Capítulo 23
E lsie, querida, ¿qué ha pasado con las langostas por las que he pagado?
—Blake, sentado a un extremo de la mesa de los alfas, estudia el puré de patatas aguado de su cuchara.
Su camisa negra está desabrochada a la altura del cuello y la luz de las velas que titilan en el centro de la mesa se proyecta en su afilada mandíbula.
El fuego, que ruge en la curva chimenea de piedra que hay al fondo de la habitación, hace poco por disipar las sombras.
Arran, Jack y Ryan están sentados a un mismo lado de la mesa, mientras que Elsie, Alfie y yo nos sentamos al otro.
El clan de Lochlan tiene su propia forma de celebrar la víspera de la luna llena, por lo que han ido a Roca del Alba a reunirse con la sacerdotisa.
Callum, sentado al otro extremo, observa su cuenco con una mueca.
Elsie alza la barbilla.
—Se han escapado.
Blake ladea la cabeza, como si intentara verles el sentido a las palabras de su hermana.
—¿Cómo que se han escapado?
—¡Yo qué sé! —replica ella—. ¡Se han ido! ¡Son libres!
—¿Cómo? ¿Adónde han ido exactamente? —indaga Blake—. ¿Siguen aquí? ¿Voy a toparme con unas langostas deambulando por mi castillo?
Callum convierte su risa en un carraspeo y Elsie lo fulmina con la mirada. Alfie se ríe por lo bajo.
Blake se dirige al chiquillo.
—¿Tú sabes dónde están las langostas, Alfie?
—¡Nadando! —responde.
—¿Nadando? —Mira a Elsie con una ceja arqueada—. La cosa se pone interesante.
—Están en el lago, ¿de acuerdo? —Alza las manos—. ¿Qué quieres que te diga?
Se oye un crujido procedente de la silla de Jack, en la que acaba de reclinarse, mientras las comisuras de los labios de Arran se curvan hacia arriba. Un hoyuelo aparece en la mejilla de Blake.
—¿Y por qué, si puede saberse, están en el lago?
Elsie me señala con un ademán con el que casi tumba su copa de vino.
—¡Ha sido culpa suya! —dice con un brillo divertido en sus ojos.
Yo me llevo las manos al pecho.
—¡Fue idea tuya!
—Solo porque me contaste esa historia tan triste de la langosta —dice Elsie—, que ni siquiera era consciente de que el agua estaba hirviendo hasta que fue demasiado tarde.
Noto el peso de la mirada de Callum en mis ardientes mejillas. Su expresión se suaviza. Parte del buen humor desaparece de las pupilas de Blake.
—Bueno, esto tiene una pinta estupenda —dice Callum mientras hunde la cuchara en el cuenco—. ¿Qué es?
—Sopa de patata. —Elsie alza la cabeza—. ¿Qué va a ser?
Callum engulle una cucharada.
—Mmm. Deliciosa. —Apenas puede contener esa estúpida sonrisa que tiene. Blake está a punto de sonreír también al ver lo mucho que le cuesta tragar—. Te llega el sabor a tierra y todo.
Ahora le toca a Blake reprimir una carcajada fingiendo que se está aclarando la garganta. Yo, por mi parte, le doy un manotazo a Callum en el brazo.
—No he visto que ninguno de vosotros, caballeros, se ofreciera para cocinar —señalo.
—Lo digo en serio —dice Callum con una expresión que no respalda en absoluto sus palabras—. Me gusta. Crujen de esa forma arenosa que tanto disfruto siempre que como patatas.
—¡Venga ya! —espeta Elsie—. Uno de vosotros podría ponerse frente a los fogones la próxima vez.
—Yo haría una langosta a la barbacoa la mar de rica —dice Jack con gesto soñador—. Con su carne ahumada, dulce, cocinada al fuego. Deliciosa.
—Pero entonces nos habríamos visto privados de este manjar —dice Callum, lo que hace sonreír a Jack.
—Las langostas se emparejan de por vida, ¿lo sabíais? —murmura Ryan de repente, encorvado sobre su plato.
La diversión se disipa por completo. Elsie se tensa y Arran baja la mirada. Callum frunce el ceño. Jack carraspea. Blake se queda quieto y yo percibo cómo ese hilo que lo une a mí se endurece, como si quisiera impedirme sentir la emoción que lo embarga.
—Como los lobos —aporta Alfie.
