de pie.

—Quédate donde estás —advierte Callum. Blake se cruje el cuello. Sus facciones se tornan frías y duras, cinceladas en hielo. El lobo que asoma a sus ojos es fiero—. No lo hagas. —Callum me empuja hacia la puerta—. Ni te atrevas, joder.

Suena lejano. Tengo los nervios a flor de piel.

Mi alma se está despedazando en un millar de piezas quebradas que rasgan mi interior como si fueran cristal roto.

Apenas me doy cuenta de que Blake se acerca a nosotros, lo que hace que Callum me sitúe tras él y me proteja con su cuerpo antes de que ambos choquen entre sí.

Yo estallo. Un alarido espeluznante me taladra los oídos; creo que proviene de mí.

Alguien me coge. Hay un golpe ensordecedor. Se me doblan las rodillas.

Una luz brillante, cegadora.

Negro.