El príncipe de la noche (El rey de los lobos 2) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

—Mi clan afirma eso porque hace que el lobo salga a la superficie más que ningún otro whisky de las Tierras del Norte. —Lochlan me dedica una sonrisa y baja la voz a un tono conspiratorio—. En realidad, solo se trata de un alcohol muy fuerte. —Guiña el ojo—. ¿Quieres probar?

Yo parpadeo, sorprendida de que me lo haya ofrecido.

—Por favor.

Se aleja y Blake se sitúa a su lado.

—Te acompaño. Hay otro asunto que quisiera discutir.

Lochlan ladea la cabeza.

—He hecho que uno de mis hombres te traiga todo un surtido de flores de luna, por cierto.

—Estupendo. Me estaba quedando sin reservas…

Sus voces se apagan a medida que se alejan hacia la multitud reunida en torno a un barril que hay en mitad del círculo de piedra. Callum frunce el ceño.

—Trama algo —dice, sombrío.

—¿Lochlan o Blake?

—Blake. Que saque a relucir sus encantos es motivo de preocupación. —Sus ojos se oscurecen—. Ni siquiera sabía que fueran amigos.

Le toco el brazo.

—Al menos lo más seguro es que pueda convencer a Lochlan de que te apoye.

Callum suspira y su aliento se convierte en una nube de niebla frente a su rostro compungido.

—Probablemente mediante promesas sobre qué podrá esperar Lochlan una vez que Blake se haga con el trono.

Le apretujo los músculos.

—Entonces, solo tienes que ofrecerle algo mejor, ¿o no?

—¿Alguna vez te he comentado lo taimada que puedes llegar a ser, princesa? —Yo me encojo de hombros y esbozo una sonrisa coqueta, pero Callum frunce el ceño—. ¿Te encuentras bien? —pregunta con suavidad mientras me pone una mano en la mejilla—. ¿Tienes fiebre?

—¿Qué dices?

—Estás un poco sudorosa. Quizá deberías sentarte. —Me asalta una ola de indignación y lo aparto. Entre esto y tratar de mover una roca no debe de haber mucha diferencia. Él alza una ceja, con la comisura del labio ligeramente elevada—. ¿Qué?

—¿Cómo le dices a una mujer que está sudorosa? —Vuelvo a empujarlo. Él ni se inmuta—. Estoy sudorosa porque he escalado una endemoniada montaña.

Él suelta una sonora carcajada.

—Deberías haberme dicho algo. Habría cargado contigo.

—¡No necesito que carguen conmigo! ¡No soy una muñeca de porcelana, Callum!

Parece que está a punto de decir algo, algo posiblemente odioso, a juzgar por el resplandor de su mirada, pero en vez de eso arruga el entrecejo.

Al mismo tiempo, ese hilo de energía vital que me une a Blake se ciñe alrededor de mi alma.

Yo me tenso al sentir cómo estalla, cómo el hielo se apodera de mis venas.

Blake está junto a Lochlan y Arran, al lado del barril de whisky. El viento se cuela por entre su cabello oscuro y agita su abrigo negro. Tiene una expresión comedida, casual, pero su mirada se muestra fría.

Al otro lado del círculo, la sacerdotisa rubia del vestido blanco tiene la mano curvada alrededor del brazo del chaval, Alfie.

A juzgar por el temblor de su labio inferior y por cómo le brillan las lágrimas en esos ojazos, diría que está regañándolo.

El viento transporta su voz hasta mí mientras Elsie, la madre, atraviesa el círculo a toda velocidad, abriéndose camino a codazos contra un hombre mayor en su afán por llegar hasta él.

—… una abominación. A tu madre debería darle vergüenza haberte traído. Estás tan contaminado de oscuridad como ella, y no tienes nada que…

Mis tímpanos captan un rugido que eclipsa lo que sea que haya dicho a continuación.

No sé por qué se ceba así con el pequeño, pero no pienso tolerarlo.

Tengo muy poca paciencia con los zelotes religiosos tras haber pasado la infancia recibiendo latigazos por mis pecados contra la Diosa del Sol.

Quiero ser respetuosa con la cultura lobuna, pero no puedo cruzarme de brazos y limitarme a ver cómo alguien que clama ser conocedora de la voluntad de su diosa lo hace sentir pequeño.

Me apresuro hacia ellos.

—Deja al niño tranquilo —le digo.

Los ojos de la Sacerdotisa de la Luna se fijan en mí. Unos mechones de pelo rubio se sacuden contra su rostro. Debe de haber algo en mi expresión que no le inspira simpatía, porque suelta el brazo del chico.

—Eres la princesa de las Tierras del Sur, ¿no? Ignoras nuestras costumbres, pero…

—Cuidado. —Callum me pone la mano en el hombro, como para hacerme saber que cuento con su respaldo. Noto el calor que emanaba de su cuerpo en la espalda, pero apenas afecta al hielo que me recorre las venas. No tengo claro si el enfado que hace que me tiemble todo el cuerpo es mío o de Blake.

