Capítulo 9
T ras la partida de Elsie, la tensión tarda un rato en disiparse.
Sin embargo, a medida que se consume el whisky de Lochlan, las charlas se vuelven más festivas y el aroma a alcohol inunda el aire.
Incluso veo a Blake reírse junto a miembros de su clan a los que, sorprendentemente, parece caerles bien.
La ceremonia transcurre con más serenidad de la que esperaba, aunque son muchas las cosas que me han asombrado acerca de los lobos desde que llegué a las Tierras del Norte.
Hay cierta brutalidad en la belleza de este reino: en sus cumbres salvajes, en sus vientos huracanados y en sus poderosos alfas, que pueden ser tan amables como mortíferos.
Sentados contra las piedras del círculo, Callum me retiene acurrucada a su lado.
Sostenemos unas velas apagadas mientras la sacerdotisa narra la historia sobre el Lobo Primigenio, cuando la oscuridad se hizo con las Tierras del Norte y los monstruos poblaban la tierra.
La luz de su vela, que sí está encendida, danza en el relieve de su rostro.
—Cuando fue condenada por Sol a la prisión del Cielo Nocturno, antes de que le arrebataran el corazón y se lo enviaran al Lobo Primigenio, Ghealach fue condenada a permanecer recluida tan solo un siglo.
Sin embargo, viajó hasta las profundidades de su prisión para hacer un trato con él —dice la sacerdotisa—.
Y así experimentamos la primera Noche Oscura.
»En dicha noche, ella juró que permanecería junto a Noche, en su prisión, por toda la eternidad a cambio de que él encerrase a todos los monstruos poseedores de su oscuro poder y que lo ostentaran en lo más profundo de su esencia.
Él, que codiciaba su alma más que ninguna otra, aceptó sus condiciones a sabiendas de que era la única forma que tenía de poder conservarla para siempre.
El juramento quedó sellado con su poder y los monstruos desaparecieron de nuestro mundo.
Lo que, movido por el ansia, el Dios de la Noche pasó por alto fue el engaño que entrañaba la condición, ya que él también era un monstruo de oscuros poderes y, por tanto, debía acabar encerrado en su prisión.
»En las noches como esta, que tienen lugar cada dos años y medio, cuando la luz de Ghealach desaparece del cielo, sabemos que se encuentra, una vez más, en las profundidades más recónditas de su prisión.
En las noches como esta, conmemoramos su sacrificio y encendemos nuestra luz para que sepa que lo recordamos.
La sacerdotisa camina alrededor del círculo y nosotros alzamos nuestras velas apagadas para que ella las encienda.
Nos ponemos en pie y tomamos aire con fuerza al tiempo que una sombra engulle la luna y la oscuridad asedia la tierra.
Los lobos cantan en una lengua que no conozco, una lengua de palabras ásperas y suaves al mismo tiempo.
Alzan las velas al firmamento. A pesar de que no estoy familiarizada con la canción, mi corazón, de algún modo, la reconoce.
Alzo mi vela. La sonrisa de Callum al detener sus ojos en los míos es amplia y relajada. Es como si le alegrara poder compartir este momento tan sagrado conmigo. Una calidez me inunda el pecho.
Le devuelvo la sonrisa, con nuestras pequeñas luces arremetiendo contra la oscuridad, desterrando las sombras.
Tras la ceremonia, Jack hace rodar hasta el centro un barril de whisky que estaba escondido tras una de las rocas.
Nos informa de que es cortesía de Lowfell y los vítores restallan en el aire.
La cincuentena de lobos que hay reunidos se agolpan a su alrededor.
La gaitera retoma su melódica sinfonía y el ambiente se llena de música y risas.
Callum me sostiene contra su pecho, me mordisquea la oreja y luego me dice que va a por un par de bebidas para los dos.
Yo me arrebujo en mi capa mientras Callum intercambia cálidos saludos con un par de lobos cuyos kilts son de tartán amarillo.
Prorrumpen en carcajadas por algo que ha dicho al tiempo que le da una sólida palmada en el hombro a uno de ellos.
Se le da bien la gente y creo que, en la batalla contra James, eso puede ser tan útil como su fuerza bruta.
Suelo pensar que buena parte de los poderes de Callum provienen de que muestre su lado más amable. Mi padre lo vería como una debilidad, pero yo estoy empezando a darme cuenta de que la crueldad de mi padre no era más que una máscara tras la que ocultaba su miedo.
Callum está recorriendo el camino de vuelta cuando se detiene en el centro del círculo.
Su cuerpo se pone rígido y el buen humor desaparece de su rostro.
Su expresión resulta inescrutable, como siempre que se siente amenazado, por lo que no puedo evitar que se me hielen las entrañas.
Las charlas en el círculo se van atenuando a medida que más gente detiene la mirada en la oscuridad que acecha entre las rocas.
Sus sentidos de lobo captan algo que a mí se me escapa. Algo que va mal.
Un intenso crujido parte la noche. Yo siento que el corazón se me sale del pecho.
Unos cuantos lobos se echan cuerpo a tierra.
Una grieta surca la superficie de una de las piedras más esbeltas como resultado de una bala que la ha alcanzado.
Frenética, escruto las inmediaciones. La música se interrumpe con brusquedad.
Unos hombres armados con mosquetes emergen de entre las sombras que se forman junto a las piedras. La adrenalina se apodera de mi cuerpo. James camina con ellos. El lobo que me atacó, que me entregó a Sebastian, el que me hirió con un mordisco que casi me mata.
