Capítulo 18
E l sentido del deber que me inculcaron y que apela a la cortesía que se nos presupone a las damas impide que rechace a Blake en el acto y que le dé una bofetada, igual que hice hace dos noches.
Está tan arraigado en mí que resulta casi instintivo.
Mi cuerpo se bloquea y mi sonrisa permanece intacta.
Para cuando mi mente toma las riendas, Lochlan ya se está haciendo a un lado.
Observa a Blake con atención y en sus ojos creo atisbar una esquirla de calor antes de dedicarme una sonrisa.
—¿Quién soy yo para interponerme entre un alfa y el miembro más reciente de su clan?
Lochlan inclina la cabeza y se abre camino entre los lobos que copan la pista de baile en dirección a una de las mesas. Blake se acerca más. Ahora, envuelta por su fragancia a pino nocturno, me asalta un arrebato de adrenalina que hace que los rostros que hay a mi alrededor se difuminen.
—No pienso bailar contigo —le digo.
—Por lo menos ahora me hablas.
Un sonido feroz aflora en mi garganta, pero me lo trago. Me doy la vuelta. Él me coge del brazo para obligarme a mirarlo. Su rostro está tan cerca del mío que se mezclan nuestras respiraciones.
—¿Qué quieres de mí? —pregunto—. Me traicionaste. Vinculaste nuestras vidas. Me mordiste. Pretendes matar a Callum. ¿No puedes dejarme en paz y punto?
—No. —Arrastra los dientes por su labio inferior—. Soy tu alfa. Queda mal que me rechaces.
—Bien. —No me molesto en señalar que él no es mi alfa. No le daré esa satisfacción.
—¿No quieres saber nada más sobre el vínculo?
Sé que pretende tentarme. Provocarme. Siento el hilo oscuro de su alma en mi interior, envolviendo mis emociones, hostigándome para que reaccione.
«No piques, no piques, no pi…».
—¿Como qué?
—Quieres romperlo, ¿no?
Esboza una lenta sonrisa que conjura unos irritantes hoyuelos en sus mejillas. Me tiene y lo sabe. Extiende la mano en un gesto que tiene un claro significado: «Baila conmigo y averígualo».
Entorno los ojos. Debe de sentir mi fría punzada de ira.
Ni siquiera sé si la dirijo contra él o contra mí misma por estar planteándomelo.
Doblo los dedos a cada lado de mi cuerpo.
Siento el momento en el que cree haber ganado, ya que un brote de triunfo se apodera de mi pecho.
No lo soporto. Aprieto el puño y me encamino hacia la mesa de los alfas.
—Podría obligarte a bailar conmigo, ¿sabes? —Su voz atraviesa el alboroto de los demás con la certeza de una daga. Yo me detengo—. Ah, así que Callum te ha hablado del Àithne.
—Eso solo funcionaría si fueras mi alfa, y no lo eres. —Me obligo a relajar el cuerpo antes de mirarlo. A nuestro alrededor, los lobos se están colocando a ambos lados de la pista, preparados para el próximo baile—. Aun así, no lo usarías conmigo.
—¿Qué te hace estar tan segura?
Me encojo de hombros, aunque, al decir lo siguiente, comprendo que es verdad.
—Vives en un aburrimiento perpetuo, Blake. Juegas con la gente para entretenerte. No hallarías diversión alguna en obligar a alguien a que hiciera algo que no quiere hacer.
—¿Y si ponemos a prueba tu teoría?
El desafío danza en sus ojos, relucientes a la luz de las velas. Alzo el mentón.
—Pues adelante. Usa tu mandato sobre mí. Ordéname que baile contigo, porque ese es el único modo de que lo haga.
Él ladea ligeramente la cabeza. Tal vez esté jugándomela. Me intriga saber si surtirá efecto. Es posible que esto sea algo que use contra Callum en algún momento, así que ya puedo mentalizarme.
Una lenta y peligrosa sonrisa se abre paso por su rostro. Mantiene la mano extendida.
—Baila conmigo.
Yo espero a ver si siento algo, lo que sea, ante su orden. Contengo las ganas de poner los ojos en blanco. Sabía que no tendría ningún poder sobre mí, porque no es mi alfa.
Él suelta una risita.
—Qué pagada de ti misma, pequeña liebre.
Mírame. —Se le dilatan las pupilas y sus iris se tiñen de ámbar.
Se me corta la respiración. Blake no suele sacar su lobo a la superficie.
Este, al asomarse a sus pupilas, transforma su rostro, como si afilara su mandíbula y acentuara sus pómulos.
Ante mí tengo algo salvaje, hermoso y letal—. Dame la mano.
En esta ocasión lo siento por todas partes.
Su esencia me embriaga: su aroma, su calor, una oscura e incontestable dominancia de la que no era consciente hasta ahora.
Siempre me ha parecido peligroso, pero esto…
, este poder … El lobo de sus ojos resplandece, bello, y yo no puedo sino dejarme atrapar por él.
La vehemencia de mi pulso acompaña mi lucha contra esta sensación, pero en lo único en lo que puedo pensar es en el sueño febril que tuve, en el que un conejo estaba atrapado en las fauces de un gran lobo.
Creo que me hizo algo a través del vínculo, pero se me antoja diferente. Como si su orden se hubiera colado por debajo de mi piel como una sombra susurrante que se deshace en persuasivas promesas. Y, cuando alcanza esa pulsión feroz en mi interior, dicha ferocidad se frota contra ello.
