El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

O scuridad.

Unos tentáculos de sombras se enredan en mis piernas y trepan por mis brazos.

No puedo respirar. No veo nada. No puedo…

Ajusto la vista. El aire rancio y frío me llena los pulmones.

Un pasillo flanqueado por varias puertas se pierde en la lejanía.

Me acerco a una de ellas y toco el símbolo tallado en la pulida piedra que hay sobre la cerradura.

Es una llave con dos lunas crecientes en el arco.

Se me eriza el vello de la nuca. Es la misma marca que vi en el templo.

Algo se mueve al otro lado de la puerta, lo que me hace retroceder de un respingo.

La aproximación de unas pisadas distantes me hace girar la cabeza. Alguien silba. Es una melodía familiar, pero está desafinada, por lo que me resulta imposible ubicarla. El miedo se adueña de mi corazón. Todos y cada uno de mis instintos me dicen que huya.

Me alejo del sonido.

Echo a correr.

Debo de estar soñando, pero no consigo librarme de la sensación de que, si me pillan, habrá consecuencias.

—¿Adónde vas, alma sin tino? —Una voz masculina reverbera a mi alrededor y se me hiela la sangre en las venas. Hay algo gélido y poderoso en su cadencia, algo inhumano—. Me has encontrado, a diferencia de muchos incapaces de hacerlo, y, sin embargo, huyes.

Me giro hacia la puerta más cercana e intento abrirla, pero no se mueve. Empujo con mi hombro con tanta fuerza que seguro que me saldrá un moratón. Ahogo un grito de frustración mientras el eco de una carcajada se propaga por cada rincón. Reprimo el pánico glacial que amenaza con mermarme.

— Por favor —susurro—. Por favor, abrid.

Me envuelve una fragancia a pino oscuro justo cuando alguien más se lanza contra la puerta a la vez que yo. Se abre de golpe.

Un brazo me rodea la cintura y nos sumergimos en la oscuridad.

Me revuelvo en mi propio cuerpo… Solo que dicho cuerpo está hecho de piedra.

No me puedo mover. Soy una estatua en los jardines de palacio.

Ya he estado aquí antes. Estoy soñando. Intento gritar, pero mis pulmones son de piedra, mis labios están rígidos y en el paladar está atrapado el regusto a cementerio antiguo.

Los cortesanos deambulan a la luz de la luna. Comentan lo bien podados que están los arbustos y lo delicioso que huelen las rosas. Algunos de ellos detienen su mirada en mí.

—Casi parece que esté viva —asevera una mujer antes de alejarse en compañía de su amiga.

Lentamente, aparece Blake con las manos en los bolsillos de sus pantalones.

—Fascinante —dice.

«¡Sal de aquí! —quiero gritar—. ¡Sal! ¡Sal! ¡Sal!».

Estoy paralizada, presa de la impotencia, atrapada en esta jaula pétrea.

Sus ojos resplandecen a la luz de la luna.

—¿Cuándo vas a luchar? —pregunta.

Me levanto en plena madrugada.

Siento una extraña atracción hacia el pasillo, como si afuera de mis aposentos aguardara algo que necesito.

Escapo del abrazo de Callum, me pongo una bata y me abro camino entre las sombras.

Abro un poco la puerta. Inspiro con brusquedad.

Blake está junto a la pared, fundido con las sombras.

Tiene el cabello algo revuelto y su camisa está a medio abotonar.

También tiene los cordones de las botas sin atar. Se lleva un dedo a los labios.

Mete la mano en el bolsillo de su pantalón y saca un pequeño tarro.

—Ponte esto en la herida.

Las palabras FLOR DE LUNA están escritas con elegante caligrafía en la etiqueta.

—¿Mi herida? ¿Te refieres al mordisco que me has dado?

Él se encoge de hombros.

—Con un poco de suerte disimulará la cicatriz.

No me pasa desapercibido que ese «disimulará» no es un «desaparecerá por completo».

Cojo el tarro de mala gana, me giro y cierro la puerta a mis espaldas.

Por la mañana nos despertamos temprano y Callum muestra un humor más distendido.

Aún en la cama, me observa de frente. Tiene una marca de la almohada en la mejilla y me acaricia el brazo con los nudillos.

Cuando me informa de que pretende cabalgar a un territorio cercano, el cielo al otro lado de la ventana aún está oscuro.

Un amigo suyo acaba de hacerse cargo de un clan y él cree que puede persuadirlo de que se una a nuestra causa.

—¿Voy contigo? —ofrezco.

Él me roza la frente con los labios.

—No. Quédate aquí. Duerme un poco más y después lee tus libros, a ver si puedes encontrar algo acerca de tu vínculo con Blake. Eso será más útil.

—Vale. En la biblioteca hay una sección entera acerca de…

—Me quedo quieta y frunzo el ceño. Hay algo en el timbre de Callum, algo que se suma al tenue brillo de sus ojos, que me recuerda a las ocasiones en las que le ha dado a Ryan alguna tarea de la que ocuparse para que el muchacho se sienta importante cuando, en realidad, lo que pretendía era quitárselo de encima—. No quieres que vaya, ¿no?