James, tan alto y musculoso como Callum, avanza hasta el centro del círculo.
El viento sacude su cabello castaño, de manera que las puntas le lamen esos hombros anchos que tiene.
Luce una sencilla corona hecha de ramas curvadas, la cual no llevaba la última vez que lo vi.
Es un mensaje para quienes están reunidos aquí.
Es el rey de los lobos.
—Hola, hermano —dice mientras la gente se aleja para dejar espacio a los dos lobos.
Sus guardias se quedan en el límite del círculo de piedra, convirtiéndolo así en nuestra prisión.
—James. —Callum aprieta los puños—. Espero que no pretendas derramar sangre en esta noche sagrada. —Su voz destila oscuridad y suena como si lo contrario fuera cierto, como si deseara que James le diera una excusa para desatar la agresividad que se fragua en su interior.
James esboza una sonrisa que no se ve reflejada en sus ojos.
—Como rey, es mi deber procurar el cumplimiento de la ley de los lobos, no romperla.
—Se arremanga la camisa para dejar al descubierto sus fibrosos antebrazos, uno de los cuales está tatuado—.
Aunque, si tú fueras a quebrantar las normas de Ghealach, hermano, entonces no me quedaría más remedio que reaccionar, independientemente de la noche que sea.
—Su mirada viaja hasta mí y yo me obligo a soportarla—.
Tienes algo que me pertenece. Entrégamelo y no se derramará sangre alguna.
El gruñido que Callum emite por toda respuesta reverbera en el círculo.
—Rory no te pertenece.
Se me acelera la respiración. Tengo la boca seca.
No puedo pertenecer a otro hombre; sin embargo, no se me ocurre de qué manera podríamos salir indemnes de esta.
Quizá debería haber dejado que Callum me mordiera, y, no obstante, tengo la sensación de que James habría dado con una excusa para llevarme con él de todos modos.
—La mordí y sobrevivió —señala James—. La ley de los lobos indica que es mía.
Tiene mi marca. A no ser que puedas decir lo mismo, no tienes nada que argumentar en contra.
Entrégamela o correrá la sangre. —Sus hombres alzan los mosquetes—.
Me pregunto si los lobos aquí reunidos esta noche estarán dispuestos a morir por un alfa encoñado y la hija del rey enemigo.
Unos cuantos miembros del clan de Lochlan comparten susurros por lo bajo. Yo me tenso en cuanto el rey de los lobos me devuelve la atención.
—¿Quieres ser la causante de otra guerra, Aurora? —pregunta James—. ¿Quieres que perezcan innumerables lobos? ¿Para eso viniste a las Tierras del Norte? ¿Para causar problemas entre mi hermano y yo como servicio a tu padre?
Más murmullos inundan el ambiente cargado de whisky. Me pregunto si no habremos subestimado a James. Ha venido aquí para hacer que el clan de Lochlan se vuelva contra Callum y contra mí, para que se replanteen la posibilidad de unirse a él.
—Tú eres el que inició una guerra entre nosotros, hermano —masculla Callum—, al atacar con tanta fiereza a la mujer que amo.
Se me entrecorta la respiración al oír la palabra «amo», al sentir su estela en mi pecho.
Nunca antes me ha dicho eso. No me da tiempo a asimilarlo.
Alfie, el chiquillo, se oculta entre temblores tras la figura corpulenta de Arran y una decisión se forja en mi interior.
Nos superan en número. Estamos desarmados y, si Callum derrama sangre, sus pretensiones al trono quedarán frustradas por haber quebrantado la ley de los lobos.
No quiero irme con James, pero tampoco quiero que esta gente pierda la vida por mi culpa.
Pase lo que pase, Callum me recuperará.
—Por el amor de la Diosa. —El tono exasperado de Blake proviene de atrás. Me envuelve la cintura con un brazo y me presiona contra su pecho. Acerca su boca a mi oído y yo me quedo sin aliento—. Aurora, cielo, perdona por esto.
Hunde los dientes en mi hombro. El tiempo se ralentiza. Inspiro con brusquedad y doy un respingo contra su cuerpo, presa del mordisco que me inflige a través de la capa. Arqueo la espalda, completamente asediada por el dolor que sus caninos provocan al penetrar en mi carne. Ahogo una exclamación.
Callum se da media vuelta. La conmoción que se aprecia en sus ojos no tarda en quedar desplazada por la aparición de su lobo.
Las sombras me engullen. El rumor de un goteo resuena en mis oídos y un sabor a pino y pergamino inunda mi paladar. Se me eriza el vello de la nuca al captar el chirrido de un bisturí contra el metal. Un hambre inmisericorde y dolorosa me consume. A lo lejos, alguien grita.
Blake me suelta y a mí casi se me doblan las rodillas.
Pasa junto a mí limpiándose los restos de mi sangre con el dorso de la mano.
—En esta noche sagrada, yo, Blake, alfa de Lowfell, reclamo a Aurora como miembro de mi clan.
—Su tono rezuma sarcasmo—. Consolido dicho reclamo marcándola con mi propia mordedura.
A partir de esta noche, y hasta que Ghealach lo considere oportuno, Aurora forma parte de Lowfell y yo soy su alfa.
Cuestionar este reclamo significa quebrantar la ley de los lobos.