El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

Y a basta, Lochlan —masculla Callum por lo bajo mientras se levanta para saludar a Claire.

Lo tajante de sus palabras confirma la veracidad de la acusación, como también lo hace la sonrisa burlona que Lochlan intercambia con Blake y la suave risa que se le escapa a Jack. Trato de ser razonable, de contener la oscura sombra de celos que se extiende en mis adentros.

Ya tenía asumido que Callum había estado con otras mujeres antes de mí.

Es fuerte, amable y atractivo. Y, además, es un alfa y un lobo.

Sé que las reglas por las que se rigen los nobles en las Tierras del Sur acerca de esperar al matrimonio antes de compartir intimidad física no se aplican aquí.

Aunque la forma que tenía mi hermano de escaparse a las tabernas de los muelles me inspira cierto escepticismo respecto a que los nobles sureños respeten dichas normas.

La idea de que Callum quisiera acostarse con la mujer que ahora camina confiada hacia nosotros sigue helándome la sangre.

Es perfecta y hay algo en su ser que grita dominancia; la firmeza de su temple, quizá. Callum me dijo en una ocasión que le gustaría estar con una mujer que fuera su igual, y en ella veo cumplida esa condición.

Destierro mis pensamientos negativos. Hay cosas más acuciantes de las que preocuparse.

Como, por ejemplo, la razón por la que está aquí, cuando es probable que su lealtad siga estando con James.

También me asalta una leve punzada de irritación.

No puedo evitar preguntarme cuándo tuvo lugar el intento de Callum de acostarse con ella.

¿Ocurrió mientras ella estaba con James?

De ser así, explicaría por qué fue tan fácil convencer a James de que pidiera mi mano en matrimonio.

Pero, aunque creo que Callum es más honorable que eso, no puedo evitar preguntarme si parte del desprecio que se profesan los dos hermanos provendrá de esta fémina que se ha detenido frente a la mesa.

¿Acaso soy la segunda mujer por la que se pelean?

—Claire. —En el tono amable de Callum subyace una nota de cautela—. No esperaba verte aquí. He oído que te has convertido en una alfa. Enhorabuena.

Alzo las cejas. No sabía que pudiera haber alfas femeninas.

Claire inclina la cabeza.

—Y yo he oído que intentas convertirte en rey.

Callum la mira circunspecto, como si aún no hubiera decidido si es una amenaza o no.

—¿Es James quien te envía?

—James no tiene ninguna autoridad para enviarme a ningún sitio. No es mi rey. —Esboza una sonrisa que no termina de llegar a los ojos—. Iba de camino a Madadh-allaidh para ver si podía negociar una alianza con él.

Callum arruga el entrecejo.

—¿Una alianza? Tu clan siempre ha ido por libre. ¿Por qué ahora?

—Están sucediendo ciertas… cosas en el norte. —Una sombra cruza su semblante—. Quiero trasladar a mi gente al sur.

Callum tuerce el gesto.

—¿Y por qué te has parado aquí?

Ella se encoge de hombros con una tímida sonrisa.

—No me pareció mal pararme a ver si tienes algo que decirme al respecto.

—¿Cómo sé que no estás aquí para informar a James después?

—No me gustan los jueguecitos, Callum.

—Ah, ¿no? —Él suelta una tétrica y lacónica carcajada—. No sé yo si eso es verdad.

Los ojos castaños de la joven refulgen a la luz de las velas.

—Fue hace mucho tiempo.

Claire destila precaución al fijar su atención en el alfa de cabello negro de Lowfell.

Dos hoyuelos han aparecido en las mejillas de Blake, pero sus ojos permanecen fríos.

—Bienvenida a Lowfell. Por favor, únete a nosotros.

Su mirada se detiene en mí. Tiene pinta de estar evaluándome, midiendo mis capacidades, y yo hago lo mismo. Finalmente, el fantasma de una sonrisa asoma a sus labios.

—Es agradable ver a otra mujer aquí sentada. Aunque seas sureña . —Se vuelve hacia Callum—. Tenemos que hablar. A solas.

Él inclina la cabeza.

—Sí. Luego.

Ella toma asiento junto a Jack, que sonríe y empieza una conversación con ella. Callum se deja caer en su asiento y la música reanuda su sinfonía. Me da un apretón en el muslo por debajo de la mesa, como si fuera consciente de cuáles son las preguntas que se amontonan en mi mirada.

— Luego —repite en voz baja.

Una vez agotados los manjares, la melodía de las gaitas gana fuerza y desenfreno, de manera que los lobos bailan descontrolados en el centro del salón.

Sus violentos movimientos al girar unos sobre otros son el fiel reflejo de la tormenta que se desata en mi pecho cuando veo a Callum y Claire abandonar la estancia para hablar en privado.

Quiero que mi sangre deje de recorrerme las venas con tanta vertiginosidad y quiero que mi mente se apacigüe.