Entrecierra los ojos.

—No, no quiero. No tras la visita de James de anoche. No quiero pasarme todo el día preocupado por ti. Quiero que te quedes en Lowfell, que estés a salvo.

Suspiro.

—De todas formas, es probable que eso sea más útil, sí . No falta mucho para la luna llena. Quiero averiguar cómo romper este vínculo antes de ir a Madadh-allaidh, para que Blake no pueda usarlo en tu contra una vez que venzas a James.

Callum me da un beso en los labios.

—Buena chica.

Se despereza y sale de la cama. Desnudo, se dirige al sillón para coger su kilt y su camisa y vestirse. Mientras se ata las botas, yo dejo atrás las sábanas y cojo un vestido del armario. Me giro para que me lo abroche por la espalda.

—Se supone que soy un alfa temible, no tu dama de compañía —comenta.

—Pobrecito. ¿Qué pensarán los otros alfas?

—Se reirán de mí y a mí me dará igual. —Percibo la sonrisa en su voz—. Aunque debo admitir que prefiero quitarte la ropa que ponértela.

Me envuelve el torso con el brazo y me sienta en su regazo antes de mordisquearme la oreja y emitir un sonido grave y juguetón. Yo le acaricio la mejilla.

—Serás mejor rey que James —le digo.

—Eso espero. Llevamos demasiado tiempo en guerra con las Tierras del Sur y James está obsesionado con la venganza.

No puedo perdonar a los sureños por lo que le han hecho a mi pueblo; sin embargo, también me pregunto si algún día conoceremos la paz.

Tú eres la princesa de las Tierras del Sur y yo sería el rey de las Tierras del Norte.

Me pregunto si juntos podríamos traer la paz.

—La solemnidad y la sinceridad del tono de su voz no impiden que el pánico burbujee en mis entrañas.

No lo ha dicho en voz alta, pero no necesito que lo haga para saber que lo que está sugiriendo es una alianza matrimonial.

Es la clase de unión con la que nunca me habría atrevido a soñar antes de venir a las Tierras del Norte.

No porque fuera con un lobo, aunque desde luego no lo habría imaginado, sino porque se trata de alguien por el que de verdad siento algo.

Siempre supe que me casaría por razones políticas más que sentimentales; es, en parte, la razón por la que bloqueé mis emociones durante tantos años.

La idea de tener ambas cosas me habría vuelto loca.

Pero ya no me siento así. Para que nuestros reinos estén unidos, Callum tendría que llegar a un acuerdo con mi padre, el hombre que hizo que el sumo sacerdote me moliera a palos, el hombre que mató a mi madre.

Callum debe de haber oído lo acelerado de mi corazón, porque el buen humor desaparece de su rostro.

—Tal vez sea una fantasía. —Me aparta y se pone en pie antes de cogerme el rostro con ambas manos—. Escúchame, princesa, porque esto es importante. Nos guste o no, ahora Blake es tu alfa…

—No seas bobo. No lo es.

—No depende ni de ti ni de mí. Depende de Ghealach y de si acepta o no la proclama de Blake… —Se muerde el labio inferior—. Un alfa puede disponer del poder de su lobo a voluntad. Tal dominio fuerza a los lobos de su clan a someterse, a obedecer los designios del alfa.

Abro mucho los ojos.

—Eso es espantoso.

—Sí, lo es. Dicho mandato se llama Àithne. No es una práctica muy común. Si el alfa recurre a ella y alguien de su clan se resiste, se plantea la pregunta de quién es el lobo más fuerte, lo que puede desembocar en un desafío. Si Blake es aceptado como tu alfa…

Tenso los músculos.

—Podría hacérmelo a mí. ¿Cómo sabré con seguridad que Blake es mi alfa?

Desliza el pulgar por mi hombro, allá donde la mordedura me desgarró la piel. Sigue dolorida incluso tras haber aplicado el ungüento de Blake.

—Estoy casi convencido de que lo es. Como lobos, nos curamos más rápido y con más eficacia que los humanos, pero, si nuestra diosa acepta alguna de nuestras proclamas, la mordedura no sana.

Lo sabremos si la marca permanece. O eso o Blake usará el Àithne y te verás obligada a someterte a él.

No creo que caiga tan bajo hasta que lleguemos a Madadh-allaidh.

Necesita tenernos de su parte si quiere que su plan prospere, pero tampoco me extrañaría que lo hiciera.

—Tendré cuidado.

—Buena chica. —Callum me ofrece una sonrisa que no termina de reflejarse en sus ojos. Me roza la frente con los labios y abandona nuestra alcoba, dejándome sola en el castillo de Lowfell.

Estoy decidida a obtener algunas respuestas mientras esté fuera. Necesito averiguar cómo romper el vínculo que nos une a Blake y a mí. Nuestras vidas están conectadas… Me mordió, proclama ser mi alfa e incluso estoy soñando con él.

Tengo que cortar toda vinculación con Blake antes de que me consuma por completo.