Capítulo 16
L os lobos tienen algo así como una fijación oral. —La voz de Callum es áspera como la arena.
—¿Una… qué?
El fuego acaba de prenderse. Proyecta su resplandor en el perfil del rostro de Callum y convierte su tez en bronce.
—Es un problema cuando somos cachorros y se vuelve peor en la adolescencia.
De adultos se convierte más en algo sexual.
—Se me encienden las mejillas. Callum me acaricia con los nudillos una de ellas.
Acerca los labios a mi oído, de manera que la calidez de su aliento me acaricia la piel—. A los lobos nos gusta morder.
El calor de mi rostro trasciende al resto de mi cuerpo. Desciende. No entiendo por qué dicha idea despierta esta reacción en mí. Me coge de las manos.
—Cuando tuviste fiebre, Blake me dijo que, antes de las primeras transformaciones, los cambios por los que pasa un lobo mestizo son equivalentes a los de un lobo de pura cepa en la adolescencia.
—Su expresión se torna sombría—. Tus cutículas…
Has estado mordisqueándote tu propia piel.
Debería haber cuidado de ti. Debería haberte ofrecido un vicio alternativo a ese.
Lo siento, princesa, me había olvidado de lo que es eso.
Arrugo la frente en un intento por dotar de sentido a sus palabras.
—Yo… Callum…, ¡yo no quiero morderte !
—¿No? —Afuera, el viento ruge contra las ventanas. Su suave y arrullador cántico se propaga por las montañas—. Yo creo que sí, princesa.
Me pasa la yema del pulgar por los labios. Con delicadeza, fuerza la entrada en mi boca y el sabor de la sal y el calor inunda mi paladar mientras él presiona contra mi lengua.
Un ardor despierta entre mis piernas. Lo que se está fraguando en mi interior es tan intenso que me da la impresión de que voy a entrar en erupción. Se me escapa un gemido ahogado, como si algo salvaje dentro de mí ansiara escapar.
«Muerde».
El lobo reluce en la mirada de Callum, que no deja de observarme.
Lo único que puedo hacer con la extraña reacción que me provoca es tratar de reprimirla.
Él se acerca más y desliza el pulgar más al fondo.
Debería apartarlo de un empujón. O yo debería quitarme.
No debería verme en esta situación, en la que peleo con todas mis fuerzas contra la necesidad de hincarle los dientes.
Se me acelera la respiración. El sudor me perla la frente. El calor palpita entre mis muslos y Callum ensancha las fosas nasales.
—¿No? Muy bien. —Con un gruñido apagado, retira el pulgar—.
No he estado tan atento como debería —dice con la voz ronca—.
Es un acto primario. Me preocupa no saber controlarme.
La fiebre… —dice, sacudiendo la cabeza— me quita el sueño, pero, si me necesitas, ven.
—Me toma la barbilla con el pulgar y el índice—. Basta de morderte a ti misma, ¿vale?
Entrada ya la tarde, el aguacero golpea los muros del castillo. A la luz de las antorchas titilantes, Callum y yo nos dirigimos al banquete. Yo llevo mi vestido nuevo. Es azul con mangas largas. Pillo a Callum intentando no mirarme el escote.
Al llegar a las puertas del Gran Salón percibimos el alboroto al otro lado: voces estridentes, el tintineo de la vajilla y música. Nos detenemos junto a un gaitero que casi me deja sorda con su instrumento.
El lugar está abarrotado. Ni siquiera logro atisbar la mesa de los alfas al fondo.
Blake debe de haber invitado a los aldeanos, porque muchos lucen el tartán negro y gris de Lowfell.
Creo que también hay más gente de Glas-Cladach que debe de haber viajado hasta aquí para las celebraciones.
Sus vestidos y kilts están mojados por la lluvia; el ambiente resulta cálido y húmedo.
—¿Lista? —pregunta Callum, entrelazando sus dedos con los míos.
Yo asiento. Me golpeo los hombros contra los brazos de los invitados al pasar entre la multitud.
Callum saluda a otros lobos con una voz potente y acogedora.
Un chillido nos obliga a ponernos rígidos a los dos, pero no tardamos en romper en una carcajada, en cuanto nos percatamos de que el origen del ruido no es otro que el pequeño Alfie, al que un claramente disgustado Arran le confisca una copa de vino.
Elsie, a su lado, se la arrebata a él de inmediato y después repara en mí con una sonrisa.
