Capítulo 24
A la mañana siguiente, cuando el sol se hunde tras las montañas, Callum y yo nos alejamos de los muros del castillo. Tengo los dedos entrelazados con los suyos.
El ambiente en Lowfell lleva cargado todo el día. La tensión ha ido acumulándose en mi interior con el transcurso inevitable de las horas. No es solo el miedo lo que crepita en mi piel. Tengo la sensación de que algo está despertando dentro de mí. Algo que anhela liberarse.
Muy a mi pesar, Callum se ha ausentado durante varias horas, por lo que me he pasado toda la tarde a solas con mis pensamientos.
He sido incapaz de concentrarme y de hacer nada más que deambular de acá para allá en nuestros aposentos, resistiendo la tentación de recorrer Lowfell en busca de bronca con quien fuera, aunque sería preferible que se tratara de Blake.
O de Callum, porque no me hace gracia que me haya dejado sola.
Ahora contengo tanto mis emociones como mi nerviosismo y procuro alzar la cabeza al pasar junto a los otros lobos reunidos en la orilla del lago.
Alguien toca una gaita y Ryan está sentado en la orilla junto a Jack, con quien comparte una petaca.
Un par de lobos ataviados con tartán amarillo preparan una hoguera asistidos por Arran.
Para ellos, esta es una noche de celebración.
Espero que el rugir del viento frío enmascare lo acelerado de mi pulso, el olor de mi miedo. Aprieto la mano de Callum con más fuerza de la necesaria y él me acaricia los nudillos con el pulgar mientras caminamos al compás de nuestras botas contra la hierba mojada.
Lochlan nos hace señas para que nos acerquemos, pero Callum se limita a saludarlo con la mano y a arrastrarme hacia el bosque. Caminamos en silencio un rato e incluso pasamos por la ermita en ruinas. Finalmente me conduce a un claro. Freno en seco.
La débil carcajada que brota de mis labios se condensa en el aire frente a mi rostro. Por mi cuerpo se propaga una calidez que disipa parte de la tensión que siento.
—¿Esto es lo que has estado haciendo hoy?
Él se coloca a mi lado, me pasa un brazo por la cintura y apoya su cabeza en la mía.
—¿Te gusta?
Hay velas de distintos tamaños cercando los límites de la explanada, unas cincuenta en total, protegidas del viento gracias a los esbeltos árboles. Una pequeña hoguera ilumina el centro, junto a la cual hay una serie de alfombras y pieles. El aroma a humo de leña contiene un matiz asilvestrado.
Esbozo una sonrisa.
—Me gusta mucho. Gracias.
Camino hacia el centro del claro con Callum tras de mí. Alzo la mirada. Hay un hueco en las frondosas copas de los árboles que nos rodean a través del cual se aprecia un firmamento cada vez más oscuro. Se me acelera el corazón y dejo escapar un suspiro tembloroso. No falta mucho.
—Me ha llevado un rato encontrar y encender las velas —comenta Callum, sonriente—. Ryan me ha echado una mano. Ha lloriqueado por Becky todo el tiempo, lo que ha hecho que la cosa se alargara aún más.
Callum me hace caer con él sobre las alfombras. Se coloca detrás de mí, con las rodillas elevadas a mis flancos, y tira de mi espalda para que la apoye en su pecho, envolviéndome en un abrazo protector. Me derrito contra su cuerpo.
Finalmente, reúno el valor necesario para hacer una pregunta.
—¿Duele?
—Es una buena sensación. Como de liberación. Lo juro.
Me muerdo el labio inferior. Mi cuerpo entero va a romperse y a cambiar, así que no termino de creer que sea cierto. Una parte de mí se cuestiona si no debería habérselo preguntado a Blake, porque sé que él no me mentiría para proteger mis sentimientos.
Callum me coloca el pelo detrás del hombro y hunde su boca en mi nuca. Me estremezco al notar cómo usa sus dientes para repasar la piel sensible de esa zona.
—¿Quieres que te lo enseñe?
—¿Cómo…?
Él me acaricia la cara interior del muslo con los nudillos y la inquietud que ha estado acosándome todo el día se dispara. Despacio, de forma deliberada, me levanta las faldas y desliza la mano por mi piel desnuda.
Detiene sus labios junto a mi oído.
—¿Quieres que te lo enseñe? —vuelve a preguntar en voz más baja, más grave.
Mi respiración se entrecorta.
— Sí. —Él pasa los nudillos sobre mi ropa interior y yo ahogo un suspiro—. No creo que sea esto lo que se siente.
—Aún no he acabado —susurra él con un timbre de diversión.
—Enséñamelo.
Cuela la mano dentro de mi ropa interior y, lentamente, la arrastra por mi entrepierna.
Yo jadeo y arqueo la espalda. Un gruñido grave vibra contra mi espalda: su reacción ante la humedad que encuentra en esa parte de mi cuerpo.
La esparce entre mis pliegues y frota con vehemencia la pequeña protuberancia circular en la que se concentra toda mi sensibilidad.
—¿Qué tal esto? —murmura.
Cualquier pensamiento sensato que haya podido tener me abandona, igual que el miedo racional. Ahora no soy más que necesidad, deseo y el ardor que crece con cada experta caricia de sus dedos.
—Bien… Muy bien —digo jadeando.
Lo cojo por la muñeca y sacudo mis caderas.
Quiero que se mueva más deprisa. Con más fuerza.
