Capítulo 14
D ecido aceptar el ofrecimiento de Elsie de visitar la aldea, por lo que, tras dejar mis libros en la alcoba, me dirijo a la salida del castillo. Me preguntó si habrá algo que me pueda contar acerca de Blake que nos sea útil a Callum y a mí.
Más que nada, lo que me gustaría es respirar un poco de aire fresco, alejarme de Lowfell. Elsie, pese a lo horrible que es su hermano, tiene aspecto de ser más agradable de lo que di por hecho en la primera impresión.
Cuando abro la puerta me la encuentro esperándome en el patio. Está apoyada en la muralla mientras Alfie persigue un pájaro sobre los adoquines.
—No estaba segura de que fueras a venir —me dice.
Me tiembla la sonrisa.
—Admito que, tras lo de anoche, he tenido que pararme a pensar en si era sensato. James parece muy dispuesto a capturarme.
—No te pasará nada. —Abre su abrigo y le da unos toquecitos a una daga que lleva al cinto—.
Puedo ocuparme de cualquiera que se atreva a intentar algo.
Es un trayecto de media hora y no vamos a salir de los dominios de Blake.
Además, me parece que, en cualquier caso, ese grandullón se ocupará de proteger a estas damas desvalidas.
Pone los ojos en blanco, aunque sus mejillas se sonrojan ligeramente. Yo giro la cabeza, casi a la espera de encontrarme con Callum, pero es Arran el que aparece por las puertas del castillo, con una camisa negra y un kilt de tartán negro y gris.
—Creí que no querías venir —apunta Elsie mientras él se acerca.
—He cambiado de idea. —Su voz suena áspera, como si no estuviera acostumbrado a hablar. Tiene las comisuras de la boca curvadas. Sus palabras no resultan convincentes.
—Más bien te han hecho cambiar de idea. —Elsie arquea una ceja. Alfie tropieza con una piedra y trastabilla hasta caer de rodillas, lo que hace que la mujer chasquee la lengua—. ¡Tú, ven aquí! —Camina hacia él, lo levanta del suelo y le sacude los pequeños pantalones.
Yo miro a Arran y digo:
—Blake te ha dicho que no me quites ojo, ¿no?
—¿Se supone que es una chanza? —pregunta. Yo frunzo el ceño, a lo que él se señala el parche—. Por el hecho de que solo tengo uno, digo.
Se me encienden las mejillas.
—¡Ay, Diosa! Yo nunca… —Enmudezco.
Arran sonríe y Elsie, cargada con Alfie, niega con la cabeza. Le da un golpe en el voluminoso brazo.
—No seas malo.
—Así que bromeabas. —Me muerdo la mejilla—. Entonces ¿tienes sentido del humor? He estado preguntándomelo.
Arran deja escapar una ronca carcajada y, de nuevo, me asalta una sensación de familiaridad.
—Sí, Blake me ha dicho que te vigile. Algo acerca de proteger sus bienes.
Yo resoplo y el aliento se convierte en una nube ante mis ojos.
—Por supuesto que ha dicho eso.
Le alborota el cabello a Alfie, ya de por sí revuelto, con una de sus manazas.
—Venga, acabemos con esto. Odio ir de compras.
Con Alfie parloteando acerca de conseguir un vaso de zumo de manzana de «la señora de las manadas» cuando lleguemos, los cuatro cruzamos el túnel de la muralla y atravesamos el campo.
Debo admitir que, al haber pasado la mayor parte de mi vida entre los muros de un castillo, siento curiosidad por ver cómo es una aldea aquí, en el Reino de los lobos.
Y más curiosidad me suscita aún el saber qué opina de Blake la gente que lo considera su alfa.
Una lluvia fina cae sobre nosotros al dejar Lowfell atrás.
Abandonamos el camino que enfila la montaña por la que ascendimos anoche, por lo que no tardamos en dar con una senda envuelta en matojos que cruza el valle.
Alfie se apresura a la vanguardia, provocando que algunas de las ovejas que pastan tranquilamente en la ladera de la montaña se dispersen, movidas por el temor que les infunde el pequeño alborotador que se cierne sobre ellas.
Elsie vocifera que vuelva y después se ve obligada a correr tras él.
Arran permanece callado mientras nuestras botas se arrastran por el barro.
Sin embargo, el silencio que nos envuelve no es del todo desagradable.
Mi acompañante es alguien que transmite cierta tranquilidad, cierta seguridad.
Callum cree que tendrá que enfrentarse a él en algún momento. No es una idea que me entusiasme.
Tiene una complexión similar a la de Callum: alto, corpulento y todo músculo, pero creo que es un poco mayor.
Por la pulcritud de su cabello oscuro y de su barba, así como por las finas cicatrices que aprecio en sus manos y en su robusto cuello cuando la luz del sol escapa del abrazo de las nubes, me da la impresión de que podría haber sido soldado.
También me resulta extrañamente familiar.
Arran me dirige una mirada inquisitiva que me impele a luchar contra el rojo de mis mejillas.
—¿Nos hemos visto antes? —pregunto.
—Trabajé para tu padre. —Yo me pongo tensa; él curva la comisura de los labios—. Ya no, evidentemente. Estaba en su ejército.
—Pero eres un lobo.
—Soy medio lobo. Aún no me habían mordido cuando me mudé a Ciudad del Rey. No fue difícil pasar desapercibido.