—Qué encantadora estás esta noche, Aurora —dice Lochlan en cuanto llegamos a la mesa de los alfas. Al reclinarse en su asiento, se le mueve el cuello de la camisa y la luz de una vela danza sobre el comienzo de un tatuaje que tiene en la clavícula.
Yo le devuelvo la sonrisa.
—Gracias.
Blake está al otro lado de Lochlan, charlando con Jack, pero desvía la mirada. Callum se tensa a mi lado. Nos acomodamos junto a Lochlan.
La tensión entre Blake y Callum es más que palpable. Ninguno de los dos ha reconocido abiertamente la presencia del otro, pero Callum tiene los bíceps hinchados contra la camisa y Blake crispa los dedos junto al cuchillo de la mantequilla.
Ambos se relajan en cuanto llega la comida: enormes platos repletos de salmón que deben de haber pescado en el lago, patatas al vapor y verduras.
Los cálices están a rebosar de delicioso vino tinto.
Lochlan mantiene una charla casual acerca de su clan.
El ambiente vibra con la música, las risas y las desatadas conversaciones a las que me he acostumbrado aquí en las Tierras del Norte. Todo el mundo está de buen humor.
—Bueno, Lochlan —empieza Callum, dejando a un lado el tenedor.
Blake vuelve la cabeza en nuestra dirección con la copa de vino a medio camino de los labios—.
¿En algún momento vamos a hablar de la verdadera razón por la que estás aquí?
Imagino que querrás algo a cambio de tu apoyo cuando desafíe a James por el trono, ¿no?
Una lenta sonrisa se conjura en el rostro de Lochlan.
—Pongo tres condiciones para prestar mi apoyo.
Callum se reclina en su asiento.
—Vale.
—Quiero Fuerte Dubh-Clach, el territorio que tomó Sebastian cuando buscaba a Aurora.
Era mío antes de que Kai, mi beta, se alzara contra mí y lo reclamara como suyo.
Dudo que siga vivo. —Sus ojos delineados con kohl brillan a la luz de las velas.
Esboza una sonrisa—. Si algún miembro de su clan sobrevivió, se someterá a mí.
En el pasado me pertenecieron. Será un traslado pacífico.
Callum inclina la cabeza.
—No tengo problema alguno con eso, aunque tendremos que luchar por ello cuando sea rey. El fuerte estará bajo el poder de quien sea que se haya adueñado ahora de las Tierras Fronterizas. —Callum me lanza una mirada—. ¿Se te ocurre quién podría ser el nuevo señor?
Sacudo la cabeza.
—Sebastian no tenía familia. Puede que uno de los señores de los castillos colindantes haya…
—Se llama Alexander —corta Blake.
Se me congelan las entrañas al oír ese nombre. Me asalta el recuerdo de un hombre fornido, con un aliento que apestaba a vino y una mano en mi muslo.
—Si te refieres al hermano bastardo de Sebastian…, murió hace un tiempo. Debe de tratarse de otra persona.
Blake me observa con curiosidad.
—Te aseguro que está vivo y ha reclamado las Tierras Fronterizas en ausencia de su hermano. Así me lo ha transmitido mi espía.
Sacudo la cabeza. Es un error. Tiene que serlo. Me inclino hacia delante para verlo mejor, más allá de la silueta corpulenta de Callum.
—Mi padre nunca lo aceptaría como lord.
—Tal vez sí, si lo persuade de la forma adecuada. —Blake me mira con una ceja arqueada y yo doy un trago de vino para tener las manos ocupadas en algo.
—Entonces, es por eso por lo que te busca, Rory —apunta Callum. Se pasa una mano por la mandíbula—. Vale. Hecho. Te entregaré su cabeza personalmente, ya de paso. ¿Qué más?
—Quiero saber si Kai o algún miembro de su clan ha sobrevivido.
—Kai está muerto —informa Blake con un tono de voz comedido, pero el hilo de sombras que me une a él se tensa. Está mintiendo. Repasa el contorno del cuchillo de untar con un dedo—. Todos están muertos. Mi espía también me ha informado al respecto.
Lochlan frunce el ceño.
—Eso no es lo que James parecía creer. Si Alexander tiene a Kai, y la encantadora Aurora está aquí con nosotros…
Callum se endereza en su silla. Sostiene el cuchillo con fuerza. De pronto, su apariencia es la de ese rey temible en el que aspira a convertirse.
—Ten mucho cuidado con lo que vayas a sugerir a continuación.
Lochlan suelta una risita.
