El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 10
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Capítulo 10

E stoy aturdida. Una gélida agitación se desata en mi interior. Todos están mirándome, pero sus rostros se vuelven borrosos. Mi hombro, caliente y húmedo, palpita al compás de los desbocados latidos de mi corazón. Necesito un momento para procesar lo que acababa de pasar, lo que sigue pasando.

James está en el centro del círculo de piedra. Sus hombres nos apuntan con los mosquetes.

Blake acaba de reclamarme como suya. Tiene los labios teñidos del rojo de mi sangre.

El lobo relampaguea en la mirada de Callum.

Todo su cuerpo grita violencia. El viento aúlla a su alrededor, sacudiendo el kilt contra sus muslos.

Su pecho se mueve a un ritmo pronunciado, pero su expresión permanece pétrea.

Es como si estuviera enfrentándose a la bestia enloquecida que lleva dentro.

O, tal vez, esté indeciso sobre contra quién liberarla.

Le da la espalda a James; toda su atención está ahora puesta en Blake.

Aquel esboza una pérfida sonrisa.

—Imagino, entonces, que esto zanja la cuestión de a qué alfa pertenece Aurora. —Hace un gesto para que sus hombres bajen las armas—. Respetaremos la ley de los lobos y nos retiraremos pacíficamente. No se derramará sangre alguna esta noche.

Hay cierta diversión en el tono de voz de James.

No parece que le preocupe demasiado tener que irse sin mí.

Me asalta el desasosiego, pues me pregunto si era esto lo que esperaba que pasase.

Callum y Blake conforman una alianza poderosa pero frágil.

Por mucho que Callum me haya dicho que aborrece su faceta dominante de alfa, lo cierto es que es muy protector conmigo.

Que Blake me haya mordido, herido y reclamado como parte de su clan puede bastar para echar a perder su alianza.

James se aleja. Sus lentas pisadas transmiten despreocupación, como si supiera que no tiene nada que temer por nuestra parte.

Tanta arrogancia espolea la tormenta que se ha desatado en mí y entonces comprendo que estoy temblando de rabia, no de conmoción.

Rabia hacia James, rabia hacia Blake, rabia hacia los dos individuos que han osado morderme sin permiso y que han creído tener una especie de control sobre mí debido a ello.

Al otro lado del círculo, Lochlan está apoyado contra una de las rocas dentadas, con los brazos cruzados frente al pecho y los ojos relucientes por la intriga.

A juzgar por su expresión, el alfa de Glas-Cladach bien podría estar atendiendo a una obra de teatro.

James inclina la cabeza al pasar junto a él.

—Me sorprende verte aquí, Lochlan —dice James—. Tu padre se revolvería en su tumba.

Lochlan sonríe.

—Teniendo en cuenta que fui yo el que lo puso ahí, no es que eso me afecte demasiado.

James suelta una risita comedida. Asiente en dirección a otro varón con tartán amarillo y cabellos rubios.

—Ian, ¿no? ¿Has sabido de tu hermano últimamente? Lo capturaron en el ataque al Fuerte Dubh-Clach, ¿me equivoco?

El rostro de Ian se endurece.

—¿Qué sabes de eso?

James se encoge de hombros.

—He oído que está en las mazmorras de las Tierras Fronterizas como prisionero de su nuevo señor. ¿Sabías que se ha ofrecido a entregarnos a cualquiera de los lobos que tiene prisioneros a cambio de Aurora?

Se me hiela la sangre en las venas. La tez de Ian palidece y pone su atención en mí.

—Yo no soy el enemigo —prosigue James, que se une a sus hombres en el contorno del círculo antes de girarse—.

Arrodíllate ante mí, hermano. Discúlpate.

Perdonaré tu traición y te desterraré a Highfell.

Aurora desempeñará el papel que yo considere en esta guerra contra el sur, pero tienes mi palabra de que no se le hará daño.

—Su mirada recala en Blake, que sonríe a mis espaldas—.

Blake será ejecutado, por supuesto, algo que, no puedes negarlo, será de tu agrado.

Hazlo y podremos dejar todo esto atrás. Oponte y sabrás lo que es tenerme como enemigo.

Callum se queda de pie, sorprendentemente quieto. Sus hombros están rígidos bajo su abrigo. Aprieta los puños con fuerza a cada lado.

—Nos vemos pronto, hermano. —Poco le falta a su voz para ser un gruñido.

James traga saliva y se aleja. Sus hombres van tras él. El silencio cae cuan pesado es sobre los presentes, de manera que parece que todos estamos conteniendo la respiración, hasta que los intrusos desaparecen de nuestra vista.

Dejo escapar un largo suspiro. El alivio por su marcha dura poco. Siento la mirada de Blake sobre mí y entonces una rebeldía se prende en mi pecho.

Yo no soy de nadie.

Soy la princesa Aurora de las Tierras del Sur.

Blake no tenía ningún derecho.

Me doy la vuelta. La exasperación que crepita en mis entrañas trasluce en su rostro.

Le doy una bofetada. Él echa la cabeza a un lado.

El sonido del impacto retumba entre las piedras.

Un murmullo recorre el círculo, como si su clan no pudiera creerse que acabo de pegarle.

Jack, junto al barril de whisky, convierte su risa ahogada en un ataque de tos, mientras que Arran niega con la cabeza.

