El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

E s la víspera de la luna llena y yo estoy mirando por la ventana.

Fuera hay una figura solitaria. Su cabello cobrizo se sacude al viento mientras, con la cabeza gacha, tira piedras al lago. Ryan parece estar pasándolo igual de mal que yo. Supongo que su mal humor se debe a la discusión que ha tenido con Becky.

Toda mi vida me he tragado mis emociones, conteniéndolas tras una muralla de piedra.

Si alguna vez se resquebrajara, me acusarían de histérica.

Siempre se me ha antojado injusto. Mi padre mandaba ejecutar a cualquiera que se interpusiera en su camino, y mi hermano se dejaba ver por las tabernas de Ciudad del Rey cubierto de sangre y de moratones la mayoría de las noches.

Sin embargo, era a mí a quien consideraban sentimental.

Ahora, mis emociones se agitan como las aguas del lago que rodea Lowfell. Aúllan con las ráfagas de viento que descienden de las montañas. Procuro asentar mi máscara y actuar con tanta impasibilidad como se espera de mí.

Noto el peso de la mirada de Callum en mi espalda. Percibo las sombras de la noche cerniéndose sobre mí. Es asfixiante. Reprimo un gemido. No puedo hacer esto.

Oigo el rumor de la tela y el quejido del sillón que hay junto al fuego. Los pasos de Callum se aproximan y no tardo en verme envuelta por su aroma a montaña. Curva uno de sus grandes brazos alrededor de mi torso.

—No tengas miedo. —Sus palabras suenan cálidas.

—No tengo miedo.

Él desliza la palma de su mano por encima de mi vestido, hacia mi pecho, dejando una estela de calor tras de sí.

Se detiene justo por debajo de un seno. Con dos dedos, inicia una secuencia de ligeros toques en mis costillas.

Es un ritmo rápido, como el vuelo frenético de un pájaro, al compás de los latidos de mi propio corazón.

—Mentirosa. —Me pasa los labios por el cuello, lo que enciende un punto de calor en medio de la fría oscuridad—. Date la vuelta. Dime, princesa, ¿yo tengo miedo?

Me gira para que lo mire a la cara. No necesito que me coja de la mano, con esas palmas callosas y, no obstante, gentiles, y me la ponga en su pecho para contestar. Como tampoco necesito notar el latido firme de su corazón. ¿Por qué iba él a tener miedo? ¿Qué podría asustar a un hombre así?

La camisa que lleva está estirada sobre sus hombros.

Arremangada como está, deja al descubierto las gruesas venas de sus antebrazos.

Tiene el pelo rapado a los lados: el corte de un guerrero.

Ha nacido para liderar ejércitos, para gobernar reinos .

Incluso Blake parece reconocer que necesita a Callum con el fin de derrocar a James y obtener lo que quiere.

Me pone un dedo bajo el mentón.

—Estaré contigo, a tu lado. No tienes nada que temer, te lo juro. —Presiona su frente contra la mía—. ¿Qué puedo hacer, princesa? Dímelo y lo haré. —Su voz transmite casi tanto desespero como el que siento yo—. ¿Cómo puedo hacer que te sientas mejor? Compártelo conmigo.

Ojalá su firmeza, la dureza de su pecho y la constancia de su respiración fueran suficientes.

—Estoy bien.

—Lo mataré por ti. —Su tono de voz es grave, casi gutural, y la calidez de su aliento me roza los labios. Sé que se refiere a James —. Me haré con su reino por ti y pagará por lo que hizo. En un par de días tendremos un ejército.

Le ofrezco una débil sonrisa. Sé que intenta hacer que me sienta mejor, pero que se haga justicia no borrará lo que ha pasado. Tendré que lidiar el resto de mi vida con las consecuencias del mordisco de James y no puedo evitar sentirme atemorizada al respecto.

Un tenue golpe en la puerta hace que ambos nos sobresaltemos.

—Adelante —dice Callum.

Muy despacio, la puerta se abre. Una alborotada mata de cabello oscuro aparece al otro lado seguida de un rostro pequeño y alborozado.

