El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Callum escurre el paño en la palangana y mi sangre danza sobre el agua.

—Hay cierto poder en la mordedura de un alfa. Si Ghealach acepta el reclamo, te dejará cicatriz. Podría marcar tu piel de por vida.

Se me acelera el pulso.

—¿Cómo? —Por primera vez desde que hemos vuelto, la fiebre amenaza con asediarme de nuevo.

El sudor me perla la frente y me da la impresión de que me arden las entrañas.

Intento reprimirlo todo, enjaular mis emociones, pero no puedo dejar de pensar en lo mucho que me apetece clavarle los dientes a Blake y hacerlo pedazos, desmembrarlo entero—.

¿Me ha mordido sabiendo que yo no quería? ¿Sabiendo que me marcaría para siempre?

—Así es.

Blake ha visto las cicatrices que me surcan la espalda, regalo del sacerdote en su intento de suprimir al lobo en mi interior.

Estaba presente cuando los dientes de James me rasgaron la carne hasta casi matarme, lo que me dañó tanto la cintura como el torso.

Siendo conocedor de todo esto, ha decidido marcarme también.

En mitad de la ira surge algo primitivo. Se me petrifica el estómago; me duelen los dientes. El rostro de Callum está cerca del mío, así que permito que esas facciones duras y esos ojos brillantes destierren cualquier pensamiento respecto a Blake y lo que me gustaría hacerle.

Ahora, el eclipse lunar ha tocado a su fin y la media luna brilla al otro lado de la ventana, derramando su luz sobre su rostro. La palma de su mano recubre parte de mi cuello con una mezcla de firmeza y ternura. Apoya su frente contra la mía. Le arde la piel.

—Joder. No puedo… No puedo con esto, Rory. Dije que esperaría hasta la luna llena. Me dije que esperaría, pero te necesito.

Yo también lo necesito. Necesito que no tenga ningún tipo de consideración conmigo, que sea fuerte.

Necesito que purgue mi alma perturbada y me dé algo en lo que centrar mi ira.

Necesito liberar esta tormenta que se fragua dentro de mí antes de que vuelva a subir a la cima en busca de Blake y estrangule a ese maldito bastardo.

Necesito que destierre cualquier pensamiento que tenga que ver con los ojos brillantes y retorcidos de esa serpiente, con el recuerdo de su boca en mi garganta y de mi sangre en sus dientes.

Le pongo una mano en la mejilla.

—Pues tómame.

Un gruñido grave reverbera en su garganta. Atrapa mi boca con la suya y me besa con vehemencia y devoción. Yo lo atraigo hacia mí y envuelvo su cintura con las piernas.

—Esta noche no tengo mucho autocontrol. Mi lobo se revuelve contra mi piel como si tú fueras la luna, y no le gusta que otro macho te haya mordido. Temo dejarme llevar y morderte también.

—No lo harás.

—No lo sabes. —Traga saliva—. Esta noche, o lo hacemos a mi manera, o no lo hacemos. ¿Puedes aceptar eso por mí?

—Pero puedo lidiar con todo eso. Y contigo.

—Rory, por favor. —Su voz suena contenida. Le acaricio la mejilla y asiento.

Desliza sus manos bajo mis muslos y me levanta. Atraviesa la estancia, me coloca con cuidado en el colchón y después se quita la ropa. Se sitúa sobre mí, hasta que su rostro queda a la altura del mío y la calidez de su aliento me roza los labios.

—Si te asalta la fiebre, si quieres que pare…

—No querré.

Su mirada se ensombrece.

—Me lo tienes que decir.

Asiento y me muerdo el labio inferior. El calor se apodera de mi rostro.

—Si te preocupa perder el control, siempre podría… Bueno, siempre podría estar yo al mando…

La comisura de sus labios se curva y parte de la oscuridad de su semblante se disipa.

—Por mucho que me tiente la idea de tenerte montada en mi polla, princesa, esta noche tengo que ser yo quien esté al mando. —Parpadea, casi con culpabilidad—. Cosas de lobos.

Hay una pregunta atrapada en su mirada. No creo que fuera capaz de negarle nada ahora mismo.

Ladeo la cabeza. Él desciende sobre mi cuerpo y deposita un beso entre mis pechos antes de hacer lo mismo en la suave piel de mi abdomen.

Yo inspiro con fuerza, presa de las llamas que se desatan en mi interior.

