El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

—Ha habido unas cuantas muertes misteriosas en algunas aldeas de su territorio y han visto a gente entrando en uno de los templos del Dios de la Noche, no muy lejos de Highfell.

Cree que los Acólitos del Dios de la Noche se están alzando de nuevo.

Hablan de alguien llamado el príncipe de la noche.

Ahora mismo ya tenemos bastante con Lochlan y James como para preocuparnos por más.

—¿Y qué más? ¿Pasa algo?

Él se muerde la mejilla y se apoya en uno de los postes de la cama.

—Dímelo tú.

—¿A qué te refieres?

—A… —Se pasa una mano por la cara—. No sé. A nada, probablemente.

El silencio reina en la estancia a excepción del crepitar del fuego y el sonido distante de las gaitas en el Gran Salón.

—Callum, ¿crees que soy una damisela?

Él frunce el ceño.

—¿Qué?

—Una damisela en apuros. Una chica débil que necesita que la salven.

—¿Solo porque voy a hablar con Lochlan respecto a un lobo de su clan que no pretende nada bueno?

—No. —Sé que sueno petulante, pero…—. ¿Crees que soy tu igual?

Arruga el entrecejo.

—Sí. ¿Por qué?

—En una ocasión dijiste que querías estar con una mujer que fuera tu igual.

—Y así es. —Ladea la cabeza.

—Sin embargo, sientes la necesidad de protegerme constantemente.

—Eres muy menuda. —Al ver que no le devuelvo la sonrisa, exhala un suspiro—. Me dijiste que no querías que me reprimiera ni que reprimiera mis instintos de lobo cuando estuviera cerca de ti. Soy un alfa y tú eres mi mujer, y sí, quiero protegerte. ¿Cuál es el problema?

—Podría ayudar a Lochlan con Alexander, ¿sabes?

—No te pondré en peligro.

Me giro hacia las llamas que se sacuden en la chimenea.

—Claire es una alfa. Si estuvierais juntos, no tendrías que protegerla, ¿verdad? —Me arrepiento de haberlo dicho nada más las palabras salen de mi boca. Sueno débil. Tonta.

El silencio se propaga entre nosotros. Ojalá él lo rompiera.

Necesito que diga algo. Lo que sea. Se oye un golpe seco y el crujido de unos pasos en el suelo entarimado.

Callum se agacha frente a mi asiento y me separa las rodillas para ocupar el hueco que dejan.

No tengo claro qué es lo que espero al volverme hacia él.

Irritación, tal vez, o incluso confusión.

Desde luego, no la amplia sonrisa que resplandece en su rostro.

Cómo odio lo cerca que está de contagiármela.

—¿Y esa sonrisa? —pregunto.

—Así que de eso va la cosa.

—¿De qué?

Desliza las manos por mis piernas, retirando las faldas de mi vestido. Me mordisquea la cara interior del muslo.

—Joder, cómo me gusta que estés celosa.

Se me entrecorta la respiración.

—No estoy celosa.

Me besa la pierna y su barba incipiente me roza la piel sensible.

—Ya lo creo que sí. —Sus manos suben y bajan por mis pantorrillas, lo que deja una estela de calor a su paso—. A lo mejor no soy el único lobo territorial que hay por aquí.

—Le pediste que se casara contigo.

Él me mira.

—No fue así.

Le tomo el rostro entre las manos para impedir que siga distrayéndome.

—¿Y cómo fue?

—Tenía dieciocho años. Mi madre acababa de desaparecer.

Mi padre estaba dolido. Mi hermano se mostraba distante y distraído.

Y yo estaba lejos de casa. —Sacude la cabeza—.

Supongo que buscaba un propósito. Claire y James no parecían contentos con el arreglo y yo me ofrecí a ocupar el lugar de él.

Quería demostrarle a mi padre que podía hacer algo de valor.

Demostrárselo a mi pueblo. No era romántico.

—Al parecer, Claire piensa que lo hiciste para ahorrarle un futuro de desdicha.

—Supongo que influyó en mi decisión, correcto. ¿Me convierte eso en un monstruo?

—No —digo con un resoplido—. Te convierte en un buen hombre, un buen lobo. Alguien capaz de salvar a cualquier mujer que lo necesite sin importar de quién se trate. Como me salvaste a mí.

Frunce el ceño.

—¿No querías que te rescatara?

—Claro que sí. Y me alegra que me trajeras aquí.

