El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

C allum vuelve a Lowfell por la tarde. Para cuando se reúne conmigo en nuestros aposentos, el sol ya se está hundiendo en el horizonte del lago.

Una vez que se ha puesto cómodo en uno de los sillones que hay frente al hogar, me cuenta cómo le ha ido el día.

Afuera llovizna, por lo que la húmeda camisa se le pega a la musculatura de los hombros y del torso.

Está muy animado a pesar del mal tiempo. Flynn, el alfa al que ha ido a visitar, se ha comprometido a apoyarlo cuando se enfrente cara a cara con James.

—Sabía que podía contar con él —dice Callum—. Lo conozco desde hace años. Fue el primer amigo que hice cuando fui al sur.

No me molesto en señalar que Madadh-allaidh tiene poco de sur. Sé que, para él, todo lo que esté más allá de Highfell es sureño. Yo también le cuento cómo me ha ido el día y él frunce el ceño en cuanto comento lo que he oído acerca del templo.

Por la noche, Callum me hace el amor despacio, con delicadeza, antes de quedarnos dormidos el uno en brazos del otro. A la mañana siguiente, me despierto acosada por la inquietud.

El sol todavía no despunta, pero no consigo volver a dormir. He tenido sueños convulsos. Estaba caminando por unos pasillos largos e interminables, pasando por delante de celdas con barrotes envueltas en la oscuridad con la terrible sensación de que algo peligroso iba tras mis pasos.

Aquí, en las Tierras del Norte, he saboreado la libertad, pero mis sueños hacen que me pregunte si, en el fondo, seguiré sintiéndome atrapada, prisionera en un juego entre alfas sobre el que no tengo control alguno.

El hecho de que el nuevo señor de las Tierras Fronterizas parezca haber reanudado mi búsqueda me hace sentir aún peor.

Me pregunto si, cuando le rebané el cuello a Sebastian, se plantó en mi interior la semilla de la venganza.

Anhela que la rieguen, que la alimenten para crecer y extender sus crueles espinas.

Ojalá pudiera rodear a James y a mi padre con mis enredaderas de odio.

Quiero tener a Blake de rodillas, vencido y jadeante a mis pies.

Miro a Callum. Está tumbado boca abajo, con las sábanas retiradas hasta la cintura, como si hubiera pasado calor por la noche a pesar del frescor del ambiente.

Así transmite ternura, con su revuelto cabello del color de la arena oscura y sus labios carnosos y suaves.

Su cuerpo asciende y desciende con cada respiración.

Sin embargo, cuando James me amenazó, esos mismos músculos relajados adoptaron la rigidez propia de una fuerza dura nacida de la ira.

Cuando Blake me mordió, creí que lo mataría.

Sé que no dejará que me ponga a mí misma en peligro. Hará lo que sea para protegerme, aunque yo pretenda protegerme sola.

Una parte infantil de mí ansía despertar la furia de Callum, la totalidad de su fuerza, con una intensidad probablemente reservada a sus enemigos.

Quiero ver cómo se le tensa ese bíceps enorme, cómo se le endurece la mandíbula y cómo reverbera en su pecho ese gruñido grave consecuencia de haberlo enfadado.

Quiero que sus ojos destellen con la imagen del lobo enfurecido y encararlo con mi propia fiereza, la misma que siempre contengo.

Quiero que tome de mí todo el placer que pueda darle y que lo haga sin consideración, como si no tuviera miedo de que fuera a romperme, a quebrarme.

Si lo hiciera, me demostraría que me considera su igual. Alguien que no teme las facetas que esconde. Alguien capaz de cuidar de sí misma. Me muerdo el contorno de una uña sin pensar y el sabor de la sangre me impregna la lengua.

Lochlan dijo que a Callum le gustan las damiselas. Yo no quiero ser ninguna damisela.

Ayer me percaté de que Ian y algunos de los miembros del clan de Lochlan se muestran hostiles. Quiero asegurarme de que soy capaz de protegerme a mí misma.

Salgo de la cama. Callum se estira a mi lado con un leve gruñido que le raspa la garganta, pero no se despierta.

Noto el suelo helado bajo mis pies descalzos, así que me apresuro hasta el armario y lo abro con cuidado para ponerme unos pantalones y una túnica.

Me calzo las botas y abandono la habitación.

Recorro los pasillos del castillo de Lowfell, que está sumido en una oscuridad serena.

Al pasar junto a las cocinas veo a un par de sirvientes trajinando con ollas.

Deben de haberlos traído de la aldea para acomodar al clan de Lochlan.

Doblo la esquina de un largo corredor y me apresuro por las escaleras que conducen a la enfermería.

Agudizo el oído para asegurarme de que Blake no está dentro y abro la puerta.

Esta estancia subterránea es más pequeña que la enfermería del castillo de Madadh-allaidh.

Solo hay espacio para una camilla en el centro, una mesa de trabajo y una silla en una esquina.

Da la impresión de que las paredes están muy cerca unas de otras, en parte debido a la cantidad de tarros y viales que abarrotan los estantes.

La humedad carga el aire con su aroma, al que, además, acompaña cierto matiz sangriento.

Se me revuelve el estómago al recordar que Blake mató a Bruce, el antiguo alfa de Lowfell, en este lugar.