Qué fácil sería acceder. Qué fácil sería hacer lo que me dice. Quiero complacerlo. Haría lo que fuera por él. Es mi alfa y quiero…
Cojo esos dedos sombríos que me aferran el alma y los echo a un lado.
El Gran Salón se materializa a mi alrededor, igual que el crepitar del fuego en la chimenea y el aroma a salmón bañado en mantequilla y a vino tinto.
La música de gaita da comienzo. La sensación se disipa en un suspiro y mi primer instinto es enseñar los dientes y gruñirle. El segundo es regodearme.
Finjo estar mareada y pongo mi mano en la suya. Quiero que piense que tiene poder sobre mí para usarlo en su contra más tarde.
Blake me envuelve las manos con los dedos.
Me vibra la piel allá donde me toca. El hilo que nos une parece recibir el eco de esa misma vibración.
Intento disimular mi respiración entrecortada, mi pulso acelerado.
Su reacción es casi invisible, pero su pecho asciende y desciende con más profusión de lo habitual.
Su expresión está demasiado sometida a la cautela, tanto que resulta impasible.
Se esconde, igual que yo. Él también lo nota.
Sus ojos recobran la apariencia normal, aunque brillan como si fueran los de un gato que acabara de dar con un ratón con el que jugar.
—Vaya, qué interesante —dice, y no estoy segura de si se refiere a su capacidad para usar el Àithne conmigo o a lo tirante e incómoda que sentimos nuestra conexión.
Me sostiene la mano como si reclamara un premio y me conduce a la hilera de lobos que hay en la pista de baile. Nos colocamos en un extremo, junto a Ryan y Becky. La sonrisa de aquel se descompone en cuanto ve con quién estoy a punto de bailar.
La danza es prácticamente como la anterior, con la diferencia de que se ejecuta más despacio.
Exige cambios de pareja que la mujer realiza avanzando por la hilera, pero, cada vez que estoy a punto de tomar la mano de otro lobo, Blake ocupa su puesto.
Hasta que, cerca del final de la fila, pone fin a la farsa con la que fingimos que participamos en esto igual que el resto y me atrae hacia él antes de darme una vuelta.
Procuro recordar que me está manipulando. Va a arrebatarme todo lo que tengo, Callum incluido. Debo detenerlo. Debo romper este vínculo.
Los movimientos con los que me traslada por la pista son firmes y gráciles y, no por primera vez, me asalta el pensamiento de que es un buen bailarín.
Me dijo que nació en una aldea como un lobo mestizo que más tarde pasó a formar parte de la Guardia del Rey.
No hay motivo que justifique su habilidad.
—¿Por qué bailas tan bien? —pregunto.
—¿Te digo que tengo información sobre el vínculo y eso es lo que me preguntas?
—Sí.
Él me inclina en un ángulo pronunciado que hace que se me corte la respiración mientras le rodeo el cuello con el brazo.
—¿Por qué quieres saberlo?
—Porque soy la princesa. Mientras que los hombres en palacio se entrenaban para luchar, yo lo hacía para bailar.
Vuelve a enderezarme y su aliento se mezcla con el mío.
—Lo dices como si fuera algo malo. ¿No te gusta bailar?
—Eso da lo mismo.
—Un reino no lo ganan los guerreros. —Él me hace girar y mis faldas revolotean en torno a mis piernas—. Lo ganan hombres bailando y manipulando a otros de puertas adentro.
—Yo no soy un hombre.
—No, pero estoy seguro de que podrías poner a un reino entero de rodillas.
—Eso es a lo que aspiras tú, no yo.
Él se limita a sonreír. Me pregunto si será mentira y quizá sí haya algo dentro de mí que desee destruir y conquistar. Arrebatarle algo a mi padre. Las ascuas de un sentir que no sé identificar arden en las profundidades de mi alma desde que me enteré de lo que mi padre le hizo a mi madre.
—Estás eludiendo la pregunta —señalo—. ¿Cómo aprendiste a bailar?
—¿Qué hay de tus secretos, pequeña liebre? También te siento. Llevo percibiendo algo en tu interior desde antes de que nuestras vidas se ligaran de esta manera.
Que esté diciendo tonterías no es impedimento para que se me acelere la respiración.
—Háblame del vínculo.
—Oblígame.
Se me desata el pulso bajo la agitación de una bestia salvaje enjaulada en mi pecho. Ha dado a entender que, si bailaba con él, me daría esa información. Tendría que haber sabido que era mentira.
—Afirmas que eres mi alfa. Eso me da derecho a desafiarte, ¿no? Podría hacerlo aquí mismo, delante de toda esta gente.
—Por favor, hazlo, pequeña liebre. —Su voz es suave y oscura como una sombra.
—¿No crees que pueda ganar? No puedes herirme sin herirte a ti mismo. Parecerías un idiota.
Me avasalla de nuevo, como para demostrar que tiene el poder y que yo tengo las de perder.
—He soportado mucho dolor en mi vida. Y también lo he causado.
—¿Crees que yo no?
Traslada su mano hasta la parte baja de mi espalda. Sus dedos rozan la zona en la que una de las cicatrices surca mi piel. Me pongo rígida y él me endereza.
—No lo dudo, pero estoy seguro de que tengo bastante más experiencia que tú en materia de tortura.