Capítulo 20
M e quedo boquiabierta.
—¿Casarnos? Callum, no estaba… Yo no… Solo… —Soy incapaz de sacar una frase adelante—. No es que fuera broma como tal, pero…
—Sé lo que pretendes, princesa. —El débil resplandor del fuego danza en el contorno firme de su mandíbula—. Intentabas manipularme. Deberías haber sabido que no iba a funcionar. Si deseas hablar en serio de esto, hablemos. —Deposita un beso en mi pierna—. Cásate conmigo.
—No hablas en serio.
—Sí hablo en serio.
—¿De qué va este juego?
Deja escapar una risa.
—Yo no juego a nada, princesa.
—Me estás… ¿Me estás pidiendo matrimonio?
Él recorre mi pantorrilla con la mano. Hay un matiz travieso en el rictus de sus labios.
—Estoy de rodillas, ¿o no?
—No es asunto de broma, Callum.
—Lo sé. Quiero casarme contigo.
—¿Por sexo?
Sonríe.
—Es una de las razones, correcto.
Una oscuridad se propaga por mis venas.
—¿Buscas una alianza política? ¿Con mi padre?
—No. —Me mordisquea el muslo—. De hecho, creo que no le haría ninguna gracia saber que un lobo salvaje como yo desea desposar a su hija.
—¿Pretendes enviar un mensaje a las Tierras del Sur al casarte con su princesa?
—No. —Vuelve a sonreír—. Quiero que seas mi esposa.
Le tomo el rostro entre las manos. Tiene la piel caliente y su barba incipiente me pica en las palmas.
Lo dice de verdad. Hace unos meses, la idea de casarme con alguien como Callum me habría parecido una locura propia de mis sueños más atrevidos.
Aún lo es. Sin embargo, siento que algo… no es como debería ser. Estoy… dudosa.
—¿Tu esposa?
—Sí.
—Quieres que sea tuya.
Una sombra cruza su rostro.
—Sí.
Los músculos se me ponen rígidos. Es una cuestión de propiedad. Los troncos se convierten en ceniza en el interior de la chimenea ardiente. Me pregunto si en eso consiste el amor una vez que lo desnudas: en personas que ansían poseer a las demás.
Él traga saliva, como si adivinara la deriva de mis pensamientos. Me coge el mentón.
—Soy un lobo, un alfa, y hay ciertas cosas con las que tengo que lidiar en este momento.
No quiero sentirme así, pero mi hermano te ha marcado.
Blake… —Se le acentúa un músculo en la mandíbula—.
Blake se ha vinculado a ti y te reclama como parte de su clan.
Así que sí, quiero que seas mi esposa. Mía.
—Callum…
—Pero hay más. Yo también quiero ser tuyo.
Quiero ser tu esposo. Tu igual. Quiero que estés a mi lado, retándome, apoyándome.
Quiero una familia contigo y proveerte de lo que necesites.
—Me toma la mano y me pasa los labios por los nudillos—.
No tienes que acceder. Puedes casarte conmigo mañana; cabalgaremos hacia Roca del Alba y le pediremos a la sacerdotisa que lo oficie.
O podemos casarnos dentro de diez años. Podemos no casarnos, así, en general, si no quieres.
Aun así, yo seguiré ahí, a tu lado, esforzándome por impresionarte hasta que mi alma se vaya a dormir con Ghealach y las estrellas. Piénsatelo, ¿vale?
Tengo la boca seca, los ojos húmedos. Asiento y le aprieto la mano.
—Lo pensaré.
Él esboza una amplia e inequívoca sonrisa. Después se roza el labio inferior con los dientes. Ladea la cabeza, como si estuviera tomando una decisión. Un brillo travieso se enciende en sus pupilas. Conozco esta expresión. Alzo la comisura de los labios.
—¿Y esa cara? —inquiero.
—A lo mejor podría darte un adelanto de tu vida de casada, para ayudarte a decidirte. —En un ágil movimiento, me coge por los muslos y coloca mis rodillas sobre sus hombros—. Solo un poco…
Yo ahogo una exclamación mientras él tira de mi cuerpo sobre el sillón.
—¡Callum!
Él aparta mi ropa interior.
—¿Qué?
—Creía que era imposible manipularte. —Mi voz, entrecortada, no suena como si fuera mía—. Pero parece que estás haciendo precisamente lo que quiero que hagas.
Despacio, rozando la tortura, arrastra la lengua por mi apertura. Mis manos recalan en su pelo y mis dedos se enredan en él para atraerlo hacia mí.
—¿Quién dice que no soy yo el que te está manipulando a ti ? —Sus labios relucen a la luz del fuego.
Yo echo la cabeza hacia atrás mientras él se da un festín conmigo, como si fuera su plato favorito.
Sorbe, acaricia y lame como si fuera una bestia desatada.
Invoca ruidos en mi garganta que nunca antes había hecho.
Aprieto los muslos alrededor de su cabeza y cabalgo en su cara, sacudiendo mis caderas hasta que no soy más que líquido caliente y viento que aúlla en las montañas.
En algún lugar entre los valles silvestres y los arroyos impetuosos que pasan por debajo de mí, veo lo que ha querido decir. Ahora mismo haría cualquier cosa que me pidiera. Si ser de su propiedad implica más de esto, entonces podría darle todo lo que soy.