La sacerdotisa señala a Alfie.

—Su madre está contaminada, consagrada al Dios de la Noche…

—No es más que un chiquillo inocente —apunto yo—. Debería darte vergüenza. —Le ofrezco mi mano a él—. No pasa nada, Alfie.

Este me toma de los dedos con su manita, con el pelo negro alborotado y las mejillas encendidas y húmedas. Lo atraigo hacia Callum y yo justo cuando Elsie se detiene con brusquedad a nuestro lado. El lobo resplandece en su mirada cuando apunta a la sacerdotisa con un dedo.

—Mantente lejos de mi hijo.

—No puedo llevar a cabo una ceremonia para honrar a nuestra diosa con una seguidora del Dios de la Noche entre los asistentes…

—Elsie no es más acólita que cualquiera de los que estamos aquí. —La voz de Blake al aproximarse es como una daga.

A su lado está Arran. Noto el roce de su enorme brazo contra mí cuando se dispone a coger del cuello a Alfie, del que tira una vez agarrado. Las lágrimas rielan en sus ojos hasta que Arran lo alza en volandas y lo sienta sobre sus amplios hombros.

—Venga, enano —le dice—, vamos a contar las piedras del círculo.

Al verlo alejarse, me pregunto si no querrá evitar que el niño presencie lo que sea que Blake tenga planeado.

—Discúlpate —dice este con su tono sedoso.

La noche se ha apaciguado a nuestro alrededor, como si la presencia de Blake hubiera alertado a ambos clanes de que algo sucedía. A Elsie se le ponen rojas las mejillas.

—No pasa nada, Blake —dice ella—. Ni se te ocurra montar un numerito. Esta noche no. Lo echarás todo a perder. De todos modos, preferiría estar en la cama con un buen libro que escuchar la cantinela de esta zorra toda la noche.

Blake mantiene la mirada fija en la sacerdotisa.

—Discúlpate —repite.

La aludida le devuelve la mirada.

—Está prohibido derramar sangre esta noche.

—¿Quién ha dicho nada de derramar sangre?

—La comisura de sus labios se curva. Callum se tensa a mis espaldas—.

En mi enfermería hay un alucinógeno que hace que los lobos crean que se les está desprendiendo la piel de los huesos.

También tengo un paralizador que hace que uno ansíe la muerte.

¿Sabes qué sonido hace un lobo cuando se lo priva de aire una y otra y otra vez? Yo sí.

Un escalofrío que no tiene nada que ver ni con mi enfado ni con el aire helado de las Tierras del Norte me recorre la piel.

—Ya basta, Blake —interrumpe Callum con suavidad—. Sigue siendo una sacerdotisa.

—Pero tiene razón. —Las palabras se me escapan con comedimiento, como si ni siquiera yo me creyera capaz de pronunciarlas. Todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo están inmóviles, rígidos—. Debería disculparse.

La sacerdotisa alterna la mirada entre Blake y yo. Alza las cejas casi imperceptiblemente, como si hubiera caído en la cuenta de algo. Agacha la cabeza.

—Pido disculpas. —Se gira sobre los talones y se aleja hacia el centro del círculo.

Elsie resopla con fuerza por la nariz. Su cabello oscuro le azota el rostro cuando se gira para mirar a Blake.

—Te he dicho que no te metieras. —Sacude la cabeza—. Me vuelvo.

Blake la retiene por la muñeca.

—Tienes todo el derecho del mundo a estar aquí.

Los ojos de ella relampaguean.

—Déjalo. Y más vale que siga viva por la mañana. —Al ver que él no responde, Elsie le da en el brazo—. Blake.

Su boca se tensa en las comisuras.

—Vale —dice él, que se lleva las manos a los bolsillos.

Ella se aleja de todos nosotros y le lanza una mirada a Alfie, todavía a hombros de Arran, antes de desaparecer entre las piedras y desandar el camino montaña abajo.

—¿De qué iba todo eso? —La arruga en el entrecejo de Callum se acentúa—. ¿Venera al Dios de la Noche?

—No —contesta Blake—. Está marcada por las decisiones de su padre, nada más.

No es la primera vez que me pregunto qué papel ocupa ella en la vida de Blake. Antes de que ninguno de nosotros indague más, Lochlan se nos acerca con cuatro tragos de whisky en las manos. Blake oculta sus emociones a la misma velocidad que yo.

—¿Todo bien? —se interesa Lochlan.

—Todo bien —concluye Blake sin apartar los ojos de la sacerdotisa, que está hablando con un grupo de mujeres envueltas en tartán amarillo bajo sus ropas de abrigo.

Lochlan nos ofrece una bebida a cada uno.

—Bueno… Por las viejas amistades, las nuevas alianzas y por que los pajarillos desvalidos escapen de sus jaulas.

El malestar de lo que acaba de suceder no es impedimento para que choquemos nuestras copas en un brindis y bebamos. El ardor que la humeante sustancia propaga por mi garganta no consigue disipar las malas sensaciones.

—Esta noche es para pasarlo bien —dice Lochlan.