El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

M e llegan voces masculinas desde el pasillo que hay delante, por lo que me oculto en un hueco que hay de camino al Gran Salón, sin dejar de sostener la pila de libros contra el pecho. Como en total llevo cinco y ninguno comparte tamaño, uno está a punto de caérseme.

—Pero ¿está controlado, Blake? —Una voz baja, suave. Jack—. Tienes un aspecto de mierda.

Me asomo. Sujeta a Blake del brazo y ambos están de pie cerca de las puertas de roble que dan al salón.

Por mucha aversión que sienta hacia el alfa, tampoco diría que tiene mal aspecto.

Su cabello se muestra más desordenado de lo habitual y su tez está algo pálida, pero sigue siendo insufriblemente apuesto.

—Muy amable por tu parte. —Blake pone los ojos en blanco—. No he dormido bien.

—Me pregunto por qué. —El tono de Jack está preñado de sarcasmo—. ¿Has hablado con Arran?

—Casi a diario, curiosamente.

—No seas capullo. Me refería a…

—Sé a lo que te referías.

—Quizá pueda ayudarte a gestionar las cosas.

Blake suspira y yo percibo una oleada de un hartazgo que casi raya en la melancolía.

—Por favor. Arran apenas está gestionando nada.

—Quizá tengas razón. —Jack deja escapar un suspiro—. Estoy preocupado por ti. Anoche no debiste haber…

Blake se pone rígido. Yo me pegó más a la pared. Entonces lo siento, esa sombra dentro de mí que estira sus tentáculos. Trato de repelerla, de encapsular mis emociones para que él no pueda percibirlas.

Blake susurra algo que no logro discernir.

Se oye el golpeteo de unas pisadas y entonces desaparecen al otro lado de las puertas del Gran Salón.

Suelto el aliento. No puedo evitar preguntarme qué ha querido decir Jack.

¿Habrá estado a punto de reprender a Blake por haberme mordido?

¿O acaso tenía algo que ver con cómo amenazó a la Sacerdotisa de la Luna?

Aguardo un par de minutos, porque no quiero cruzarme con ninguno de los dos. Después, con los libros bien sujetos, abandono mi rincón y me adentro en el Gran Salón.

En él han dispuesto tres largas mesas en las que han servido el desayuno y que forman un rectángulo abierto.

Unos veinte lobos ataviados con el tartán amarillo están sentados a ellas, comiendo y hablando entre sí.

Camino hacia la mesa de Lowfell, en cuyo banco hay más espacio, y escojo un lugar al final desde el que echarle un vistazo a Blake.

Está hablando con Lochlan en la mesa del fondo; el fuego crepitante de la chimenea proyecta una luz anaranjada sobre su rostro.

Jack está sentado a su lado. Me llama la atención que se le permita sentarse a una mesa que daba por hecho que estaba reservada a los alfas.

Lochlan, con una cordial sonrisa en los labios, inclina la cabeza en mi dirección y yo le devuelvo el gesto.

Me sirvo el pescado azul que hay en una de las fuentes y doy un sorbo de agua. Al otro lado del salón, Ian, el rubio al que James señaló anoche, me observa con el tenedor a medio camino de su boca.

Se me acelera un poco el corazón. James dijo que el hermano de Ian había caído prisionero en las Tierras Fronterizas. Es evidente que Ian me ve como al enemigo, por lo que tendré que cuidarme de él. Le ofrezco una educada sonrisa y después escojo uno de los libros de entre mi montón.

Luchando contra todos mis instintos para mantener a Blake al margen, me imagino el vínculo que nos une como algo tangible para permitir que lo sienta. En el caso de que esté leyendo algo que me acerque a la verdad, digo yo que reaccionará de algún modo.

Ojeo un relato sobre la batalla de Glen Marb, el valle por el que me llevó Callum cuando me sacó de las Tierras Fronterizas. Lo único que siento mientras Blake hinca los dientes en una manzana es aburrimiento. Dejo el tomo a un lado.

El siguiente volumen se titula Experimentos: Tomo 3 . Es otro de esos ejemplares espantosos que creo que redactó Blake. Aparto la mirada de un macabro relato que versa acerca del globo ocular derretido de un lobo que, además, fue separado también del cráneo. Diosa. ¿Blake le hizo esto a alguien?

Aunque el susodicho es la viva imagen de la calma, la oscuridad se extiende bajo mi piel.

Se reclina en su asiento, con un brazo colgando de la silla mientras charla con Jack.

Sin embargo, lo percibo. Está inquieto. No le gusta que ojee este libro.

No tengo claro si es porque revela secretos acerca de nuestro vínculo o si se trata de otra cosa.

Acerco más su oscuridad y trato de descifrar sus emociones. El frío vacío que desprende me recuerda a cómo me sentía yo después de que el sumo sacerdote me azotara. Se parece a la vergüenza. Creo que se siente culpable por haber torturado a sus congéneres.

Dejo el libro a un lado para estudiarlo a fondo más tarde. Suelto un suspiro y es en este preciso instante en el que me doy cuenta de hasta qué punto la tensión de Blake se ha apoderado de mí, apretando como una serpiente asesina.

A continuación, me hago con el libro que me ha dado Elsie. Lo abro y curioseo entre sus páginas.

Es una historia de amor, por lo que parece.

Un romance entre una mujer que trabaja en las cocinas de un gran castillo y el alfa gruñón que está a cargo de él.

Me sonrojo al reparar en una descripción más bien íntima de los dos personajes en una misma cama.

El calor se propaga por mi vientre. Al otro lado del salón, Blake carraspea.

Alzo la mirada en su dirección. Todavía está hablando con Jack y Lochlan, pero, con una mano, sostiene el borde de la mesa.

Regreso al relato, girando las páginas para leerlo como toca, desde el principio. Tal vez Elsie estuviera burlándose de mí al decir que era muy esclarecedor. Llego a la parte en la que el alfa baja a las cocinas para decirle a la doncella que tiene tan buena pinta que podría comérsela.

Una sombra se cierne sobre la página.

—¿Acaso no estás satisfecha con Callum, cielo?

Se me tensan todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo. Blake se inclina hacia delante y me quita el libro de las manos. Lo hojea y se detiene en una página cualquiera. Percibo lo mucho que esto lo divierte.

—«El alfa introduce su palpitante miembro entre sus pliegues húmedos…». Aurora, cielo, ¿de dónde has sacado esto? No te pega nada.

Se me encienden las mejillas. Aprieto los dientes y me trago una réplica. Sé que intenta provocarme, pero no pienso darle ese gusto.

—«La pone boca abajo y embiste con sus caderas…».

Yo me levanto y me doy en la parte trasera de las rodillas con el banco. Unos cuantos lobos miran en nuestra dirección. Me hago con mi montón de libros, abandono la mesa y camino hacia la salida del Gran Salón. Blake se guarda el libro de romance en un bolsillo y me sigue.

—No estarás enfadada aún por lo de anoche, ¿no?

—pregunta, y, por alguna razón, que haya tenido la desfachatez de hacerme esa pregunta (por la indolencia de su tono, como si no tuviera razones para enfadarme por el hecho de que me mordiera y me reclamara) me enfurece más que nada de lo que haya hecho hasta ahora.

La ira se desata en mi pecho con más fuerza que los vientos huracanados que azotan las Tierras del Norte. Me duelen los dientes, un dolor que me impele a querer morder algo, a morderlo a él . Se me ponen los nudillos blancos al aferrar el montón de libros.

Ansía una reacción por mi parte. No pienso dársela.

Me trago mis emociones.

Salgo decidida del Gran Salón.

Noto el peso de sus ojos en mí.