El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

Él alza una ceja.

—¿Es así como te gustan a ti los hombres? —Hay un timbre mordaz en su tono, como si fuera eso lo que piensa de Callum. Cierro las manos y las uñas se me clavan en las palmas. Su voz se convierte ahora en una oscura caricia—. Apuesto a que es muy delicado contigo, ¿verdad? Le da miedo que te rompas.

Hay un incendio en mis venas; me arde la piel. Noto otra oleada de fiebre cerniéndose sobre mí, una que no soy capaz de repeler.

—¿Cómo te atreves a hablarme de ese modo?

Tengo los sentidos disparados. Los aromas de la enfermería a hierbas, a sangre y a Blake me abruman.

Veo cada una de sus pestañas acariciando sus pómulos, cada mota dorada en sus iris.

Emana un calor que me rodea inmisericorde y compite con el mío propio con la fuerza de un tambor de guerra que restalla ahora en mis oídos.

Una lenta y peligrosa sonrisa se abre paso por el rostro de Blake. Me sostiene por la barbilla.

—Ah, ahí estás, pequeña loba —dice.

Invadida por una ola de pánico, me pregunto si mis ojos han cambiado.

Lo cojo de la muñeca y, aunque él no me suelta, su respiración se vuelve superficial. Un siseo llena el aire y entonces me acuerdo del acónito que he derramado en mi piel. Pese a lo rápido que me late el corazón, pese a la inquietud que aletea en mi pecho, ansiosa por liberarse, sonrío.

—¿Y yo soy el sádico? —susurra.

Estoy a punto de replicar cuando caigo en la cuenta de que, aunque se le está quemando la piel, yo no lo siento. Frunzo el ceño y él ladea la cabeza, como si quisiera descifrar lo que sea que siento en este momento.

Le pateo la espinilla. Con fuerza. Grito al sentir cómo ese dolor me brota en el mismo lugar; ahora también tengo la impresión de que me arde la muñeca. Blake, que emite un sonido gutural y sobresaltado, me suelta.

Ambos retrocedemos un paso. Mis sentidos vuelven a la normalidad. Me pican los ojos.

—¿A qué ha venido eso? —pregunta.

—¿Necesito un motivo? —Me cruzo de brazos—. Te odio.

No quiero que se entere de lo que he descubierto. Todo su plan se basa en el principio de que Callum no le hará daño porque no quiere hacérmelo a mí, pero debe de haber percibido mi arrebato de triunfo, porque suelta una carcajada.

—No te vengas arriba. Si no has sentido mi dolor ha sido porque así lo he decidido yo. —Deja de dolerme la espinilla y en la muñeca me asalta una sensación como de agua fría—. ¿Lo ves? Y puedo revertirlo. Así que ojo con lo que haces.

—¿Por qué has impedido que lo sintiera?

Se encoge de hombros.

—Para ver si podía hacerlo.

—¿Y cómo?

—He encapsulado mi dolor. —Me mira la mano y distingo un brillo de curiosidad en sus ojos—. La pregunta que de verdad importa es por qué el acónito no te quema. A mí me irritaba la piel incluso antes de que me mordieran.

—Fueron suministrándome pequeñas dosis cuando era pequeña. Tal vez sea inmune.

—Yo también me suministro dosis y aun así no puedo paliar sus efectos por completo. —Me enseña la muñeca: la piel está enrojecida y en relieve, como si le hubiera picado una ortiga—. Quizá podrías dejarme hacer algún que otro experimento contigo…

Me coge la muñeca y yo me echo hacia atrás.

—¡Ni de broma! —No haría nada que pudiera complacerlo ni aunque no hubiera visto sus espantosos libros, llenos de registros de las cosas horribles que les hacía a otros lobos para saciar su curiosidad—. Aléjate de mí.

Intento apartarme de él, pero sus dedos son firmes.

La diversión en sus ojos se disipa y ese hilo oscuro en torno a mi alma la rodea entre palpitaciones.

Se me encienden las mejillas. Tengo las uñas rotas y hay marcas de sangre allá donde me he arrancado la piel con los dientes.

Es un hábito que antes no tenía, lo que pasa es que, últimamente, he tenido mucha ansiedad.

—¡Suéltame! —exijo, sacudiendo el brazo.

Su expresión vuelve a adoptar un cariz despreocupado. Casi podría creer que me he imaginado su reacción. Ladea la cabeza.

—¿Tienes miedo?

Yo alzo el mentón.

—¿De ti? No. —Probablemente debería, teniendo en cuenta quién es y lo que ha hecho.

Su mirada desciende hasta mi bolsillo, donde, a través de la tela, noto el frescor del vial contra el muslo.

—Yo que tú llevaría eso al banquete de esta noche. No me gusta la forma en que te miran algunos miembros del clan de Lochlan.

«¿A qué crees que he bajado, maldita víbora paternalista?», quiero decirle.

Con el corazón desbocado, me doy la vuelta y me pierdo escaleras arriba.

Al ver a Callum doblar una esquina al fondo del pasillo, se disipa parte de mi tensión.

—Te estaba buscando… —Sus ojos se ensombrecen al ver a Blake salir detrás de mí. No han hablado desde que me mordió. Ambos frenan en seco. Blake está solo a unos centímetros de mí, por lo que percibo su calor en mi espalda—. Blake. —La voz de Callum, grave y gutural, es casi un gruñido.

Blake mantiene una expresión indescifrable.

—Callum.

Las facciones del susodicho son como las de una estatua.

—Sé que no contaste con un padre que te enseñara estas cosas, pero morder a una mujer sin su consentimiento no es propio de hombres hechos y derechos.

Blake se queda completamente quieto. El control que tiene sobre sus sentimientos encapsulados se debilita, de manera que, por cómo me invaden sus emociones, mi visión se oscurece un momento.

Está molesto. La pulla de Callum ha dado en el blanco.

Recuerdo lo que me contó en una ocasión acerca de cómo su padre forzaba a su madre.

—Ah, ¿no? —dice Blake. Su voz es como una sombra—. Hablando de mordiscos, ¿te has parado a mirar cómo tiene las uñas tu mascota?

Ahora es el turno de Callum de quedarse paralizado. Con la mandíbula tensa, fija la mirada en mi mano. Acalorada, las cierro. Él traga saliva. No sé por qué, pero el golpe de Blake parece haber sido igual de letal.

Este me adelanta y después pasa junto a Callum. Se gira:

—Si quieres tener una mascota en mi castillo, Callum, debes cuidar de ella. —Desaparece tras doblar la esquina.

Callum inspira profundamente y después acorta la distancia que nos separa. Me coge la mano y examina los padrastros de mis cutículas. Intento zafarme, pero él entrelaza los dedos con los míos y me conduce al final del pasillo.

—¿De qué iba eso? —pregunto.

—Vamos —urge él con suavidad.

Me lleva de vuelta a nuestros aposentos.

Una vez ha cerrado la puerta, Callum se pasa una mano por la boca y suspira.

—Hay un par de cosas que tengo que explicarte sobre los lobos.