—Ah, entonces, lo que te molesta no es que te proteja a ti —señala—, sino que proteja a otras. ¿Es eso?

—No. Tampoco es eso.

Suspiro. No lo entiende. ¿Cómo iba a entenderlo? Callum es como una montaña: sólido y fuerte.

—¿Entonces? —Su mirada trata de comprender, como si quisiera resolver un rompecabezas.

Me muerdo el labio inferior. No estoy acostumbrada a hablar de mis sentimientos.

No tengo muy claro cómo explicarle que, de algún modo, a veces, me hace sentir débil.

No como mi padre, debido a su control, a su condescendencia y a su desprecio si se me ocurría mostrar alguna emoción, sino por lo cuidadoso que es conmigo.

En ocasiones me pregunto si es esa debilidad lo que lo atrajo de mí en primer lugar, porque ya no quiero seguir siendo débil. Quiero ser igual a los lobos de este reino. Quiero ser su igual.

—Tienes mucha… consideración conmigo —digo finalmente.

—No entiendo. —Tuerce más el gesto—. ¿Preferirías que fuera duro? ¿Cruel?

—No, por supuesto que no. —Le acaricio la mejilla con el pulgar—.

Toda mi vida me han educado para que suprima mis emociones y opiniones.

Y toda mi vida he sentido que un grito se estaba fraguando en mi pecho, uno que no podría soltar jamás.

A veces me preocupa que te contengas mucho cuando estás conmigo porque no crees que sea capaz de lidiar con tu verdadero ser.

Él se aparta un poco, lo que hace que me alarme de inmediato, por si lo he ofendido.

—Mi padre no suprimía sus emociones. Era duro y cruel y trataba a mi madre de pena. Así que a veces me reprimo porque no quiero convertirme en lo que era él. Y, correcto, soy considerado contigo porque eres muy valiosa para mí. ¿Tan malo es?

—Supongo que no. No lo sé. Todo esto es nuevo.

—Para mí también.

—¿Sí?

—Lo creas o no, nunca antes había cortejado a una bella princesita de las Tierras del Sur con fuego en el alma que hace que me desespere día sí y día también.

Entorno los ojos.

—¿Pero has cortejado a otras?

Esboza una sonrisa tenue en la que no hay arrepentimiento.

—Así es.

Los celos se apoderan de mí. Tienen espinas que me rasgan por dentro. Me duelen los caninos y me asalta el impulso de morder algo, a Callum. El gruñido grave que emite revela que lo siente.

—Joder —masculla, hundiendo sus labios en mi pierna una vez más—. Esos celos tuyos hacen que te quiera hacer cosas muy malas.

A pesar de mi mal humor, mis labios se curvan hacia arriba.

—Pues hazlas.

La calidez de su aliento me roza allí donde me gustaría que lo hiciera su boca.

—Mi lobo está muy cerca de la superficie ahora mismo. ¿Quieres que deje de contenerme contigo? Mejor esperamos a que haya pasado la luna llena y te hayas transformado por primera vez.

Mis celos mutan en irritación y, finalmente, en miedo. No quiero pensar en mi cuerpo quebrándose y transformándose ni en mi mente dejando de pertenecerme. Necesito una distracción.

«Apuesto a que es muy delicado contigo. Le da miedo que te rompas.».

Acabo pensando en lo que haría Blake con tal de satisfacer sus deseos.

—Quizá tengas razón. Quizá, aunque haya pasado la luna llena, no deberíamos… dejarnos guiar por nuestros impulsos.

—¿Cómo? —La palabra me hace cosquillas en la cara interior del muslo.

Apoyo el codo en el reposabrazos y me llevo la mano a los labios para ahogar una sonrisa.

—¿Sabes? Como princesa de las Tierras del Sur, se supone que no debo acostarme con nadie antes del matrimonio. Quizá debería tomarme eso en serio de ahora en adelante. —Veo un destello del lobo en su mirada—. Tal vez no debería volver a acostarme con nadie hasta que esté casada.

—¿Sin sexo antes del matrimonio? ¿Eso es lo que hacéis en el sur? —Pone una cara que casi me arranca una carcajada.

—Sí. ¿Qué te pensabas?

Me muerdo la mejilla, segura de que está a punto de abalanzarse sobre mí, convencida de que he ganado esta partida. Noto su aliento cálido contra mi piel. Al erguirse, sus hombros me rozan los muslos.

—Vale —dice—. Pues casémonos.