Arrodillado, me baja el vestido parcialmente retirado por las piernas, de manera que sus nudillos me acarician los muslos, y, al fin, deja caer la tela al suelo.

Le tiemblan un poco las manos mientras me desabrocha las botas y las tira a un lado.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Intentando contenerme. —Me dedica una sonrisa tímida—. Estaré bien en un momento.

Me quita la ropa interior, lo cual me deja expuesta ante él. Suelta un suspiro tembloroso. Inclina la cabeza y, sin previo aviso, desliza la lengua por mí. Yo suelto un gemido más bien vergonzoso y aferro las sábanas. Su jadeo grave y ahogado retumba en la alcoba.

—Joder. Por como sabes, diría que ya estás lista para mí, princesa.

—Lo… lo estoy.

Sitúa su cuerpo sobre el mío y apoya un antebrazo en la almohada junto a mi cabeza antes de separarme los muslos con la rodilla.

Con la respiración agitada, el semblante tenso y los labios húmedos y carnosos, se coloca en mi apertura.

La penetración le arranca un jadeo. Yo arqueo la espalda al tiempo que un débil gemido escapa de mis labios, producto de este delicioso placer, de la punzada de dolor.

Una vez que está tan dentro de mí como lo permite nuestra anatomía, cierra los ojos y apoya su frente en la mía para que me dé tiempo a ajustarme a él.

Me embiste profunda y lentamente. Un grave gruñido reverbera en su garganta.

El sudor me perla el rostro; su olor inunda mis fosas nasales. Clavo los dedos en la dureza de los músculos de su espalda y le beso el cuello. Necesito sentirlo con más fuerza. Más deprisa. Cruzo los tobillos sobre su espalda y presiono mis caderas contra él.

Él me roza el cuello con los dientes para, a continuación, detener su boca junto a mi oído.

—A mi modo, ¿recuerdas, princesa?

La lentitud con la que se mueve roza la tortura; cada embestida me roba un gemido débil de entre mis labios.

Está temblando y yo sé que se debe a lo mucho que tiene que contenerse.

Intento respetar sus deseos, intenso ser considerada, pero mis caderas se mueven a su albedrío y las uñas de mis dedos se hunden en su espalda.

Lo que noto en los dientes solo puede calificarse de dolor .

Hay algo salvaje en mi interior que me impele a querer rasgar su carne.

«Muerde. Muerde. Muerde».

Me doy miedo. Me preocupa que, si no me da lo que anhelo, cederé a este extraño y primario impulso que se está apoderando de mí. Una pátina de sudor me cubre el ceño, ahora arrugado por la represión, y la fiebre empieza a hacer acto de presencia.

— Por favor —digo jadeando—. Por favor.

Él gime, como si mi plegaria hubiera despertado algo en su interior. Me embiste con más fuerza, más profundamente, hasta alcanzar ese punto en mis entrañas que necesito que toque.

En cuanto su boca cae sobre mi hombro, sus dientes presionan contra mi piel y sus hombros se sacuden bajo mis manos, me sobreviene la sensación de que la pulsión de morder también se ha apoderado de él. Pero, en lugar de abandonarse a ella, se aparta y reclama mi boca.

Me pierdo en él, en el repetitivo crujido del colchón, en sus gruñidos ahogados y en el dominante empuje de su lengua.

La noche se diluye. Ya no estoy amenazada por el rey, ni he sido mordida por Blake ni vuelvo a ser un peón en un juego entre hombres. Soy libre. Soy poderosa. Estoy aquí, con Callum, disfrutando del placer de su poderoso cuerpo mientras él se esfuerza por conservar el control.

—Córrete para mí, princesa —farfulla.

Mi espalda traza un arco y se separa del colchón mientras yo culmino por completo, en plenitud.

Desatada. El miedo, la oscuridad y el dolor que me ha traído esta noche quedan purgados.

Su ritmo aumenta hasta lo febril y entonces, bajo la yema de mis dedos, los espasmos se adueñan de los músculos de su espalda, acompañados, también, de sus propios gemidos de placer.

Entierra el rostro en el hueco de mi cuello.

—Eres mía —murmura en mi oreja. Su corazón late contra mi pecho—. Eres mía.

Sin embargo, con mi orgasmo desvaneciéndose y mis dedos acariciándole la nuca, me resulta imposible ignorar la protesta de mi alma. Un susurro se eleva por encima del éxtasis.

Y lo que dice es que yo no soy de nadie.