Todos y cada uno de mis pensamientos me abandonan para dejarme a solas con una única sensación, este placer que me inunda y me sumerge en un gozo interminable. Apenas oigo esa vocecilla en lo más profundo de mi ser, oscura, primitiva y un poco irritada.
Ojos salvajes. Ambarinos.
Un gruñido grave.
«No eres propiedad de nadie».
Parpadeo. Me encuentro en el palacio de mi padre, en la sala de baile.
Estoy sentada en una de las muchas mesas que hay dispuestas en la pista, oculta tras una de las columnas de piedra que soportan el techo abovedado.
La gente, ataviada con sus mejores galas, baila sobre las baldosas cuadriculadas bajo una luna creciente que brilla a través de la ventana con forma de sol sobre el trono de mi padre.
Mi hermano Philip está junto a uno de los ventanales arqueados, rodeado de hombres que le doran la píldora y mujeres que hacen lo mismo.
Echa la cabeza hacia atrás entre risas. Se le derrama un poco de vino de la copa.
La inquietud repta por mis huesos como si fuera una serpiente. Las notas del cuarteto de cuerda están algo desafinadas. Los movimientos de la multitud carecen de sincronía. El aroma a licor y sudor impregna el ambiente. Resulta asfixiante.
Hay un hombre sentado a mi lado. Se inclina hacia mí.
Demasiado. La suya es una complexión musculosa y tiene el cabello negro rapado.
Está borracho. Muy borracho. Su aliento amargo asedia mi mejilla y, mientras parlotea acerca de la gloria con que pretende colmar al reino, me pone una mano en el muslo.
Yo me tenso. Conozco esta historia. Sé que, la última vez que visitó el palacio, vieron a una de mis damas de compañía llorando a la mañana siguiente.
Que me tocara cualquier otra noche le valdría una ejecución.
Pero la bebida, o quizá el hecho de estar envueltos en sombras, lo ha vuelto osado.
Mi padre quiere que hable con él, que lo ablande.
Así que, aunque soy presa de un escalofrío, relajo mi postura y me inclino para coger la jarra y rellenar su cáliz con más vino.
—Estás siendo demasiado audaz, Alexander. —Mis palabras son atrevidas, pero fuerzo una sonrisa tímida en mis labios.
—Creo que te gusta, tesoro —murmura con ese acento de las Tierras Fronterizas que tiene—. Necesitas a alguien audaz. Un poco salvaje. No como esos sureños estirados, con sus ropas opulentas y sedosas.
Hago un gesto con la cabeza en dirección a su abrigo negro brocado con anclas y motivos florales.
—Dices eso y, sin embargo, tu abrigo es uno de los mejores que he visto.
—Se luciría todavía más en el suelo de tus aposentos, apilado junto al resto de tu ropa.
—Se supone que solo mi esposo debería decirme cosas así.
—Juega bien tus cartas y ese podría ser yo.
—Mi padre nunca accedería. —Finjo tristeza—. Hará que me case con un lord o un príncipe. Alguien que fortalezca el reino.
Él le da un sorbo a la bebida antes de acercarme los labios a la oreja.
—Que le den a tu padre. —Se me acelera el corazón—. ¿Eso te pone nerviosa? Joder, qué bien hueles.
Me obligo a no apartarme, aunque aprovecho mi estremecimiento para alejarme un poco.
—¿No te cae bien mi padre?
—¿Y a quién sí? Menudo mamonazo miserable.
—Cuando vuelve a dar un trago, derrama un poco de vino sobre la mesa—.
Deberías hacer lo que digo yo, no él. En cuanto le arrebate las Tierras Fronterizas al imbécil de mi hermano, dirigiré al ejército fronterizo al sur, clavaré la cabeza de tu padre en una pica y te tomaré yo mismo. ¿Qué te parece?
«Me parece que acabas de firmar tu sentencia de muerte, Alexander».
Me obligo a sonreír.
—Un plan la mar de interesante.
Algo se rebela en mis entrañas cuando veo que se inclina aún más hacia mí.
Me duelen los dedos. Temo que de ellos broten garras con las que arrancarle los ojos.
Abre la boca con las pupilas brillando, hambrientas.
Yo inspiro con brusquedad. Una daga surge de su garganta.
La retiran y él se desploma hacia delante, sobre la mesa.
La jarra de vino se vuelca, derramando su contenido por el suelo.
Blake está detrás de él. Los músculos de su antebrazo se flexionan al envainar la daga.
La luz de la luna se refleja en el fulgor de sus ojos e ilumina el hoyuelo de su mejilla.
Tiene el pelo negro alborotado y lleva una camisa oscura bastante holgada cuyos botones solo están abrochados hasta la mitad, como si hubiera estado tumbado en la cama.
Esto no puede estar pasando. No está pasando. No ha pasado.
La música enmudece. La gente se disuelve en las sombras. Una nube opaca la luna creciente que resplandece sobre el trono.
Mi miedo y mi inquietud se disipan. Esto no es real. No soy una chica de catorce años acosada por un hombre que casi le dobla la edad. Es un sueño. Un recuerdo. Nada más.
Aprieto los labios. No es algo de lo que Blake debería tener constancia.
Me enderezo en mi asiento.
—Hola, pequeña liebre. —Blake curva los labios en una sonrisa maliciosa—. Has estado guardando algún que otro secreto, ¿no?