Me pregunto si es la loba que habita en mi interior la responsable de que me sienta así.

No me gusta que estén juntos y a solas. La parte humana de mí se siente incómoda y disgustada al verse apartada una vez más mientras se discuten cosas importantes.

Trago saliva para reprimir las emociones. Debo mantener la calma. Es crucial que Callum averigüe qué está haciendo Claire aquí.

—¿Te gustaría bailar? —Una voz masculina de las Tierras del Norte me sobresalta.

Lochlan está delante de la mesa, con la mano extendida en una pose elegante. Sus ojos brillan divertidos. No tengo muy claro qué pensar de él. En parte, porque parece simpatizar más con Blake que con Callum.

Me levanto.

—Por supuesto, aunque tendrás que enseñarme los pasos.

—¿Tu gente no te enseñó nada de las danzas lobunas? —pregunta Lochlan con un deje que me permite percibir un ligero desafío, la pulla de que este no es mi lugar.

—Hay muchas cosas que mi gente desconoce de los lobos —admito con cuidado mientras rodeo la mesa para unirme a él—. Al fin y al cabo, estamos en guerra, pero he aprendido mucho desde que llegué aquí.

—No estamos en guerra con tu gente —puntualiza Lochlan al tiempo que le doy la mano.

Frunzo el ceño y me dejo guiar a la pista de baile—.

Lo estuvimos en el pasado, cierto. Hace muchos siglos, cuando invadieron Glas-Cladach con sus grandes navíos y arrasaron nuestras aldeas.

Una vez alcanzada la paz, no fueron pocos los que se quedaron a vivir con nosotros.

—Esboza una sonrisa en respuesta a mi perplejidad—.

Ah, crees que estoy hablando de los sureños.

No, no, me refiero a tu auténtica gente: los lobos de las Tierras Nevadas.

—Se me acelera el corazón ante la mención de la tierra natal de mi madre—.

A numerosos miembros de mi clan les entristeció la noticia de su muerte.

Los lobos a mi alrededor se convierten en pinceladas difuminadas que forman dos líneas, mirándose unos a otros, preparados para el próximo baile.

—¿La conocían?

—La juventud olvida la sangre de las Tierras Nevadas que les corre por las venas. Los mayores rezaron por su seguridad cuando tu padre la desposó.

Las charlas casuales, el tintineo de las copas, el crepitar del hogar…, todo se desvanece en mis oídos.

—¿De verdad era una loba?

—No eran muchos los que estaban al tanto de su verdadera identidad, por supuesto, ni siquiera aquí, en las Tierras del Norte.

En Glas-Cladach lo sospechábamos. Muchos tenían la esperanza de que derrocara a tu padre algún día e iniciara una nueva era para los lobos.

Al final, no fue así. —Clava sus ojos en mí—.

Aunque, quizá, no sea un caso del todo perdido.

Mi mente ha entrado en espiral al recibir toda esta información, una espiral que se ve interrumpida por la música, tan estridente que apenas oigo mis propios pensamientos.

—Mañana por la mañana, reúnete conmigo en el lago. De momento… —Lochlan, sonriente, se acerca más a mí—, bailemos.

No tardo en cogerle el truco a la danza gracias a la orientación de Lochlan.

Es un baile animado que requiere de muchos giros de brazos con el lobo más cercano antes de hacerlo recorrer toda la pista.

Empiezo a prescindir de mis inhibiciones y pronto se apodera de mí la risa.

En las Tierras del Sur, siempre me sentía coartada al bailar en palacio, como una marioneta que tuviera que ejecutar cada paso a la perfección.

Esta danza da alas a una actitud más indómita, como si su fin fuera disfrutar en vez de realizarla correctamente.

De vez en cuando, noto el peso de la mirada de Blake en mi piel. Procuro ignorarla.

Lochlan me cuenta cosas acerca de su territorio cada vez que entrelazamos los brazos: se encuentra junto al mar y cuenta con el segundo mayor ejército de las Tierras del Norte.

Muchos lobos realizan peregrinaciones hasta sus acantilados.

Al parecer, se dice que Ghealach fue de visita en una ocasión, por lo que ahora hay una vasta cosecha de flor de luna que crece en el lugar para ofrecer pequeños atisbos de su poder a quienes se animen a dejarse embriagar por su fragancia.

Cuando la pieza toca a su fin y el gaitero junto a las puertas solicita peticiones, Lochlan me ofrece su mano. Blake se coloca a su lado.

Se me acelera el pulso; el cuerpo se me tensa por instinto.

Contengo mis emociones y las meto en una jaula que hay en mi pecho, ansiosa por protegerlas de él, que mantiene una postura erguida bajo su túnica oscura.

Tiene una expresión deliberadamente impasible.

Al cruzar su mirada con la mía, la comisura de sus labios se curva un poco.

—¿Os importa si tomo el relevo? —pregunta.