La sonrisa que adopta Callum es amplia y honesta. Atenúa parte de la ansiedad que me carcome por dentro. Salta a la vista que le gustan los niños. Creo que sería un buen padre.

—Hola, Alfie —saluda—. ¿Qué pasa?

Este se pone rojo y pasa el peso de su cuerpo de un pie a otro. Es evidente que le pone nervioso tener que dirigirse al gran y temible alfa de Highfell.

—Mi madre solicita la ayuda de la princesa en las cocinas.

—Ah, ¿sí? —Los ojos verdes de Callum centellean a la luz del crepúsculo—. Está claro que no ha probado la comida de la princesa.

El manotazo que le doy en el brazo no hace sino arrancarle una risa bastante sonora.

—¡No está tan mal! —protesto, aunque la cocinera de Madadh-allaidh, la señora McDonald, a la que se me ordenó asistir cuando Callum me trajo a las Tierras del Norte, no estaría de acuerdo—. Enseguida bajo, Alfie.

Él se sonroja aún más antes de hacer una profunda reverencia que parece divertir a Callum. Se gira y desaparece a todo correr por el pasillo.

—Qué chaval tan simpático, ¿no crees? —comenta él.

—Sí que lo es. —Le echo un vistazo a la mesita de noche, donde descansa El secreto del alfa , el nuevo romance que me ha prestado Elsie. Sonrío—. Me pregunto qué querrá Elsie.

—Los lobos ayunamos el día de la luna llena, así que normalmente nos ponemos las botas la noche anterior.

No espero que Blake organice nada. Quizá Elsie haya querido ocuparse de ello.

Deberías ir. Ayudará a que te distraigas.

Mientras tanto, yo iré a hablar con Ryan.

—Cabecea hacia la silueta del exterior, que acaba de lanzar otra piedra al lago—. El muchacho está hundido en la miseria.

—Y tanto que lo está, ¿verdad? Lo he visto discutir con Becky hace un rato. Creo que la pobre está harta de que no deje de hablar de Fiona.

—Eso es lo que pasa con los lobos. Somos muy territoriales.

Y nos podemos obsesionar con obtener lo que deseamos.

—Me acaricia la frente con los labios. Yo me pongo de puntillas y le doy un beso en la boca.

El lobo destella en su mirada y sonríe antes de darme una palmadita en el trasero—.

Venga, ve, antes de que se me ocurra otra forma de pasar nuestro tiempo.

Al llegar a las cocinas de Lowfell, lo último que espero ver es a Elsie persiguiendo una langosta por el suelo embaldosado de la pequeña habitación en penumbra mientras Alfie corre entre gritos.

Su tez, enmarcada por algunos mechones oscuros que se han escapado de su trenza, ahora pegados a sus mejillas, ha adoptado una tonalidad roja y brillante.

Salto a un lado para esquivarla cuando se lanza sobre la criatura, con la que forcejea antes de encestarla en un enorme canasto de mimbre justo cuando otro crustáceo emerge al otro lado de la habitación y trepa hasta la encimera.

—¡Ay, coño! —se lamenta.

—¡Coño! —ruge Alfie, que se echa hacia atrás de un salto y se estrella contra la mesa, de manera que tira sin querer un cuenco lleno de patatas.

—¡Cierra el pico y no digas palabrotas!

Ella atrapa la langosta a la fuga, la mete en el canasto y le ordena a Alfie que recoja las patatas que se han caído. Yo me agacho, cojo una y se la paso. La atrapa con un gemido. Me levanto y me sacudo las manos, ahora sucias, en mi falda marrón.

—¿Qué diantres es esto? —pregunto.

—Gracias a Ghealach que estás aquí. —Elsie se apoya en la encimera y, con un resoplido, se aparta un mechón de pelo de la cara.

A pesar del calor que hace debido a la inmensa chimenea de piedra y el enorme caldero que cuelga en ella lleno de agua hirviendo, Elsie viste un vestido gris de manga larga que oculta los tatuajes del Dios de la Noche que adornan su muñeca—.

Blake quería organizar un banquete para esta noche.

No sé de quién fue la brillante idea de traer seis langostas vivas del mercado.