—Blake estaba en la Guardia del Rey, ¿verdad? ¿Es ahí donde lo conociste?
Él ladea la cabeza.
—Algo así.
—¿Y viniste con él aquí, al norte?
—Sí.
—¿Por qué?
Arran suelta una tenue risa.
—Eres muy directa, ¿eh? —Se encoge de hombros, pero una sombra cruza su rostro—. Le debo la vida. Lo seguiría adonde fuera.
Más allá, Elsie finge ser un monstruo cuya dieta, para disfrute de Alfie, consiste en «cachorritos» que alteran la paz del ganado. El fantasma de una sonrisa acecha en los labios de Arran cuando retoma la palabra.
—Fui a la ciudad el verano en que murió tu madre —cuenta—. Mi tío me llevó al funeral. Nunca antes había visto a tantas personas reunidas en un mismo sitio. La gente copaba las calles, lanzando flores y recitando plegarias para la Diosa del Sol.
Se me pone un nudo en la garganta al recordar ese día: el sol abrasador, el aroma a incienso, seguir el féretro hasta la abovedada iglesia de la Luz y del Sol.
Todo el mundo estaba mirando, y lo único que yo quería hacer era gritar.
Sin embargo, me tragué ese grito y caminé tras mi padre hacia la bancada frontal.
Mi hermano, Philip, llegó tarde. Trastabilló en el altar apestando a alcohol. No obstante, mi padre le dio la espalda y se giró para chistarme a mí y que recobrara la compostura, pues una lágrima me surcaba la mejilla.
—Debió de ser muy querida —comenta Arran.
Su pueblo no la conocía. No de veras. No sabían que olía a lavanda y a caballos ni que le salían unas arruguitas junto a los ojos cada vez que sonreía. Nunca escucharon sus historias acerca de princesas valientes que peleaban con monstruos.
Aunque, quizá, si era una loba, tampoco yo la conocía.
—Sí que lo era —afirmo en voz baja.
Aún no es mediodía cuando llegamos a la aldea y la lluvia cesa por fin.
Las casas de piedra están distribuidas a lo largo y ancho del irregular paisaje, muchas de las cuales tienen humo saliendo de sus chimeneas.
Las calles están a rebosar de gente que camina en la misma dirección que nosotros, hacia el mercado que hay junto al lago.
Las mujeres lucen vestidos sencillos bajo sus abrigos y la mayoría de los hombres llevan el mismo tartán negro y gris del kilt de Arran. Los colores de Blake.
—No todos llevan el tartán de Lowfell —observo al ver que un hombre de avanzada edad que pasa por nuestro lado viste un kilt verde y azul, una combinación que no había visto hasta ahora.
—En las viejas generaciones los hay que todavía llevan el tartán de Bruce. —Elsie aprieta los labios—. Blake lo cambió cuando lo mató, pero no todo el mundo asimiló dicho cambio.
—¿No reconocen a Blake como su alfa? —pregunto.
Ella se encoge de hombros.
—A la mayoría le cae bastante bien. Nuestro padre causó mucha disrupción.
Siempre aspiraba a acumular más poder, invadiendo aldeas, haciéndose con territorios cercanos.
Fueron localidades como esta las que se llevaron la peor parte cuando los otros alfas decidieron presentar batalla.
Blake les ha dado algo parecido a la paz y la mayoría lo respeta por ello, a pesar de que sea un forastero.
—¿La mayoría?
—Mató a muchos lobos que se encontraban en el castillo de Lowfell la noche que llegamos —explica Arran en voz baja—. Muchos de ellos tenían familia en aldeas como esta.
Elsie señala un edificio apartado de los demás cuyos muros de piedra negra parecen haber sufrido un incendio.
—Además, prohibió la adoración al Dios de la Noche, medida que no gozó de demasiada popularidad entre los más vetustos. Se las ha arreglado para ahogar toda chispa de rebelión en los últimos años, pero algunos recurren al viejo tartán para recordarle que a quien apoyaban era a su padre, no a él.
Ahora, al pasar junto a los mercaderes que venden huevos, fruta y grano en sus carretas, Elsie mantiene más cerca a Alfie. Algunos la saludan y otros inclinan la cabeza en un gesto de deferencia hacia Arran, que claramente reconocen como confidente cercano de Blake.
Pasamos por delante de un edificio construido junto a la orilla del lago sobre cuyas puertas hay un cartel que dice TABERNA DE LA ESTRELLA . Un tenue aroma a cerveza procedente del interior se suma al olor a pescado y humo de leña que desprenden los puestos del mercado. Elsie se tensa.
—Lo llevaré a por su zumo de manzana —dice Arran, colocando una mano sobre el hombro de Alfie—. No tengo ningunas ganas de ir a mirar vestidos.
Elsie toma a Arran del bíceps, con la mirada puesta de nuevo en la taberna.
—Zumo de manzana y nada más, ¿de acuerdo?
Él se pone rígido, de manera que un músculo le sobresale en la mandíbula.
Yo me tenso por lo imponente que resulta.
No parece que tenga mal carácter, como mi padre, pero es difícil discernirlo realmente.
Se lleva a Alfie entre el gentío. Cuando llegan a una carreta repleta de manzanas que está frente a la taberna, Elsie suspira y reanuda sus andares.