—No estoy diciendo que intercambiemos a Aurora por los prisioneros, Callum, pero, si hay hombres, mujeres y niños de mi clan que siguen vivos, podríamos utilizarla para engañar a Alexander y hacerle creer otra cosa.
Trago saliva.
—¿Crees que tiene a niños prisioneros?
—Sí. —Se inclina sobre la mesa para mirarme a los ojos—. ¿Me ayudarás a recuperarlos, Aurora?
—No. —El tono de Callum no admite réplica—. No convertiremos a Rory en un cebo con el que tentarlo. Cuando sea rey, su muerte será mi prioridad, y, en el caso de que haya prisioneros que rescatar, los sacaremos. Pero tenemos que librarnos de James antes que nada.
No puedo evitar torcer el gesto. No es que vaya a proponer meterme en una situación peligrosa así, por las buenas, pero, si hay niños cuya vida corre peligro y hay algo que yo pueda hacer para ayudar, vale la pena discutirlo. Le toco la muñeca.
—Callum, quizá se pueda…
—No. —Noto la flexión de uno de sus músculos bajo las yemas de mis dedos—. Y no hay más que hablar.
Entorno los ojos ante lo tajante de su tono, de su postura.
—Yo no soy miembro de tu clan, Callum —digo en voz baja.
—No, pero pretendo cuidar de ti de todos modos —espeta.
—Se lo haré saber a mi espía —interviene Blake antes de que yo conteste—. Lo primero es averiguar si Kai está vivo. Quizá haya algo que podamos hacer antes de tomar medidas drásticas. ¿Jack?
—Saldré esta noche —dice este.
Blake asiente.
—Mientras tanto, eres más que bienvenido en mi castillo, Lochlan, pero tanto Callum como yo sentimos cierta debilidad por nuestra pequeña mascota sureña.
Te mataremos juntos si se te ocurre negociar un intercambio por tu cuenta y a nuestras espaldas.
A Callum le gusta recurrir a la fuerza para resolver las cosas, pero a mí…
—La comisura de sus labios se eleva mientras la yema de su índice repasa el filo de su cuchillo de untar—. A mí me gusta jugar.
Lochlan ríe.
—Qué bonito es ver que por fin os lleváis bien, sobre todo después de la otra noche.
Callum emite un gruñido gutural.
—Yo no diría tanto, pero está en lo cierto.
Lochlan decide ignorar a ambos alfas y su territorialidad.
—Estás a salvo conmigo, Aurora. Lo juro.
Infiero sinceridad en la expresión de su semblante, así que le creo. Sin embargo, no puedo pasar por alto las miradas fulminantes que me han dedicado algunos de los miembros de su clan a lo largo de la tarde.
—¿Y la tercera condición? —inquiero.
—Ah, es muy simple —dice Lochlan—. Tan solo quiero una audiencia contigo, Aurora. En privado. Mañana. Solos tú y yo. Lo que quiero decirte no es de la incumbencia de nadie más.
Siento un arrebato de curiosidad, pero Callum frunce el ceño.
—Lo que sea que tengas que decirle… —Una mujer cruza la entrada del Gran Salón, lo que hace que una arruga surque su frente. Se gira hacia Blake—. No me has dicho que habías invitado a Claire —señala en voz baja.
Blake acaricia el borde de su copa de vino.
—No la he invitado. —Percibo la intriga que siente en mi propia piel.
Con el ceño fruncido, observo a la mujer acercarse a nosotros.
Tiene el cabello oscuro, a medio recoger en la espalda, de modo que algunos mechones le cubren los hombros.
Viste pantalones y una camisa holgada debajo de una chaqueta de tartán azul y verde.
Una espada descansa en su cinto. Tiene la mayor parte de la piel tapada gracias al atuendo, que envuelve su figura con forma de reloj de arena.
Camina con confianza, como si supiera que muchos de los lobos que han detenido sus conversaciones lo han hecho para mirarla a ella.
Unos ojos resplandecientes presiden su indescifrable expresión.
Su nombre me suena de algo.
—Claire —digo en voz baja. Recuerdo la vez que Blake me dijo que a James le gustaban las mujeres atrevidas—. ¿No es…?
—La antigua amante de James —dice Callum con un tono de voz que rezuma oscuridad mientras se yergue—. Sí.
La tensión se apodera de mi garganta, porque es posible que haya venido de parte de nuestro enemigo.
No se disipa cuando Lochlan se reclina en su asiento y dice:
—Tengo entendido que tú también intentaste encamarte con ella en determinado momento, Callum.