De Arran, seguramente. Es un cachondo. Aun así, quedarán deliciosas cuando las prepare.

—Elsie arruga el entrecejo al ver mi sonrisa flaquear—.

¿Qué pasa? No me digas que no te gusta la langosta.

Me muerdo la mejilla y me acerco a la chimenea para echarle un vistazo al contenido de la olla.

—Una vez… Es solo que… Bueno, en una ocasión mi hermano me contó cómo se cocinan.

Tenía diez años y estaba sentada a la mesa del comedor familiar de palacio, con mi madre y mi padre en sendos extremos.

Ella cumplía años (una de las últimas veces que lo haría) y, aunque unas sombras oscuras cercaban sus ojos, se esforzaba por reunir el ánimo suficiente como para actuar alegre.

Mi padre no se molestó en abrir conversación, por lo que no pasó mucho tiempo hasta que el silencio quedó quebrado únicamente por el chasquido y el crujido que se oyeron cuando arrancó las pinzas de la criatura que tenía en su plato y golpeó su caparazón con un martillito.

Yo misma disfruté de despiezar la langosta.

Lo hice con ayuda de un cascanueces con el que le arranqué las patas y de un pequeño tenedor con el que extraje la carne tierna.

Preferí eso a dejar que el personal de la cocina lo dispusiera todo, como era costumbre.

Hasta que mi hermano, Philip, se inclinó hacia mí con esa ácida peste a vino en su aliento.

—Me dijo que habían tenido que meterlas en una olla de agua fría mientras aún estaban vivas y después calentar el agua poco a poco.

Para cuando se dieron cuenta de que hervía, ya era demasiado tarde.

Me dijo que subían unas encima de otras para intentar escapar, pero que no lo conseguían por mucho que lo intentaran.

Me lo contó para disgustarme; no soportaba que disfrutara de nada, pero la historia se me quedó grabada.

—Se me hace un nudo en la garganta—. He pensado mucho en ello desde que llegué a las Tierras del Norte.

En esas langostas. En lo ignorantes que permanecían mientras les arrebataban la vida, tan despacio que ni siquiera se daban cuenta de que estaban atrapadas.

No luchaban hasta que ya era demasiado tarde. Se dejaban matar.

Me giro. Elsie me mira fijamente. Me arden las mejillas y de inmediato me arrepiento de haber abierto la boca. Vuelvo la mirada hacia una ventana estrecha y, en el exterior, atisbo un frondoso jardín amurallado.

—Tú saliste, Aurora —señala ella con suavidad—. Escapaste.

—Mi madre no. —Miro a Alfie, que está sentado a la mesa, jugando con un par de patatas—.

Tu amiga tampoco. A veces me pregunto si yo escaparé de verdad.

—Pienso en James, en el mordisco y en el hecho de que, un día, Blake tratará de matar a Callum para convertirse en rey—.

Otras veces me pregunto si, cuando salí de esa olla, acabé cayendo directamente al fuego.

Elsie exhala. Con fuerza. Chasquea la lengua y golpea la encimera con la mano.

—¡Coño!

—¡Coño! —imita Alfie.

Abro mucho los ojos.

—¿Qué pasa?

—Ya no podemos comernos a los bichos estos, ¿verdad? —Elsie coge el enorme canasto, empujando una serie de pinzas que sobresalen por el borde, y se dirige a la puerta a paso firme—. Andando.

—¿Adónde vas?

—¡A liberar a las langostas!

—¿Qué dices?

—Las llevaremos al lago. ¡Vamos!

No puedo evitar soltar una tenue carcajada mientras Alfie chilla entusiasmado y se apresura tras ella.

—¡A liberar a las langostas! —vocifera.

—No podemos hacer eso —replico yo.

—Claro que podemos.

—¿Y qué haremos de cena?

Ella pone cara de circunstancias y después mira las patatas embarradas esparcidas sobre la mesa.

—¿Patatas? Yo qué sé. Ya se nos ocurrirá algo. Vamos. Deprisa. ¡Antes de que los hombres nos descubran!

Sale por la puerta con Alfie pisándole los talones. Yo, sin poder reprimir una sonrisa, me apresuro tras ella.