Necesito unos segundos para comprender la incomodidad que ha caído sobre nosotros, pero entonces recuerdo lo que Callum me contó una vez acerca de que los lobos tienen parejas que son elegidas por la Diosa de la Luna.
Dijo que era una conexión más poderosa que el amor.
¿Acaso Elsie no dijo que Ghealach tenía otros planes para Arran, que albergaba sentimientos por otra? ¿Se refería a que ya estaba emparejado?
—Correcto —dice Arran en voz baja—. Así es, chaval.
El ambiente se ha enrarecido demasiado. Quiero decir algo que contribuya a relajar las sensaciones, pero no se me ocurre nada.
—Da gusto cenar contigo esta noche, Ryan —dice Blake, y todos parecen reanudar la respiración.
—Becky ha cortado con él —dice Callum.
—¡Eh! ¡Eso es privado! —masculla Ryan con las mejillas sonrojadas.
Callum alza una ceja.
—¿Te costaría mucho dirigirte a mí, tu alfa, con la deferencia correspondiente de vez en cuando?
—Lo haría si no fueras por ahí aireando mis intimidades.
Yo toco la muñeca de Callum y le doy un apretón con la esperanza de que deje de torturar al chico. Él me mira con los ojos en blanco, una reacción algo infantil que contrasta mucho con su imponente físico.
—Ay, el amor de juventud —dice un sonriente Jack, pasando el brazo por el respaldo de la silla, lo que hace que Ryan le dedique otro gruñido—. Ven conmigo mañana. Entrenaremos un poco para mantener tu mente distraída.
—Pero si estoy mejor que tú —dice Ryan.
—Eso es una provocación en toda regla —dice Jack—. Supongo que ya lo veremos. Aunque sí es cierto que se te da bien la espada. —Ryan se endereza un poco más en su asiento, con el pecho ligeramente hinchado—. ¿Callum te enseñó?
—Sí —responde Ryan.
Aquel esboza una sonrisa y sacude la cabeza antes de volver a su sopa.
Jack intentó que Callum peleara con él hace unas semanas para saber cómo se desenvuelve luchando.
Supongo que su conclusión es que, si puede vencer a Ryan, podría vencer a Callum.
Pero no parece que este se sienta intimidado por el abierto desafío.
—Oye, ¿las langostas no son animales de agua salada? —dice Arran de pronto, con la cuchara a medio camino de su boca.
—¿Qué? ¡No! ¡Qué va! —dice Elsie, que me mira alarmada—. Esas eran langostas de agua dulce. Estarán bien.
—Estoy convencido de que tendrán una larga y próspera vida —dice Blake, y da un sorbo de vino—. Y, dentro de no mucho, Lowfell estará repleto de langostas. Habrá marisco por toda la isla y seré conocido como ese alfa excéntrico que vive en un castillo rodeado de crustáceos.
Alfie ríe y aplaude, mientras que Jack, al otro lado de la mesa, finge tener pinzas de langosta en vez de manos.
Una sonrisa se abre paso por mi rostro en cuanto oigo las carcajadas de Callum a mi lado.
Si no fuera porque sé que es imposible, pensaría que empieza a disfrutar de su estancia en Lowfell, así como de la compañía de quienes lo habitan.
Es raro, pero a mí también me pasa. Pienso en las palabras de Lochlan acerca de que a Blake le gusta recolectar pajarillos desvalidos.
Están Elsie, abusada por su padre, y el pequeño Alfie, que a duras penas escapó del suyo.
Arran acompaña su comida de un vaso de agua, mientras que los demás lo hacemos de vino.
Y está Jack, cuya historia desconozco, pero que tiene esa mirada en la que, en alguna que otra ocasión, se aprecia una sombra.
Aquí hay una paz que no hallé en Madadh-allaidh y que, desde luego, nunca tuve en casa. Puede que Blake sea un alfa, pero no parece que se tome su papel muy en serio cuando no hay otros alfas mirando.
Sin embargo, con las risas extendiéndose a lo largo de la mesa y Elsie pellizcando a Alfie en el costado con sus falsas pinzas de langosta, no puedo evitar tener la sensación de que esta es la calma que precede a la tormenta.
Mañana por la noche habrá luna llena. Después, si conseguimos derrocar a James, volveremos a ser enemigos.
Los ojos de Blake se encuentran con los míos a través de la mesa, como si fuera consciente de mis pensamientos.
Yo desvío la mirada y me meto una cucharada de sopa en la boca.
Tuerzo la comisura de los labios. Callum tiene razón.
Sabe horrible.