Callum atraviesa el claro a zancadas. Coge a Blake por el cuello de su camisa con fuerza y lo estampa contra la roca más cercana. Después le envuelve la garganta con la mano y presiona.

De pronto, el aire escapa de mis pulmones. Trastabillo hacia atrás, con las manos en busca de esos dedos invisibles en torno a mi cuello.

— Callum —balbuceo—. Callum, para .

Este inspira de golpe, como si acabara de recordar la conexión. La presión se desvanece en cuanto él ceja. Respira a toda prisa. Un músculo se tensa en su sien. Aprieta la mandíbula y acerca la boca al oído de Blake.

—Cuando llegue la hora, voy a disfrutar mucho de matarte.

Blake se limita a pasarse los dientes por el labio inferior. Mi sangre los mancha como si fuera vino tinto. Compone una expresión de hastío a pesar de tener las mejillas encendidas y el cabello oscuro alborotado.

Callum, tras soltarlo de un empujón, camina hacia mí y me coge en volandas. Sin dar un último vistazo, atraviesa el círculo para alejarse de la amalgama de lobos. Una acalorada conversación se eleva en la oscuridad.

—Soy bastante capaz de caminar sola —bufo con las mejillas ardientes.

No sé qué pensarán los lobos de mí, pero que me muerdan y luego me lleven en volandas no son cosas que figuren en mi ideal de una buena primera impresión.

—Ahora mismo no puedo dejarte. No me lo pidas, por favor.

Callum empieza a descender hacia el castillo de Lowfell, cuya angulosa silueta se me antoja pequeña desde tanta altura.

—Al menos nos queda claro que James no tiene el Corazón de la Luna —dice la voz aterciopelada de Blake a nuestras espaldas; suena como si no le afectara en lo más mínimo nada de lo que acaba de pasar.

—Desde luego —dice Lochlan—. ¿Por qué recurrir a los mosquetes si puedes usar los dientes?

Sus voces se pierden en la noche. Callum vuelve a sumirse en el silencio mientras carga conmigo montaña abajo hasta el patio custodiado por las antorchas y, finalmente, al interior del castillo de Lowfell.

Me lleva directa a nuestros aposentos. El fuego casi se ha extinguido en la chimenea de ascuas rutilantes.

Me baja frente a uno de los sillones. Apenas pasa un segundo hasta que vuelve a ponerme las manos encima, acariciándome los brazos de arriba abajo antes de sostenerme el rostro.

Su mirada se desata en cuanto la posa en mi hombro.

—¿Te duele? —pregunta con una voz tan áspera como la grava.

Sacudo la cabeza.

—Solo es un mordisco.

Aunque ambos sabemos que no. Supone un asalto a mi libertad, un insulto a un alfa territorial que considera que soy suya.

Deja escapar una exclamación grave.

—No debería haber hecho eso.

—No. —Aprieto la mandíbula—. No debería.

Me toca la garganta.

—¿Y yo? ¿Te he hecho daño?

—Estoy bien.

—¿Puedo ver? —solicita.

Asiento. Me desabrocha la capa y la deja caer al suelo.

Yo me doy la vuelta y me retiro el pelo para que le resulte más fácil desabrocharme el vestido.

Me estremezco, consciente de que puede ver las cicatrices que me surcan la espalda, pero, cuando me vuelvo para mirarlo, sus ojos están fijos en la tela manchada de sangre de mi hombro.

Con cuidado, me baja las mangas por los brazos hasta que el vestido desciende hasta mi cintura. El aire fresco me acaricia la piel desnuda. Me siento expuesta, pero él no está mirándome los senos.

La sangre me reviste el hombro, fluye desde las marcas de dientes dibujadas en mi piel. La herida resplandece bajo la luz tenue. La sangre hace que parezca más aparatoso de lo que es. Debería curar rápido, pero Callum traga saliva. Con fuerza. Cierra los ojos y apoya su frente contra la mía.

—Joder. Quiero matarlo.

—No puedes. Aún no. —Le toco el pecho y le aferro la camisa—. Estoy bien.

—Te ha reclamado…

—No me importa lo que diga la gente. —Mi tono no admite réplica—. No soy de nadie. Y mucho menos de Blake.

Su pecho es una roca bajo mis nudillos; sus músculos están tensos. Empieza a alejarse en dirección al área de baño. Es como si no soportara mirarme.

—Callum.

Noto el aire frío contra mi pecho desnudo, por lo que trato de cubrirme con los brazos. Me siento vulnerable. Más incluso que cuando Blake me ha mordido. Se me eriza la piel. Estoy empezando a ponerme el vestido de nuevo cuando un crujido del suelo me detiene.

Dejo escapar un suspiro sin soltar la tela. Callum sostiene un paño y una pequeña palangana con agua. No me ha abandonado, como temía. Toma mis brazos por la parte superior y me acomoda en uno de los sillones junto al fuego. Se arrodilla ante mí antes de colocar la palangana entre mis piernas.

Tras humedecer el paño, lo deposita en mi hombro. Con delicadeza, limpia la sangre. Percibo la calidez de su mano a través del tejido.

La expresión de su rostro… Siento que debo consolarlo, reconfortarlo, a pesar de que es a mí a quien han mordido. Una vez que ha desaparecido la sangre, la marca circular es apenas visible en mi piel.

—No es profunda —observo—. Curará pronto.