Que me llene con sus dedos y alivie esta quemazón desesperante y acuciante.
Él mantiene un ritmo insoportablemente lento y considerado.
Un gemido salvaje escapa de mis labios. El cosquilleo que recorre mis dientes me pide que los hinque en algo.
Su oscura risita inunda mis tímpanos.
—¿Qué tal ahora? ¿Cómo es ahora, princesa?
—Frustrante —mascullo.
Él coloca la otra mano en uno de mis pechos, por encima de la tela de mi vestido, y presiona con el pulgar sobre mi pezón erecto, liberando así un nuevo arrebato de placer y de frustración que se adueñan de mí. Él inclina la cabeza y lame una zona sensible detrás de mi oreja.
—¿Y ahora?
—Por favor. —Es todo cuanto logro articular.
—Así es ser un lobo. —Desliza un dedo por mi humedad y, con delicadeza, empieza a trazar círculos en torno a mi abertura.
Me muero de vergüenza con el gemido que amenaza con estallar en mi garganta—.
Que algo se fragüe dentro de ti. —Me mete un dedo y yo jadeo al notar cómo se abre paso en mi interior—.
Sentirse salvaje. Feroz. Animal. —Lo saca y lo vuelve a meter.
Una capa de sudor me recubre la espalda—.
Estar siempre al límite de algo. —Arqueo la espalda entre gemidos—. Sin poder liberarte nunca.
—Por favor —susurro.
—Hasta la noche de luna llena. —Me acaricia el lóbulo con los dientes—. Ábrete de piernas.
Yo separo los muslos. Él me mete un dedo y después otro, dilatándome e imponiéndome una deliciosa presión.
Mi gemido resuena a lo largo y ancho del claro, mientras que en su garganta reverbera un débil sonido de satisfacción.
Por fin me da lo que quiero. Mueve la mano más deprisa; mi cabeza cae contra su hombro y yo agito las caderas contra él.
—Joder, eres preciosa. —Lleva su otra mano hasta mi cuello para hacerme alzar la cabeza de manera que no me quede más remedio que mirarlo.
Apenas percibo al lobo en sus ojos, o el rubor de sus mejillas o la rigidez que noto contra la parte baja de mi espalda a través de su kilt —.
Y esto es lo que se siente con la transformación.
Dobla el dedo contra mi pared interior, presionando en una zona profunda que me lleva al límite y más allá. La explosión que arrasa conmigo es más fuerte que nunca. Me retuerzo contra él mientras la oleada termina de diluirse. Al acabar, entre gemidos, jadeos y sudor, permanezco en sus brazos.
Parpadeo y la nitidez regresa a mis sentidos: el claro, el crepitar de la hoguera, el vaivén de los árboles que se alzan hacia el cielo teñido de sombras. Callum. Sus ojos verdes resplandecen en la penumbra.
Reprimo una carcajada.
—No te creo. No puede ser así.
Él sonríe aún más.
—Tal vez no sea exactamente igual, pero sí que es una liberación. Una buena sensación.
Me saca los dedos y yo me acomodo contra su cuerpo e inclino la cabeza hacia atrás, contra su pecho, para mirarlo a la cara.
En cuanto levanta la mano, detiene la mirada en el brillo de sus dedos a la luz del fuego.
Su semblante se ensombrece y a mí se me encienden las mejillas.
Sin previo aviso, se lleva los dedos a la boca y chupa, cerrando los ojos un momento para recrearse en el alivio que parece invadirlo.
—¡Callum!
Él abre los ojos, se saca los dedos y sonríe.
—¿Qué? Cosas de lobos. Ya te dije que tenemos una fijación oral. Joder. No puedo esperar a mañana por la mañana. Te voy a devorar entera.
Me dijo que me iba a dar todo de él y permitir que el lobo tomara las riendas después de mi transformación. Ahora que mi orgasmo empieza a quedar lejano, la tensión se acumula de nuevo en mis entrañas. El cielo se oscurece más allá de las copas de los árboles.
—¿Cuánto falta para que ocurra?
—No mucho. ¿Lo notas?
—Sí. —Percibo un crepitar en mi piel. Una vibración.
Algo se agita en mi pecho—. Sí que lo noto.
Siento… —Ahogo una exclamación y frunzo el ceño.
Siento que algo tira de mi corazón, de mi alma.
Un dolor me recorre el cuerpo. El pánico se adueña de mí.
Unos puntos negros bailan ante mis ojos y la oscuridad acecha en los márgenes de mi visión.
Unas gotas de sudor se conjuran en mi frente—. Ay, diosa.
—Princesa… —Apenas soy consciente de lo mucho que aprieta la mandíbula. Está lejos. Lo que dice queda ahogado por un rugido en mis oídos—. Joder. Lo siento. La fiebre. Otra vez no. Ahora no.
«No es cosa tuya», quiero decirle, pero no puedo hablar.
Algo despierta dentro de mí y, enfurecida, trato de contenerlo.
No puedo dejar que salga a la superficie.
No puedo permitir que me consuma. Sin embargo, es el latido de otro corazón el que compite con el mío.
Mi alma está desgarrada, desmoronada. Él murmura no sé qué acerca de no querer hacer algo.
Me coge en brazos y carga conmigo a través del claro.
—Aguanta, princesa. —Me atrae contra su pecho mientras murmura para sí mismo—: ¿Dónde coño está Blake?