La pila de leña que hay en la chimenea de piedra todavía no se ha prendido, por lo que me veo obligada a frotarme los brazos mientras el frío se cuela a través de las mangas.

Me dirijo a uno de los estantes, donde reviso las etiquetas de los frascos de cristal: FLOR DE LUNA , LECHE DE AMAPOLA , MENTA , MILENRAMA . Están dispuestos por orden alfabético. Voy al otro extremo de la estancia y sonrío al ver AGRIPALMA , AMAPOLA BLANCA y, finalmente, en el extremo, ACÓNITO .

Como el recipiente con el veneno está fuera de mi alcance, no me queda otra que arrastrar la silla de madera de la esquina y subirme a ella para cogerlo del estante.

Al bajar al suelo, tras estar a punto de tirar sin querer un frasco de la estantería inferior, reviso el tarro. No contiene la hierba tal cual, sino una versión líquida y transparente del veneno. Ya se ha usado por lo menos la mitad. Me pregunto a quién habrá estado envenenado Blake.

En la mesa de trabajo hay unos cuantos viales vacíos.

Tomo uno y descorcho el recipiente. El penetrante aroma de la hierba me trae malos recuerdos de los aposentos de mi madre.

Se me pone un nudo en la garganta. Mi padre la envenenó con esto.

Después hizo lo mismo conmigo durante años, pequeñas dosis cada día para intentar adormecer al lobo que sospechaba que habitaba en mi interior.

Vierto un poco del líquido en el vial vacío, lo cierro y me lo meto en el bolsillo. Cojo otro vial que hay al lado y lo relleno.

—Eso no será para mí, ¿verdad? —dice la voz de Blake a mis espaldas.

El acónito me salpica la mano y yo maldigo por lo bajo antes de darme la vuelta.

Blake está apoyado en la pared contraria, con los brazos cruzados frente al pecho y una expresión de diversión en el rostro.

Lo oscuro de su cabello y de su atuendo hace que parezca que ha surgido de entre las sombras de la enfermería.

Detiene la mirada en mi mano mojada. Me meto el segundo vial en el bolsillo. No pienso legitimar su pregunta con una respuesta.

Un hoyuelo aparece en su mejilla.

—Si pretendes asesinar a alguien…

Alzo el mentón y paso junto a él, que me toma de la muñeca con unos dedos que parecen unas tenazas en torno al hueso. Me giro y detengo mi cara cerca de la suya.

—Quítame las manos de encima —mascullo.

Su fragancia me envuelve.

—¿No quieres saber por qué lo hice?

—Sé por qué me reclamaste. Fue para provocar a Callum.

—No tengo ningún interés en provocar a tu amo, pequeña liebre.

Entorno los ojos.

—Pues para provocarme a mí.

—No todo gira a tu alrededor.

Endurezco el semblante.

—No. Eso es algo que has dejado claro. No soy más que un peón en tu jueguecito de reyes, un peón al que mueves como consideras más oportuno.

—Podrías haber sido la reina. Te di esa opción. Aún podrías.

—Si alguna vez me convierto en reina, será sin tu ayuda. —Me libero con brusquedad de su agarre—. Me mordiste.

—Controlé la situación. —Da un paso al frente, invadiendo mi espacio personal—. Aún no estamos listos para enfrentarnos a James; Callum no está listo para enfrentarse a James. Y tú estabas a punto de irte con él. Lo sentí.

Me veo obligada a alzar la vista.

—Ni se te ocurra echarme la culpa. ¿Qué otra cosa iba a hacer?

—Tenías muy pocas opciones, igual que yo. Si te hubieras ido con él, Callum habría reaccionado sin mesura. Tuve que hacer de malo para evitar que tú te hicieras la heroína.

—¿Te has planteado que a lo mejor hiciste justo lo que James quería? ¿Que James vino a propósito para sembrar la discordia entre Callum y tú?

—Evidentemente —bufa—. ¿Por qué crees que te di la flor de luna? No quiero que ese patán irracional pierda los estribos y actúe sin pensar. Tampoco deseo que los demás piensen que eres mía.

—Bien, porque no soy tuya.

—¿Crees que quiero que formes parte de mi clan? Eres… —dice, observándome de arriba abajo de un modo que hace que sienta el peso de su mirada en el cuerpo— un incordio.

Tenso los músculos para contener las emociones. No puedo creer que tenga la desfachatez de llamarme incordio mientras está conspirando contra nosotros.

—Y tú eres una miserable víbora manipuladora.

—Al menos no soy una niñata malcriada.

Me arden las mejillas, igual que la sangre.

—¿Una niñata ?

—Sí. Una niñata. —En sus ojos se aprecia un resplandor que sugiere que estaba buscando cierta reacción que se alegra de haber encontrado—. Te estás comportando al contrario de como deberías, teniendo en cuenta que he vuelto a salvarte el pellejo.

—Dime, por favor, cómo debería comportarme después de que me hayas clavado los dientes como un bruto sediento de sangre.

¿Debería arrodillarme y darte las gracias?

—Él acentúa su sonrisa y yo tengo que hacer un esfuerzo por no gruñir—.

Te encantaría, ¿no? No esperaba menos de un sádico.

¿Es así como te gustan las mujeres, Blake? ¿Suplicantes y sumisas?